Capítulo 2
—¿ Q uién eres? —gruñó Phoenix, inmovilizando a la intrusa con todo su peso. Era ligera; no le resultó difícil reducirla, pero lo había pillado por sorpresa. No se esperaba un ataque tan frenético.
Maldita sea, la entrepierna le latía donde la fiera lo había pateado, y le había dejado marcas de uñas en el antebrazo. La mujer había luchado como si le fuera la vida en ello.
Se notaba que estaba entrenada, pero no por militares; eso lo tenía claro. No era una amenaza seria, entonces. ¿Quizá una ecoguerrera? Una de esas apasionadas defensoras del planeta que no se daban cuenta del peligro en el que se ponían.
—¿Cómo te llamas? —repitió. Le habían advertido de que había habido amenazas. Les habían dicho que estuvieran alerta.
Ella se retorcía debajo de él, pero él la mantuvo quieta, presionando sus muñecas contra el duro suelo. Tenía las dos manos de ella sujetas con una de las suyas. La otra la extendió sobre su cadera, evitando que lo desequilibrara con sus repetidos empujones.
Lamentaba el uso de la fuerza, pero ella no se iría a ninguna parte hasta que hubiera respondido a algunas preguntas.
—Ellie —jadeó ella, y él sintió —más que notó— la forma en que su camiseta se retorcía bajo sus pechos, dejando a la vista su vientre liso y plano. Estaba suave bajo su mano; no sabía que la piel pudiera ser tan suave.
Obligó a su mirada a subir hasta su rostro: bonito y con forma de corazón, con un rubor de ira manchando sus mejillas. El pelo se le había soltado de la coleta, desparramándose a su alrededor.
Ella levantó la barbilla, y fue entonces cuando él notó la pequeña cicatriz de un par de centímetros en su cuello, plateada bajo la luz difusa.
—¿Para quién trabajas? —le preguntó.
—Para Xonex, la compañía energética.
Él frunció el ceño. Xonex, la misma empresa que lo había contratado por su experiencia en el manejo de situaciones exactamente como esta.
No encajaba. ¿Por qué iba vestida de negro, merodeando por la cubierta a altas horas de la madrugada?
Ella lo miraba fijamente, petrificada. Sus ojos, de un marrón claro con motas doradas, estaban muy abiertos y frenéticos. Incluso aterrorizada, había algo feroz y a la vez vulnerable en ella. Aflojó un poco la presión en sus muñecas, pero no lo suficiente como para que pudiera zafarse.
Tenía que estar seguro.
—¿Trabajas aquí? ¿En el Explorer ?
—Eso es lo que te llevo diciendo. —Unos ojos furiosos lo fulminaron, y ella se apartó unos mechones revueltos de color chocolate de la cara.
—¿Entonces por qué vas vestida como una ladrona de guante blanco?
Ella balbució:
—¿Ladrona de guante blanco? Este es mi conjunto de yoga.
—¿Yoga? No me fastidies. —Eso sí que era nuevo.
—Soy ingeniera. Te he dicho que trabajo aquí.
Confuso, se quedó mirándola, tratando de calarla.
Esbelta y con curvas en todos los lugares adecuados, con cascadas de pelo castaño oscuro que enmarcaban un rostro pálido y bonito, no parecía en absoluto una ingeniera; aunque, por otro lado, tampoco se parecía a ningún intruso al que se hubiera enfrentado jamás.
Una gurú del yoga, sí. Irónicamente, eso era lo más fácil de creer.
—¿Dónde está tu identificación? —preguntó él, con el rostro tan cerca que podía inhalar su aroma. Vainilla: cálido, acogedor, desarmante.
Ella hizo una mueca.
—La… la he dejado en mi habitación.
Él suspiró.
¿En serio?
—¿No tienes identificación, pero esperas que me crea que trabajas aquí?
—Es la verdad. —Ella puso un mohín sexi.
Él entrecerró los ojos.
—¿Cómo es que no te he visto antes?
—Llegué ayer por la tarde en el vuelo. De hecho, te vi a ti y a tu amigo en la cubierta, pero tú no me viste a mí.
Él frunció el ceño. No se había fijado en ella. Podría ser una excusa conveniente.
—¿Qué haces merodeando por la cubierta a las cinco de la mañana?
Ella volvió a retorcerse, clavando las caderas en los muslos de él. Para ser una mujer pequeña, era extraordinariamente fuerte. Él presionó hacia abajo y luego deseó no haberlo hecho. Una oleada de calor se extendió por su entrepierna, que todavía palpitaba por el impacto de su rodilla.
—¿No es obvio? Estoy haciendo yoga. —La irritación sustituyó al miedo. Eso era algo, al menos. No le había gustado ver lo aterrorizada que había estado.
