Capítulo 20
S e había equivocado en todo.
Cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que Blade tenía razón. Joe siempre se había portado bien en casa, siempre educado y atento, como si estuviera interpretando un papel.
Nunca se soltaba la melena; al menos, no con ella.
Cuando salían, solía ser con los amigos de ella, lo que significaba que él tenía que mantener su fachada de novio perfecto. Solo con sus compañeros de las Fuerzas Especiales, sus verdaderos amigos, se había permitido dejarse llevar.
¿Cómo demonios se le había pasado eso por alto? Diez años, y sentía que no lo había conocido en absoluto.
Pero ese no era el único error que había cometido.
Su estúpida idea de que Blade lo había obligado a alistarse. Que Blade lo había descarriado. Todo era una sarta de mentiras.
El verdadero Joe probablemente quería liberarse de su vida ordenada y preestablecida. Habría estado deseando experimentar la emoción que ofrecían los Boinas Verdes, la hermandad de una unidad tan unida, la oportunidad de ser él mismo de verdad.
Sacudió la cabeza mientras caminaba cansada detrás de Blade.
¿Cómo había podido estar tan ciega?
Ahora ya era demasiado tarde, eso era lo que más le dolía. No podía decirle a Joe cuánto lo sentía.
Eran poco más que unos niños cuando empezaron a salir y, como habían vivido bajo el mismo techo desde que ella tenía solo dieciséis años, él nunca había tenido la oportunidad de desmelenarse y divertirse. Había dado un paso al frente y hecho lo correcto, haciéndose cargo de ella y cuidándola.
Una punzada hizo que se le entrecortara la respiración.
¿Había sido feliz?
El cambio en el terreno era ahora más evidente.
El sendero por el que iban serpenteaba a través de un campo de flores silvestres, cuyas cabezas oscuras se mecían con la brisa.
Blade se había puesto más tenso, más vigilante.
Avanzaba al acecho, con el arma en posición de disparo y el dedo apoyado en el guardamonte.
—Dirijámonos hacia esos árboles —dijo con voz de gruñido bajo.
Se estaban adentrando en la zona de peligro. Cualquier seguridad que hubiera sentido en las montañas se desvaneció, y el nudo de ansiedad en su estómago regresó. Apartó todos los pensamientos sobre Joe de su cabeza y se concentró en lo que sucedía a su alrededor.
Lily siguió a Blade hacia la zona arbolada. Aquí era donde comenzaba la estrecha franja de bosque, lo que les proporcionaría algo de cobertura. Esperaba que pudieran permanecer camuflados durante todo el camino hasta el río.
De repente, Blade dejó de caminar y levantó la mano, indicándole que se detuviera.
Ella se quedó petrificada.
—¿Qué ocurre? —susurró.
—Algo no me da buena espina.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Confiaba en el instinto de Blade. —¿Qué debemos hacer?
—Vuelve a esos árboles y no te muevas. Voy a echar un vistazo —había una urgencia en su tono que la asustó.
—Pero...
—No te muevas, Lily. Escóndete entre el follaje y espérame —acto seguido, se escabulló en la noche.
El pánico amenazó con abrumarla, así que repasó mentalmente los comandos de su programa informático para mantener la mente ocupada. Funcionó. El miedo disminuyó.
Los minutos fueron pasando.
¿Cuánto tiempo había transcurrido?
Su temor volvió a aflorar.
Escudriñó la oscuridad, pero no veía nada. ¿Dónde demonios estaba Blade? ¿Se encontraba bien? ¿Había pasado algo?
¿Y si no volvía nunca?
Tras lo que le pareció una eternidad, él reapareció como un espectro. No había oído ni un ruido. Se llevó un dedo a los labios. —Baja la voz.
Ella asintió para demostrar que lo comprendía.
—No podemos ir por aquí. Están planeando una emboscada más adelante. Veinte o treinta hombres. Todos armados.
A ella se le cayó el alma a los pies.
—¿Una emboscada? —inquirió—. ¿Qué demonios? ¿Cómo sabían que estábamos aquí?
Entonces lo comprendió.
—El pastor de cabras.
Él asintió. —Sí, debió de vernos.
Mierda. Había sido culpa suya.
¿Cuántas veces podía equivocarse en un solo día? Se mordió el labio. —Lo siento. Debería haberte dejado...
Él la interrumpió. —No hay tiempo para preocuparse por eso ahora. Tenemos que salir de aquí.
Ella miró a su alrededor. —¿Adónde?
El único camino era bajar hasta el río.
—Plan B.
Ella se quedó sin aliento. —¿Vamos a entrar en una de las aldeas para pedir ayuda? ¿Por aquí?
