Capítulo 13
E llie estaba sentada tranquilamente en su habitación leyendo un libro cuando Suzi entró con paso alegre, sofocada y emocionada. Seguramente su compañera de cuarto había pasado toda la tarde con Boomer.
—Me gusta de verdad —confesó Suzi con los ojos brillantes—. ¿Sabes? Me ha dicho que Phoenix no ha estado con nadie desde que dejó los SEAL.
—¿Ah, sí? —preguntó, intentando parecer desinteresada, pero aguzó el oído.
—Sí, Boomer dice que Phoenix sufrió un golpe muy duro tras lo que pasó en Basora, y que no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.
—¿Basora? —Ellie frunció el ceño—. ¿Qué pasó en Basora?
—No lo sé —admitió Suzi—. Boomer no ha querido decírmelo, pero creo que fue algo muy grave. Debió de serlo para que Phoenix se marchara de la Marina.
Sintió que su curiosidad se despertaba. Phoenix nunca había mencionado Irak ni había dado una razón por la que había dejado la Marina. Cuando ella le preguntó, se limitó a decir que había llegado el momento. Una respuesta muy vaga, a todas luces.
—Bueno, estoy segura de que tendría sus motivos —dijo, intentando sonar despreocupada.
Suzi le dirigió una sonrisa pícara.
—¿Cómo os va a vosotros dos?
—Bien. Para ser sincera, he estado tan liada con las muestras de los ensayos que apenas le he visto hoy. —Excepto cuando había ido a su laboratorio para advertirle de que alguien podría estar intentando hacerle daño y que podría tener algo que ver con las reservas de petróleo o la falta de ellas.
—Acabo de verle —le contó Suzi—. Él y Boomer han empezado su turno. Al menos la tormenta ya ha pasado. Hace mucho más calor ahora ahí arriba.
—Sí, es un alivio. —Los últimos dos días habían estado cargados de miedo, ansiedad y frustración. Se alegraba de que las cosas volvieran a la normalidad.
Esa misma tarde, después de que Phoenix se marchara de su laboratorio, se había puesto en contacto con su amigo Ray, en Stanford.
Al principio, él se había mostrado reacio a ayudar, pero al enterarse de por qué necesitaba la información, le había dicho que lo investigaría.
Podría haber una forma de acceder a los datos de las imágenes de satélite a través de la cuenta de la universidad.
Ella le había dado las coordenadas pertinentes y le había pedido que la llamara al móvil cuando tuviera algo. Ahora solo era cuestión de esperar.
Agotada por los últimos días, se quedó dormida pronto, y por eso estaba totalmente despierta a las cinco menos cuarto de la mañana siguiente. Su primer pensamiento fue consultar el teléfono, pero no había mensajes de Ray.
Lo segundo que pensó fue en aventurarse a subir a cubierta para sacudirse la tensión de los últimos días. La ventaja añadida era que vería a Phoenix. Podría decirle que se había puesto en contacto con Ray y que él iba a intentar ayudarla.
Con cuidado de no despertar a Suzi, Ellie se puso su ropa de yoga, cogió la esterilla, se colgó la acreditación al cuello y subió a cubierta.
El mar estaba en calma, el cielo de un azul índigo profundo pero aclarándose por el este, y no había ni una nube a la vista.
Prometía ser un día espléndido. Ellie miró a su alrededor, pero no vio ni a Phoenix ni a Boomer, así que extendió la esterilla sobre el helipuerto, estiró y empezó con su rutina.
Estaba a mitad de la postura del perro boca abajo cuando Phoenix apareció detrás de ella. Se enderezó, pero no antes de pillar al hombre mirándole el culo. La verdad es que era difícil no hacerlo en esa posición.
—Buenos días. —De algún modo, él consiguió mantener la expresión neutral, pero Ellie pudo ver un destello de picardía en su mirada.
—Buenos días —respondió ella, deseando que sus mejillas no se pusieran rojas. Al menos, el sol acababa de empezar a salir y todavía quedaba una bruma húmeda antes del amanecer en el ambiente. Había asuntos más importantes que discutir que su trasero—. He conseguido contactar con mi amigo.
—¿Ah, sí? —Él estaba de pie al borde de la esterilla, con sus grandes manos sujetando el arma, los hombros anchos relajados pero tensando la camiseta oscura de manga larga que llevaba bajo el chaleco táctico.
