Capítulo 3
¡ E se hombre!
Ellie se sentó en el borde de su cama, vibrando con una extraña clase de energía eléctrica que la había dejado tan aturdida como excitada.
¿Pero qué demonios?
No sabía qué pensar de él. Desde luego era eficiente, por la forma en que había embestido contra ella, haciéndola salir volando.
Y fuerte... Poseía una fuerza natural, con unos bíceps de acero.
Ella se había esforzado al máximo por quitárselo de encima y, desde aquellas clases de defensa personal, no era precisamente débil. Ya no.
Y, sin embargo, él ni siquiera se había inmutado.
Ni un milímetro. Era una montaña de piedra inamovible.
Un escalofrío la recorrió al recordar que se había sentado encima de ella.
Ni de broma había descargado todo su peso.
Estaba segura de que se había contenido.
Eso lo hacía aún más increíble: la había dejado indefensa sin usar siquiera toda su fuerza.
Solo podía imaginar lo que le haría a un intruso de verdad.
¿Pero por qué estaba tan alterada?
Sabía por qué.
Rafael.
Maldito sea. Desde aquel incidente, era incapaz de verse en una situación remotamente amenazante sin sentir que el corazón le daba un vuelco y le empezaban a sudar las palmas de las manos mientras su ansiedad se descontrolaba. Había sido así durante los últimos dos años.
El agente de seguridad solo había estado haciendo su trabajo. Ella había tenido la culpa por no llevar su tarjeta de identificación.
Lo de siempre.
Henderson se lo había advertido: «Asegúrese de llevarla encima en todo momento», le había dicho.
¿Y qué había hecho ella?
La primera vez que había salido de la habitación, se le había olvidado, cómo no.
Un protocolo sencillo que conocía y que, aun así, había descuidado.
Debía de ser el ajetreo de los últimos días.
Le echó la culpa al jet lag . Tenía la cabeza en cualquier parte, intentando averiguar en qué zona horaria se encontraba.
Cogió el cordón y se lo pasó por la cabeza. La fotografía de la identificación le llamó la atención. No era su mejor momento, pero no estaba mal. Con su traje de negocios, el pelo recogido, un poco de maquillaje..., parecía la profesional experimentada que era.
Tres años trabajando para una empresa petroquímica en Arabia Saudí y luego otros dos en Escocia. No era la primera vez que trabajaba sobre el terreno, así que ya debería estar acostumbrada a los protocolos.
Inspirando profundamente, intentó calmarse. Bueno, no iba a dejar que la Bestia le arruinara su primer día de trabajo. De ninguna manera.
Al mirar alrededor de la habitación, se dio cuenta de que su esterilla de yoga seguía en el helipuerto.
Mierda.
Ahora tendría que volver a hurtadillas a por ella.
Lo último que quería era cruzarse otra vez con la Bestia, pero no podía dejarla allí.
En cuanto el helicóptero empezara a transportar gente a la plataforma, alguien la quitaría, le costaría encontrarla y probablemente se llevaría una reprimenda por haberla dejado ahí.
Peor aún: podría salir volando y perderse para siempre.
A regañadientes se levantó, mientras su cuerpo se quejaba del súbito movimiento. Levantándose la camiseta, se inspeccionó las costillas magulladas. Genial, fantástico. Ahí era donde él había chocado contra ella. También le escocía el codo, donde se había raspado contra la cubierta al caer.
Suspiró. No era nada grave. Se curaría a su debido tiempo. Una vez se había tropezado y caído por unos escalones de acero en una plataforma del mar del Norte, y aquello le dolió muchísimo más.
Con cuidado de no despertar a Suzi, Ellie abrió la puerta del camarote y se aventuró de nuevo a la parte superior. El cielo empezaba a clarear por el este, donde una fina franja de sol líquido asomaba por el horizonte, que era totalmente plano.
Era una estampa impresionante y jadeó de deleite. Hacía tiempo que no veía un amanecer tan hermoso.
En Escocia, el cielo siempre había tenido cincuenta sombras de gris y, en Oriente Medio, el sol parecía aparecer ya formado del todo, como una bola de fuego brillante y ardiente.
