Capítulo 30
—¿ D ónde estoy?
Blade intentó levantar la cabeza, pero sintió como si una tonelada de ladrillos lo empujara hacia abajo.
—No te preocupes, estás a salvo.
Stitch.
Poco a poco, los acontecimientos de los últimos días volvieron en tropel. El puesto de control, la captura, la paliza... Inspiró a modo de prueba y se sorprendió al descubrir que le dolía menos.
—¿Me has remendado?
—Algo así —la voz de Stitch era sombría—.
He recolocado el brazo roto lo mejor que he podido, pero deberías hacer que te lo mire un especialista cuando vuelvas a Estados Unidos.
Te he colocado la clavícula dislocada; probablemente ha sido mejor que estuvieras inconsciente para eso, y te he puesto hielo en el ojo morado.
No puedo hacer nada por las tres costillas rotas, por desgracia. Eso tardará un tiempo en curarse.
—¿Tres costillas rotas? —Miró hacia abajo y descubrió que llevaba una túnica holgada.
—Sí, te han dado para el pelo, amigo. Tienes suerte de haber podido salir de allí por tu propio pie.
Lanzó un gruñido. —Gracias, Stitch.
—No es la primera vez, pero espero de todo corazón que sea la última.
—Yo también.
Blade flexionó la mano izquierda; la sentía extraña, como si los nervios no le funcionaran bien. Todo tardaría tiempo en sanar, incluido su corazón.
—¿Lily? —masculló—. ¿Consiguió escapar?
—No he oído nada, así que supongo que sí. Farzaad ha estado rastreando las emisoras de noticias locales, pero no se la ha mencionado. Tampoco ha habido disturbios en los canales de la policía local, aparte de la búsqueda de tu maltrecho trasero. Supongo que ya está a salvo.
Aun así, no lo sabrían con certeza hasta que hubiera hablado con Pat.
—¿Tienes un móvil? —preguntó, sabiendo que era poco probable.
—Sí, claro.
Dicho y hecho. Por aquí, la cobertura de telefonía móvil era mínima y no había wifi. Incluso en las ciudades era esporádica. Y estaba muy censurada.
—Vas a tener que aguantar aquí, colega. Cuando te sientas mejor, podrás volver a Kabul.
—¿Cómo? Van a ir a por mí como si fuera un ciervo en temporada de caza.
—Tengo una sorpresa para ti.
Blade reconoció esa sonrisa amplia y astuta.
—¿Ah, sí?
—Sí, pero tienes que levantarte para verla. No puedo traértela aquí.
Blade resopló. Se trataba del intento de Stitch por hacer que se moviera. Conocía los peligros de la atrofia muscular y de permanecer demasiado tiempo en un mismo sitio.
—Vale, dame un segundo —dijo antes de usar su brazo sano para incorporarse hasta quedar sentado. La habitación le dio vueltas un momento, pero tras parpadear con fuerza, se estabilizó.
—¿Estás bien? —Stitch fruncía el ceño.
—Sí, creo que sí.
Sacó las piernas de la cama; el suelo de cemento estaba duro y frío bajo sus pies descalzos. Le resultó antinatural, ya que hacía tiempo que no caminaba.
—¿Cuánto tiempo he estado fuera de combate?
—Veinticuatro horas, más o menos.
—Mierda.
—Sí, estabas peor de lo que pensaba. Todavía te va a costar un tiempo, así que no vayas de héroe.
—¿Cuánto?
—Un par de semanas, como mínimo.
Joder.
—Aquí estás a salvo —repitió Stitch—. A Farzaad no le importa que te quedes.
Blade cruzó la habitación renqueando, ayudado por Stitch. Las piernas le fallaban, pero apretó los dientes y se dirigió a la puerta.
—¿Quién es este tipo?
—Es un amigo. Lo conocí poco después de llegar. Es un buen hombre, puedes confiar en él.
—¿Cómo lo sé?
—Porque asistí en el parto de sus gemelos a principios de año y habrían muerto sin mí. Me debe una muy grande.
Un hombre sonriente, con turbante, caminó hacia ellos y le tendió la mano. —Hola. Soy Farzaad.
Se dieron la mano.
—Farzaad no habla mucho inglés —sonrió Stitch—. Pero es un gran cocinero. Trabaja en un restaurante en el pueblo de al lado. No pasarás hambre.
Blade asintió. El tipo parecía sincero y confiaba en Stitch, pero hasta que hubiera pasado algún tiempo con el chef, se reservaría su juicio.
Se dirigieron a una puerta lateral que Farzaad abrió, revelando un garaje.
No podía ser.
Farzaad tenía una reluciente Honda CRF450L aparcada en el centro, con aspecto de estar esperando para salir a la carretera.
—Joder, sí. —Las líneas elegantes y agresivas de la moto pedían a gritos rendimiento, mientras que su construcción robusta hablaba de fiabilidad.
—Este es tu medio para salir de aquí —Stitch palmeó la motocicleta.
Apoyándose en la pared, Blade inspeccionó el motor monocilíndrico de 449 cc refrigerado por líquido y la transmisión de seis velocidades. Tenía potencia de sobra para el campo, pero también sería un viaje suave por las autopistas. Además, tenía autonomía suficiente para llegar a Kabul.
Blade se volvió hacia Farzaad. —¿No te importa?
Él negó con la cabeza y le dio una palmada en el hombro a Stitch. —Lo que sea por el amigo de Ḍākṭar Sahib.
Blade enarcó una ceja.
—Así es como me llaman aquí. —Una sonrisa tímida asomó en la comisura de los labios de Stitch.
—La cuidaré bien.
—Tranquilo —advirtió Stitch—. No te vas a ninguna parte hasta que yo lo diga.
—¿Qué eres, mi médico? —Sonrió y luego hizo una mueca de dolor.
—Dos semanas, como mínimo. —Ayudó a Blade a volver a la cama—. Tengo que regresar, pero vendré a echarte un vistazo en unos días.
—Vale, gracias, Stitch. —Lo decía en serio.
—Como en los viejos tiempos, ¿eh? —sonrió el médico—. No te metas en líos hasta que vuelva.
—Eso haré.
Blade volvió a tumbarse en la cama. Le llegaba la voz de Stitch a través de las finas paredes mientras se despedía de Farzaad y le dejaba instrucciones de no dejarle ir a ninguna parte. No había de qué preocuparse.
No podría aunque quisiera.
Ojalá supiera que Lily estaba bien. Que había escapado sana y salva.
La paciencia no era su fuerte, pero al igual que su cuerpo maltrecho, las respuestas tendrían que esperar.