Capítulo 7
C ostaba creer que este fuera el mismo tío que recordaba.
Blade Wilson. Las chicas que pululaban por la base ni siquiera podían pronunciar su nombre sin desmayarse.
Había sido una especie de dios en Fort Bragg.
Desde sus hombros anchos y musculosos y sus abdominales de infarto hasta su sonrisa sexi y despreocupada y sus comentarios ingeniosos, era el sueño erótico de cualquier mujer.
Además, era duro; superaba a la mayoría en los ejercicios de entrenamiento y, según Pat, era un líder nato.
Personalmente, ella siempre se había preguntado a qué venía tanto alboroto. No negaba que fuera guapo, si te iba ese rollo de ojos azules y chico malo, pero le faltaba sustancia. Había algo superficial y desdeñoso en él que le producía rechazo.
Nadie se quedaba con Blade durante mucho tiempo.
Te enamoraba y luego te dejaba, pero claro, sus mujeres sabían en qué se metían.
Lily ocultó un bufido mientras se esforzaba por seguirle el ritmo.
El miedo al compromiso de él no hacía cambiar de opinión a aquellas mujeres.
Lo veían como un desafío, y cada una quería ser la que lograra domarlo.
Pero nadie lo consiguió jamás. La única lealtad de Blade, por lo que ella alcanzaba a ver, era hacia su país y hacia sus amigos.
Y luego estaba la mole huraña en la que se había convertido. Seguía siendo guapo —sería una estúpida si no lo viera—, pero de una forma atormentada y brutal. La sonrisa fácil había desaparecido y los ojos azules ya no reían. En su lugar, brillaban con una intensidad que la ponía nerviosa.
Joe lo admiraba, casi lo idolatraba, un rasgo que a ella le irritaba.
Joe había sido un tío inteligente, pero le faltaba confianza, sobre todo al principio.
Suponía que la unidad lo había curado de eso.
Siempre había sido capaz de averiguar cómo funcionaba cualquier cosa, desmontarla y volverla a montar.
Habría sido un ingeniero brillante, pero eso no era lo que quería.
Quería seguir a su engreído y seguro de sí mismo amigo a lo que ella llamaba secretamente el escuadrón de la muerte.
En el fondo, siempre había sabido que terminaría así.
Joe no era como Blade, Ricky y los demás.
Era fuerte y había recibido un buen entrenamiento, pero en el fondo era un sentimental y el hecho de matar le afectaba.
Le había costado procesar lo que había hecho.
Tenía pesadillas. Una vez, unas semanas antes de su último despliegue, ella se había despertado y se había encontrado con las manos de él alrededor de su cuello.
Por suerte, él había recobrado el sentido y se había dado cuenta de lo que estaba haciendo antes de causarle algún daño.
Cuando ella le sugirió que buscara ayuda, él se negó en redondo, diciendo que lo echarían del ejército si le diagnosticaban trastorno de estrés postraumático.
Por desgracia, tenía razón; eso habría acabado con su carrera como operador.
No es que eso hubiera sido algo malo, en opinión de ella.
Pero él le había hecho prometer que no le contaría a nadie el incidente, ni siquiera a su padre.
La unidad era su vida. Sus compañeros de equipo eran su familia.
¿Y Blade? Joe lo admiraba como a un hermano mayor.
Siguieron marchando, Blade con una expresión de intensa concentración en el rostro, con la mano de disparo empuñando la pistola, listo para actuar si surgía algún problema, con el cañón frente a su nariz y el arma inclinada a cuarenta y cinco grados.
Llevaba otra arma corta en una funda sujeta a la pierna.
Ella intentó no fijarse en lo grueso que era su muslo, en cómo llenaba el pantalón táctico.
La bestia gruñona se había cerrado en banda desde su pequeño arrebato y no había pronunciado ni una sola palabra durante al menos tres kilómetros. ¿Se sentía mal por lo que había dicho? Ni de coña. Le echaba la culpa a él, pero también se la echaba a Joe. Quizá debería haber añadido eso.
Básicamente, estaba cabreada porque él estaba muerto y necesitaba un objetivo para su ira. Blade era un gran objetivo.
Lágrimas calientes le escocieron en los ojos, pero las ahuyentó parpadeando. No era momento de venirse abajo; ahora era el momento de mantenerse concentrada y salir de allí, lejos de los hombres que querían los códigos.
—¿Cuándo crees que se darán cuenta de que nos hemos ido? —preguntó para romper el silencio.
—No tardarán.
Genial. Ahora le estaba aplicando la ley del hielo.
A sus captores les llevaría algún tiempo retirar los escombros causados por el artefacto explosivo de Blade, pero ya habían pasado un par de horas. Exactamente cuánto tiempo, no tenía ni idea. Los kilómetros parecían fundirse unos con otros y ella caminaba con el piloto automático puesto.
Blade acechaba más que caminar, siempre un paso o dos por delante de ella, moviendo la cabeza como una radiobaliza. Receloso, cauteloso, alerta.
Para animarse, pensó en lo que podría haber sido.
Joe y ella ya estarían casados, quizá incluso con un bebé en camino.
Él estaría trabajando en Fort Bragg como ingeniero, construyendo aviones, tanques o cualquier otra cosa que le apasionara, mientras ella iría a su trabajo con ordenadores, tranquila al saber que su marido estaría a salvo en casa cuando regresara.
