Capítulo 25 #2
Él sacudió la cabeza, como si fuera algo demasiado horrible para hablar de ello.
—Cuéntamelo —susurró ella.
Él respiró con dificultad. —Fue el año pasado, en Basora —dijo él. Su rostro volvió a llenarse de dolor—. Dios, Ellie. No necesitas saber esto.
Ella asintió para animarlo. —Quiero saberlo.
—Quería saberlo todo sobre él, sobre lo que lo había convertido en el hombre roto que era hoy.
Por qué dejó los Navy SEAL, por qué estaba en esa plataforma en medio del océano, atormentado por demonios que no podía soltar.
Formaba parte de su forma de ser, su curiosidad, su necesidad de comprender las cosas, de encontrar una solución.
Quizá aquí no la hubiera, pero aun así quería conocer al hombre del que se había enamorado.
Ese pensamiento la hizo inspirar bruscamente. Sí, se había enamorado perdidamente de Phoenix. Ya no podía ocultarlo. Estaba coladita por el tipo.
Él cerró los ojos con fuerza, como si estuviera buscando en lo más profundo de su ser, y luego los abrió.
La angustia que había en ellos hizo que a Ellie se le encogiera el pecho.
—Fue una situación de mierda. Habíamos ido a rescatar a un grupo de mujeres y niños que habían sido tomados como rehenes en un campamento. Los terroristas los usaban como peones para protegerse.
Como escudos humanos. Ella reprimió un escalofrío de familiaridad.
—Mi equipo entró primero. Butch y Slick fueron los primeros en entrar.
Eliminaron a varios hostiles, pero entonces aparecieron más desde una habitación trasera.
No sabíamos que estaban allí. Debían de estar en un búnker o algo así, fuera del alcance de nuestros visores infrarrojos.
El resto de nosotros estábamos escoltando a los civiles hacia fuera cuando nos dimos cuenta de que tenían a Butch y Slick a punta de pistola. O eran ellos o los rehenes.
Ella lo miró horrorizada. La idea de la violencia y la guerra estaba tan lejos de su realidad que le parecía que él estaba describiendo una película. Solo podía imaginar el horror que él debió de sentir.
—¿Qué hiciste?
—Sabía que estaban muertos, hiciera lo que hiciese —se le entrecortó la voz y tragó saliva—. Esos bastardos no iban a dejarlos marchar. Así que tomé la decisión de sacar a los civiles.
Hizo una pausa, con el rostro desencajado por el dolor. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro. —Los abandoné.
Ella le agarró la mano. —No fue culpa tuya. Salvaste a las mujeres y a los niños.
—Dejé que mis hombres murieran.
Ella lo abrazó entonces, acunando su cabeza contra su pecho. Él no lloró, pero ella lo sintió estremecerse, y entonces sus brazos la rodearon. Había desesperación en su mirada cuando la miró. Él también necesitaba consuelo, y ella quería dárselo. Quería aliviar su dolor.
—Ellie —gimió él.
—Estoy aquí.
Él le rodeó el cuello con una mano y acercó su cabeza a la suya. La besó, primero con ternura y luego con una necesidad imperiosa. Pronto, ella se quedó sin aliento.
Se deslizaron sobre el suelo duro de la cabaña, pero ella apenas notó la incomodidad porque él la colocó encima de él. Ellie se enredó con él mientras él volvía a devorar su boca.
Esta vez ya nada los detuvo. Ella podía sentir su necesidad. Literalmente. Su miembro estaba grueso y duro debajo de ella, empujando a través de sus pantalones cortos y clavándose en el estómago.
Maldita sea, lo quería dentro de ella. Sería tan fácil quitarse los pantalones, ponerse a horcajadas sobre él y...
Sintió una oleada de anhelo tan profundo que la dejó sin aliento, acompañada de una humedad resbaladiza entre sus piernas. Las manos de él le agarraron el trasero, presionándola hacia abajo, revelando cada curva y cada bulto de su cuerpo, duro y sólido bajo el de ella. Dios, lo deseaba tanto.
