Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 7
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Capítulo 7

E llie acababa de entrar en la cafetería en busca de algo para cenar, tras recibir las últimas noticias del supervisor de la obra, cuando oyó que la llamaban por su nombre.

—¡Ellie, por aquí!

Al levantar la vista, se le encogió el estómago.

Suzi estaba sentada con Phoenix y con Boomer, el chico que había interrumpido su casi beso —o lo que fuera aquello— esa misma mañana.

Por suerte, las prisas por terminar la perforación antes de que estallara la tormenta la habían tenido ocupada todo el día, así que no había tenido tiempo de analizarlo.

Un momento de locura, eso era todo. La oscuridad…, el frío…, su sudadera. Nada más.

Entonces recordó el ardor en su mirada mientras la atraía hacia él y el martilleo ensordecedor de su corazón al caer en sus brazos; algo parecido a lo que sentía ahora mismo.

Se había sentido tan fácil, tan natural…, casi como si hubiera estado con el piloto automático.

Luego vino aquella expresión atormentada, como si él estuviera sufriendo.

¿Pero por qué? Había sentido la tensión en sus brazos cuando le rodeó la cintura y la atrajo hacia sí. Había escuchado la desesperación en su tono cuando gimió su nombre.

No se lo había imaginado. Él se sentía tan atraído por ella como ella por él, estaba segura.

Ahora, ahí estaba él, repantingado en su silla de plástico moldeado, todo encanto melancólico: mandíbula apretada, hombros rígidos y ojos reducidos a dos rendijas azules mientras la miraba.

Ella buscó a su alrededor una vía de escape, pero no había adónde ir.

Suzi le hacía señas y los dos hombres la observaban.

Irse ahora solo empeoraría la situación.

Así que respiró hondo y cruzó la sala, con las mejillas ardiendo. Al llegar junto a ellos, forzó una sonrisa.

—Hola.

—Mirad a quién he encontrado merodeando por la cafetería —les sonrió Suzi radiante a los dos hombres musculosos de la mesa. Parecía sumamente orgullosa de sí misma—. Ellie, este es Boomer.

—Ya nos conocemos —le guiñó Boomer un ojo.

Bajo las brillantes luces fluorescentes de la cafetería, vio que tenía ese mismo machismo seguro de sí mismo que parecía ser un requisito indispensable para los militares.

Grande y corpulento. Tenía la nariz rota, probablemente varias veces, y unos ojos amables y caídos. Innegable atractivo sexual.

—¿Qué tal estáis? —Se alisó el pelo con la mano, consciente de que debía de parecer un nido de pájaros debido a los vientos huracanados que soplaban en la cubierta.

—Genial —respondió Boomer.

Phoenix se limitó a gruñir, claramente de mal humor. Bueno, ya eran dos.

—Siempre voy un paso por detrás —se lamentó Suzi, mirando de uno a otro.

—Nos hemos conocido en cubierta esta mañana —dijo Ellie rápidamente—. Justo cuando empezaba la tormenta.

—¿Haciendo yoga? —preguntó Suzi.

Ellie asintió. No es que hubiera llegado a hacer nada, pero Suzi pareció satisfecha.

—¿Qué tal ha ido hoy? —preguntó Phoenix, sorprendiéndola con la pregunta—. ¿Habéis terminado de perforar?

—Sí, lo han hecho —le impresionó que se acordara—. Justo a tiempo. Cuando pase la tormenta, podremos recoger la cuarta serie de muestras.

—Esperemos que con mejores resultados.

Ella frunció los labios. Había estado escuchando.

—Se está poniendo la cosa fea ahí fuera —dijo Suzi mientras la lluvia se estrellaba contra el metacrilato, haciéndolo vibrar.

—Lo sé, acabo de hablar con Billy.

—No deberías estar en la parte superior —espetó Phoenix con el ceño fruncido—. No es seguro.

A Ellie le sorprendió su tono brusco.

—Hemos dado aviso para que todo el mundo se quede bajo cubierta hasta que pase lo peor —explicó Boomer—. Como agentes de seguridad, asesorábamos a Henderson sobre los procedimientos de seguridad.

Ella asintió. —No volveré a subir hasta que termine la tormenta.

—Me he puesto en contacto con la empresa que redactó los informes del estudio —dijo Suzi, cambiando de tema—. Se llaman Geo Services Limited y tienen su sede en Houston.

