Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 10
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Capítulo 10

¿ Q ué pretendía? ¿Torturarlo?

No era capaz de quitarse de la cabeza la imagen de Lily allí de pie, cubierta solo con una manta, con sus hombros de un blanco nacarado a la vista y el escote provocándolo.

Empapada de arriba abajo, maldita sea. Mojada .

Mechones de pelo húmedos le caían sobre los hombros, como si fuera una sexi ninfa de río.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en lo que ella decía. Por un momento, se le había bloqueado el cerebro.

El efecto que esa mujer tenía en él…

Esa mujer no. La mujer de Spade .

Como si pudiera olvidarlo. Empezaba a comprender por qué su colega no la había presentado al grupo como hacían otros.

Las unidades de las Fuerzas Especiales, en general, eran bastante incestuosas.

Quizá Spade había querido guardársela para él solo para no correr el riesgo de que nadie intentara ligar con ella.

No es que ella le hubiera sido infiel. Se veía que era leal. Había amado a Spade.

Sus palabras volvieron para atormentarlo.

— Necesitaba alejarme de los recuerdos. Todo en casa me recordaba a él.

Se le encogió el corazón de dolor.

Y seguía siendo así.

Blade apartó los pensamientos sobre Spade y extendió el mapa topográfico sobre la gastada mesa de madera. Tenía una pata coja y no dejaba de inclinarse, pero era suficiente para lo que necesitaban.

—¿Y si nos encuentran aquí? —susurró ella.

Vio un miedo real en sus ojos y el corazón se le volvió a encoger. En ese momento deseó protegerla. Decirle que todo iba a salir bien. Borrar ese temor de su mirada.

Lo malo era que no estaba a salvo. Todavía no.

Aún les quedaba un largo camino por recorrer antes de estar fuera de peligro.

—No esperarán que hayamos llegado tan lejos.

Ella asintió con incertidumbre y dirigió la mirada al mapa.

—¿Dónde estamos?

—Aquí —señaló—. Un vasto espacio verde, una zona sin nombre en la región del valle.

—No tenía ni idea de que estuviéramos tan cerca del río. —Lily trazó la línea azul y ondulada con el dedo. Fue un gesto tierno, casi infantil, pero enseguida se dio cuenta de que estaba calculando su longitud—. Lástima que no tengamos un bote.

—El río baja con mucho caudal ahora mismo debido al deshielo de primavera. No nos conviene cruzarlo a menos que sea imprescindible.

—¿Qué anchura tiene?

—Como una pista de baloncesto. Más en algunas zonas.

—¿Hacia dónde nos dirigimos? —Examinó la topografía con ojos expertos. Como diseñadora de software militar, estaría acostumbrada a leer mapas.

—Aquí.

Ella lo miró.

—¿Kabul?

—Sí, es nuestra mejor oportunidad para sacarte de Afganistán ahora que Bagram está controlada por las fuerzas talibanes.

—La base aérea estadounidense al norte de Kabul, en la provincia de Parwan, habría sido su opción preferida, pero desde que las tropas de EE.

UU. y la OTAN se habían retirado del país, se había convertido en una zona prohibida.

Ella frunció el ceño.

—Pero está a más de ciento sesenta kilómetros. A pie es imposible.

Para ella, tal vez. Él había recorrido distancias mayores cargado con el equipo. Aun así, se quedó impresionado por lo rápido que ella había calculado la distancia. —Lo sé, pero escúchame.

Ella fijó su mirada en él.

—Plan A: encontrar algún tipo de transporte para llegar a la ciudad sin ser detectados. No olvides que estamos en pleno territorio talibán, así que los aldeanos serán simpatizantes. Dos occidentales como nosotros llamaríamos la atención como bengalas encendidas.

—Especialmente contigo, vestido como si fueras a entrar en combate —lanzó una mirada significativa a sus pantalones de camuflaje, su camisa de manga larga color caqui y el fusil.

Él gruñó. —Nos mantendremos fuera de las carreteras y rodearemos los pueblos.

Ella seguía estudiando su arma. —¿Es que nunca te quitas eso de encima?

—No.

Habría pensado que ella lo sabría, después de haber vivido con un soldado diez años. Una de las primeras cosas que te enseñan en las fuerzas armadas es a no soltar nunca tu arma. Incluso cuando dormía, mantenía una mano sobre el reconfortante cañón frío. Era su versión de una manta de seguridad.

Ella suspiró. —¿Cuál es el Plan B?

—Ir al pueblo más cercano y solicitar una extracción de emergencia. Tengo contactos en países vecinos a los que puedo llamar para que nos saquen en avión.

—¿No has dicho que los aldeanos serían simpatizantes de los talibanes?

—La mayoría lo son, y los que no lo son puede que tengan demasiado miedo para ayudarnos.

Le tembló el labio. —Podrían traicionarnos y volverían a capturarnos.

Él asintió levemente. —Será arriesgado. Podríamos encontrar a alguien lo bastante valiente como para dejarnos usar su teléfono, pero yo no contaría con ello. Si los ven cooperando con nosotros, podría ser peligroso para ellos.

—¿Quieres decir que los matarían por ayudarnos? —Ella hundió los hombros. Llevaba en el país el tiempo suficiente para saber cómo funcionaban esas cosas.

—Sí.

—Lástima que no tengamos acceso a Hawkeye .

—¿Tu sistema de software?

—Sí, mi software de predicción de amenazas.

—¿Cómo nos ayudaría eso? —Pat no le había explicado exactamente qué hacía⁠—.

—Es un sistema basado en inteligencia artificial que utiliza el aprendizaje automático y el big data para analizar cantidades ingentes de información y predecir los movimientos y tácticas del enemigo.

Ayuda a anticipar ataques, identifica vulnerabilidades en las defensas y optimiza la asignación de recursos en el campo de batalla.

Lo había perdido en lo de la IA.

Él aún no se había subido al carro de todo eso, aunque se estaba introduciendo en las operaciones militares, la logística y los ejercicios de entrenamiento, especialmente en el manejo de drones y el cibercrimen.

Si era la mitad de impresionante de lo que parecía, entendía por qué los talibanes tenían tanto interés en destruirlo. —¿Cuánto tiempo hace que tienen esto?

—Antes del golpe, el Gobierno afgano lo utilizaba para localizar los bastiones talibanes y evaluar los niveles de amenaza. Vieron venir lo que iba a pasar, pero sin apoyo internacional, no tenían poder para defenderse.

—¿Por qué es una amenaza tan grande?

—Porque nosotros también podemos usarlo. Estados Unidos tiene acceso y puede ver los mismos datos.

—¿Pero te necesitan a ti para hacerlo?

—Me necesitan a mí y los códigos para hacerlo. —Se estremeció y se rodeó el cuerpo con los brazos, como si se diera un abrazo a sí misma. El miedo había vuelto, palpitando en el fondo de aquellos ojos castaños.

—No dejaré que te pase nada —dijo él en voz baja.

—No puedes hacerme esa promesa.

—Confía en mí, Lily. Te sacaré de aquí, de una forma u otra.

—Espero que tengas razón. —Su voz fue un susurro.

Blade volvió a mirar el mapa. —Creo que deberíamos intentar el Plan A y, si no funciona, pasamos al Plan B.

—¿No hay un Plan C?

—Lo hay. —Hizo una pausa—. Pero implica caminar más de seiscientos kilómetros a través de las montañas hasta Pakistán.

—¿Te refieres al paso de Khyber?

Él asintió.

Ella lo miró parpadeando. —Quedémonos con el Plan A.