Capítulo 5
V ale, puede que no ganara ningún premio por su elocuencia, pero al menos ya lo había soltado. Se lo había dicho. Una misión cumplida. Quedaba otra.
La expresión de ella era de absoluto asombro. Abrió la boca para hablar, pero él levantó una mano para interrumpirla. No era el momento. —Venga, sigamos. Podemos hablar cuando estemos a salvo.
Ella cerró la boca y asintió aturdida.
Dándole la espalda, él se ajustó la linterna frontal, bajó la mira y siguió gateando por el túnel.
El ángulo era notablemente más empinado ahora y la brisa soplaba con más fuerza que antes.
La sentía fresca en la cara y, por un momento, cerró los ojos y saboreó el aire puro.
Iban por el buen camino. Escape, evasión, supervivencia.
Para eso lo habían entrenado y, en sus tiempos operativos, había reptado por sitios mucho peores que este para seguir con vida.
Todos lo habían hecho.
Pensó en Phoenix, Boomer, Viper y Pat: la unidad improvisada que guiaba a los demás rehenes a través del bosque espeso e impenetrable que cubría el valle hasta el punto de encuentro, donde un helicóptero esperaba para transportarlos a la libertad.
Eran un buen grupo de tíos. Había servido con todos ellos en algún momento de su carrera en las Fuerzas Especiales.
Con todos excepto con Pat, que era el motor de esta misión.
Eran eficaces, capaces y letales. Aunque los combatientes talibanes les pisarían los talones, confiaba en que sacarían a los rehenes a tiempo.
Blade oteó el túnel a través de la mira de visión nocturna. Calculó que les quedaban al menos veinte o treinta metros para salir a la superficie. Era factible, siempre y cuando el enemigo no los estuviera esperando al otro lado.
Las cosas casi nunca salían según lo previsto; esta misión era un ejemplo clásico. Te preparas hasta el más mínimo detalle, pero inevitablemente algo sucede para joderlo todo. El enemigo era una fuerza desconocida, imposible de controlar. De ahí la constante pregunta: ¿Y si...?
¿Y si hubiera más combatientes de los previstos? ¿Y si los rehenes no estuvieran allí? ¿Y si uno de ellos resultara herido? ¿Y si el helicóptero no pudiera llegar al punto de encuentro de emergencia?
Menos mal que Blade tenía un montón de planes de contingencia.
En la base aérea encubierta del desierto, antes de que el Black Hawk los trajera a las montañas, había estudiado las grabaciones de los drones de la zona y sabía que los túneles se entrecruzaban durante kilómetros de cueva en cueva.
Apostaba a que el enemigo de abajo aún no se había dado cuenta de que habían encontrado otra salida.
Eso le daría varias horas para llevar a Lily lo más lejos humanamente posible.
En el túnel reinaba la oscuridad más absoluta y utilizó tanto las gafas de visión nocturna como la linterna frontal para guiarlos.
Debían de estar cerca del final, pero aquello parecía no terminar nunca.
No había nada que les indicara cuánto les quedaba.
La única pista que tenía era el aire más frío, que le hacía llorar los ojos. Debían de estar cerca.
El túnel hacía una curva, así que gateó para rodearla y se topó con un callejón sin salida.
¿Pero qué demonios...?
Tanteó con la mano pero lo único que pudo sentir fue la piedra fría y dura. Se le hundió el alma a los pies. No, no podía ser. Oyó a Lily avanzar deprisa detrás de él. —¿Por qué nos hemos parado?
Dudó. ¿Cómo podía decirle que no había por dónde salir?
Otra ráfaga de aire gélido lo golpeó. Venía de arriba. Miró hacia arriba.
¡Toma ya! No se había fijado antes, pero el túnel daba un giro de noventa grados hacia arriba. Un agujero se abría sobre ellos, a través del cual podía ver las estrellas y un escaso dosel de hojas.
Brillante. Lo habían conseguido.
Había luna creciente esa noche, lo cual era perfecto. Les daría suficiente luz para ver, pero no los dejaría demasiado expuestos, y los árboles y riscos proporcionarían muchas sombras en las que esconderse.
El único problema era subir hasta allí. Calculó que la distancia sería de unos tres metros. Demasiado alto para alcanzarlo por sí solo, pero juntos podrían tener una oportunidad.
—Estamos al final —le dijo a Lily, que se había detenido detrás de él—. Hay un agujero vertical encima de nosotros, pero está alto. Vamos a tener que apretujarnos los dos aquí para que pueda alzarte.
—¿Ah, sí? Ay, gracias a Dios —oyó el alivio en su voz.
