Capítulo 28
B lade estaba a punto de apretar el gatillo cuando oyó una voz familiar gritar:
—¡Al suelo!
Se arrojó con fuerza contra la tierra.
Una ráfaga de disparos proveniente de atrás acribilló a los dos guardias, haciéndolos saltar por los aires. Un instante después, un brazo se estiró y lo agarró.
Stitch.
—¿Qué cojones haces aquí? —gruñó, haciendo una mueca por el dolor en el costado—. Se supone que deberías estar con Lily.
—Relájate. Lily está bien. Va de camino a Kabul.
Se desplomó, apoyándose en su amigo.
—Dios, te han dejado hecho una piltrafa.
Él respondió con un gruñido.
—Salgamos de aquí. —Stitch lo ayudó a volver al Land Rover aparcado a la vuelta de la esquina, fuera de la vista.
—Pedazo de loco, ibas a por todas, ¿verdad?
Blade soltó un bufido. —Siempre he querido irme envuelto en una llamarada de gloria.
Stitch sacudió la cabeza. —Sube, esto aún no ha terminado. —Gritos y disparos sonaron a sus espaldas—. ¡Salgamos de aquí cagando leches!
Stitch pisó el acelerador a fondo, y estuvo a punto de arrollar a dos combatientes talibanes en el proceso. Se apartaron de un salto justo a tiempo.
El Land Rover corrió por la calle suburbana, rociando a sus perseguidores con polvo y guijarros.
Blade se giró y vio a los dos soldados levantándose del suelo.
Pronto se les unieron dos más. Los cuatro levantaron sus armas y dispararon contra el Land Rover a toda velocidad.
La luneta trasera explotó y le esparció fragmentos de cristal por la nuca.
Se agachó, gimiendo por el dolor en la costilla y el hombro. Su brazo izquierdo colgaba inerte a un costado. Stitch soltó una carcajada y les dedicó una peineta a los tiradores.
—Gracias, colega —dijo Blade una vez que hubieron puesto cierta distancia entre ellos y la casa donde había estado cautivo—. Te debo una.
—No me las des. Tú habrías hecho lo mismo por mí.
Era cierto, lo habría hecho. Sin dudarlo un segundo.
—¿Cómo va a llegar Lily a Kabul?
—He organizado otro transporte —al ver la mirada de preocupación de Blade, dio más detalles—. He pagado a una pareja de afganos para que la lleven. Es más seguro así. No llamarán tanto la atención como un SUV americano yendo a toda mecha por la carretera.
Blade asintió con voz ronca.
—No te preocupes, les he dado más que suficiente para que no la entreguen.
—Gracias, te lo devolveré.
Él hizo un gesto de desdén con la mano en el aire.
—¿Cómo me has localizado? —preguntó Blade.
—Imaginé que te esconderían en algún lugar cercano hasta que los servicios de seguridad pudieran recogerte, así que di media vuelta, los seguí hasta el piso franco y esperé la oportunidad perfecta para actuar.
—Lo tenía controlado —dijo él entre muecas.
—Claro. —Stitch lo miró de reojo—. Ya se ve.
Tosió y se sujetó la caja torácica. —He tenido cosas peores.
Stitch sacudió la cabeza.
—Para ser sincero, esperaba una paliza mayor, pero no se dieron cuenta de que era de las Fuerzas Especiales.
—Todavía no —dijo Stitch con gravedad, consultando el espejo retrovisor.
Blade asintió. —Ya.
Una cacofonía de sirenas aulló a lo lejos. Ya venían.
—Tenemos que sacar este coche de la carretera —masculló Blade.
Stitch apretó la mandíbula. —Lo sé. Tengo un plan. —Aceleró a fondo por la carretera de Kabul, entró bruscamente en el área de descanso y aparcó detrás de la frutería.
Blade, incapaz de moverse, observó cómo Stitch saltaba fuera, se acercaba a un hombre con un Toyota de mierda —literalmente el peor coche del lugar— y le ofrecía un intercambio.
El hombre lo miró como si estuviera loco.
Stitch gesticuló con la mano, urgente y apasionado. El polvo ni siquiera se había asentado todavía alrededor del Land Rover.
Con una sonrisa astuta, el hombre aceptó. Stitch le entregó las llaves, corrió de vuelta al SUV y ayudó a Blade a salir.
Una vez estuvieron instalados en el Toyota, Stitch salió de allí disparado, cruzándose con un enjambre de vehículos policiales que llegaban a toda prisa.
Blade se agachó, respirando con dificultad por el esfuerzo, mientras Stitch se reía y enfilaba la carretera de Kabul. La maniobra no los detendría por mucho tiempo, pero les haría ganar algo de margen.