—Por aquí no. A unos veinte kilómetros sobre esa colina, en la siguiente provincia.
Ella miró hacia la colina por la que acababan de bajar. —¿Veinte kilómetros? ¿Estás de broma?
—Ojalá lo estuviera.
—¿Por qué allí? —Lily no sabía si sería capaz de caminar tanto—. ¿No había una aldea más cercana?
—No simpatizan tanto con los talibanes y puede que tenga un contacto que nos ayude.
Lily lo miró asombrada. ¿Y se te ocurre mencionarlo ahora?
—Es una posibilidad remota —se encogió de hombros—. Ni siquiera estoy seguro de que siga allí.
Ella apretó los dientes. —¿Así que podríamos caminar veinte kilómetros para nada?
Él bebió un trago de la botella de agua, se reajustó el fusil y luego la miró. —No para nada. Alguien de allí podría ayudarnos.
Al menos estaba lejos de los soldados que esperaban para emboscarlos.
Lily respiró hondo. Parecía su única opción.
—¿Estás lista? —preguntó él.
Ella asintió con firmeza. —Vámonos.
* * *
Lily estaba agotada, más allá del cansancio.
Caminaron casi toda la noche con muy pocos descansos.
El cielo clareaba por el este y pronto perderían la protección de la oscuridad.
Tenían que ponerse a cubierto pronto. Incluso ahora se veían luces parpadeando en algunas ventanas del soñoliento valle.
Se dejó caer al suelo detrás de un grupo de árboles en las afueras de una pequeña aldea.
Era más una aldea que un pueblo, con una docena de casas de ladrillo esparcidas sin un patrón aparente. Había un campo de pasto seco y trillado para el ganado y, en el extremo opuesto, un camino de tierra que se alejaba de la aldea.
No tenía ni idea de dónde estaban, aparte de saber que se encontraban a kilómetros de su ruta prevista, lejos tanto del río como de la carretera que llevaba a Kabul.
Una parte de ella tenía ganas de llorar de puro cansancio. Pero otra confiaba en Blade. Él la sacaría de allí. De algún modo. Tenía que mantenerse fuerte.
—¿Quién es tu contacto?
Blade se quitó la mochila y se sentó junto a ella. Las arrugas en torno a sus ojos y la tensión en su mandíbula también delataban su agotamiento. Ambos necesitaban descanso y alimento para continuar.
—Stitch. El tipo que se ausentó sin permiso tras nuestra última operación.
Ella conocía ese nombre. —¿El médico?
—El mismo.
Lily frunció el ceño. —¿Qué te hace pensar que vive por aquí?
—Le seguí la pista después de que se marchara. Al fin y al cabo, yo era su oficial al mando.
Ella inclinó la cabeza para mirarlo. —¿Y no le dijiste a nadie dónde estaba?
Él se encogió de hombros. —Supuse que necesitaba tiempo, como todos nosotros.
Joe le había contado lo que les pasaba a los que se ausentaban sin permiso.
Se les consideraba desertores. Suponía que eran desertores.
Si Blade hubiera revelado el paradero de Stitch, este se habría enfrentado a un consejo de guerra y, de ser hallado culpable, podría haber sido licenciado con deshonor, multado o incluso encarcelado.
Después de lo que le había pasado a la unidad, cualquiera de esas opciones parecía un castigo excesivo.
—¿Por qué vino Stitch aquí? —susurró—. ¿Por qué no irse a casa y buscar ayuda?
—Conoció a una chica de aquí en una misión de reconocimiento unos meses antes de nuestra última operación. Yo estaba con él, de hecho. También Spade y Blaster. Entramos como un equipo de cuatro hombres. Sabía que sentía algo por ella, así que supuse que podría haber vuelto aquí.
Lily apoyó la cabeza contra el árbol. —Genial. Eso es todo lo que tenemos. ¿Una chica por la que sentía algo?
—No es que tengamos muchas más opciones.
Cerró los ojos, intentando no ceder a las ganas de llorar.
—Lily, mírame.
Con un esfuerzo sobrehumano, abrió los ojos y se giró hacia él.
—He estado en esta aldea. El anciano se acordará de mí. Aunque Stitch no esté aquí, hay muchas posibilidades de que nos ayuden.
Ella se animó. Eso era prometedor. —¿Entonces qué hacemos ahora? No podemos ir llamando a las puertas.
—Echaré un vistazo.
—De acuerdo —dijo ella—. Sí, ya lo sé. Espera aquí.
Él le dedicó entonces una de sus raras sonrisas y, dejando la mochila en el suelo junto a ella, se fundió con las sombras.