Sería una pena desperdiciarlo. La cubierta seguía en silencio, sin nadie de servicio todavía.
No había ni rastro de la Bestia y, aparte del crujido ocasional de la maquinaria y el suave silbido de la brisa cálida a través de las vigas metálicas de la plataforma, solo estaban ella, el cielo y el vasto océano.
Perfecto para un saludo al sol.
De esta forma, al menos cumpliría con su rutina, aunque fuera en una versión abreviada. Sabe Dios que lo necesitaba, especialmente ahora con los moratones del costado y la rigidez del codo.
El yoga siempre había sido su bálsamo. Lo había empezado después del incidente con Rafael como una forma de calmar su ansiedad, y había funcionado. Ya no la sufría tanto.
Solo cuando ocurría algo malo, como hoy, perdía los papeles y todo volvía de golpe. Hacía casi un año que no sufría un ataque de pánico como el de esta mañana.
El océano tenía un efecto tranquilizador.
Sintiéndose más compuesta, se colocó sobre la esterilla y juntó las manos en posición de oración.
Lentamente, elevó los brazos, con las manos aún juntas, estirando el cuerpo ligeramente hacia atrás, abriendo el pecho y concentrándose en el estiramiento.
—Respira. —Le pareció oír a su instructor de yoga.
Se inclinó hacia delante desde la cintura, intentando despejar la mente, pero, como una melodía que no se puede olvidar, no dejaba de verle a él encima de ella, con su mano enorme forzando la suya por encima de su cabeza.
Su respiración se aceleró y luchó por calmarla. Apoyando las manos en la esterilla, se concentró en el estiramiento de la espalda y las piernas y no en la mirada inquisitiva de aquellos ojos que se le habían quedado grabados.
Era de locos con qué facilidad la había reducido. Aterrador, la verdad. Y después de todo el entrenamiento que había hecho precisamente para que una situación así no volviera a repetirse.
Vale, estaba alterada. Realmente asustada. Lo que había pasado esta mañana era un recordatorio de que, por muy fuerte que se hubiera vuelto, seguía siendo más débil que un hombre.
Maldita sea.
Aquello la irritaba.
Inhalando más bruscamente de lo que deseaba, echó la pierna derecha hacia atrás, apoyando la rodilla en el suelo, sintiendo el tirón en los flexores de la cadera.
El cielo era de un azul medianoche que se iba desvaneciendo, exactamente del mismo tono que los ojos de él. Soltando un bufido de fastidio, extendió la otra pierna y adoptó la postura de la tabla, alineando su cuerpo.
Por alguna razón, le resultaba inusualmente difícil mantener el equilibrio. Su estabilidad central estaba por los suelos... y sabía perfectamente a quién culpar de ello.
El sol se elevó sobre el horizonte y el cielo de un naranja melocotón estalló. Ellie se deleitó con el calor en su rostro mientras bajaba el cuerpo a una posición prona. Empapándose de la energía, cerró los ojos, se apoyó en las manos y curvó la espalda.
Cielos, qué bien sentaba esto.
Poco a poco, empezaba a sentirse viva.
Al estirar los brazos y las piernas para formar una V invertida, la tensión de las últimas horas finalmente se disipó. El miedo que guardaba comenzó a remitir y recuperó su confianza natural.
Había sido una confusión. Él había pensado que era una intrusa que rondaba por la cubierta vestida de negro.
¿Quién podría culparlo?
Pero no volvería a ocurrir, ahora que ya sabía quién era ella.
Ellie terminó el resto de la secuencia de yoga, sintiéndose más fuerte con cada asana. Finalmente, al bajar los brazos y quedarse en la posición de oración, se sintió como una mujer nueva.
Hoy era un nuevo comienzo, una oportunidad para avanzar en su carrera dirigiendo un proyecto que le apasionaba. El Explorer desenterraría muestras de prueba y ella las analizaría y determinaría su viabilidad. Era una mujer fuerte, capaz e independiente.
No era una víctima.
A medida que el sol subía y los trabajadores empezaban a aparecer por la cubierta, recogió su esterilla y se dirigió a su camarote. Aún tenía tiempo de sobra para una ducha y para desayunar en la cafetería antes de empezar su turno. Iba a ser un buen día.
