Capítulo 29
Una mujer local que viajara sola despertaría demasiadas sospechas.
Una vez que aterrizaran en Turquía, se separaría de su acompañante, cambiaría de avión y subiría a un vuelo de American Airlines con destino al aeropuerto internacional de Charlotte-Douglas.
—¿Uso el mismo pasaporte? —le había preguntado a Pat. Solo Dios sabía qué habría sido del suyo. Probablemente se lo habrían robado ya.
—Sí. No es lo ideal, pero es lo mejor que se nos ha ocurrido dadas las circunstancias.
Lily estaba increíblemente agradecida a la mujer cuyo pasaporte estaba utilizando.
—Si alguien más utiliza tu pasaporte original, los confundirá por completo —le había dicho Pat con una risa seca—. Te daremos uno nuevo cuando llegues a casa.
Casa.
Qué extraña sonaba esa palabra. Llevaba casi once meses fuera. El hogar que había compartido con Joe estaría lleno de recuerdos, y no quería ir allí.
Sin embargo, no tenía otra opción.
Solo que ahora los echaría de menos a los dos, no solo a Joe. Él siempre tendría un lugar en su corazón, pero era Blade quien consumía sus pensamientos.
¿Lo habría encontrado Stitch?
¿Seguía vivo siquiera?
¿Cómo lograrían salir de allí?
Tantas preguntas sin respuesta. Suspiró y subió a bordo, sintiendo que dejaba atrás una parte enorme de sí misma, en la reluciente pista de aterrizaje.
Blade.
Su héroe.
Todavía no podía creer que se hubiera sacrificado voluntariamente de esa manera.
Por ella. Por Stitch.
Encontró su asiento y se acurrucó en él, deseando que se la tragara. ¡Dios, cómo lo echaba de menos!
Pat se había movido rápido. No había querido arriesgarse a que los talibanes cerraran los aeropuertos. —Confiamos en que aún no hayan descubierto quién es Blade —le había dicho—. En cuanto lo relacionen contigo, iniciarán una búsqueda exhaustiva. Serás el tema de conversación de toda la ciudad.
—¿Y qué hay de Blade?
Pat se había mantenido estoico. —Es mayorcito. Sabe cuidarse solo.
—¿Y si lo matan, Pat? —No había podido evitar que el miedo se reflejara en su voz.
Él no respondió durante un largo rato. —Está entrenado para esto, Lily. Stitch va tras él. Ten un poco de fe.
Ojalá pudiera, pero le resultaba muy difícil.
No quería creer que estaba muerto, que no volvería a verlo jamás.
Era solo que… tenía tanto que perder.
Las puertas se cerraron y el avión empezó a rodar por la pista. La ansiedad que había sentido hasta ese momento empezó a disiparse. Unos segundos más y estarían en el aire.
Pat había dicho que, en cuanto salieran del espacio aéreo de Afganistán, estaría a salvo.
Fuera de peligro. El paisaje árido y escaso pasó volando por la ventanilla, cada vez más rápido, hasta convertirse en un largo borrón amarillento y verde.
El avión gimió y las ruedas se elevaron. Ya estaban arriba.
Se reclinó hacia atrás con los ojos cerrados. No quería abrirlos hasta estar a salvo. ¿Cuánto tardarían en entrar en el espacio aéreo de Irán? ¿Diez minutos? ¿Veinte?
Una hora más tarde, por fin fue capaz de relajarse.
Lo habían conseguido. Era libre.
Blade lo había logrado. La había sacado de allí, tal como prometió.
Qué lástima que no estuviera aquí para compartir el momento con ella. Deberían estar celebrándolo ahora mismo con una copa de champán. Stitch debería estar en casa con Soraya.
Tanta gente se había unido para que esto sucediera, y ella era la que se marchaba. Ellos estaban atrapados allí, sabe Dios en qué estado.
No le parecía justo.
* * *
Lily sintió que el avión empezaba a descender y abrió los ojos. Había dormido casi todo el trayecto desde Turquía a Charlotte. Ahora, a punto de aterrizar en su estado natal, sintió que el peso de la última semana se desvanecía.
La realidad se estaba asentando. Estaba a salvo.
Aquí no vendrían a por ella. Demasiado tarde: habían perdido su oportunidad. Entregaría los códigos a las autoridades y dejaría de ser su problema. Pat había dicho que un equipo la estaría esperando en el aeropuerto para interrogarla. La CIA, la NSA y quién sabe quién más.
Lo único que le importaba era que la pesadilla había terminado.