—Voy a ponerme de pie; después, gatea hasta que llegues a mis piernas. Usa mi cuerpo como si fuera una escalera para subir hasta que estés de pie a mi lado. Desde ahí, te impulsaré hacia arriba. ¿Vale?
—Entendido.
Se puso de rodillas, rozándose la espalda contra el techo de piedra del túnel.
A veces, ser tan alto tenía sus inconvenientes.
Apretando los dientes, maniobró en el pozo vertical y se agarró a las paredes mientras se enderezaba.
El espacio era estrecho, pero había el suficiente para los dos.
El problema sería ponerla a ella de pie.
Sus hombros rozaban los laterales. Pegando la espalda a la roca, intentó dejar espacio suficiente para que ella se pusiera de pie. Unos bordes irregulares se le clavaron en la espalda, pero los ignoró. —Tu turno.
La oyó avanzar a gachas hasta que sintió una mano en su espinilla.
—Eso es. Ven lo más adelante que puedas antes de inclinarte hacia arriba. Si intentas levantarte demasiado pronto, no tendrás espacio para la espalda.
Lily puso una mano en su rodilla. Otra en su muslo. Dio un respingo y lo soltó.
—¿Estás bien? ¿Te has raspado la espalda?
—Estoy bien —dijo con voz ligeramente temblorosa.
—Muy bien, entonces. Es hora de ir subiendo por el conducto. Es un espacio estrecho, pero se puede hacer.
—No sé si podré —dijo con voz tensa y aguda; estaba a punto de entrar en pánico—. No hay espacio suficiente.
—Escucha, Lily. La única forma de sacarte de aquí es que trepes por mi cuerpo. Puedo ayudarte, pero primero tienes que ponerte de pie. No te preocupes por hacerme daño. Empuja contra mí con toda la fuerza que necesites, pero levántate.
Ya fuera por la urgencia en su voz o por su propio miedo, no sabría decirlo, pero ella se arrastró hacia delante. Él se apretó más contra la pared para crear todo el espacio posible.
La cabeza de ella golpeó sus rodillas, luego sus muslos y después su entrepierna.
Él se tensó, obligando a su cuerpo a no reaccionar ante su cercanía por si la incomodaba.
Estaba casi a oscuras. Había apagado la linterna frontal al ponerse de pie para no atraer atención no deseada desde arriba.
El tenue resplandor de la invisible luna creciente era su única fuente de luz.
Gruñendo, ella giró la cara de lado para que no quedara pegada a su estómago, pero su camiseta se subía a medida que su cabeza ascendía.
Sintió su pelo sobre la piel. Despacito, ella se puso de rodillas y, finalmente, de pie.
Había ganado curvas desde la última vez que la había visto, que, a decir verdad, hacía casi una década.
Sus caderas curvilíneas se clavaban en las de él y sus pechos turgentes se presionaban contra su torso.
Con cada respiración, sentía la suavidad de su pecho expandiéndose contra el suyo.
—¿Estás seguro de esto? —susurró ella, con la cara a menos de un par de centímetros de la suya. Maldita sea, podía sentir su aliento en los labios.
—Estoy seguro —mantuvo la voz tranquila y firme, aunque por dentro estuviera de todo menos calmado. El pelo de ella caía en cascada alrededor de su cara y le hacía cosquillas en el cuello, como ocurriría si se despertara con ella en sus brazos.
Tragó saliva. ¿De dónde narices había salido ese pensamiento?
Lily inclinó la cabeza para mirar hacia el agujero, pero su nariz chocó con la de él. —Lo siento —susurró ella.
Percibió una incomodidad infinita en esas dos pequeñas palabras.
—Salgamos de aquí de una vez —dijo. Ya había sido suficiente.
No podía soportar tanta proximidad. Su cuerpo estaba a punto de hacerse una idea equivocada, y eso no sería nada bueno.
Voy a levantarte por la cintura todo lo que pueda.
Usa tus rodillas y pies para trepar por mí y tus manos para impulsarte por las paredes.
Cuando estés lo bastante alta, súbete a mis hombros; desde ahí, deberías poder alcanzar el borde y salir del conducto por tus propios medios.
Ella asintió, su nariz rozando la de él de nuevo casi como un beso esquimal.
Sus alientos se mezclaron en la oscuridad y él se sintió tan cerca de ella que, por un instante, consideró inclinarse para que sus bocas se encontraran.
No haría falta mucho, apenas un par de centímetros.
¿Cómo se sentiría ella? ¿A qué sabría? ¿Respondería?
¿Pero qué le pasaba?
¡Contrólate, soldado!
