Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 21
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Capítulo 21

B lade se dirigió hacia las oscuras viviendas. No tenía idea de cuál de ellas, si es que era alguna, era la casa de Stitch, pero si su antiguo compañero de equipo estaba allí, este reconocería la señal de llamada de su unidad y acudiría a él.

Se deslizó tras la primera casa, un rectángulo de piedra de una sola planta con un pequeño patio al frente, y silbó.

El sonido estaba diseñado para imitar al de un pájaro autóctono de la región, aunque el sol ya estaba saliendo, por lo que cabía la posibilidad de que Stitch pensara que se trataba de un pájaro piando de verdad.

En la séptima casa, oyó a alguien moverse dentro y, a continuación, el crujido de una puerta. Blade se quedó detrás de la vivienda, erguido y a la vista de todos. No quería que Stitch tuviera ninguna duda sobre quién era.

Al momento siguiente, una mano le tapó la boca y un acero frío le rozó la base del cuello.

¿Pero qué cojones?

Blade se zafó del agarre del individuo con el arma en alto.

Stitch estaba allí, con una sonrisa de oreja a oreja.

Él suspiró y bajó las manos. —Casi me da un maldito ataque al corazón.

—Pensaba que estaba soñando —dijo Stitch mientras enfundaba el cuchillo.

Blade tardó un momento en recuperar su pulso normal. Tenía que ser Stitch quien le saliera con esas. —Me alegro mucho de verte, colega.

Los dos hombres se abrazaron.

—Veo que no has perdido tus habilidades —dijo Blade con ironía.

Stitch se rió entre dientes, con los dientes blancos resaltando en la oscuridad. —¿Qué demonios haces aquí? Y, lo que es más importante, ¿cómo me has encontrado?

—Me acordé de aquella chica por la que bebías los vientos en el pueblo —dijo Blade—. No hacía falta ser un genio para imaginar que volverías aquí.

—Solo espero que el resto de esos no se den cuenta, porque, si no, mis días aquí están contados.

—Ni hablar. No se lo he dicho a nadie.

Él asintió en señal de agradecimiento.

Blade sonrió. Era genial volver a ver a Stitch. Estaba más delgado; había perdido gran parte de su volumen corporal al no levantar ya pesas. Pero seguía siendo el mismo de siempre. —Se te ve bien.

—La vida aquí me sienta bien.

—Me alegra oírlo —puso una mano sobre el brazo de Stitch—. Escucha, me gustaría decir que esto es una visita social, pero no es así. Necesito tu ayuda. Llevo conmigo a una rehén y los talibanes nos pisan los talones. Tengo que llevarla a Kabul. ¿Puedes ayudarnos?

—Cielo santo, no pides nada, ¿verdad?

Blade le miró a los ojos. —Esta es una misión personal.

Stitch frunció el ceño.

—Es por Spade. Secuestraron a su novia. No sé si llegaste a conocer a Lily. Es una diseñadora de software de primera que trabaja para la CIA.

—La CIA. Vaya —asintió pensativo—. Creo que la recuerdo. Pelo rubio, gafas, una sonrisa bonita.

—Esa misma. —¿Cómo era posible que él nunca se hubiera fijado en su bonita sonrisa?

Stitch escudriñó la oscuridad detrás de Blade. —¿Dónde está ahora? ¿Ahí atrás?

No era una suposición. Sabía cómo operaba Blade. La habría hecho esconderse en las colinas mientras él bajaba a explorar el terreno.

—Sí, necesitamos un lugar donde pasar desapercibidos durante el día y luego un salvoconducto para salir de aquí. ¿Tienes algún teléfono que podamos usar?

—Qué va, colega. Aquí no hay cobertura móvil y no se ve un teléfono por satélite ni por asomo. Pero tengo un coche que podemos usar. ¿Por qué no vas a por la mujer de Spade y entráis? Podemos hablar allí dentro.

La mujer de Spade.

Blade se tensó ante la frase, pero asintió con gratitud.

—Gracias, tío. Te lo agradezco.

