Capítulo 25
B ajo el tenue resplandor de la parpadeante linterna, Ellie observó cómo Phoenix echaba el pesado cerrojo y después arrastraba una cómoda para bloquear la puerta. —Con eso debería bastar —dijo él.
—¿De verdad crees que vendrán a por nosotros aquí? —No pudo ocultar el temblor de su voz. Tras la caminata hasta la cima, solo quería tumbarse y perder el conocimiento. La idea de tener que enfrentarse a esos dos mercenarios, o lo que fuesen, la llenaba de pavor.
—Espero que no —fue todo lo que dijo él, lo cual no ayudó mucho a reforzar su confianza. Durante la última media hora, ella había estado descansando en el interior mientras él instalaba lo que llamaba trampas explosivas alrededor del perímetro de la cabaña.
—Un sistema de alerta temprana —le explicó a su regreso—. Por si acaso.
Luego se puso a revisar la cabaña. Abrió todos los armarios y cajones e inspeccionó cada rincón posible. Un armario cerrado con llave le llamó la atención y, usando su cuchillo, lo forzó.
—¿Qué estás buscando? —preguntó ella.
—Esto. —Él se dio la vuelta y mostró una escopeta—. Nunca se sabe, podría ser útil.
—¿Cómo sabías que estaba ahí?
—No lo sabía, pero es lógico que un puesto de guardabosques como este tenga un arma a mano.
Él pensaba en todo. Al menos ahora estaban armados y no eran simplemente blancos fáciles en caso de que los hombres del barco los localizaran.
—He encontrado el botiquín de primeros auxilios.
—Señaló el escritorio donde lo había colocado, junto con unas bolsas de patatas fritas, latas de refresco y dos chocolatinas.
Ella ya había devorado una barrita y se había tomado un refresco antes de dejarse caer en una de las sillas, totalmente agotada.
—Gracias. —Él se sentó en la silla del escritorio y abrió el maletín médico.
La herida de su brazo seguía al descubierto después de habérsela lavado en el arroyo y necesitaba un vendaje.
Ella lo observó mientras se aplicaba el desinfectante y luego abría un paquete de gasas estériles con los dientes.
Tenía el rostro duro, como el granito, mientras se miraba el brazo, concentrado en lo que hacía.
No habían hablado de lo que había pasado —o casi pasado— en la playa, pero ella había dejado a un lado su anhelo; el agotamiento extremo del día había mitigado sus emociones.
Así que él no quería ir por ahí. A ella le parecía perfecto.
Tras la conmoción de la explosión y el hecho de estar a punto de ahogarse, solo había querido sentir unos brazos fuertes rodeándola.
Incluso mientras pensaba esas palabras, sabía que no eran estrictamente ciertas. Quería sentir sus brazos rodeándola.
Admitía que el momento elegido podría haber sido mejor.
Estar tumbados en una playa desierta a la vista de todos, con enemigos pisándoles los talones, difícilmente era el escenario ideal para un momento tierno, pero su brusquedad le dolió de todos modos.
Aun así, captó el mensaje. Alto y claro. No estaba interesado.
Como ella había dicho, le parecía perfecto.
No necesitaba que nadie le complicara la vida, ya había tenido más que suficiente de eso.
Su corazón magullado no soportaría otra ronda, por no hablar de su salud mental.
Si quería evitar el peligro, estaba con el tipo equivocado.
Aunque sabía que él no le había traído este peligro.
Era todo lo contrario. Esta situación giraba en torno a ella y a lo que había descubierto.
No tenía nada que ver con el ex-SEAL de la Marina, que solo intentaba mantenerla a salvo.
Observó cómo Phoenix tenía dificultades con la venda, que se le cayó dos veces.
—Oh, por el amor de Dios. Deja que lo haga yo.
Él la miró mientras ella se levantaba y rodeaba el escritorio. Inclinándose, envolvió con cuidado la venda alrededor del tajo de su antebrazo, notando la tensión de sus músculos. Era, con toda sinceridad, una escultura perfecta.
Bajo la parpadeante luz de la linterna, parecía algún mítico dios de bronce, y a ella se le entrecortó la respiración. Estando tan cerca de él, era imposible no sentir una atracción. Le temblaron las manos mientras sujetaba la venda. —Ya está.
Hizo amago de retroceder, pero él la agarró de la mano. El corazón de Ellie se puso a mil, golpeándole el pecho como un martillo neumático.
—Ellie… —Su voz era un gruñido bajo, cargado de dolor.
Ella lo miró a sus ojos atormentados, desconcertada. —¿Qué pasa?
Él sacudió la cabeza con el ceño fruncido. —No puedo… hacerte esto.
—¿Hacer qué? ¿Abrazarme? —Ella le escudriñó el rostro, intentando recomponer el rompecabezas que era aquel hombre.
—No quiero simplemente abrazarte.
Entonces ella lo comprendió. La necesidad que sentía por él era tan grande como la de él por ella, pero tenía miedo de adónde podría conducir aquello.
Ella no había pensado en el futuro. Todo lo que quería era sentir su presencia, confirmar que estaba vivo y con ella.
—No pasa nada —murmuró ella, de frente a él—. Yo también tengo miedo.
