Capítulo 4
E ste trabajo había sido un salvavidas. Después de lo ocurrido en Basora, Phoenix no se veía capaz de afrontar otra misión con los SEAL. No con eso pesándole en la conciencia .
Dos hombres habían muerto por su culpa. Dos hombres buenos.
Sus amigos.
Phoenix se quedó mirando el plato de comida intacta. En la cafetería servían rancho del bueno, pero no tenía apetito. El único sabor que sentía era el de la culpa.
—¿No está bueno? —preguntó una voz femenina.
Levantó la vista y vio a Minnie, la cocinera tejana que preparaba casi todas sus comidas, sonriéndole descaradamente.
Tenía unos grandes ojos marrones, una masa de rizos rubios y un marcado acento tejano.
Los operarios que trabajaban por turnos en la plataforma solían hablar de ella, y de formas que no siempre le sentaban bien.
—No, no es eso. Está muy bueno, de verdad. Es que no tengo mucha hambre.
Los ojos de ella lo recorrieron sin pudor. —Un hombre como tú necesita comer para mantenerte fuerte —dijo, y flexionó el bíceps, luciendo unos brazos largos y estilizados.
Él forzó una sonrisa y cogió el cuchillo y el tenedor.
No podía desairar a la cocinera. Minnie llevaba flirteando con él desde el día en que llegó.
No le molestaba. De hecho, estaba acostumbrado y, normalmente, se habría apuntado a un poco de diversión, pero desde que dejó la Armada, se había mantenido estoicamente soltero.
No sabía si era porque no se sentía digno de divertirse habiendo causado la muerte de dos de sus compañeros o si los líos de una noche sin compromiso simplemente habían perdido su atractivo ante el problema mucho más grave que tenía entre manos.
Fuera cual fuese el motivo, no estaba preparado para el contacto humano cercano, lo que significaba que las citas estaban fuera de toda cuestión.
Se obligó a ingerir unos cuantos bocados y volvió a levantar la vista cuando la fiera, Eleanor Rider, entró con su compañera de habitación, Suzi.
Había coincidido con Suzi un par de veces por mediación de Boomer, con quien compartía camarote, y le caía bien.
Era alegre y sociable, un verdadero soplo de aire fresco.
En secreto, pensaba que Boomer sentía algo por ella, pero era demasiado tímido para decir nada.
Boomer, a pesar de haber tenido su buena dosis de mujeres, no era de los que daban el primer paso. Por suerte, al estar como una máquina y tener unos rasgos que las mujeres encontraban atractivos, rara vez tenía que hacerlo.
—Hola, Phoenix —le saludó Suzi mientras se detenía ante su mesa, aunque él no pasó por alto que Eleanor se ponía tensa—. ¿Quieres compañía?
—No estaré aquí mucho rato —dijo él, encogiéndose de hombros a modo de disculpa—. Mi turno empieza en quince minutos. —Todo en el lenguaje corporal de ella indicaba que preferiría no sentarse con él.
—No pasa nada, no nos importa. —Suzi se sentó sin que se lo pidieran, y Phoenix vio que Eleanor soltaba un pequeño suspiro.
No era la única reacia. Él tampoco estaba de humor para charlas triviales.
Había dormido casi toda la mañana tras haber chocado con ella, recuperando el sueño de la noche anterior, y luego se había pasado la tarde entrenando en el gimnasio, desahogando parte de la frustración que siempre parecía llevar a cuestas.
Normalmente eso ayudaba, pero hoy, por alguna razón, solo había empeorado las cosas.
Vestido con su ropa de operaciones, aún tenía que volver a su camarote para ponerse el chaleco táctico и recoger el resto de su equipo. Tenía una larga noche por delante.
Eleanor se sentó y su pierna rozó la de él bajo la mesa.
—Perdona —masculló.
Él esbozó una pequeña sonrisa. —¿Has llegado a tiempo a donde ibas con tantas prisas antes? —Estaba tan absorta cuando se tropezaron que debía de ser un lugar importante.
Sus grandes ojos marrones se abrieron de par en par. —Ah, sí, gracias. Llegué.
—¿Os conocéis? —preguntó Suzi, sorprendida.
—No oficialmente —dijo Phoenix. Curiosamente, Eleanor no parecía tan combativa ahora. Era una faceta diferente de ella. Había visto a la fiera y a la profesional concienzuda, pero ahora parecía distraída, distante.
—Ah, bueno, en ese caso, te presento a mi nueva compi, Eleanor. Estará aquí mientras dure el proyecto, así que la verás bastante a menudo.
—Llámame Ellie —la fiera le tendió la mano.
Phoenix se la estrechó, envolviéndola con la suya, mucho más grande. Le vino a la cabeza una imagen sujetándola por encima de su cabeza sobre el suelo metálico del helipuerto esa misma mañana.
