Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 4
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Capítulo 4

—¿ L ilian Devereux? —preguntó la bestia.

Atónita, ella se quedó mirando el amasijo ensangrentado que antes había sido el combatiente talibán y luego levantó la vista hacia el arma del tirador. Había sido tan joven...

—¡Lilian! ¿Eres tú?

Estadounidense. Era estadounidense. Se filtró en su mente aturdida que debía de haber venido a por ella.

—Sí —susurró, pero él no pudo oírla por encima de los gritos incesantes que venían de fuera.

—¿Cómo?

—¡Sí! —Forzó la voz para que sonara fuerte y asintió con la cabeza.

—Bien. Voy a sacarte de aquí. —Echándose el arma al hombro, se agachó para inspeccionar sus grilletes y sacó un cuchillo de combate de aspecto letal. A ella se le agrandaron los ojos al reconocerlo. Joe tenía uno idéntico.

Ella ahogó un grito—. Eres de las Fuerzas Especiales.

El hombre forzó la cerradura hasta soltarla. Era puro Operaciones Especiales, cada uno de sus movimientos lo gritaba. Tenía ese mismo aspecto de soldado curtido: todo profesionalidad, todo centrado en la misión.

Con un gruñido, la puso en pie. Le dolían los tobillos y las ampollas le escocían, pero con el brazo de él rodeándola —un agarre de hierro pero no cruel—, pudo caminar—. En marcha.

Se acercaron al borde de la entrada de la cueva, mientras el aire se volvía más frío. Casi lo lograron, pero entonces se desató el infierno. Empezaron a llover balas desde todas direcciones.

Él la empujó y gritó:

—¡Atrás!

Ella se desplomó en el suelo y se cubrió la cabeza.

La cueva se convirtió en una tormenta de ruido y metralla. Él estaba hablando por radio, con una voz que era un gruñido bajo de mando.

—Equipo, poned a salvo a los rehenes. Yo tengo a Lilian.

Algo en la forma en que pronunció su nombre le resultaba familiar, pero no lograba identificar qué era.

¿Sería uno de los compañeros boinas verdes de Joe?

¿Se habrían cruzado antes? Se esforzó por verlo mejor, pero la cueva estaba oscura y la cegadora luz frontal creaba un halo borroso a su alrededor; además, el visor de visión nocturna le ocultaba parte de la cara.

Ladró por el comunicador, con una tensión en la voz que parecía una cuerda a punto de romperse.

—Negativo. No quiero que la historia se repita. Poned a esos rehenes a salvo. Es una orden.

Esto no pintaba nada bien.

—¿Otros rehenes? —lo miró fijamente—. ¿También están aquí?

—Sí, los rastreamos por satélite. Así supimos dónde estabas tú. —Agarrándola de la muñeca, la llevó hacia el fondo de la cueva—. ¿Hay otras salidas?

Ella no podía dejar de pensar en lo cerca que habían estado de escapar, y ahora estaban atrapados. Un sollozo borboteó en su garganta.

—Lilian, mírame.

Ella estiró el cuello. Era un hombre imponente, una bestia, pero, rodeado por el halo de la potente luz frontal, no era más que una sombra.

—¿Hay otra salida?

Ella intentó pensar y luego señaló hacia una corriente de aire que había sentido antes.

—¡Tal vez por allí!

Él fue rápido a comprobarlo.

—Tienes razón. Hay un túnel estrecho aquí. Es bastante angosto, pero podría servir.

—¿Cabremos? —preguntó. Era muy estrecho, de apenas un metro veinte de ancho por menos de un metro de alto.

—No habrá mucho margen de maniobra y tendré que dejar mi mochila, pero es nuestra mejor opción. No podemos salir por delante sin apoyo.

Apoyo que has mandado lejos , añadió ella para sus adentros.

Él empezó a rebuscar en su bolsa, metiendo lo que podía en los bolsillos y en los enganches del cinturón.

—Voy a poner una trampa. —Volvía a ser todo profesionalidad—. Atrás.

—¿Qué? —Ella parpadeó, incrédula—. ¿Vas a volar la entrada?

—Nos ganará algo de tiempo.

—Pero… ¿y si no podemos atravesar el túnel? Nos quedaremos atrapados. No podremos salir.

Ella vio un destello de dientes blancos bajo la luz frontal.

—Ya, pero el enemigo tampoco podrá entrar.

Fantástico. Iba a convertir su vía de escape en un montón de rocas y a jugársela en el túnel estrecho. El oscuro y estrecho túnel.

Se oían ráfagas esporádicas de disparos —demasiado cerca para su tranquilidad— en el exterior mientras él preparaba el C4 como si fuera plastilina. Una vez que la boca de la cueva estuvo cableada para estallar, dio un paso atrás para admirar su obra.

Lily soltó un grito cuando una bala perdida rebotó en la roca no muy lejos de donde estaba, salpicándole la cara con sedimentos.

—¡Atrás! —Él se lanzó hacia ella, la puso detrás de sí y le echó un vistazo rápido para ver si estaba herida. Lo que vio —o lo que no vio— debió de satisfacerle, porque continuó con su plan—. Prepárate. Se va a llenar todo de polvo.

¿Estás seguro de que...?

Él presionó la palanca y el mundo tembló.

Ella gritó, pegándose contra la pared del fondo de la cueva, tensándose a la espera de una lluvia de metralla y rocas.

Pero la explosión fue dirigida hacia fuera. Aparte de una nube de polvo, no ocurrió nada dentro de la cueva. Entonces se oyó un estruendo profundo.

—Allá va —dijo él.

Cientos de toneladas de la ladera de la montaña se desplomaron sobre la salida.