Él se levantó de la silla, imponiéndose sobre ella. Con un gemido profundo, la atrajo hacia sí, envolviéndola entre sus brazos. Ella se apoyó contra su pecho, sintiendo los latidos de su corazón, y su calor ahuyentó el miedo, la ansiedad y el agotamiento.
En ese momento, el mundo de ella se fundió con el de él. Mientras se aferraban el uno al otro, ella se dio cuenta de que, aunque exteriormente emanaba fuerza y confianza, por dentro estaba aterrorizado; no por él, sino por ella. No quería causarle dolor.
—Te mereces algo mejor —murmuró él contra su pelo—. Alguien mejor que yo. Estoy roto, Ellie. No quieres esto.
Ella lo miró a los ojos. —Eres exactamente lo que quiero. Tras la explosión, pensé que te había perdido. Me aterrorizó. Eres el único que cuida de mí. Estés roto o no, me has salvado la vida. ¿Cómo puedo pedir más que eso?
Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, la de él estaba llena de una intensidad ardiente y ella supo que esta vez no habría rechazo. No le importaba su pasado, solo lo que estaba haciendo ahora. Lo que había hecho... por ella.
Él inclinó la cabeza y sus labios chocaron contra los de ella, devorándola. Sintió una conexión instantánea, una profundidad de sentimiento que nunca antes había experimentado. Su cuerpo ansiaba su contacto, y él respondió, sabiendo intuitivamente lo que ella necesitaba.
Sus labios pulsaban mientras él los presionaba con fuerza y, al abrirse a él, sintió que estaba ofreciendo mucho más. Le estaba exponiendo su lado más vulnerable, su corazón, pero sin miedo. No podría estar en manos más seguras. Él era su protector; él mismo lo había dicho.
Inclinándose hacia él, contuvo el aliento cuando el cuerpo duro de él se movió contra el suyo.
Su calor traspasaba su ropa, sucia y rasgada por la caminata a través del bosque.
Su piel, arañada y herida, empañaba su perfección a la par que lo hacía parecer más humano.
Humano era lo que ella quería ahora mismo.
Quería conocer al verdadero hombre, no la capa protectora exterior que usaba para mantener a todo el mundo alejado.
Su cuerpo se encendió cuando él atacó su boca con la lengua.
Jadeando, se aferró a sus anchos hombros, sintiendo cómo se movían los tendones bajo sus dedos mientras él la agarraba y la apretaba contra sí.
La estaba devorando, su lengua penetraba con trazos profundos, mostrándole lo que era ser besada de verdad... , no, ser consumida .
Un fuego ardió en su vientre y se extendió por sus extremidades, hasta llegar a su centro. Todo pensamiento racional se desvaneció al entregarse a las deliciosas sensaciones que la recorrían. Se arqueó contra él, gimiendo contra su boca, sintiéndose más excitada a cada segundo.
Una ventana crujió y él se quedó helado.
Ella se aferró a él, con el corazón todavía latiendo a mil por hora. —¿Qué ha sido eso?
—He oído algo.
Una oleada de miedo la invadió. —¿Son ellos?
—No lo sé. No te muevas, voy a echar un vistazo.
Apagó la linterna y quedaron sumidos en la oscuridad. Ellie contuvo la respiración, escuchando cualquier cosa que pudiera indicar peligro. Tenía el cuerpo caliente, tan en sintonía con él, con todo lo que estaba sintiendo, que estaba en alerta máxima. Todos sus sentidos estaban despiertos.
Él se movió sigilosamente por la cabaña, mirando por las ventanas. Por fin, sus anchos hombros se relajaron. —Solo es un mapache.
—¿Estás seguro?
—Sí, lo he visto salir corriendo. Todo bien.
—Gracias a Dios.
Él regresó y se sentó a su lado, con las espaldas contra la pared. —Estás temblando.
Ella se mordió el labio. —Pensé que eran ellos, que nos habían encontrado.
—Demasiado pronto —susurró él—. Tendrían que volver al barco nodriza y reagruparse.
Llevaría tiempo. Calculo que nos llevan al menos un par de horas de retraso, más si se tiene en cuenta la oscuridad y el hecho de que no sabrán a qué parte de la isla hemos llegado nadando, ni siquiera si lo hemos logrado.
—¿Crees que habrán encontrado nuestra lancha?
—Tal vez. Podría haber sido arrastrada hasta la playa. En cualquier caso, yo diría que tenemos algo de tiempo —su mirada azul y sesgada recayó sobre ella—. Probablemente deberíamos descansar un poco.
—No estoy cansada —murmuró ella. Aún podía saborearlo en sus labios. Salado, masculino, un dulce elixir del que anhelaba más. Su cuerpo seguía vibrando por su contacto.
—Ellie... —Fue un susurro gutural.
—Por favor, Phoenix. Necesito sentirte, saber que estás ahí. —¿Era mucho pedir? Puede que ni siquiera pasáramos de esa noche. No quería morir sin saber qué se sentía al estar con él, al ser consumida por él. Había probado un poco y era adictivo. Quería más. Mucho más.
—He hecho cosas, Ellie —dijo él con voz ronca y el rostro contraído por el dolor—. Cosas malas.
—¿Qué cosas?
Él suspiró y apoyó la cabeza contra la de ella. Ella sintió su dolor, su angustia, y quiso consolarlo, hacer que desapareciera, pero tenía que saber... —¿Qué has hecho?