De repente, las manos de él estaban bajo su camiseta, deslizándose por su espalda, tirando suavemente de la tela por encima de su cabeza.
Ellie levantó los brazos y se agachó, dejando que él se la quitara.
Jadeando, él fijó su mirada hambrienta en ella, haciendo que se le revolvieran las entrañas.
Se sentía desesperada, como si hubiera perdido el control, una sensación que normalmente detestaba.
Excepto que esto era diferente. Era emocionante, regocijante y aterrador, todo al mismo tiempo.
Era de locos lo mucho que lo quería. Nunca antes había sentido un deseo ni remotamente parecido a este.
Normalmente era tan sensata, tan lógica, tan científica.
Esto era crudo y espontáneo y totalmente impropio de ella.
¿Qué podía decir? Phoenix sacaba a relucir su lado más salvaje.
Él levantó la cabeza y le besó el cuello; sus labios se cerraron sobre su piel, calientes, húmedos y sin prisas, trazando un camino a lo largo de su clavícula y bajando hasta sus pechos.
Ella jadeó cuando su sujetador se soltó y se dio cuenta de que él lo había desabrochado por la espalda.
La mirada de él bajó hasta sus pechos, que ahora colgaban libres.
—Cristo, Ellie. Eres preciosa.
No tuvo tiempo de responder antes de que él se acercara y capturara un pezón erecto en su boca, succionándolo suavemente.
Madre del amor hermoso.
Jadeó, perdiendo el control. Había algo tan decadente, tan erótico en su lengua caliente sobre su pezón, que casi se corrió allí mismo. Era como si él hubiera encendido una mecha que ardía directamente en su núcleo.
Gimiendo, ella se inclinó hacia delante, dándose más a él. Sus manos le acariciaban la espalda, suaves pero insistentes, recorriendo sus curvas con los dedos. Ella arañó el suelo de madera a ambos lados de los hombros de él, gimiendo de éxtasis.
Bajo ella, él se volvía más grande y duro, hasta que ella estuvo a horcajadas sobre su erección, sintiéndola latir entre sus piernas. En cualquier momento iba a perder los estribos por completo.
—Phoenix —gimió ella, frotando su entrepierna contra la de él—. Por favor..., te necesito.
Él gruñó y tiró de sus pantalones cortos.
Tumbada sobre él, ella se desabrochó la cremallera, con las manos temblando de anticipación.
En cuanto estuvo abierta, él los bajó y ella se zafó.
Siguieron sus bragas, ya empapadas de deseo.
Ella buscó la cinturilla de él y él se incorporó, casi tirándola.
En cuanto recuperó el equilibrio, se puso de pie, a horcajadas sobre él para quitarle los pantalones.
Cuando logró pasarlos por debajo de sus rodillas, él consiguió quitárselos de una patada y luego la atrajo encima de él.
No había nada entre ellos, pero aun así no era suficiente para ella.
Él levantó la cabeza, con la voz tensa. —Ellie, te deseo con toda mi alma, pero ¿estás segura?
Nunca había estado tan segura de nada en toda su vida. —Síííí. —Fue un gemido, un siseo desesperado.
—¿Es seguro?
Ella asintió. Había estado tomando la píldora con Rafael y no había visto la necesidad de dejarla. —No hay problema por eso.
Él la agarró por las caderas y la colocó sobre su miembro. Ella temblaba tanto que él tuvo que guiarla para que descendiera sobre él. Por un fugaz momento se preguntó si le cabría. No había estado con muchos tíos, y él era... enorme.
No tuvo que preguntárselo por mucho tiempo.
Oh. Dios. Mío.
Nunca había sentido nada tan increíble en su vida.
Él la llenó por completo, grueso y palpitante, y ella cerró los ojos, absorbiendo toda la longitud de él.
Tuvo que sentarse erguida, a horcajadas sobre él, para aceptar todo su tamaño, y por un momento, ambos se miraron el uno al otro, aturdidos por la abrumadora sensación.
Entonces, él empezó a moverse.