Capítulo 2
E ra pasada la medianoche cuando Blade regresó a la nada que era Fayetteville, en Carolina del Norte. Aún sentía el sabor de la carretera en la lengua y el viento en el pelo.
Había llevado su moto al límite, intentando escapar de los perros del infierno que correteaban por su cabeza.
La estilizada Suzuki era más que un vehículo: era su vía de escape, su terapia sobre dos ruedas, abriendo un camino en la oscuridad como un cuchillo en el silencio.
Pero ni siquiera el rugido gutural de la GSX-R podía acallar los gritos.
Los últimos momentos de su colega Spade..., el alarido de angustia cuando la bala alcanzó su objetivo..., la sangre sobre el suelo polvoriento.
Se escuchó a sí mismo gritando —no, suplicando— a Spade que no se muriera. Que aguantara, que la ayuda estaba en camino. Aunque sabía que no era cierto.
Su amigo se había desangrado en sus brazos, en aquel sendero de montaña, susurrando las palabras: —Dile a Lily que la quiero.
Blade había conducido a toda velocidad, inclinándose en las curvas con un abandono temerario, buscando una velocidad lo bastante alta como para liberarse de los recuerdos que lo perseguían.
Spade no fue el único que murió aquel día.
Blaster y Ricky también habían caído. Abatidos por la bala de un francotirador.
Blade había intentado dejar atrás la culpa, los «y si...», los «podría haber sido...», pero la emboscada que se cobró sus vidas era la cruz con la que debía cargar él. Solo él. No quedaba nadie más para compartir la carga.
Blade apagó el motor y el silencio se apoderó del ambiente. La quietud reveló un todoterreno negro estacionado junto a la acera. Entornó los ojos mientras se quitaba el casco y luego pasó la pierna sobre la moto. Aquello no solía estar allí.
—Buenas noches, Blade. —La voz cortó el silencio.
El corazón de Blade se aceleró un poco al oír aquel timbre duro y carrasposo.
—¿Pat?
Pat era un tipo duro de pelar, un antiguo SEAL de la Marina que había capeado los temporales de la vida, incluida la pérdida de su esposa y su jubilación anticipada. Blade no había visto a aquel hombre derramar una lágrima hasta que enterraron a su hijo, Spade, hacía diez meses.
Había llegado a conocer a Pat bastante bien en los últimos años gracias a su amistad con Spade, pero desde que el médico le dio la baja definitiva, no habían hablado mucho.
—Sí. ¿Cómo estás, Blade?
Él esbozó una mueca. ¿De verdad Pat le estaba preguntando si se encontraba bien?
—Sigo en pie, ¿no? —se encaró con el sabio exoficial. Enfrentarse a Pat era como mirar por el cañón del pasado, y la primera vez que lo hizo, casi se desmorona.
El recuerdo de la emboscada era todavía una herida abierta: el viaje en helicóptero, la bruma de los informes y el temblor en sus manos que no cesó durante dos días seguidos.
Había perdido a tres hermanos aquel día; cuatro si contaba a Stitch, que se había ausentado sin permiso justo después.
Blade no abandonó Helmand hasta haber traído sus cuerpos de vuelta a casa.
—¿Seguro que estás bien? —insistió Pat con la mirada fija en él.
Blade tragó saliva para deshacer el nudo de su garganta.
—Tan bien como puedo estar. —Pat se limitó a asentir; conocía de sobra la situación.
—¿A qué se debe esta visita sorpresa? —Blade volvió a mirar el todoterreno.
Las comisuras de la boca de Pat se curvaron hacia arriba.
—Estaba por el barrio.
—¿A estas horas tan intempestivas?
—Solo me he pasado por aquí. —Su sonrisa afable le recordó tanto a Spade que le dolió.
—Ya que estás, entra —lo guio Blade al interior mientras la luna se ocultaba tras una nube. Una vez en el salón, echó mano del whisky—. ¿Quieres una copa?
—¿Y por qué demonios no?
Blade sirvió dos, le entregó una a Pat, cogió su vaso y se sentó. Pat ya se había acomodado en un sillón. Parecía que tenía intención de quedarse un buen rato.
—¿Sigues teniendo pesadillas? —La mirada de Pat se desplazó hacia la pila de periódicos viejos, libros y DVD que había sobre la mesa de centro: un montón de distracciones para alguien que no puede dormir.
Él soltó una risa seca—. ¿Tan evidente es?
Pat resopló y levantó su vaso—. Por Joe. —Era el nombre real de Spade. Blade lo usaba tan raras veces que casi había olvidado cuál era.
—Por Spade.
Bebieron en silencio hasta que Blade murmuró: —No consigo quitármelo de encima, Pat. Es como una sombra pegada a mis talones.