Incluso en la penumbra, se apreciaban los marcados músculos de sus brazos, curtidos tras años de intenso entrenamiento y combate—. ¿Qué ha dicho?
—Va a intentar usar el enlace de la universidad para acceder a la señal.
—Bien. ¿Eso te dará la información que necesitas?
—Sí, así es. Podré compararlo con el informe del estudio y asegurarme de que todo esté en regla.
—¿No le has dicho a nadie lo que estás haciendo?
—No, he llamado cuando Suzi estaba fuera, así que nadie lo sabe.
—Excelente. Buen trabajo. Mantenme informado.
—Lo haré.
Él señaló la esterilla de yoga.
—Te dejo para que sigas con tu rutina.
Ellie vaciló. Él no se había movido. ¿Significaba eso que se iba a quedar mirando? Su intensa mirada azul la recorrió un instante y ella sintió el familiar cosquilleo en el estómago.
Como si se hubiera dado cuenta, murmuró: «Lo siento, me voy ya», y continuó su patrulla por la cubierta, desapareciendo tras un entramado de pilares.
Exhalando, ella intentó centrar su atención en los movimientos y no en la imagen persistente de él observándola.
Su examen la había dejado sintiéndose cohibida y expuesta, pero al mismo tiempo excitada.
Una parte de ella quería cruzarse de brazos frente al cuerpo y esconderse, mientras que otra, más salvaje, deseaba arrancarse la ropa y presionar sus manos grandes y fuertes contra su piel.
Su pulso volvió a acelerarse. No era precisamente el entrenamiento tranquilo que había imaginado.
Aun así, Ellie apretó los dientes y siguió con los movimientos, decidida a no ceder al deseo puro y desenfrenado que la consumía cada vez que Phoenix estaba cerca.
Tenía que ejercer algún control sobre sus emociones. Era científica, por Dios. La lógica gobernaba su cabeza, no la pasión. No recordaba haberse sentido nunca así por un hombre. Ni siquiera por Jeremy Johnson, su primer amor en el instituto.
Aquello había sido un beso apresurado detrás de las gradas, seguido de una decepcionante noche de graduación en la que solo habían llegado a primera base.
Había tenido un par de novios en la universidad, nada memorable.
Luego vinieron tres años de sequía en Arabia Saudí, seguidos de Rafael.
Él había sido su primer novio de verdad. Y el último.
Ellie se mordió el labio. Ahora lo único que hacía era huir de los hombres. Del peligro. De todo, maldita sea. Era deprimente. Tenía demasiado miedo como para vivir por si acaso ocurría algo malo.
Se le escapó una risa amarga.
Phoenix era el peligro. Había sido un Navy SEAL, entrenado para ser un arma letal, cuyo trabajo consistía en lanzarse de cabeza a las situaciones más peligrosas imaginables.
Ahora era un contratista de seguridad privada; no mucho mejor.
Solo había que ver lo que pasó la noche en que Billy se cayó al océano.
Fueron Phoenix y Boomer quienes fueron a por él sin dudarlo y arriesgaron sus propias vidas en el proceso.
Madre mía. Tendría que hacérselo mirar.
¿Qué hacía deseando a un hombre como él ? Un hombre que encarnaba precisamente todo lo que le aterraba.
Sin duda, él solo aportaría más peligro a su vida. Más riesgo. Más miedo.
Ellie exhaló, volviendo a la posición inicial, con las manos juntas frente a ella, pero se sentía de todo menos calmada.
Para sosegar su corazón acelerado, recordó cómo Phoenix la había sujetado durante su ataque de pánico.
Sus brazos fuertes envolviéndola, haciéndola sentir segura y protegida.
Cómo la había calmado con sus manos, sorprendentemente suaves a pesar de los callos ganados tras años de empuñar armas y participar en brutales combates cuerpo a cuerpo.
Cómo le había susurrado, con su voz profunda, suave y tranquilizadora, diciéndole que todo iba a salir bien.
Y había funcionado.
Ella le había creído.
Por alguna extraña razón, este guerrero endurecido, este hombre que nunca estaba lejos de su rifle semiautomático y que se había enfrentado a la muerte en innumerables ocasiones, había sido capaz de frenar su ansiedad en seco con un simple contacto y unas pocas palabras de consuelo.
Desafiaba a la lógica. La ironía era casi cómica.