Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 3 #2
1%

Capítulo 3 #2

Y ahora, imposible de encontrar. La habían trasladado del pueblo a las montañas, a juzgar por el descenso de la temperatura y el hecho de que el coche había estado subiendo cuesta arriba de forma constante desde que partieron.

Pero le quedaba una carta por jugar. Los códigos del software militar. Ella era la llave humana de esa cerradura, por lo que les resultaba más útil viva que muerta. Era un pequeño consuelo, pero se aferraría a él.

Empieza la función. Un brazo se estiró sobre ella para desabrocharle el cinturón de seguridad. La sacaron del vehículo y le arrancaron el saco de la cabeza.

El sol cegador hizo que le lloraran los ojos. Al menos eso ocultaría su llanto.

—¿Dónde estoy? —Nadie respondió.

El paisaje era espectacular. Los picos de las montañas se alzaban imponentes, mientras un río serpenteaba por el valle inferior, retorciéndose como plata líquida.

Dos hombres la agarraron por los brazos y la arrastraron hacia la cresta.

¿Adónde demonios la llevaban? Allí no había nada más que roca sólida.

Rodearon un saliente y apareció una hendidura oscura. Ella abrió mucho los ojos. Era una dichosa cueva, pero la entrada estaba camuflada para parecer parte de la montaña. El escondite perfecto.

Se le hundió el ánimo. Nadie la encontraría jamás allí. No había señales de vida por ninguna parte, nadie a quien pedir ayuda. Solo una montaña rocosa y, por debajo, hectáreas de valle verde que se extendían hasta el río. Era hermoso, sin embargo, de una forma austera y desesperanzadora.

Los hombres la obligaron a entrar en la cueva. Por el camino, un borde afilado le dio un tajo en el brazo.

—¡Eh! —gritó ella, pero nadie le hizo caso.

Uno de los hombres la obligó a sentarse con la espalda contra la fría pared de piedra, mientras el otro, mucho más joven, le encadenaba los tobillos a dos anillas de hierro atornilladas al suelo firme. Rudimentario, pero eficaz. Con los grilletes puestos, no iría a ninguna parte.

El hombre mayor salió de la cueva.

—¿Puedo beber agua? —El joven se encogió de hombros, como si no la entendiera.

—Agua —hizo un gesto de beber con la mano derecha. Él asintió y desapareció, dejándola sola.

Miró a su alrededor, inspeccionando su nuevo hogar. Nada más que roca. Ni siquiera podía ver la entrada desde donde estaba sentada.

Cambiando de posición, intentó ponerse más cómoda. Los bordes afilados se le clavaban en la espalda y el suelo era duro e implacable.

Lily no tuvo que esperar mucho antes de que un anciano con una larga barba y túnicas vaporosas entrara con un frasco de agua. A juzgar por su porte, supuso que era el que estaba al mando.

Se sentó frente a ella en el suelo, con las piernas cruzadas, y dejó el agua en el suelo, justo fuera de su alcance.

—Salaam —dijo educadamente, aunque su rostro permaneció impasible—. Espero que no esté demasiado incómoda.

¿Estaba de broma? Estaba aterrorizada, tenía frío, ganas urgentes de orinar, estaba muerta de sed, hambrienta y olía como un camello tras tres días sin ducharse. Por lo demás, estaba de maravilla.

Al menos en la habitación mugrienta había tenido un cubo. En esta cueva ni siquiera tenían esa cortesía. Y ni de coña le iba a pedir uno a ese tipo. Ni nada de nada.

—Estoy bien —mantuvo la mirada baja, como había visto hacer a las mujeres en el trabajo cuando hablaban con sus superiores varones. No era por respeto, sino porque estaba demasiado aterrorizada para mirarlo.

Él asintió con aprobación. —¿Sabe por qué está aquí? —Su inglés tenía un fuerte acento, pero era gramaticalmente correcto, y le dio la impresión de que tenía una buena formación. Sin duda, era el que daba las órdenes.

Ella negó con la cabeza. —¿Por un rescate?

—Era, esperaba ella, una mentira convincente.

De ninguna manera iba a revelar que sabía lo del sistema de software militar y los códigos.

Esa era una moneda de cambio de último recurso, y todavía tenía otra opción.

Si lograba convencerlos de que tenían a la persona equivocada, podría tener una oportunidad de salir de allí con vida.

—¿Cómo se llama? —Tenía los ojos oscuros y penetrantes. ¿Acaso la pregunta significaba que no estaba seguro?

La esperanza brotó en su interior. Si tan solo pudiera convencerlo de que no era quien él creía.

—Jo Burke —soltó, usando el primer nombre que le vino a la mente: el de Joe. De un modo extraño, aquello le dio fuerzas. Él no se habría rendido en esta situación. Joe era un luchador.

Tragó saliva con dificultad, mientras los recuerdos de él le subían por la garganta, camuflados como un temblor de miedo.

El hombre aspiró aire ruidosamente, entornando los ojos. —Miente. Se llama Lilian Devereux y trabaja para el gobierno afgano.

Mierda.

Lo sabían.

Darse cuenta de aquello la dejó helada y tuvo que tomar aire para no vomitar. Aun así, se mantuvo en sus trece.

—Soy Jo Burke y soy reportera de The Wall Street Journal . —Los otros rehenes trabajaban para la CNN. Con suerte, la correlación le daría credibilidad a su historia.

—¡Mentirosa! Es usted Lilian Devereux. Aquí tiene su foto. —Le lanzó una tarjeta de identificación plastificada a los pies.

Al mirar hacia abajo, reprimió un sollozo. Era su tarjeta de acceso del trabajo. La había usado todos los días durante los últimos cuatro meses para entrar en el edificio gubernamental de alta seguridad.

¿Cómo demonios se habían hecho con ella? Debían de haber sobornado a alguien o tener a un hombre infiltrado.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas; no podía detenerlas. Ante semejante prueba incriminatoria, no podía seguir mintiendo. Su pequeño teatro había terminado.

—Ahora, se lo pregunto de nuevo. ¿Sabe por qué está aquí?

Tras una respiración entrecortada, ella negó con la cabeza. Podría ser Lilian Devereux, pero no iba a concederle el lujo de responder a sus preguntas. Si quería que hablara, tendría que arrancarle las palabras de la boca.

Él sonrió con suficiencia, sabiéndose ganador de esta ronda. —Le diré por qué. Está aquí porque tiene algo que queremos. Algo que es muy valioso para el nuevo régimen. Creo que sabe qué es, ¿no?

Vete al infierno.

Mantuvo la boca cerrada y la mirada baja. Dios, aquel frasco de agua se veía tan tentador. Fantaseó con engullir el líquido fresco que calmaría su sed y empezó a salivar.

—Puede tenerlo. Lo he traído para usted. —Su voz volvía a ser calmada y conversacional—. En cuanto me diga lo que necesito saber.

«Lo que quieres saber» , pensó ella con saña. «No necesitas saber nada. Quieres saberlo para poder evitar que los antiguos funcionarios afganos vigilen vuestras actividades aquí, en la provincia de Helmand» .

La región, rica en opio, llevaba décadas aterrorizada por los talibanes.

Las comunidades agrícolas locales estaban divididas: la mitad trabajaba como esclava en los campos para llenar los bolsillos de los líderes tribales, mientras que la otra mitad intentaba ganarse la vida honradamente sin que los mataran por ello.

Desde el golpe, había oído rumores de que las niñas ya no irían a la escuela y a las mujeres no se les permitiría trabajar. Los talibanes iban a renegar de todo lo que habían prometido antes de asumir el poder.

Lily apretó la boca aún con más fuerza.