Ese era el problema de las plataformas petrolíferas, razonó. El personal permanente estaba confinado en espacios habitables reducidos, por lo que todo el mundo llegaba a conocerse muy bien. Demasiado bien, en algunos casos.
—Ellie es ingeniera química —añadió Suzi—. Está al frente del proyecto de pruebas.
—¿Ah, sí? —no pudo evitar sentirse impresionado. Había pensado que las operaciones se habían acelerado desde que ella llegó, pero ella, con modestia, le había restado importancia.
—Phoenix —dijo él, soltándole la mano.
Ella se la volvió a poner en el regazo, con su mirada curiosa aún fija en su rostro. Se fijó en que sus ojos marrones tenían destellos amarillos, lo que hacía que parecieran brillar. —¿Phoenix? ¿Como el ave que resurge de sus cenizas?
—Sí. Es un apodo que me pusieron en la Armada porque siempre era el último que quedaba en pie. El fénix, al parecer, vivía quinientos años. O eso me habían contado.
Qué ironía que la profecía hubiera resultado ser cierta. Él seguía en pie, mientras todos los demás habían caído, y ahora tenía que lidiar con la culpa del superviviente.
Así es como lo llamaban los terapeutas, los artículos de las revistas, Google.
—¿Estuviste en la Armada? —ella enarcó las cejas.
—Sí, pero ya no.
—¿Y eso por qué?
Era una pregunta bastante inocente, pero para la que no estaba preparado. —Era hora de un cambio.
Se produjo una pausa incómoda.
—Boomer y Phoenix trabajan para la misma empresa de seguridad privada —dijo Suzi, llenando el vacío con naturalidad—. ¿Cómo se llama?
—Blackthorn Security. La dirige un colega mío.
A decir verdad, había estado dando tumbos sin hacer nada en particular, bebiendo demasiado y pasando el rato en bares de billar, cuando Blade se le acercó.
Blade, también exmilitar, había recibido la baja médica del ejército poco antes de que Phoenix abandonara a los SEAL, y ahora dirigía las operaciones de Blackthorn.
Al principio, Phoenix dijo que no, que no estaba en condiciones. Su forma física se había ido a la porra y aún estaba conmocionado por lo ocurrido. Blade, que sabía lo que era estar sin rumbo, no aceptó un no por respuesta. Así que aquí estaba.
Pero no les contó nada de eso.
—Boomer estaba en explosivos —continuó Suzi, con un tono de orgullo en la voz.
Esos dos definitivamente se gustaban. Era obvio con solo ver lo mucho que se animaba ella cuando hablaba de él.
—Se ganaba la vida desactivando bombas. ¿Os imagináis hacer algo así?
—Yo no —Ellie sacudió la cabeza—. Debía de ser muy estresante.
—Sí, por eso lo dejó —dijo Suzi—. Se llevó un buen susto y pensó que ya había tenido suficiente.
¿Un susto? Esa era una forma de decirlo.
Obviamente, Boomer le había dado la versión suavizada.
En realidad, un artefacto explosivo improvisado había estallado mientras intentaba desactivarlo y se le llenaron los pulmones de metralla.
Fueron necesarias seis meses, múltiples cirugías y semanas de rehabilitación para extraerlo todo y curarse.
Después, decidió no volver al trabajo, y Phoenix no lo culpaba.
Ser un SEAL de la Armada de los EE. UU. pasaba factura, y todos tenían cicatrices que lo demostraban, pero echaba de menos la camaradería de la unidad.
Él y su equipo habían estado juntos en verdaderos infiernos a lo largo de los años, pero los vínculos que habían forjado eran profundos y duraderos.
Por eso dolía tanto haber perdido a dos de ellos.
Se volvió de nuevo hacia Ellie. —¿A qué venían tantas prisas esta mañana?
Ella frunció el ceño, arrugando la frente. —Hoy he analizado las primeras muestras, pero no eran lo que esperaba. Pensé que nos habríamos equivocado con las coordenadas, así que iba de camino a comprobar los mapas del estudio geográfico. Ahí es cuando choqué contigo.
—Pero eran correctas —matizó Suzi, interviniendo.
Ellie asintió. —Sí, todo estaba bien, así que no puede ser eso.
—¿Qué esperabas encontrar? —Phoenix intuyó que ese problema tenía más miga de lo que Ellie dejaba entrever. Había ganado experiencia leyendo a la gente durante su etapa en los SEAL —las vidas dependían de tomar la decisión correcta— y notaba que algo la inquietaba.
—Una composición de elementos diferente, nada más. Algo más acorde con las imágenes por satélite que se habían tomado —hizo un gesto en el aire—. No tiene importancia. Mañana volveré a hacer las pruebas. Probablemente sea solo un problema con mis muestras.
Le estaba restando importancia, pero él no insistió.