Un cielo cobalto y sin nubes le dio la bienvenida a casa. Un día radiante y soleado en Charlotte, Carolina del Norte.
No podía disfrutarlo. No con Blade todavía por ahí, en paradero desconocido.
Quizá Pat hubiera tenido noticias de Stitch mientras tanto.
Había sido un vuelo largo. Dos vuelos, de hecho.
Había dejado a su acompañante en Turquía y había subido al avión de American Airlines sin problemas.
Incluso se había quitado el burka después del despegue.
Lily salió de Turquía como la mujer del pasaporte prestado, pero llegó a Estados Unidos como ella misma.
Madre mía. Pat no bromeaba sobre el interrogatorio.
Bajó del avión, con el equipaje de mano colgado al hombro, y entró en la terminal. Un equipo del SWAT la recibió.
¿En serio?
¿Era necesario pegarle tal susto? Después de todo por lo que acababa de pasar, esto parecía una exageración total.
Pero la condujeron a una sala privada donde tres hombres de aspecto severo y una mujer igualmente seria esperaban en torno a una mesa de conferencias.
La sala era austera, iluminada por unas crudas luces fluorescentes que la ponían nerviosa. No había cuadros en las paredes, ni más muebles que la mesa y unas cuantas sillas. Resultaba fría, casi clínica; un contraste absoluto con la calidez de la luz del sol que acababa de dejar atrás en la pista.
Lily se sentó y dejó el equipaje de mano junto a su silla. El aire estaba cargado de expectación, o tal vez solo era el aire acondicionado reciclado. En cualquier caso, hacía que le hormigueara la piel.
Uno de los hombres se presentó como el agente Thompson. Intentó sonreír, lo que le dio un aspecto de estar estreñido, y dijo:
—Gracias por acompañarnos.
¡Como si hubiera tenido elección!
—Me alegro de estar de vuelta.
—Seguro que sí —dijo la mujer, que hablaba por primera vez—. Ha sufrido usted una experiencia terrible.
No me digas.
—¿No ha tenido ningún problema en su viaje de vuelta?
Ella negó con la cabeza.
—¿Podría darnos su pasaporte?
Lily lo sacó del bolsillo de su chaqueta y lo deslizó por la mesa.
La mujer asintió.
El agente Thompson habló:
—Lily, los códigos del software… —Dejó la frase en el aire, una invitación implícita para que ella rellenara los huecos.
Les echó una mirada. Prácticamente babeaban sobre la mesa.
Esta era su oportunidad de rastrear no solo a los talibanes, sino a cualquier enemigo en cualquier lugar.
El software que ella había ayudado a desarrollar proporcionaría datos que podrían utilizar para fortalecer las fronteras de Estados Unidos, ayudar a sus aliados y comprender mejor a sus adversarios. Todo giraba en torno a la información.
—¿Pueden darme un trozo de papel?
Él ya tenía uno listo.
Lentamente y con precisión, anotó las cadenas de código que les darían acceso a Hawkeye .
—Solo para que conste —añadió otro agente—, ¿esto es todo?
Ella volvió a asentir.
—Eso es todo. ¿Puedo irme ya?
El cuarto hombre hizo una mueca.
—Me temo que no. Soy del Departamento de Defensa y nos gustaría que nos explicara todo lo que ocurrió allí, empezando por su secuestro.
Lily suspiró. ¿En serio? Iban a hacer esto ahora.
Alguien llamó a la puerta.
—Perdónenme un momento —dijo el hombre. Se levantó y abrió la puerta apenas una rendija.
La voz de Pat fluyó en la habitación, tensa, exigente y brusca. El interrogatorio podía esperar. Ella ya había pasado por suficiente. Se la llevaba a casa.
—Supongo que puede esperar un día o dos —dijo a regañadientes el hombre del Departamento de Defensa.
Lily se lanzó a sus brazos.
—¡Pat, menos mal! ¡Qué alegría verte!
Él la abrazó, un gran abrazo de oso. Manteniendo un brazo protector a su alrededor, se volvió hacia los otros agentes, elevándose sobre ellos.
—Ella viene conmigo.
Lily no podía estar más ansiosa por marcharse.
Mientras salían del edificio del aeropuerto, Pat dijo:
—Había pensado que podrías venir a quedarte en mi casa una temporada. Si quieres, claro.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas. Maldita sea, odiaba llorar delante de él, pero estaba tan aliviada de no tener que ir a su casa…:
—Eso sería estupendo.
Él asintió con alegría.
—Vámonos entonces. Vamos a llevarte a casa.