Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 20
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Capítulo 20

Se agacharon segundos antes de que una granada propulsada por cohete impactara contra el búnker en el que se escondían.

La fuerza lanzó a Phoenix contra la pared de hormigón y lo dejó sin aliento.

El calor abrasador hizo que le salieran ampollas en la piel.

Tosió y gimió mientras un dolor punzante le atravesaba el cráneo.

—¿Phoenix? Phoenix, ¡despierta! —instó una voz lejana, confusa e indistinta. No era nadie de su unidad. Era Ellie.

—¿Ellie? —masculló él, pero las rugientes llamas eran demasiado intensas, envolvían el búnker y consumían el oxígeno. Le costaba respirar y su visión se oscurecía por los bordes.

—Tenemos que salir de aquí —gritó Viper desde algún lugar lejano. Unas manos fuertes agarraron a Phoenix por debajo de los brazos y lo levantaron del suelo sucio. Gruñendo por el esfuerzo, Viper lo arrastró fuera del búnker en llamas hacia la cegadora luz del día.

Phoenix cerró los ojos ante el brillo penetrante que le enviaba punzadas de agonía a la cabeza. El mundo daba vueltas violentamente. —Necesito… descan… sar —balbuceó, con palabras apenas audibles.

—Lo siento, colega. Tenemos que llevarte a un lugar seguro. Estamos bajo fuego intenso.

El lejano tableteo de las ametralladoras resonaba en los oídos de Phoenix mientras Viper lo cargaba a través del terreno irregular del desierto, plagado de arbustos y matorrales secos.

Se detuvieron en seco tras una pequeña elevación donde había un mínimo de protección.

Allí Viper lo dejó en el suelo, pero Phoenix apenas lo sintió, perdiendo y recuperando la conciencia.

La cabeza le latía sin piedad, sentía como si fuera a abrírsele. ¿Por qué todo brillaba tanto?

Intentó abrir los ojos, pero solo vio imágenes borrosas e inconexas: Viper disparando fuego de cobertura, otro tipo lanzando granadas como si estuviera en una guerra de comida escolar. Nada tenía sentido.

—¡Abajo! —gritó Viper cuando otra explosión sacudió el suelo cercano. Fragmentos de polvo volaron por el aire y los cubrieron con una fina bruma amarilla.

Phoenix tosió débilmente; cada respiración le producía dolores agudos en las costillas.

Obligó a sus ojos a abrirse de nuevo para descubrir que Viper había sido reemplazado por Ellie, su largo cabello castaño veteado de oro bajo la luz del sol.

Era tan hermosa. Alargó una mano temblorosa para tocarla, para asegurarse de que era real, pero ella parecía desvanecerse en la neblina.

—¿Ellie? —graznó, con la voz quebrada.

—Oh, gracias a Dios que estás despierto —sus palabras sonaron apagadas, como si estuvieran bajo el agua—. No te preocupes, la ayuda está en camino.

Intentó incorporarse, pero su cabeza estalló en una agonía cegadora y volvió a desplomarse, mientras la oscuridad amenazaba con arrastrarlo de nuevo. ¿Dónde estaba? El balanceo bajo su cuerpo sugería un barco. ¿Pero qué hacía Ellie conduciéndolo? ¿Y dónde estaba la plataforma?

Recuerdos fragmentados afloraron lentamente a través de la niebla de su cerebro. El artefacto explosivo improvisado. La explosión ensordecedora. El choque del agua fría cerrándose sobre su cabeza.

—¿Boomer? —logró articular Phoenix, obligándose a ponerse en una posición semiincorporado a pesar de las oleadas de mareo y náuseas.

Ellie sacudió la cabeza, su rostro enfocándose y desenfocándose por momentos.

—Lo siento. No lo ha conseguido. —Su voz se quebró con un sollozo ahogado, luego tomó aire con dificultad como si apenas pudiera mantener la entereza—.

Los otros escaparon en la segunda balsa, pero no pude encontrar a Boomer por ninguna parte...

—Más sollozos entrecortados se le escaparon.

La lancha dio un bandazo inestable mientras ella luchaba por controlar sus emociones.

—¿Qué? —La noticia golpeó a Phoenix como un golpe físico. Ella aparecía y desaparecía de su vista, rodeada de puntos brillantes y estrellas. Reconoció los síntomas de una conmoción cerebral grave; su cerebro luchaba por procesar lo que acababa de oír. ¿Boomer estaba muerto?