—¿Tu turno es de toda la noche? —preguntó Suzi, y él tuvo la sensación de que estaba pensando en Boomer.
—De 20:00 a 8:00 —respondió, cruzando la mirada con Ellie. ¿Estaría ella también pensando en su encuentro sorpresa de madrugada?
Lo que Ellie no sabía era que él la había visto volver y terminar su rutina de yoga en el helipuerto.
Manteniéndose en las sombras —no había querido interrumpirla de nuevo—, la había observado realizar los distintos movimientos con una gracia y fluidez que había admirado.
¡Qué demonios!, había hecho mucho más que admirarla. No podía quitarle los ojos de encima.
—¿Pasáis a turno de día la semana que viene? —preguntó Suzi, obviamente preguntándose si podría pasar más tiempo con Boomer.
Tras asentir, él se puso de pie. —Tengo que irme, me toca entrar en el turno.
—Pásalo bien —dijo Suzi animadamente—. Saluda a Boomer de mi parte.
—Lo haré. —Phoenix se volvió hacia Ellie con una media sonrisa en el rostro—. ¿Puedo esperar verte mañana a las cinco en el helipuerto?
Ella se puso roja y le lanzó una mirada fulminante. Así, de repente, la fiera había vuelto. —No cuentes con ello.
Él soltó una risita. —Lástima.
Ella se negó a mirarlo.
Sonriendo, y de mejor humor de lo que había estado en todo el día, se dirigió a su habitación para equiparse.
* * *
—Vale, ¿qué pasa entre vosotros dos? —soltó Suzi en cuanto Phoenix salió de la cafetería.
Ellie desvió la mirada. —Nada. ¿A qué viene eso?
—No hay más que ver la maldita tensión que hay entre los dos —sacudió la cabeza—. ¡Venga ya!
—No sé de qué me hablas —masculló Ellie—. ¿A lo mejor deberíamos comer?
—Espera un momento —a Suzi le chispearon los ojos—. No te vas a escapar tan fácilmente. ¿Qué ha pasado esta mañana? Venga, cuenta.
—Solo ha sido un pequeño malentendido. Estaba haciendo yoga en el helipuerto y él pensó que yo era una intrusa.
Suzi soltó un bufido sonoro. —¿En serio?
—Sí, se lanzó sobre mí y me inmovilizó en el suelo. Por desgracia, no llevaba mi identificación encima, así que no me creyó cuando le dije quién era.
Ella soltó una carcajada. —¿Cómo se te puede olvidar la identificación, Ellie?
—Lo sé. Ha sido culpa mía totalmente. Tuve que llevarlo a nuestro camarote para cogerla y solo entonces me soltó.
Suzi soltó una risita alegre.
Era contagiosa y Ellie también acabó sonriendo. —Me da un poco de vergüenza.
—A mí no me importaría que alguien como él se lanzara sobre mí.
—En ese momento no tuvo ninguna gracia —los recuerdos de su ataque de pánico regresaron de golpe—. Me dio un susto de muerte.
—Es un asesino profesional —dijo ella con un toque de admiración—. Seguro que podría aplastarte con las manos desnudas si quisiera.
Vaya pensamiento más reconfortante.
—Me muero de hambre —Ellie ya había tenido suficiente de este tema y se levantó—. Deberíamos haber cogido la comida antes de sentarnos. Vamos a comer.
—Vale, pero vamos a hablar de esto en otro momento —Suzi se levantó con ella—. Le gustas a ese hombre, te lo digo yo.
—Tonterías.
—Entonces, ¿vas a ir a verlo mañana por la mañana? —Suzi cogió un plato.
Ellie le dio la espalda a su amiga. —No lo sé. Aún no lo he decidido. —El yoga matutino era algo que disfrutaba de verdad. A pesar de lo que había dicho, no quería renunciar a ello solo por evitar a cierto hombre que era una bestia.
—Si te gusta, deberías ir —dijo Suzi—. La plataforma es grande. Puede que ni siquiera lo veas.
No era tan grande.
¿Debería ir?
Sería una pena perdérselo.
En la plataforma, donde había pocas oportunidades para hacer ejercicio, disfrutaba de las posturas tonificantes. También la mantenía ágil y la relajaba, preparándola mentalmente para el día.
—Sí, probablemente vaya. —Decisión tomada.
Ellie llenó su plato con una generosa ración de falda de ternera, pan de maíz esponjoso y una guarnición de ensalada de col.
Con una cena en condiciones y una buena noche de sueño, estaría lista para empezar al amanecer.
Con más energía que esta mañana, cuando aún estaba aturdida por el vuelo y la cama desconocida.
Una cosa era segura: su decisión no tenía absolutamente nada que ver con cierto agente de seguridad brutalmente atractivo que estaría patrullando la plataforma durante las primeras horas del día.
Nada en absoluto.