Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 3
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Capítulo 3

L ily abrió los ojos. Durante un segundo que le heló el corazón, no supo dónde estaba. Entonces la realidad la golpeó de lleno: voces alzadas con ira, el estallido seco de los disparos, el pánico atenazador.

Se incorporó de golpe y soltó un quejido. Le dolía hasta el último centímetro del cuerpo. Ayer caminaron durante ocho agobiantes horas por un terreno rocoso e irregular, y tenía los pies cubiertos de ampollas.

Habían llegado a aquel sucedáneo de refugio a última hora de la noche. Agotada, apenas había tenido fuerzas para desplomarse antes de quedarse dormida llorando.

Ahora, bajo la cruda luz del día, se le erizó la piel al observar la sucia habitación: pequeña y asfixiante, sin más mobiliario que un cubo en una esquina, un colchón mugriento en el suelo y una silla de madera a la que le faltaba una pata y que no soportaría el peso de nadie.

Recordaba vagamente haber intentado usarla anoche, solo para acabar en el duro e implacable suelo.

Fuera, los niños lloraban y los perros ladraban sin cesar... Sonidos tenues de vida que indicaban la presencia de un pueblo pequeño o una aldea. El aroma a comida que se cocinaba flotaba en una corriente de aire viciado, haciendo que le rugieran las tripas.

Maldita sea, tenía hambre. Nadie le había ofrecido ni un bocado ni un sorbo de agua desde que la habían capturado.

Era una faena que la hubieran separado de los otros rehenes y la hubieran encerrado allí durante la noche. Hablar con los reporteros había hecho que la pesadilla fuera más llevadera y había mantenido a raya el pavor creciente.

Uno de ellos incluso hablaba pastún y traducía para el resto del grupo para que supieran qué estaba pasando.

¡Por aquí!

¡Seguid caminando!

¡No os quedéis atrás!

Órdenes básicas, acompañadas por el toque del cañón de un fusil o el empujón de un palo, pero era mucho mejor saber qué les gritaban sus secuestradores que quedarse con la duda.

Ahora no tenía forma de comunicarse con sus captores a menos que hablaran inglés.

Lily conocía la situación. Cuatro meses en Kabul le habían dado un asiento en primera fila para ver cómo funcionaba el lugar.

Las facciones talibanes eran una mezcla heterogénea: algunos arrastrados a la contienda, otros verdaderos creyentes que intentaban recomponer su país tras la retirada de Occidente.

También sabía por qué se la habían llevado.

Hawkeye .

El nombre en clave oficial del sistema de software militar que ella había ayudado a desarrollar. Lo querían, lo necesitaban, y ella era la clave, con los códigos de acceso guardados a buen recaudo en su cabeza.

Nadie más conocía los códigos aparte de los dos desarrolladores de software afganos de su equipo a los que ella misma había formado. Se había asegurado de que ambos tuvieran el cargo de «administrador de oficina» para que nadie que hackeara los registros de empleo del centro sospechara de ellos.

También se guardaba una copia de los códigos en la caja fuerte del comandante del ejército afgano en un lugar desconocido, pero se había enterado de que los había destruido cuando Kabul cayó en manos de los talibanes.

Ella era el eslabón más débil.

El pánico amenazaba con asfixiarla.

La pequeña ventana sobre su cabeza dejaba entrar un rayo de luz intenso, cuyas motas resaltaban el polvo que flotaba en la habitación. Aquel cristal mugriento era su única conexión con el mundo exterior.

Lily cruzó el suelo para situarse bajo el rayo de sol y alzó el rostro hacia la luz. Qué fastidio que sus gafas se hubieran quedado en el equipaje perdido.

Tiritando, recordó el caos del aeropuerto. El aire cargado de desesperación y miedo, el gentío de cuerpos, los gritos de auxilio. Entonces el mundo había estallado: disparos, alaridos, manos que la arrastraban hacia lo desconocido.

Se abrazó a sí misma y esperó hasta que los temblores remitieron. Había sido una pesadilla, y esto no era más que el principio.

Lily parpadeó ante el sol. A juzgar por la temperatura y la posición, era última hora de la mañana. Llevaba en aquella habitación apestosa más de doce horas. Alguien tendría que venir a por ella pronto.

Intentó no pensar en lo que le esperaba. Tortura, con seguridad, mientras intentaban sacarle los códigos. La muerte... tarde o temprano. Un sollozo se le quedó atascado en la garganta.

Si se hacía la tonta, si fingía que no sabía nada de los códigos, quizá podría ganar algo de tiempo. ¿Pero tiempo para qué? Además, no creía que ese teatro fuera a durar mucho.

Lily tragó saliva con dificultad, tratando de generar algo de humedad. Tenía la boca más seca que una duna. El poco agua que llevaba encima se había quedado en la furgoneta. Al igual que su chaqueta con su pasaporte.

Mierda.

Sin eso, no iría a ninguna parte aunque lograra escapar de algún modo.

El cansancio —o quizá fuera la desesperación— cayó sobre ella y volvió a desplomarse sobre el colchón.

