Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 27
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Capítulo 27

A Blade lo habían desnudado, le habían atado las muñecas y habían arrojado su cuerpo al suelo sin ninguna ceremonia. Yacía entre la suciedad, sumido en un mundo de dolor, mientras el enemigo le daba una paliza de muerte.

—¿Quién eres? —le gritó una voz al oído.

Él no respondió.

Recibió otra patada en las costillas, luego otra, que coincidió con un crujido sordo. Hizo una mueca de dolor.

Joder, le dolía hasta respirar.

Su brazo izquierdo, que ya estaba en una posición forzada bajo su cuerpo, se sentía mal. Un dolor agudo y abrasador confirmó sus sospechas: estaba roto, probablemente por la forma en que se lo habían retorcido y lo habían estampado contra el suelo antes.

Intentó hacerse un ovillo, pero lo obligaron a ponerse de rodillas agarrándolo con fuerza.

—¿Cómo te llamas?

Blade percibió un rastro de café pasado y cigarrillos.

Un puñetazo le impactó en la mandíbula y saboreó la sangre. La escupió a los pies del hombre. Otro golpe, esta vez en la cabeza. Se desplomó, viendo estrellas.

Una bota le chocó contra la cara, rompiéndole la nariz de tal forma que la sangre le inundó de inmediato la boca y le goteó por la barbilla. La oscuridad empezó a invadir su visión. Quizá perdiera el conocimiento. Así dejaría de sentir dolor.

Sería bienvenido.

El único pensamiento en su cabeza era Lily. Stitch había conseguido que cruzara el puesto de control. Ahora mismo estaría de camino a Kabul. Hacia la libertad.

Lejos de los hombres que la perseguían.

Lejos de aquí.

—¿Quién eres? —gritó el hombre de nuevo.

Se suponía que estar desnudo y que le gritaran debía inquietarlo, pero había pasado por cosas peores durante el entrenamiento. Ya había estado en una situación así, y eso le proporcionaba cierto consuelo. No era una experiencia nueva para él.

Blade dejó caer la cabeza e intentó parecer tan sumiso y débil como pudo. Era lo que ellos querían. Si se ponía en plan heroico y les mandaba a la mierda, solo continuarían con la violencia. Era mejor seguirles el juego.

—Eres del ejército estadounidense —dijo el otro hombre con una mueca de desprecio y escupió al suelo.

Blade fingió una mirada de arrepentimiento, como si lo hubieran descubierto.

El ejército era una cosa. Si descubrían que era de las Fuerzas Especiales, asumirían que había formado parte del rescate de los rehenes. No importaría que ya no estuviera en la unidad.

Por ahora, la noticia de su captura no había llegado a los líderes talibanes en las montañas, que presumiblemente seguían buscándolos, pero no tardaría en hacerlo.

Cuando eso ocurriera, se acabaría cualquier tipo de tregua.

Al ver que no respondía, recibió un golpe con la culata de un rifle en la cabeza. El impacto lo hizo rodar de nuevo sobre su costado.

No se movió, tambaleándose en el límite de la consciencia. Quizá pensaran que se había desmayado.

Le dieron una patada en la espalda para asegurarse, así que gimió de forma incoherente, pero no se movió. Con suerte, pensarían que estaba demasiado mal para continuar con el interrogatorio.

De todos modos, no se estaban esforzando al máximo. Era un intento mediocre de descubrir su identidad. Por lo que había visto hasta ahora, estos tipos no estaban especialmente organizados y no había una cadena de mando clara. Todo aquello jugaba a su favor.

Blade se acurrucó en posición fetal sobre el frío suelo de hormigón y dejó que la oscuridad lo envolviera. No podía hacer nada más por el momento.

Cuando se le despejara la cabeza, inspeccionaría su entorno e intentaría averiguar cómo demonios salir de allí antes de que los captores de Lily vinieran a por él. Mientras no supieran quién era realmente, tenía una oportunidad.

Blade estuvo entrando y saliendo de un estado de consciencia.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí tirado.

Finalmente, abrió los ojos —o, mejor dicho, el único ojo que no tenía hinchado y cerrado— y miró a su alrededor.

Estaba en una habitación de hormigón, de unos seis por seis metros, con la puerta detrás de él y dos ventanas frente a él.

Las persianas estaban rotas y dejaban que finos fragmentos de luz atravesaran el suelo.

Todavía era de día.

Hizo una mueca de dolor al intentar moverse.

Joder, le dolía todo.

Definitivamente le habían roto una costilla. Probablemente la clavícula también. Intentó moverse y soltó un jadeo cuando un dolor profundo y abrasador le irradió por el brazo izquierdo.