El mundo se inclinó y giró de forma nauseabunda. Phoenix se agarró al costado de la lancha, luchando contra una poderosa oleada de náuseas. Se asomó por la borda y tuvo arcadas, pero no salió nada más que saliva amarga.

La mano de Ellie le apretó el hombro, sirviéndole de ancla. —¿Estás bien? Casi has salido volando por los aires. Tienes un corte profundo en la cabeza. Creo que tienes una conmoción cerebral seria.

—He tenido cosas peores —masculló Phoenix, pero una pequeña y distante parte de él sabía que aquello no era cierto. Nunca se había sentido tan desorientado, tan desconectado de la realidad.

—Ahí viene un barco de rescate. —La voz de Ellie rompió la niebla mental, teñida de una esperanza tentativa mientras señalaba hacia el horizonte.

Él miró en esa dirección, obligando a sus ojos a enfocar, pero todo lo que podía ver era una línea azul, borrosa y ondulante. —¿Estás segura?

—Sí, ¿es que no lo ves? —Señaló a lo lejos—. Allí.

Protegiéndose con mano inestable los ojos sensibles de la intensa luz del sol, Phoenix escudriñó el horizonte.

Sabía por experiencia que la desorientación y la sensibilidad a la luz desaparecerían en unas pocas horas, suponiendo que no hubiera hemorragia interna. Solo tenía que aguantar hasta entonces.

Gradualmente, una forma oscura se materializó en la distancia.

La observó sin parpadear, mientras poco a poco se perfilaba la silueta de un barco que se aproximaba.

Pero algo en todo aquello le resultaba extraño; unas alarmas empezaron a sonar débilmente en el fondo de su mente aturdida.

Sus instintos, perfeccionados por años en la unidad naval de élite, le susurraron que aquello no era un navío de rescate.

—Va demasiado rápido —dijo débilmente, con las palabras atropellándosele.

—¿Cómo? Viene a ver si alguien necesita ser rescatado.

Sacudió la cabeza e instantáneamente se arrepintió cuando el mundo dio un vuelco nauseabundo. Tragando saliva para contener la bilis que le subía, luchó por hilvanar las palabras. —No, va demasiado alto sobre el agua, se mueve demasiado rápido.

Sintió que la mano de Ellie se tensaba en la caña del timón y la velocidad de la lancha disminuía ligeramente. —¿Qué estás diciendo, Phoenix? —El miedo se filtró en su tono de voz.

El barco misterioso estaba ahora a unos seiscientos metros y se acercaba rápidamente. Phoenix hizo un esfuerzo por distinguir a las figuras a bordo, pero seguían estando frustrantemente borrosas, apareciendo y desapareciendo.

—¿Hay alguien más a bordo? —preguntó, confiando en Ellie para que fuera sus ojos.

Ella oteó la embarcación que se acercaba. —Sí, veo a dos hombres. Los dos están en el puesto de mando.

—¿Dos hombres para un rescate? No me lo creo.

—Podrían haber estado cerca y haber visto la explosión —sugirió Ellie, pero la duda matizaba sus palabras—. Puede que haya más gente detrás que no alcanzo a ver.

Era posible, pero la forma en que el barco corría hacia ellos, como un depredador oliendo sangre, hizo que a Phoenix se le encogiera el estómago con certeza. Aquello no era un equipo de rescate.

—Da la vuelta —ordenó, forzando las palabras entre dientes.

—¿Qué? —La confusión y el miedo luchaban en los ojos de Ellie.

—Da la vuelta —repitió Phoenix con urgencia, con la voz ronca de dolor pero firme con una sombría determinación—. Tenemos que salir de aquí. Ahora.

—Pero ya nos han visto —protestó Ellie débilmente—. Y no tenemos combustible suficiente para llegar lejos.

Phoenix la miró fijamente a los ojos, con una mirada intensa a pesar de su nublada visión doble. —No importa. Solo da la vuelta. Deprisa.

Con movimientos vacilantes y bruscos, Ellie hizo que la lancha neumática diera un amplio giro de ciento ochenta grados. El barco misterioso era más rápido y maniobrable, pero todavía había cuatrocientos metros de mar abierto entre ellos. Una ventaja escasa, pero tendría que bastar.

Phoenix se desplomó de nuevo, luchando por mantenerse consciente mientras el dolor martilleaba su maltratado cráneo. —Acelera a fondo —consiguió decir con los dientes apretados, rezando para que pudieran dejar atrás a quienquiera que les pisara los talones—. Sácanos de aquí.