Ellie sacudió la cabeza, desconcertada. —No he oído hablar de ellos en mi vida.

—Yo tampoco, pero son una organización de prestigio y trabajan mucho en el golfo de México.

—¿Tienes algún contacto? —Evitó deliberadamente la mirada de Phoenix—. ¿Has hablado con ellos?

—Todavía no. En cuanto lo haga, te aviso.

—¿Vas a comer algo? —preguntó Boomer—. La comida es bastante buena. Minnie es una chef tejana de aquí y hoy se encarga del servicio del almuerzo.

Ellie no tenía hambre, pero sabía que Boomer tenía razón. Tenía que mantener sus niveles de energía o se sentiría aún peor. Cogió una bandeja y una rubia sexi de ojos enormes y amplia sonrisa le sirvió un gran plato de chili con carne. En su placa de identificación ponía Minnie.

Ellie no pasó por alto la mirada persistente que la cocinera lanzó en dirección a Phoenix. Al volver a la mesa, ignoró la extraña opresión en el pecho. Parecía que no era la única que encontraba atractivo al corpulento agente.

Suspiró y se sentó. ¿Por qué le importaba? Un hombre como Phoenix podría elegir a la mujer que quisiera. No era para nada su tipo, así que ¿por qué casi lo había besado?

Después de aquel casi beso, había vuelto a su habitación, se había duchado y luego se había preparado para el trabajo. Su sudadera seguía sobre la cama, intacta, como si tuviera demasiado miedo de cogerla. Temerosa de que aún conservara algún tipo de influjo mágico sobre ella.

Era ridículo, lo sabía. Sin embargo, verse rodeada por su calor, por su olor..., la había afectado de una forma que nunca habría imaginado.

—¿Cuánto se supone que va a durar la tormenta? —preguntó Suzi.

—Un día, quizá dos. —Phoenix miró a Boomer buscando confirmación, y este asintió.

Ellie cogió los cubiertos y estaba a punto de empezar a comer cuando un estruendo formidable llegó desde algún lugar por encima de ellos.

—Mierda, ¿qué ha sido eso? —Suzi tenía los ojos muy abiertos.

Tanto Phoenix como Boomer ya se habían levantado de sus asientos y corrían hacia la puerta.

—Parece parte del aparejo —jadeó Ellie.

Si era eso, la cosa estaba mal. Muy mal.

Suzi se levantó de un salto y salió disparada tras ellos.

Ellie la siguió, al igual que otros trabajadores de la plataforma y personal de operaciones.

La primera persona que vio al llegar a la parte superior fue a un Billy despeinado, el jefe de operaciones, gritando por una radio de mano: —¡Subid aquí! Tenemos que asegurarlo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, mirando a su alrededor.

Su rostro estaba sombrío mientras apartaba la radio del oído. —La grúa. Ha volcado y ha atravesado la barandilla.

La lluvia azotaba la cubierta y desgarraba los aparejos.

El enorme estruendo lo había provocado una minigrúa que había volcado lateralmente sobre la cubierta superior.

Su peso había doblado la barandilla lateral, que colgaba del borde de la plataforma y golpeaba contra la estructura metálica.

Una de las barras de acero se había soltado y se agitaba peligrosamente.

—Va a salir volando —gritó Suzi detrás de ella—. Podría golpear a alguien.

Ellie agarró un trozo de cuerda de una caja cercana donde guardaban esos artículos y corrió hacia la barandilla. —Podemos asegurarlo con esto.

El viento aullaba a su alrededor y amenazaba con lanzarla por el borde de la plataforma a los mares revueltos que había debajo.

—¡Atrás! —gritó Billy, acercándose corriendo. Le quitó la cuerda de la mano—. Déjame a mí.

De repente, un trozo de escombro voló por la cubierta, golpeó al jefe de operaciones y lo mandó rodando hacia atrás.

—¡Billy! —gritó Ellie. Se lanzó hacia él, pero no llegó a tiempo, y cayó por el borde, fuera de la vista.

—¡Hombre al agua! —chilló ella, aferrándose a la barandilla rota. El viento arremetía peligrosamente a su alrededor con una fuerza tan grande que apenas podía sostenerse.

—¡Ayuda! —Suzi se volvió hacia donde Phoenix y Boomer trabajaban para asegurar la grúa dañada—. ¡Billy se ha caído de la plataforma!