* * *

Veinte minutos después, Blade y Lily estaban sentados sobre una alfombra afgana de intrincado tejido que adornaba el suelo de la sala de estar de Stitch.

La casa estaba decorada de forma tradicional, lo que significaba que no había muebles occidentales, pero no importaba.

Los bordes de la habitación estaban llenos de grandes y cómodos cojines que resultaban tan atractivos que tuvo que resistir el impulso de tumbarse en ellos y quedarse dormido.

A pesar del frío del exterior, aquí se estaba caliente y a gusto.

De las ventanas colgaban elaborados tapices para resguardarse del frío y en el interior ardían dos lámparas de gas, ya que no había electricidad.

El calor de la chimenea persistía, aunque las llamas se habían consumido durante la noche.

Una vida sencilla, pero para un hombre como Stitch, acostumbrado a la dureza del campo, era más que suficiente.

—O sea, ¿que te has casado? —sonrió Blade mientras Stitch entraba con un plato de sándwiches y té. La pregunta era simplemente para romper el hielo. A ningún occidental se le permitiría vivir allí con una mujer del lugar si no estuviera casado.

—Sí, Soraya está durmiendo.

Una vez más, Blade sospechó que Soraya sabía que tenían invitados, pero que no aparecería hasta estar vestida y lista para recibirlos adecuadamente.

Stitch le entregó a Lily una taza de té caliente. —¿Así que eres la novia de Spade? Creo que coincidimos una o dos veces a lo largo de los años.

—Me acuerdo de ti —sonrió ella y aceptó el té.

Blade se fijó en cómo la mirada de ella recorría a Stitch. Era un hombre apuesto, incluso con barba, y era muchísimo más encantador y sociable que él. También era un buen tipo. Lo había remendado en más malditas ocasiones de las que podía contar.

—Siento mucho tu pérdida. Spade era un buen hombre y un gran amigo.

—Gracias.

Un destello de tristeza cruzó su rostro, pero sus ojos seguían brillando. Una estúpida parte territorial de su ser hizo que Blade se tensara. Necesitaba cambiar de tema.

—¿Cómo te trata la vida de casado?

Stitch se rio entre dientes. —Bien. Vivimos con sencillez, pero soy feliz aquí. La gente es acogedora y hospitalaria, y les gusta tener cerca a alguien con mis habilidades.

Lily frunció el ceño. —¿Un soldado?

—Soy médico. Me alisté en el ejército nada más salir de la Facultad de Medicina.

—Ah, sí. Se me había olvidado. —Un interés genuino impregnó su tono—. ¿Y qué le impulsó a hacerlo?

—Mi padre era militar y, después de que lo mataran a tiros mientras estaba destinado en el extranjero, decidí que quería usar mis conocimientos para ayudar a gente como él.

—Lo siento —se sonrojó ella—. No obstante, es admirable.

Stitch se encogió de hombros. —No lo sientas. Nuestras experiencias pasadas son las que nos hacen ser quienes somos.

El bueno de Stitch, siempre filosofando sobre la vida. No era de extrañar que se hubiera instalado aquí con tanta comodidad. —Me alegro de que te haya ido bien —dijo Blade, y lo decía de corazón—. Me preocupé por ti cuando te largaste.

—Adaptarse y superarse, ¿no es eso lo que nos enseñaron? —Pero había un deje de amargura en su voz.

Después del té y los sándwiches, Stitch se levantó. —¿Por qué no pegáis ojo un rato? Los dos parecéis reventados. Retomaremos esto en un par de horas y buscaremos la forma de que vuelvas a casa. —Le sonrió a Lily.

Ella asentió agradecida, con los párpados pesados.

—¿Te parece bien si dormimos aquí? —Blade señaló con la cabeza hacia los cojines.

—Claro, tío. Sentíos como en vuestra casa. Mi casa es la vuestra.

Por primera vez desde que había regresado a Afganistán, Blade sintió que no tenía que dormir con un ojo abierto. Tras asegurarse de que Lily estaba cómoda, suspiró, se recostó en los mullidos cojines y se sumió en un bendito olvido.

* * *

Blade se despertó con el sonido de una tetera silbando sobre una estufa de gas.