La pequeña lancha salió disparada, con el casco elevándose sobre el agua al ganar velocidad y luego bajando cuando volvieron a abrir gas.

El viento les azotó el pelo y Phoenix cayó contra el costado del bote, sintiendo como si una manada de elefantes estuviera desfilando dentro de su cráneo.

—Sigue así y no pares hasta que yo te diga —logró decir entre dientes.

—¿Quiénes son? —preguntó Ellie con un tinte de histeria en la voz.

—No estoy seguro, pero eso no es un barco de rescate.

—¿Por qué querrían hacernos daño? Seguro que están aquí para ayudar, ¿no?

—No lo sé, Ellie, pero tienes que confiar en mí en esto.

Pudo oír la incertidumbre en su voz, pero ella no aminoró la marcha.

Resonó un fuerte estruendo, como el de un petardo. —¡Abajo! —gritó Phoenix, reaccionando instintivamente a pesar del dolor que le atravesaba la cabeza.

Ellie se agachó con los ojos muy abiertos por la incredulidad. —¿Nos..., nos están disparando?

Resonaron más disparos y el sonido hizo eco sobre el agua.

—¡Tú quédate abajo y no pares! —gritó Phoenix, luchando por no perder el sentido mientras el mundo se inclinaba y giraba a su alrededor.

—¡Dios mío! —La voz de Ellie era casi histérica—. ¿Por qué nos están disparando?

Phoenix no supo qué responder. Solo podía rezar para que tuvieran tiempo suficiente para dejar atrás a la embarcación hostil o para que esta se desviara hacia el lugar de la explosión para rapiñar lo que quedara de la condenada plataforma petrolífera.

Arriesgándose a echar un vistazo por el costado, vio que la lancha motora ganaba terreno: ya estaba a solo unos trescientos cincuenta metros.

Se efectuaron más disparos y el característico tableteo de las armas automáticas le recorrió la espalda a Phoenix. Aquello no pintaba nada bien.

—Sigue —le gritó a Ellie, que se había quedado pálida de miedo.

Ella se acurrucó frente al motor fueraborda, con ambas manos aferradas a la caña en un gesto desesperado.

A pesar del terror grabado en su rostro, Phoenix estaba impresionado por cómo se las había arreglado para mantener el tipo.

Había visto a civiles entrar en pánico con muchas menos provocaciones.

Doscientos setenta metros.

Las balas silbaban en el aire y caían al mar a su alrededor, levantando pequeños géiseres de espuma.

Afortunadamente, era difícil, por no decir imposible, acertar a un blanco en movimiento, especialmente a uno que cabeceaba y se encabritaba mientras avanzaba, disparando desde otra lancha veloz.

Phoenix lo sabía por experiencia, habiéndolo intentado él mismo varias veces.

Mientras mantuvieran cierta distancia, estarían a salvo un poco más de tiempo.

Pero también sabía que algo tendría que ceder.

Tarde o temprano, la motora que los perseguía los alcanzaría, y entonces todo habría terminado.

La mente de Phoenix corría acelerada, buscando desesperadamente una salida a aquella pesadilla, pero el martilleo en su cabeza le dificultaba pensar.

Unos puntos negros bailaban en los bordes de su visión, amenazando con arrastrarlo de nuevo al vacío.

Parpadeó con fuerza, luchando por mantenerse despierto, por seguir concentrado.

Ellie lo necesitaba. No podía desmayarse ahora.

El rugido del motor de la lancha motora se hizo más fuerte, como un nido de avispas furiosas.

Phoenix se arriesgó a mirar atrás una vez más, entornando los ojos contra el reflejo del sol en el agua.

La distancia se había acortado a menos de doscientos metros; las figuras a bordo ahora eran claramente visibles: dos hombres, ambos armados, con el rostro oculto tras gafas de sol oscuras.

A Phoenix se le cayó el alma a los pies. Aquellos no eran aficionados dando un paseo. Tenían el aspecto de profesionales entrenados, de los que no se detendrían hasta terminar el trabajo.

Otra ráfaga de disparos rasgó el aire, las balas pasaron tan cerca que Phoenix casi pudo sentir su calor. Ellie gritó y el sonido atravesó la niebla de su cerebro. Tenía que hacer algo, y rápido, o ambos estarían muertos.