—Le he dicho que no diga nada —murmuró Stitch, consultando de nuevo los espejos. Ningún coche patrulla los perseguía.
La carretera a sus espaldas estaba en un bendito silencio.
—¿Crees que cumplirá su palabra?
—Quizá. Nadie quiere problemas con la policía dirigida por los talibanes. Sabrá que no le conviene irse de la lengua. Pero para cuando se den cuenta de que hemos cambiado de coche, estaremos en un lugar seguro.
—¿Seguro? —Blade lo miró; ahora jadeaba con pesadez—. ¿No vamos a Kabul? Van a poner otro control en las afueras de la ciudad.
—No, amigo mío. No vamos a Kabul. Eso sería un suicidio.
Se reclinó contra el reposacabezas. —¿Entonces, a dónde vamos?
—A un lugar donde pueda echar un vistazo a esa costilla rota y a cada parte de tu cuerpo que han molido a palos.
—Estoy bien.
—Y un cuerno.
—Solo necesito dormir —empezó a quedarse traspuesto.
—Despierta, Blade —Stitch le dio un toque en la pierna.
—¿Eh?
—No puedes dormirte todavía, colega. No con esa conmoción.
—Vete a la mierda —gruñó él.
—No puedo creer que hicieras esa maniobra ahí atrás. ¿En qué coño estabas pensando, tío?
Sabía que Stitch lo obligaba a hablar para poder vigilar si había signos de una hemorragia craneal o pérdida de orientación. Cualquier cosa que indicara una lesión cerebral traumática. —No podía arriesgarme a que os dispararan a Lily y a ti.
Creía que lo que estaba diciendo tenía sentido.
Más o menos.
—Podríamos haberlo logrado. Solo eran diez.
Blade se rio, pero le dolió tanto que acabó tosiendo. Tampoco veía una mierda por un ojo, pero eso solo requeriría tiempo. —¿Hacia dónde nos dirigimos?
—Tengo un contacto.
—Me alegra ver que la vida doméstica no te ha ablandado.
Stitch sonrió. —Farzaad es un buen hombre. Nos cubrirá las espaldas.
Blade asintió a medias. Confiaba en Stitch.
El destartalado Toyota devoró los kilómetros. No hubo más sirenas. Blade cerró los ojos, solo para recibir otro toque de Stitch.
—Realmente te importa la chica de Spade para jugártela de esa manera. Sé que no ha sido solo por mí.
Era una pregunta con doble intención, pensada para provocarlo. Pensada para mantenerlo despierto cuando lo único que quería era desplomarse.
También fue inteligente porque no tenía energía para rebatirla.
—Sí.
Stitch lo miró de reojo. —Es vulnerable. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —gruñó él—. Por eso no pasó nada.
No era estrictamente cierto.
—Siento lo que he dicho antes —Stitch mantuvo los ojos en la carretera—. Me he pasado de la raya. No sabía que lo que sentías por ella era tan fuerte.
Blade cerró los ojos. —No importa lo que yo sienta. Es la chica de Spade, ¿recuerdas? He hecho esto por él.
— Era la chica de Spade, pero por lo que he podido ver, ahora es muy tuya.
—¿Qué? —Blade entornó su ojo bueno—. No digas chorradas.
—No, tío. Quería volver a por ti. Lo que vi ahí fue emoción de verdad, no solo una tontería del momento. Te necesita.
Blade le dio vueltas.
Ella lo necesitaba.
Aquí fuera, sí, ¿pero qué pasaría al volver a casa? ¿Lo necesitaría entonces? Él no era nadie. Un soldado en paro con estrés postraumático. No tenía trabajo ni ninguna probabilidad de conseguirlo. No había muchos empleos para antiguos soldados.
Él no tenía los conocimientos de ingeniería de Joe ni la formación médica de Stitch. Lo único que sabía era cómo matar, y se le daba de miedo. El problema era que eso no se trasladaba demasiado bien a la vida civil.
No tenía nada que ofrecerle a una mujer como Lily.
El agotamiento y el dolor lo abrumaron, y no pudo mantenerse despierto. Oyó a Stitch hablando, pero las palabras eran un caos ininteligible.
El Toyota se desvió de la carretera principal a un camino de tierra, y la sacudida hizo que se le cortara la respiración. Oleadas de náuseas lo invadieron. La oscuridad tiró de él hacia abajo y ya no pudo mantener los ojos abiertos.
—¡Blade! —La voz de Stitch apenas le llegaba.
Estaba perdiendo la batalla.
Afortunadamente, el dolor empezó a remitir, y después, no hubo nada.