Una mujer vestida con una túnica vaporosa y un pañuelo de color verde azulado en la cabeza trabajaba en la cocina.

Por su perfil y el pequeño bulto de su vientre, era evidente que estaba en los primeros meses de embarazo.

Eso sí que era algo que Stitch no había mencionado.

Se incorporó y se alisó el revuelto cabello. Después de tres días de caminata, no había muchas esperanzas de mejora. —Hola, debes de ser Soraya.

Oyó a Lily removerse.

La mujer se dio la vuelta y sonrió. Era muy hermosa, con la piel suave y olivácea y unos ojos del color de su pañuelo. Entendía por qué Stitch estaba prendado de ella.

—Sí, ¿tú eres Blade?

Él asintió y se puso en pie. —¿Puedo ayudarte con eso?

Stitch entró y se situó inmediatamente a su lado. —Soraya, amor, te dije que no bajaras.

—Lo sé —ella rodeó a su marido con el brazo—. Pero no solemos tener invitados a menudo, y menos amigos tuyos. Quería conoceros.

Poniendo los ojos en blanco, Stitch los presentó.

Lily se levantó y se frotó los ojos. —Es un placer conocerte, Soraya.

—Yo me encargo —sonrió Blade a su colega mientras le quitaba la bandeja con la tetera y las tazas.

Soraya tenía la dosis justa de curiosidad y determinación para mantener a su marido estadounidense alerta. Era exactamente lo que Stitch necesitaba en su vida.

—Gracias.

—Siento la intrusión —dijo Lily mientras Blade dejaba la bandeja—. Es culpa mía que estemos aquí.

Blade no estaba seguro de si se refería a que la habían secuestrado o a que ella le había impedido matar al pastor de cabras.

—Estoy segura de que eso no es cierto —Soraya se arrodilló y empezó a servir el té—. Siempre he tenido curiosidad por el pasado de Stitch y, por supuesto, él me ha contado todo sobre sus amigos de la unidad.

—¿Ah, sí? —inquirió Blade enarcando una ceja.

Stitch se rio. —Soraya lo sabe todo sobre mí, incluida mi época en los Boinas Verdes, pero de ahí no pasa. El resto del pueblo piensa que soy médico militar.

—Lo cual eres —miró Soraya a su marido con una sonrisa. Estaba claro que lo adoraba.

Él le guiñó un ojo. —Entre otras cosas.

Estaban muy enamorados.

Blade echó un vistazo de reojo a Lily. Tenía una expresión triste y melancólica en el rostro que le revolvió las entrañas. ¿Estaba pensando en Joe? ¿En lo que podrían haber tenido?

—¿A qué viene esa cara tan larga? —preguntó Stitch, mirándolo.

Maldita sea. ¿Tan evidente era?

—Pensaba en cómo vamos a sacar a Lily de Afganistán.

—Has mencionado que los talibanes os siguen la pista —dijo Stitch—. ¿Podrías ser más específico? ¿De cuánto tiempo disponemos?

Blade sonrió ante el uso del «disponemos». Las viejas costumbres eran difíciles de olvidar.

Lily le lanzó una mirada nerviosa y luego miró a Soraya.

—A nadie aquí le gustan los talibanes —Stitch, tan intuitivo como siempre, adivinó lo que estaba pensando—. Intentamos no meternos en política.

—No tenemos amapolas, ya veis —explicó Soraya, sobre todo para que Lily se quedara tranquila—. Así que hay poco que los traiga a nuestra aldea.

—Evitamos por poco caer en una emboscada a unos veinte kilómetros de aquí, al otro lado de la montaña —señaló Blade con la cabeza en dirección a las colinas—. Nos estarán buscando, con toda seguridad. Saben que estábamos allí. No tardarán mucho en averiguar qué camino hemos tomado.

Lily se mordió el labio inferior. Blade sabía que estaba pensando en el pastor de cabras.

Blade se acercó y le apretó la mano. —No es culpa tuya.

Ella le dedicó una sonrisa algo llorosa.

Stitch lanzó a Blade una mirada inquisitiva, que él ignoró deliberadamente.

