Capítulo 9
M ierda. Mierda.
Mierda por partida doble.
¿Qué había hecho?
¿Por qué narices estaba abrazada a Blade Wilson? ¿Y por qué le había estado besando como si fuera el último hombre sobre la faz de la Tierra? Lo peor era que le había gustado.
Con el corazón golpeándole las costillas, retrocedió como si él fuera una serpiente venenosa.
—Perdona —dijo él de inmediato—. No sé qué ha pasado. Estaba dormido y, de pronto...
Ella levantó la mano. —Ni se te ocurra. Simplemente, no digas nada.
Sus ojos azul oscuro adquirieron un tono sombrío. —Me has besado, y yo...
—Lo sé —recordaba esa parte, por cierto—. El calor le encendió las mejillas. Dios, ¿cómo había podido ser tan estúpida? —Pensaba que eras Joe.
—No lo soy.
No te jode...
Se alejó de él, negando con la cabeza. Menos mal que la cabaña estaba a oscuras y él no podía verle las mejillas ardiendo.
—No debería haber respondido. Ha sido un error.
—Desde luego que ha sido un error. ¿En qué estabas pensando? ¿No te has dado cuenta de que estaba soñando?
—Estabas siendo bastante insistente.
Lamentablemente, recordaba cada detalle nítido de su «sueño» erótico. Su cuerpo duro junto al suyo..., su aroma masculino..., su barba de varios días...
Su cerebro confuso y traidor había pensado que era Joe. Había querido creerlo, deseaba tanto que fuera él que prácticamente había asaltado sexualmente al hombre. Solo cuando él había empezado a devolverle el beso se dio cuenta de que no era Joe.
Los besos de Joe habían sido suaves y delicados, llenos de ternura. La besaba como si tuviera miedo de romperla si era demasiado brusco.
Blade no tenía tales reparos.
Ahí fue cuando lo supo.
—Vale, basta. Lo siento. Ya está, ya lo he dicho —soltó un bufido y se cruzó de brazos.
—No pasa nada. De verdad. No le des más vueltas. Yo también lo siento. —Sus ojos centellearon y ella habría jurado que sus labios amenazaban con curvarse hacia arriba.
—¿Te parece divertido?
Él se incorporó y se tapó el regazo con la manta. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que tenía una erección de campeonato, aunque no parecía que eso le perturbara. Había diversión en sus ojos azul profundo. Este se parecía más al Blade Wilson que ella recordaba.
—Tienes que admitir que es una situación peculiar. Antes de quedarme dormido, no pensé que me despertarían en territorio hostil de forma tan cariñosa.
Ella le lanzó una mirada fulminante. —No tiene ninguna gracia.
Era mortificante, eso era lo que era.
Y perturbador.
—Lo sé. ¿Qué tal si olvidamos esto y seguimos adelante? —Solo que su mirada de lava fundida decía que quería hacer exactamente lo contrario.
—Está bien, vale. —Asintió con rigidez.
Ayudaría si no pudiera olerlo todavía en su piel y saborearlo en su lengua. Le hormigueaba el cuerpo donde él la había tocado. —¿Hay algún sitio donde pueda asearme?
—Hay un cubo con agua en la esquina —señaló con la cabeza hacia el fondo de la cabaña.
Ella se levantó, aliviada de poder darle la espalda.
—Te he dejado algo de comida, así que, cuando te hayas lavado, puedes comer algo —vaciló—. Después tenemos que hablar.
—¿Hablar? —Se dio la vuelta de golpe—. ¿De qué tenemos que hablar?
Él se puso en pie y empezó a doblar las mantas. —Sí, sobre nuestros próximos pasos. El helicóptero de evacuación se ha ido, pero tenemos otras opciones.
—Está bien.
Soltó un suspiro trémulo. Por un momento, pensó que se refería a hablar de lo que había pasado entre ellos, pero aquello era ridículo. Era Blade, un agente de las Fuerzas Especiales y un tipo duro en todos los sentidos. Él no hablaba de algo tan sensible como las emociones.
Además, no había pasado nada entre ellos.
Solo un error.
Era una lástima que hubieran perdido el rescate, pero era bueno saber que aún tenían opciones. Ella no tenía ni idea de cuáles eran, pero pronto lo averiguaría. Después de todo, a eso se dedicaba él .
Sobrevivir. Evadir. Resistir. Extraer.
Se lo había oído decir a Joe muchas veces, sobre todo al principio de su carrera en las Fuerzas Especiales.
Lily se acercó al cubo de agua. No estaba tan mal. A estas horas, ayer, sus perspectivas eran mucho más sombrías. Nunca habría esperado ser rescatada, y mucho menos por Blade Wilson, precisamente. Ahora estaban huyendo de los talibanes, escondidos en una cabaña abandonada.
La situación estaba mejorando.
Si alguien podía sacarlos de allí con vida, era Blade. Según Joe y Pat, no había muchos agentes mejores que él.
Lily soltó un grito ahogado al meter la mano en el cubo. Estaba helada.
—No hay calefacción —fue todo lo que dijo él.
Ni privacidad tampoco. Echó un vistazo por encima del hombro para comprobar si la estaba mirando.