Él conocía el miedo, y el de ella había sido muy real. Un miedo desesperado, aterrador e irracional. La experiencia le había enseñado que él no era la causa. Algo más había provocado ese miedo, algo malo y de hace tiempo. Pero ella no lo había superado.
—Yoga, claro… —Su voz se fue apagando.
La forma en que lo miraba… toda erizada y desafiante, con sus ojos de tigresa brillando en el brumoso amanecer. Quería creerla, pero tenía que comprobarlo todo bien antes de soltarla.
Podría ser simplemente una muy buena mentirosa. Todo el asunto del yoga podría no ser más que una cortina de humo. Por lo que él sabía, un grupo de activistas podría haber enviado a una mujer espectacular como ella para causar problemas por las perforaciones petrolíferas.
Esto no era territorio desconocido para él. Tras veinte años de servicio, gran parte de ellos como Navy SEAL, no le resultaban extraños los fanáticos en una misión. La gente se ponía muy intensa cuando creía de verdad en una causa.
—Mira, acabo de llegar ayer —espetó ella, claramente cabreada—. Si te quitas de encima, te llevaré a mi camarote y te enseñaré mi tarjeta de identificación. Entonces podremos aclarar todo este lío.
Eso era lo primero sensato que le oía decir.
—Me parece un buen plan. —Soltándola, liberó sus manos. La investigaría, y si decía la verdad…, bueno, entonces le debería una disculpa. Por alguna razón, eso no le importaba demasiado.
Ella resopló. —¿Puedo levantarme ya?
—De acuerdo, pero para que quede claro, te quedarás conmigo hasta que sepa que eres de fiar.
Ella asintió rápidamente y soltó otro pequeño suspiro.
Él se apartó y luego le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
Ella la ignoró, se puso en pie y luego se sacudió la ropa, no sin antes lanzarle una mirada que podría derretir el acero.
—Pasa tú —le indicó él, reprimiendo una sonrisa. Realmente era una fiera.
Ella caminó delante de él por la estrecha pasarela, balanceando las caderas al andar. Él gimió en silencio mientras la seguía.
¿Estaba jugando con él? ¿Trataba de provocarlo?
Siguió aquel culo sexi por el pasillo, tratando de mantenerse concentrado, pero maldita sea si no se lo estaba poniendo difícil. Pensamientos inapropiados se colaron sin permiso en su cabeza, alimentados por el recuerdo de su rostro ruborizado, su piel suave y su paso sensual.
Llegaron a la puerta que bajaba a los camarotes de la tripulación y ella miró hacia atrás, con ojos grandes, pidiendo permiso, pero no sin una mirada burlona.
Él asintió y bajaron; el resplandor verdoso de las luces de emergencia lo bañaba todo con un tinte inquietante mientras la plataforma crujía a su alrededor. Tenía que admitir que ella parecía saber adónde iba.
—Mi compañera de habitación todavía está durmiendo. —Vaciló frente a una de las puertas de los camarotes.
—Esperaré aquí.
Así que la pequeña pícara había estado diciendo la verdad, pero él tenía que seguir las normas. Todo el mundo a bordo tenía que llevar su tarjeta de identificación. Sin excepciones.
Ella se deslizó en su habitación, dejando la puerta entreabierta lo justo para que él pudiera ver el interior. La última vez que había bajado la guardia, casi le costó caro. No pensaba cometer el mismo error dos veces. Las mujeres podían estar llenas de sorpresas.
Entonces ella regresó, agitando su identificación justo delante de su cara. —¿Satisfecho?
Phoenix la comprobó, entornando los ojos en la penumbra.
Eleanor Rider, ingeniera química, Xonex Energy Services .
Vale, así que era legal.
Se la devolvió, encontrándose con su mirada triunfante. —Gracias, Eleanor Rider. Siento las molestias. Tenía que asegurarme, compréndelo. Nos tomamos la seguridad muy en serio en el Explorer .
Vio que un asomo de miedo regresaba, pero ella lo ocultó bien. —Supongo que solo estabas haciendo tu trabajo.
Él asintió bruscamente. —Así es.
Ella resopló, no del todo dispuesta a perdonarlo. —Deberías pensártelo dos veces la próxima vez que asaltes a un extraño. —Su mirada recorrió el físico de él y creyó detectar un involuntario destello de apreciación—. Un hombre de tu tamaño podría hacer daño a alguien.
—En mi línea de trabajo, un retraso podría significar la pérdida de vidas. —Sus ojos se clavaron en los de ella—. Solo recuerda llevar tu identificación en el futuro. Eso evitará más… malentendidos.
Ella se echó los mechones de pelo sueltos sobre el hombro mientras se daba la vuelta para entrar de nuevo en el camarote. —No te preocupes, lo haré.