Soraya se limitó a sonreír a Lily. —¿Por qué no te enseño dónde está el baño y te aseas un poco mientras dejamos que los hombres hablen? Seguro que tienen que planear cosas.

Blade agradeció con una sonrisa que la mujer de Stitch guiara a Lily fuera de la estancia.

—Es estupenda —dijo Blade, asintiendo mientras las veía alejarse.

—¿Qué está pasando, Blade? —Stitch fue directo al grano.

—Nada.

Maldición. Odiaba ese tono defensivo suyo.

—¿Seguro? —Hubo una pausa, durante la cual Stitch lo estudió—. Dime que no te estás acostando con la chica de Spade.

—Joder, claro que no —soltó Blade—. Al menos eso era verdad. Durante su tiempo en la unidad, nunca se habían mentido, porque la confianza lo era todo.

—Pero te gusta.

—Sí, es una buena persona. —Inteligente, animada, motivada, sexi de narices. Cerró el puño.

—Si de verdad te mola, es una cosa, pero no juegues con ella. —Su compañero de armas conocía demasiado bien su política de «sin ataduras».

—Stitch, no pasa nada. —Se había asegurado de ello. Sabía que no debía faltar al respeto al vínculo que tenían. Nunca «jugaría con ella», como decía Stitch.

Stitch no insistió, pero Blade se dio cuenta de que no estaba convencido.

—¿Por qué cree que es culpa suya? —preguntó, cambiando de tema.

Blade le contó lo que había pasado en las ruinas.

Stitch negó con la cabeza. —Es una decisión difícil. Yo habría hecho lo mismo. Es mejor no arriesgarse. ¿Recuerdas a aquellos niños iraquíes en 2011? Los dejamos marchar y casi nos cuesta la vida.

Blade asintió. Aquello estuvo por los pelos. Los niños habían corrido directos hacia los soldados iraquíes. Minutos después, el equipo se vio envuelto en un tiroteo total. Ricky recibió un balazo en el hombro y apenas consiguieron imponerse y llegar a tiempo al punto de reunión de emergencia.

Los niños eran diferentes, sin embargo. Él no podía matar a un niño. Ninguno de ellos podía, aunque supusiera que les dispararan.

—¿Sabías que Spade sufría trastorno por estrés postraumático?

Stitch pareció evasivo. —Sospeché que algo pasaba, pero supuse que, si era lo suficientemente grave, buscaría ayuda.

Blade negó con la cabeza. —No lo hizo. Lily dijo que tenía pesadillas, muy malas —omitió el incidente del estrangulamiento. Spade no querría que nadie supiera eso.

—No tenía ni idea de que fuera tan grave. Lo mantuvo muy oculto, ¿verdad?

Hablaron sobre Lily y sobre cómo había llegado a ser capturada. Stitch se mostró interesado en su trabajo en Hawkeye .

—Excelente —el respeto tiñó su voz—. Por lo menos les da a los afganos una oportunidad de luchar. Los talibanes causan estragos en estas comunidades rurales. He visto cómo ocurre. He ayudado a recomponer los trozos.

Siguieron discutiendo la situación en Afganistán un rato más, hasta que Stitch se bebió lo último que quedaba de su té. —Muy bien, colega. Manos a la obra. Hablemos de logística.

—¿Has mencionado un vehículo?

—Sí, tengo un viejo Land Rover (antiguo del ejército estadounidense, para más señas) que compré en una subasta en Kabul el mes pasado. Puedo llevaros a Kabul, si queréis.

—¿Estás seguro? —Stitch se había ido sin permiso para alejarse de la violencia. Lo último que quería hacer era arrastrarlo de nuevo a ella.

Se le arrugaron las comisuras de los ojos. —Estoy seguro. No hay mucha emoción por aquí.

Tenía una esposa embarazada. Blade nunca podría perdonarse si le pasaba algo a Stitch. —No quiero meterte en líos. Podemos apañárnoslas. No tienes por qué involucrarte.

—Quiero hacerlo. Por Spade.

Blade asintió.

Él se sentía exactamente igual.