Lamentablemente, eso era todo. Un sueño. Su fantasía.
No la de Joe.
La de él había sido unirse a las Fuerzas Especiales.
Lanzándole miradas asesinas a la espalda de Blade, lo siguió internándose más en el bosque. Los densos árboles bloqueaban la luz de la luna y sombras oscuras se cernían ante ellos.
—¿Sabes adónde vas, verdad?
Él le lanzó una mirada que rozaba la incredulidad.
—Vale, bien. Perdona por preguntar.
Pero se había fijado en que cada pocos metros él se giraba para comprobar cómo estaba, para asegurarse de que seguía tambaleándose detrás de él. Era un buen soldado, eso tenía que reconocérselo.
Continuaron. Le dolían los pies, la espalda se le partía. ¿Es que no iban a parar nunca? Ya no hablaban; el único ruido —aparte de sus pasos— provenía de pequeños animales que se escabullían hacia sus madrigueras al acercarse ellos.
Blade parecía deslizarse entre la maleza sin apenas hacer ruido, lo cual resultaba extraño dada su inmensa complexión y las enormes botas que calzaba. Medía fácilmente un metro noventa y cinco, con músculos que parecían estallar bajo la camisa y unos hombros que podrían cargar con dos hombres.
También era fuerte. Cuando la había subido por el túnel vertical, lo había hecho sin esfuerzo, como si ella no pesara más que ese maldito rifle que llevaba consigo. El calor le subió a las mejillas al pensar en cómo había tenido que rozarse contra él para salir.
De ninguna manera iba a pensar en lo duro que estaba su cuerpo, en su firmeza. En cómo olía de forma tan masculina que había despertado en ella un anhelo que no experimentaba desde Joe.
Lily tropezó, recuperando el equilibrio por los pelos.
—¿Estás bien? —gruñó él, apenas girando la cabeza.
—Estoy bien. —¡Dios, cómo echaba de menos el cuerpo de Joe!
Echaba de menos tener sus brazos a su alrededor por la noche.
Sobre todo, echaba de menos su sonrisa de deleite cuando se despertaba a su lado por la mañana, como si ella fuera esa sorpresa maravillosa que no esperaba.
Incluso después de diez años juntos, seguía haciéndolo.
Lo había hecho.
¿Por qué no se me metía en la cabezota?
Caminaron una hora más, hasta que el sol empezó a asomar su cabeza somnolienta por encima de las distantes montañas púrpuras. Su respiración se había vuelto irregular, su cuerpo estaba más que fatigado. —¿Cuánto falta?
Él se detuvo tan de repente que ella chocó contra su espalda. Se le escapó un jadeo del susto.
Sólido. Una pared.
Sin embargo, estaba demasiado agotada para disculparse.
Los ojos oscuros de Blade la recorrieron.
¿Era preocupación lo que veía en ellos? No podía ser.
Debía de haberlo imaginado. Ella no le importaba un bledo.
Solo quería sacarla de aquí para poder irse a casa.
Estaba escrito en todo su cuerpo. Ella era solo otro trabajo, una misión que tenía que cumplir.
—Hay una cabaña no muy lejos de aquí. Esperaba haber llegado antes de que amaneciera.
Ella asintió con cansancio.
Él le tendió la botella de agua. —Bebe.
Oye, no pensaba discutir. Lily bebió todo lo que pudo, con el agua chorreándole por la barbilla. ¿Quién habría pensado que el agua sabía tan bien?
—Despacio —dijo él suavemente.
Ella se limpió la boca y se la devolvió. —Gracias.
—¿Crees que puedes aguantar otro kilómetro y pico?
Otro kilómetro. Maldita sea. A estas alturas, no sabía si podría dar un solo paso más. —Puedo intentarlo.
Él asintió secamente y volvió a colgarse la botella de agua. Casi estaba vacía ya. Con suerte, habría suministros en esa cabaña, estuviera donde estuviese.
Se pusieron en marcha de nuevo, pero era demasiado. Su mente estaba dispuesta, pero su cuerpo se rebelaba. ¿Cuándo fue la última vez que durmió? ¿Hace veinticuatro horas? ¿Cuarenta y ocho? Estaba demasiado cansada para echar cuentas.
En el este, el horizonte vibraba con un resplandor azul eléctrico. Casi se les acababa el tiempo. —No puedo...
Le flaquearon las piernas.
Él se movió rápido, tan rápido que no se dio cuenta de lo que pasaba. Unos brazos fuertes la sujetaron antes de que golpeara el suelo.
—Lo siento.
—No es problema. Puedo llevarte. —Sus ojos oscuros se suavizaron con preocupación, como el cielo.
Dios.
Era más fácil odiarlo.
La tomó en brazos.
Con cada paso hacia la cabaña, sentía el latir de su corazón, firme y constante.
Además, olía bien, a hombre. Como olía Joe cuando volvía de un día en la base.
Había pasado tanto tiempo desde que había sentido ese aroma varonil que inhaló profundamente, saboreándolo.
A medida que avanzaban, su mente se fue enturbiando.
Antes de darse cuenta, se había sumido en un sueño profundo de puro agotamiento.