Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 1
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Capítulo 1

T odo estaba sumido en la oscuridad cuando Ellie abrió los ojos. El largo vuelo desde Europa la había dejado cansada y de mal humor, y aquella cama no era nada del otro mundo. Gruñó; el jet lag podía ser una auténtica pesadilla.

Alargó la mano y consultó la hora en su teléfono.

Las cinco de la mañana.

¿Era demasiado pronto para una sesión de yoga?

Le dolía todo el cuerpo. Necesitaba desesperadamente estirar los músculos para quitarse las contracturas. Su esterilla de yoga estaba en la esquina, junto a la puerta, llamándola.

Suzi, su compañera de habitación, seguía profundamente dormida, con una respiración profunda y rítmica.

Con cuidado de no despertarla, Ellie se deslizó fuera de la cama, se puso unos leggings y una camiseta, y cogió su esterilla.

Tras recogerse el pelo en una coleta, salió sigilosamente de la habitación.

Los pasillos de la plataforma petrolífera eran oscuros e inquietantes, bañados por esa familiar y fantasmal luz verde que proyectaba largas sombras sobre las paredes de acero.

La primera vez que había estado en una plataforma marina, aquel resplandor etéreo la había puesto nerviosa, pero tras cinco años trabajando en el sector, ya estaba acostumbrada.

Subió por la estrecha escalera de acero hasta la cubierta superior, esperando ver alguna señal de vida, pero el lugar estaba desierto. Por otra parte, eran horas intempestivas y el primer turno no empezaba hasta las ocho.

El aire tropical le acarició la piel, cálido y sereno; muy diferente de las gélidas condiciones del mar del Norte donde había trabajado anteriormente. Cerró los ojos y dejó que la brisa cálida la envolviera, saboreando el momento.

Con la esterilla bajo el brazo, se aventuró por la pasarela, sorteando la estructura de acero ahora silenciosa, con sus grúas, plataformas multinivel y columnas de equipos de perforación, en busca de un rincón tranquilo donde hacer ejercicio.

Al llegar a la barandilla, se detuvo y contempló el golfo de México.

La oscura extensión se perdía de vista en todas direcciones.

Nunca dejaba de conmoverla la idea de ser un punto diminuto en medio de un océano inmenso.

Quizá fuera porque allí fuera nadie podía alcanzarla.

Estaba a salvo. Protegida por miles de kilómetros de agua.

Al menos eso es lo que había pensado. Hasta que Suzi mencionó la reciente amenaza de los ecoterroristas. Esta era una zona muy sensible del Golfo, ecológicamente frágil, y existían protocolos estrictos. Había leído las evaluaciones de impacto antes de venir.

Si hubiera sabido lo del riesgo, puede que se lo hubiera pensado dos veces antes de aceptar el trabajo.

Después de lo que pasó la última vez...

No, no iba a pensar en eso. Ellie respiró hondo para calmarse. Este proyecto era distinto. Los ecoterroristas se encadenaban a las estructuras, estorbaban, interrumpían las operaciones temporalmente. No amenazaban la seguridad personal de nadie.

Aun así, la amenaza explicaba la presencia de las patrullas armadas que había visto ayer al llegar en el helicóptero desde Corpus Christi.

Dos enormes agentes de seguridad, con rifles colgados de sus anchos hombros, montando guardia en la cubierta.

Había sido difícil no fijarse en ellos, por la atención que acaparaban.

Sus ajustadas camisetas negras sobre músculos ondulantes habían supuesto una distracción de al menos cinco minutos.

Pero a pesar de las apariencias, o quizá debido a ellas, la habían tranquilizado.

El cansancio le tensaba el cuello, así que lo estiró antes de dirigirse al helipuerto, el espacio más llano y despejado que pudo encontrar. Estaba desierto; el helicóptero aún no había regresado.

Perfecto.

Ellie desenrolló su esterilla y apenas se había puesto erguida cuando una repentina ráfaga de viento la hizo darse la vuelta. En un instante, fue embestida por sorpresa y derribada con fuerza. El aire se le escapó de los pulmones al quedar aplastada contra la cubierta.

El pánico la invadió.

¡No! Otra vez no.

Forcejeó y se retorció, intentando zafarse de su atacante, pero él la tenía inmovilizada contra el suelo. Mil pensamientos aterradores atropellaron su mente, confundiéndola. La sangre le bombeaba en los oídos, aumentando su desorientación.

—¡Quítate de encima! —Su grito agudo rompió la quietud de la madrugada.

Estaba de nuevo en Boston, en el apartamento de Raphael, con el brazo de él apretándole la cintura. El filo cortante de la navaja que sostenía presionaba su garganta. Frío, implacable. Un pequeño tajo y se desangraría.

—No te muevas —le siseó al oído.

No podía; estaba demasiado aterrorizada.

—Suelte el cuchillo —ordenó el agente de policía, apuntándoles con su arma. A Raphael, que la utilizaba como escudo. Ella sería la que recibiría el disparo. Probablemente la bala la atravesaría y alcanzaría también a Raphael, pero no quería ponerlo a prueba.

Lágrimas ardientes le escocían en los ojos—. Rafe, por favor.

—Cállate —gruñó él, hundiendo más la hoja en su piel. Un hilo cálido le resbaló por el cuello. Estaba sangrando.

Oh, Dios mío. Voy a morir.

Era lo único en lo que podía pensar. No volvería a ver a su familia y moriría en el salón de Raphael, ya fuera a manos de él o por una bala de la policía. De cualquier forma, la muerte acechaba a escasos segundos.

Una mano, grande y sofocante, se le cerró sobre la boca. En la tenue luz del alba, su atacante no era más que una silueta, una masa imprecisa que la dominaba. Lanzó una patada que impactó contra una parte blanda del cuerpo y escuchó un satisfactorio gruñido de dolor.

De ninguna manera. Esto no estaba pasando.

No iba a ser una víctima... otra vez.

Los años posteriores de entrenamiento en defensa personal entraron en acción y luchó con cada fibra de su ser, arañando, pateando y sacudiéndose para escapar.

Pero él era fuerte y contrarrestaba sus desesperadas embestidas.

Finalmente, su rodilla conectó con la entrepierna de él; el hombre soltó un juramento entre dientes, pero su agarre permaneció firme.

¿Qué hacía falta para quitarse de encima a este monstruo?

De repente, él desplazó su peso, acomodándose sobre su pelvis. Unas manos enormes le forzaron los brazos por encima de la cabeza. Su camiseta se le subió, dejando al aire el abdomen; podía sentir el aire en la piel. Oh, Dios. ¿Iba a violarla?

Atrapada, abrió la boca para gritar.

—No lo hagas —llegó una orden ronca, escalofriante por su calma—. Solo quiero hablar.

Inmovilizada, con el duro suelo del helipuerto presionándole la espalda, miró con rabia al hombre que había destrozado su paz matutina, junto con sus nervios.

¿Quién demonios era él?

¿Y qué quería de ella?