Ella se quedó mirando el muro de roca y empezó a hiperventilar. Ahora sí que estaban atrapados de verdad.

—Lilian, vamos.

Aun así, ella no se movió. Su respiración era corta y agitada. La cueva estaba brumosa por el polvo y la linterna brillaba con un tono rojizo detrás de ellos.

—Lily —dijo él en un tono más suave.

Ella se giró, como aturdida. Joe la llamaba Lily, y su padre, Pat, pero nadie más.

La luz frontal de él bailaba ante sus ojos. Eso, sumado a la falta de aire, hizo que se le nublara la vista.

Dios mío, no dejes que me desmaye.

—Vamos, Lily. Tenemos que salir de aquí.

Lo siguió hacia el túnel. Incluso sin su mochila, era un hombre gigantesco, como un Hércules matando a un monstruo, solo que ella no tenía ni idea de cómo iba a sacarlos de esta.

Él se aseguró el arma a la espalda y se agachó. El hueco era tan pequeño que ¿cómo rayos iba a caber él? Ni siquiera parecía lo bastante grande para ella .

Mierda, lo iba a intentar. No es que tuvieran una opción mejor. Ni siquiera una peor.

Estaba tan negro ahí dentro...

—Iré yo delante. Tú quédate detrás de mí.

Ella tragó saliva mientras él se introducía en el túnel. La luz de su linterna frontal bailaba sobre las estrechas paredes rocosas y ella soltó un suspiro de alivio. Al menos no los iba a tragar la oscuridad.

Sus hombros macizos requirieron algunas maniobras, pero logró entrar. De verdad que lo hizo. Ella lo observó avanzar a rastras durante unos metros, y sus ojos bajaron hacia su trasero, firme y enfundado en el pantalón caqui.

Al darse cuenta, parpadeó. ¿Pero qué demonios? No era momento para eso. Aun así, tenía que admitir que era un trasero estupendo. Duro, tenso y musculoso.

—¿Vienes? —llamó él, pero el espacio era demasiado estrecho para que pudiera darse la vuelta.

—¿Lleva a alguna parte? —preguntó. Ella no quería entrar allí por nada del mundo, pero ¿qué otra opción tenía? Él había destruido su única salida.

—Parece bastante seguro. La brisa es fuerte. Creo que estaremos bien —dijo y, unos segundos después, empezó a moverse de nuevo.

Oh, Dios. De verdad iba a hacerlo.

Si él cabe, yo también.

Lily se puso a cuatro patas.

Allá voy...

Tomando aire con un estremecimiento, gateó tras él. El suelo bajo sus manos estaba frío y desmenuzable, con un olor metálico que habría sido agudo y penetrante si no lo hubiera diluido la brisa.

Avanzaron lentamente, palmo a palmo, unos veinte metros, él delante de ella y ella concentrada únicamente en el movimiento de su trasero. Por ridículo que pareciera, ese trasero perfecto la ayudaba a mantener el pánico a raya.

Finalmente, el pasadizo se ensanchó en una pequeña alcoba redondeada donde podían sentarse uno al lado del otro. El soldado apartó su visor de visión nocturna y se secó el sudor de la cara. —Podemos descansar cinco minutos.

—Menos mal —Lily se sentó a su lado, con la espalda contra la pared—. La brisa constante hacía que el espacio confinado fuera más soportable, y quería creer que la cima de la colina y la libertad estaban a poca distancia.

—¿Estás bien? —preguntó él. La luz frontal seguía encendida, así que sus rasgos eran una bruma oscura. A ella le parecía bien. Sin luz, el túnel estaría en tinieblas totales, lo que probablemente la haría perder los estribos. Así era mejor.

Su voz le resultaba familiar. Intentó ubicarla, pero no pudo. —Sí, yo... creo que sí.

—Bien. —Sacó una brújula del bolsillo y la estudió—. Hemos estado yendo constantemente hacia el oeste y con una trayectoria ascendente, así que no deberíamos tardar mucho en llegar al exterior. Calculo que otros veinte o treinta minutos. ¿Crees que podrás aguantar?

Como si tuviera otra opción. —Sí.

Él giró la cabeza y la alcoba se sumió en la oscuridad. «Casi hemos llegado», se dijo a sí misma. «Solo sigue adelante». El lugar era oscuro y claustrofóbico, y no podía dejar de pensar en qué pasaría si el túnel se estrechaba hasta un punto en el que no pudieran pasar. ¿Qué pasaría entonces?

Una explosión amortiguada la hizo saltar y envió una ráfaga de polvo por el estrecho túnel.

—¿Qué ha sido eso?

—Están intentando entrar en la cueva a base de explosiones —su voz era controlada, pausada. Mientras tanto, ella estaba a punto de sufrir un ataque de pánico en toda regla. Ya no había vuelta atrás.

Él debió de sentir su terror, porque se dio la vuelta y puso una mano firme y curtida sobre el brazo de ella. —Mantén la calma, Lily, y sigue respirando con normalidad. Ya casi estamos fuera.

—Vale —susurró—. Lo intentaré.

—Bien.

—Esto... tengo que preguntártelo. ¿Nos conocemos? —Era por la naturalidad con la que decía su nombre. No podía verle los ojos, pero sentía que la miraba fijamente. Su propio rostro, en cambio, estaba iluminado por la luz frontal de él.

—Sí, nos conocemos. Soy Blade Wilson, el amigo de Spade..., perdón..., de Joe . No he podido ponerme en contacto contigo antes porque te fuiste poco después de que él... falleciera. Yo estaba con él cuando..., en fin, me dio un mensaje para ti. Me pidió que te dijera que te quiere.