Lo estaba haciendo.
—Saldré hasta que termines —dijo, y abandonó la cabaña sin decir nada más.
Al menos tenía algo de intuición.
Ya a solas, Lily se puso a ello. Necesitaba ese lavado. Habían pasado tres días desde su última ducha y había recorrido muchos kilómetros en ese tiempo. Dios, debía de apestar. ¿Cómo había podido él acercarse a ella, y mucho menos besarla?
De esa manera.
Quedándose en ropa interior, usó el trapo y una pastilla de jabón que habían dejado en el estante junto al cubo y comenzó a lavarse. Se lavó cada centímetro del cuerpo, incluido el pelo, eliminando todos los rastros de los últimos días.
La traumática caminata a punta de pistola hasta el pueblo, el colchón fétido, la cueva sucia, la huida por el túnel y la larga caminata hasta aquí.
A eso se añadía el tacto de Blade, su olor y la forma en que la hacía sentir.
Al menos el agua helada le había refrescado las mejillas.
Cuando acabó, usó una de las mantas militares para secarse. Las fibras eran ásperas y le arañaban la piel, pero no le importó. Era glorioso sentirse libre de suciedad.
Después, sacudió su ropa con fuerza, haciendo una mueca ante el polvo que salía. Estaba sucia y manchada, pero no tenía nada más. Miró las mochilas. Envolviéndose en la manta, fue hasta la puerta.
—Eh..., ¿Blade?
Él se dio la vuelta, clavando la mirada en la manta. —¿Sí? —preguntó mientras ella veía cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula.
—¿Hay alguna camiseta limpia o algo que pueda ponerme? Mi ropa es asquerosa. —Se mordió el labio, esperando su respuesta. Parecía furioso por alguna razón, con el cuello y los hombros tan tensos que se le marcaban las venas.
Él se aclaró la garganta. —Sí, en las mochilas.
Se echó a un lado mientras él entraba en la cabaña. Pasó por su lado pegado al marco de la puerta, manteniendo las distancias como si ella tuviera la peste. Quizá pensaba que iba a besarle otra vez.
Bueno, no tenía que preocuparse. No volvería a cometer ese error.
—Habría lavado la mía —dijo ella—, pero no hay dónde colgarla y no estaba segura de cuánto tiempo íbamos a estar aquí.
—No mucho tiempo.
Eso ya se lo imaginaba.
Abrió una de las mochilas y buscó dentro. Tras un gruñido, sacó una camiseta básica de color verde caqui. —Sabía que había una por aquí.
Era una talla de hombre, pero no le importó. Estaba limpia.
—Gracias.
La mirada de él se clavó en ella, emanando calor. Ella le dio la espalda y, unos segundos después, oyó que salía y cerraba la puerta.
La camiseta limpia le supo a gloria, pero no había forma de librarse de los vaqueros sucios, que volvió a ponerse haciendo una mueca ante las manchas de barro en las rodillas.
Finalmente, se calzó las zapatillas de tenis, que solían ser blancas, pero ahora tenían un interesante tono marrón grisáceo.
Sus ampollas estaban empezando a convertirse en callos, así que al menos las zapatillas ya no le hacían daño.
Había perdido su chaqueta en Kabul y probablemente nunca volvería a verla ni a nada de lo que había en su maleta.
Lily abrió la puerta y se encontró a Blade, con el fusil en la mano, oteando el bosque.
Parecía sumido en sus pensamientos. El sol le daba de lleno en la cabeza, resaltando los reflejos rubios naturales de su pelo castaño.
Tenía un perfil fuerte y noble, y su mandíbula relucía con una barba dorada de varios días.
Ella se apartó un mechón húmedo de la cara.
Dios sabía lo que hacía cuando creó a este espécimen. —¿Todo bien?
Él asintió con gesto tenso. —De momento, sí.
Salió y miró al sol, que todavía calentaba, pero empezaba a declinar sobre las cimas de las colinas al otro lado del valle. —¿Qué hora es?
—Casi las dos. —No miró el reloj de pulsera.
Eso significaba que había estado durmiendo casi toda la mañana.
Qué raro, le había parecido que no había pasado nada de tiempo.
Sus captores ya habrían despejado los escombros de la explosión y se habrían dado cuenta de que ella no estaba en la cueva.
Sabrían que la única salida era a través del túnel.
¿Estarían ya peinando las colinas, buscándola?
¿Podrían estar avanzando por el exuberante valle hacia la cabaña?
—¿Quedarnos aquí no les da la oportunidad de alcanzarnos?
—Sí, pero la alternativa podría matarnos. Estamos demasiado expuestos durante el día.
—¿A qué hora se pone el sol?
—Aquí en el bosque puede que esté lo bastante oscuro en tres o cuatro horas.
Tres o cuatro horas. Tanto tiempo. Saber que sus enemigos le pisaban los talones la ponía nerviosa. Su instinto era seguir moviéndose, seguir corriendo, pero tenía que confiar en él. Al fin y al cabo, él era el experto.
—Está bien. —Intentó mantener un tono de voz animado—. ¿De qué querías hablar?