Esta era la novia empollona de Spade, solo que ya no lo era. Su cuerpo exuberante causaba estragos en sus sentidos y, por alguna razón, no podía dejar de pensar en ello.
—Estoy lista —susurró ella.
Él puso las manos alrededor de su cintura y luego la levantó, con su cuerpo pegado al suyo.
Sus pechos rebotaron contra su cara y él casi perdió el control.
Inspirando con brusquedad, giró la cabeza hacia un lado.
No fue para evitar avergonzarla a ella tanto como para no avergonzarse él mismo.
Joder, qué pechos tan increíbles tenía. Inhaló profundamente.
Le hizo falta toda su fuerza de voluntad para no bajar la cabeza y acariciarlos con el rostro.
¿Qué demonios le pasaba? Vale que hacía tiempo que no se acostaba con nadie, pero aquel era un comportamiento totalmente poco profesional. Ella era una rehén y la chica de su mejor amigo. Tenía que mantenerse concentrado, no reaccionar como un adolescente en la noche del baile de graduación.
Su cuerpo menudo no pesaba casi nada, así que pudo levantarla lo suficiente como para que sus caderas quedaran a la altura de sus orejas. Hizo una mueca cuando su espalda se raspó contra la roca dura. —¿Puedes agarrarte a algo?
Ella dobló las rodillas y, con vacilación, apoyó una en cada hombro de él para estabilizarse.
Su entrepierna estaba justo frente a su cara, pero ella estaba demasiado ocupada mirando hacia arriba para darse cuenta.
Llevaba unos pantalones de algodón ligero y, joder, si no podía sentir el encaje de sus bragas a través de ellos.
Encaje , por el amor de Dios.
Eso evocó un montón de imágenes inapropiadas, lo cual era una locura ya que nunca antes la había encontrado atractiva. Exhaló. Cuanto antes la sacara de allí, mejor.
—Noto una planta, una raíz o algo. Se estiró más, inclinando la pelvis de modo que su entrepierna quedó justo ante su nariz.
Maldita sea.
—Agárrate. Rápido.
Ella consiguió el impulso suficiente para subir hasta pisar ligeramente sobre los hombros de él. Menos mal.
Él puso las manos bajo sus pies y empujó hacia arriba. Junto con los esfuerzos de ella por tirar y trepar hasta la superficie, ella consiguió salir fuera.
—No te levantes —ordenó en voz baja, mirando hacia arriba.
La cara de ella llenó la abertura, con el pelo cayendo hacia abajo. —No lo haré —respondió ella en un susurro—. ¿Cómo vas a salir tú?
—Coge esto —dijo, desatando un trozo de cuerda que llevaba en el cinturón y lanzándoselo—.
Átala a ese árbol, pero mantente alerta por si alguien anda merodeando.
Lo último que quería era que un francotirador talibán la viera, aunque tendrían órdenes estrictas de disparar, pero no de matar.
Muerta no les servía de nada. La necesitaban viva por los códigos. Él, en cambio, estaría acabado.
En poco tiempo habría combatientes por toda la ladera buscándolos.
Cuando los cinco formularon el plan de rescate, no contaron con que una fuerza de combate descendiera desde el otro lado de la cresta.
Todavía no sabía exactamente de dónde habían salido.
Debían de haber emergido de la red de cuevas que acribillaba las montañas.
Era obviamente más grande de lo que cualquiera había previsto.
Un coronel del ejército le dijo una vez que se asegurara de que el Plan B de su unidad pudiera funcionar como un Plan A, porque en muchos casos era el que finalmente se ponía en marcha.
Al menos Pat, Phoenix, Viper y Boomer habían puesto a salvo a los otros cuatro rehenes y habían escapado por los bosques del valle inferior.
Él había tardado más en encontrar a Lily.
Sus captores la habían mantenido separada, probablemente para interrogarla en privado.
Ella era el premio gordo. Los demás eran daños colaterales, una baza adicional para pedir un rescate.
Por lo que había visto, Lily no parecía herida ni maltratada, una de las razones por las que se habían infiltrado lo antes posible, quizá en detrimento de un reconocimiento más exhaustivo.
Era de vital importancia que ella no echara a perder todo su duro trabajo entregando los códigos de acceso a los talibanes.
Pat le había explicado lo importante que era su sistema militar para los afganos, más aún ahora que los talibanes habían asumido el control.
Por desgracia, eso significaba que no se detendrían ante nada para arrancarle esos códigos.
El extremo de la cuerda cayó dentro del túnel. ¡Lo había conseguido! Le dio un fuerte tirón. Satisfecho de que el nudo aguantaría, trepó hasta la superficie.