¿A quién le importaban unos cuantos chinches molestos?

Estaría muerta en un par de días. ¿A menos que la dejaran allí para que se deshidratara y muriera de hambre antes de torturarla, esperando que así fuera más dócil?

Tal vez su objetivo principal fueran los reporteros y ella simplemente hubiera estado en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Dadas las circunstancias, esa sería la opción preferible. Soltó un bufido lúgubre.

Un rasguño en la puerta la hizo incorporarse de un salto. Registró la habitación en busca de un arma, pero no encontró nada más que aquella silla tambaleante.

La puerta chirrió al abrirse. Una mujer, con el rostro velado, entró portando una bandeja que dejó a los pies del colchón.

El alivio la invadió.

Tras una pequeña inclinación, la mujer volvió sobre sus pasos hacia la puerta. —¡Espera! —exclamó Lily con voz ronca. La mujer se detuvo con los ojos bajos—. Gracias.

Lily imitó la inclinación de la mujer, pero esta se marchó sin decir palabra y el sonido de la cerradura al echarse resonó en la habitación vacía. De nada servía intentar establecer contacto.

Lily volvía a estar sola. Tenía ganas de correr, gritar y dar patadas a la puerta, pero sabía que no serviría de nada.

Suspirando, miró la bandeja. Por el lado positivo, ahora tenía algo que comer y beber. No era mucho, solo pan plano y agua, pero para ella era un festín.

Apenas había terminado de comer cuando la puerta se abrió de nuevo de par en par. Lily se puso en pie rápidamente, con el corazón atronando. Un hombre llenaba el umbral; su gesto era claro.

Sígueme.

¿Sería este el momento? ¿El momento en que empezaría su tormento?

Lily se compuso y dio un paso adelante, con los músculos doloridos y las ampollas gritando a cada paso. Aun así, el dolor no era nada comparado con lo que sabía que vendría.

Apretando los dientes, siguió al hombre hacia lo desconocido.

El viaje hacia el norte llevó otro día entero, pero mientras estuvieran en movimiento, no la estaban torturando. Dejarían esa tarea para algún pez gordo de los talibanes, alguien con la autoridad necesaria para exprimirle la información y los conocimientos para hacerlo.

Durante la mayor parte del trayecto llevó un saco mugriento sobre la cabeza, lo cual no ayudaba con el mareo, pero se mantuvo atenta con la esperanza de identificar adónde se dirigía.

No sirvió de nada. Aparte del petardeo y el ralentí del motor de aquel viejo trasto, no pudo determinar nada distintivo. Los hombres hablaban pastún, lo que significaba que no entendía ni una palabra de lo que decían y, aparte de abrocharle el cinturón de seguridad, la ignoraron por completo.

No podía evitar preguntarse por los reporteros que habían sido capturados con ella.

¿Qué habría sido de ellos? ¿Los transportarían por separado?

¿Pedirían un rescate? Había oído que el secuestro se había convertido en un mercado en auge en aquellas tierras.

Gobiernos, familias ricas, incluso empresas de alto nivel pagarían grandes sumas para recuperar a sus ciudadanos, empleados y seres queridos.

Y, por supuesto, ese dinero se utilizaría para comprar armas y poner a más gente en peligro.

Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas, pero no le importó. Bajo el saco apestoso, nadie podía verlas.

La realidad era que estaba metida en un buen lío. No había nadie en casa que pagara su rescate. Nunca había conocido a su padre y su madre había muerto en un accidente de coche cuando ella tenía dieciséis años. Desde entonces, solo había tenido a Joe.

Se le encogió el corazón dolorosamente. Todo parecía aún tan reciente que le costaba creer que él llevara ya casi un año muerto.

Su querido Joe, su roca… La persona a la que se había aferrado, que siempre había estado ahí para ella en las buenas y en las malas.

¿Por qué tuviste que morir?

Viviendo con un soldado de las Fuerzas Especiales, se había preparado para lo peor, pero aun así, no estaba lista para afrontar la realidad.

Habían estado juntos casi diez años, desde el instituto. Desde que la muerte de su madre la dejó sin hogar y la familia de él la acogió. Era el único hombre al que había amado, el único hogar que había tenido.

Sollozó bajo la bolsa maloliente. Joe habría venido a rescatarla, lo sabía sin ninguna duda, pero ahora no había nadie. Estaba sola.

El coche se detuvo.

Lily sorbió por la nariz y parpadeó para limpiarse las lágrimas de los ojos. ¿Sería este el lugar? ¿El lugar donde la torturarían? ¿Donde moriría?

La puerta del coche crujió al abrirse y una ráfaga de aire frío la golpeó en la cara. Hacía mucho más frío que en el pueblo. Se tensó, preparándose para que la agarraran y la arrastraran.

No había ninguna posibilidad de rescate. No era lo suficientemente importante. No como un político influyente o un mediador de cuyo éxito dependiera un frágil acuerdo de paz. Ella solo era una friki de la tecnología que había trabajado para el gobierno afgano. Prescindible.