Dios.

Aún tenía las manos atadas, pero no podía mover la derecha sin que la izquierda estallara de dolor. Con los ojos llorosos, añadió eso a la lista de lesiones.

La habitación se inclinó un poco. El mareo se debía a una conmoción cerebral causada por las repetidas patadas en la cabeza. Al menos ya no sentía los latidos como si fueran un maldito martillo neumático. Eso era buena señal.

Después de varios intentos fallidos, consiguió sentarse. Tardó unos segundos en recuperarse, respirando con dificultad. Apoyándose en la pared, Blade se puso de pie tambaleándose.

Lo primero era lo primero. Comprobar la puerta y las ventanas. No creía que fueran tan estúpidos como para dejarlas abiertas, pero nunca se sabía.

La puerta estaba cerrada con llave y las ventanas tampoco se abrían.

Mierda.

Fuera había una especie de patio.

—Vaya, vaya… —No era un complejo de seguridad. Era una casa, y lo que veía era un patio trasero yermo. Mientras observaba, un guardia armado pasó por delante.

Blade retrocedió tras la persiana. El hombre no lo vio.

Tras un momento, volvió a espiar por las rendijas e hizo una mueca ante la explosión de dolor en su brazo izquierdo. No vio a nadie más. El guardia encendió un cigarrillo y se puso a fumar.

El sentido común le decía que habría más guardias, quizá dentro de la casa. Quizá haciendo turnos. Muy pronto llegaría de Kabul un interrogador jefe y se haría cargo de la situación.

No quería estar allí cuando eso ocurriera.

Si iba a salir de allí, aquel era su momento. La casa era relativamente poco segura, no había barrotes en las ventanas y la puerta no parecía estar reforzada.

Blade buscó algún arma, pero no había nada en la habitación excepto una silla de madera y un pequeño charco de sangre fresca, que era suya.

Se acercó de nuevo a la ventana. Era cristal de estilo antiguo, fino, pero no inastillable. Eso le dio una idea.

El guardia terminó su cigarrillo y desapareció.

Blade esperó, contando los segundos hasta que volvió a pasar.

Trescientos segundos.

Cinco minutos.

Eso era lo que tardaba en patrullar el perímetro.

En cuanto desapareció por segunda vez, Blade apartó la persiana y apretó las manos. De un golpe, rompió un pequeño cuadrado del cristal.

Se oyó un suave tintineo cuando los pequeños fragmentos cayeron sobre la tierra exterior.

Esperó, pero nadie vino.

Sin perder más tiempo, usó los fragmentos que quedaban en el marco para cortar sus bridas de plástico. Se separaron con un chasquido, pero la sacudida repentina en su brazo izquierdo casi le hizo perder el conocimiento.

Apretando los dientes, sopesó sus opciones. Derribar la puerta de una patada o salir por la ventana. Ambas eran arriesgadas. Romper todo ese cristal atraería al guardia, pero echar abajo la puerta llamaría la atención de quienquiera que estuviera todavía en la casa.

Eligió la segunda opción.

Blade cogió la silla y, usando su brazo bueno, la lanzó contra la ventana.

El cristal estalló y dejó fragmentos peligrosos que brillaban en los bordes.

Arrancando la persiana del riel, terminó de quitar la mayor parte del cristal y salió trepando.

A pesar de ello, el cristal le cortó las manos y las piernas.

Como esperaba, oyó el sonido de pasos corriendo, pero llegó a la esquina de la casa a tiempo para asestar un puñetazo y mandar al guardia al suelo.

Se agachó para recoger el AK-47 caído.

Mierda, si tan solo pudiera usar el brazo izquierdo. Todavía estaba peleándose con el arma cuando oyó una voz que gritaba:

—¡Suelta el arma!

Lentamente, se giró para ver a dos guardias más en el umbral que le apuntaban con sus armas semiautomáticas.

Joder.

Consideró la posibilidad de acabar con ambos, pero sabía que las probabilidades estaban en su contra. Por otro lado, rendirse significaría que lo arrastraran de nuevo adentro para darle otra paliza, y esta vez no serían tan benévolos.

Vaciló, sintiéndose extrañamente distanciado de la realidad, como si estuviera en el cuerpo de otra persona. Los dos hombres lo observaban con cautela, esperando a ver qué hacía.

Sus instrucciones eran vigilarlo, no matarlo. Podría tener información útil y, en su defecto, podrían pedir un rescate por él.

Lo que estos tipos no sabían era que los líderes talibanes no estarían pensando en los mismos términos. Eso fue lo que le hizo decidirse.

Al carajo todo.

No iba a darles esa satisfacción.

Blade buscó el gatillo.