Ellie se quedó mirando los datos en la pantalla del ordenador que tenía delante.
Vale, puede que su optimismo de antes hubiera sido algo prematuro.
Acababa de realizar una prueba con las muestras del primer emplazamiento a través del analizador de fluorescencia de rayos X, lo que le daba una idea de la calidad y la composición de los diversos elementos dentro de las muestras.
Salvo que no contenían lo que esperaba.
Normalmente, en muestras viables, encontraba hidrocarburos ligeros, bajos niveles de contaminantes y cierto grado de permeabilidad de la roca. Todos los estudios geológicos habían apuntado a que así sería, pero lo que estaba viendo era todo lo contrario.
Desconcertada, reflexionó sobre los resultados.
No cuadraban. ¿Era posible que estuvieran perforando en el lugar equivocado?
Poco probable. ¿Había habido algún error con las coordenadas?
Era posible, pero de ser así, sería un error carísimo.
Y Suzi habría comprobado dos veces los informes de los estudios antes de introducir las coordenadas en el sistema.
Ellie decidió que comprobaría ella misma el informe geológico.
Levantándose, salió de su laboratorio y se dirigió al centro de control. Aquel era el núcleo de la plataforma desde donde se dirigían las operaciones de perforación.
Dobló una esquina y...
—¡Uf! —El aire se le escapó como de un globo pinchado.
Tambaleándose, retrocedió y las piernas le flaquearon. Extendió un brazo para sostenerse, pero en lugar de la fría pared, encontró algo casi igual de duro, pero mucho más caliente.
Su pecho.
Un brazo salió disparado y la rodeó por la cintura, evitando que se cayera. En un movimiento fluido, la levantó y la dejó de nuevo sobre sus pies. Sucedió tan rápido que le dio vueltas la cabeza.
—Madre mía, eres tú.
Estaban pegados, con las manos de ella extendidas sobre el pecho de él. Sintió cómo se tensaban sus músculos bajo sus dedos, sorprendida por el calor que aquello despertaba.
Hubo una respuesta escueta: —Soy yo.
Aquellos ojos de un azul medianoche centellearon hacia ella, haciéndola recuperar el sentido.
A diferencia de esta mañana, no vestía equipo de combate, sino que llevaba unos pantalones cortos y una camiseta informal con un logotipo de surf.
Eso le hacía parecer menos severo, más despreocupado.
Casi podía imaginárselo en una playa de California, con una tabla de surf bajo el brazo.
—Tenemos que dejar de encontrarnos así —dijo él con sorna.
—Lo siento. —Apartó las manos de su pecho—. No miraba por dónde iba.
El destello cambió por un ceño preocupado y la soltó con suavidad. —¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. Gracias —añadió, como algo secundario, con la cara ardiendo.
Él fijó en ella aquella inquietante mirada azul y Ellie estuvo segura de ver un destello de admiración. —¿Veo que ahora eres tú la que mandas?
—¿Perdona? —No estaba muy segura de por dónde iba. En su cabeza, aún seguía apretada contra él, sintiendo el calor de su cuerpo y sus brazos rodeándole la cintura.
—Bueno, llegas tú y al día siguiente las cosas empiezan a moverse. —Señaló con la cabeza hacia la sala de control de donde provenía un zumbido ruidoso, acompañado de profundas vibraciones que indicaban que la perforación estaba en curso.
—Están perforando el cuarto pozo de prueba —explicó ella, mirando hacia abajo; a cualquier sitio menos a él. Si tan solo se le pasara el calor de las mejillas—. Siguen un calendario que no tiene nada que ver conmigo. Yo solo estoy aquí para analizar las muestras.
Aquello le sirvió de recordatorio. Tenía que ir al centro de control para echar un vistazo a los mapas de los estudios. —Si me disculpas.
—Claro —se hizo a un lado, dejándola pasar. Ella percibió un aroma a loción para después del afeitado. Cálido y especiado, con un matiz ahumado que permaneció después de que ella hubiera pasado. En realidad, no permanecía, es que se le había quedado en la blusa.
Genial.
No era suficiente con que hubiera invadido sus pensamientos. Ahora también tendría que estar oliéndolo el resto del día.