—Lo que pasó en Helmand... no es culpa tuya. Era un nido de víboras. Todos lo sabían. —Su voz era fuerte, su tono firme.
La mirada de Blade estaba fija en el líquido ambarino, con la mandíbula apretada—. Debería haberlo visto venir.
—No eres vidente, hijo.
Él se limitó a gruñir.
—¿Te mantienes ocupado? —preguntó Pat cambiando de tema.
—Monto en moto, pesco... —Intentaba evitar el aburrimiento.
Pat se inclinó hacia delante con un brillo en los ojos—. Bien. Me alegra que no estés comprometido con nada. Tengo un trabajo para ti.
Blade se animó. Ahí estaba la razón por la que Pat estaba allí en plena noche.
—¿Te acuerdas de la novia de Joe, Lily?
Blade frunció el ceño—. ¿Lily? ¿La friki de los ordenadores? —Le vino a la mente la imagen de una chica menuda con un corte de pelo estilo «pixie» y gafas gruesas. Siempre le había parecido un poco bicho raro, más a gusto entre servidores que entre soldados.
Pat asintió—. Es una chica lista. Ahora trabaja para la Agencia.
Él abrió mucho los ojos—. ¿Para la CIA? ¿En serio? —No se la imaginaba corriendo por el campo de batalla jugando a los espías.
Pat asintió de nuevo—. Está en ciberseguridad. Estuvo en Afganistán.
Blade arqueó las cejas hasta el nacimiento del pelo—. ¿Afganistán? Spade nunca mencionó eso.
—Fue después. Supongo que fue su forma de lidiar con lo que pasó.
Eso le dolió. Él todavía se aferraba a los alrededores de la base donde entrenaba, donde vivía la vida de antes... Antes de que todo se fuera al traste y se llevara a Spade y a los otros por delante.
—¿Por qué me cuentas esto?
La mirada de Pat era dura como la piedra—. Está desaparecida, Blade. Se la llevaron cuando salía de Kabul, cuando todo se fue a la mierda.
A Blade se le revolvieron las entrañas—. ¿Secuestrada? ¿Me estás tomando el pelo?
—Ojalá fuera así. Hace poco descubrimos que quedó atrapada en el caos del aeropuerto. Miles de personas intentando salir y se la llevaron a ella junto con un par de periodistas.
Las noticias habían sido un zumbido constante de fondo. La caída de Kabul. El mundo mirando, impotente. Y ahora Lily, una cara más entre la multitud, capturada.
—¿Descubrimos? —La voz de Blade fue punzante—. Pensé que habías colgado las botas.
La sonrisa de Pat fue forzada—. Digamos que asesoro al Tío Sam. De manera extraoficial, por supuesto.
Blade arqueó las cejas.
Pat se encogió de hombros—. Me mantiene ocupado.
Él no lo juzgaba, solo estaba sorprendido—. Podrías habérmelo dicho.
El rostro de Pat era ilegible—. Te lo estoy diciendo ahora.
Blade lo entendía perfectamente. La llamada del deber no se desvanece así como así. Te clava las garras y se mantiene firme.
—Entonces, ¿qué tiene que ver Lily con todo esto?
—Estaba trabajando con los afganos, configurando un sistema con el nombre en clave Hawkeye para vigilar a los talibanes. —Sus palabras, dichas en voz baja, causaron un gran impacto.
¿Y la atraparon para desactivarlo?
Pat soltó una risa seca—. Está activo. Lily cumplió con su parte.
Según mis fuentes del Departamento de Defensa, ella es una de las pocas personas que tienen los códigos de alto secreto necesarios para desmantelar el sistema.
No sé quiénes son los demás, pero al parecer ella era el objetivo más fácil.
La mente de Blade trabajaba a toda velocidad. Con esos códigos, los talibanes podrían dejarlos ciegos. Tendrían incluso menos información de inteligencia que antes.
—Si consiguen esos códigos, todo lo que ella hizo no habrá servido de nada. —Las palabras de Pat estaban cargadas de emoción. El rictus de preocupación se marcaba profundamente en su rostro. Esto era algo personal para él.
Blade frunció el ceño—. ¿Por qué me cuentas esto?
Los ojos de Pat eran como de pedernal—. Voy a ir a por ella, Blade.
—¿Estás loco? Eso es trabajo para la Fuerza Delta. El rescate de rehenes es su especialidad. Sabes tan bien como yo que nadie lo hace mejor.
—Los peces gordos no querrán tocarlo. No oficialmente. Aquello es tierra de nadie.
Blade conocía la situación. Las tropas se habían ido, la región era un vacío y ahora Lily estaba en algún lugar en medio de todo aquello.
—¿Has hablado con ellos? ¿Has hecho algún trato?
Pat se mofó. —No van a aceptar. Tenemos testigos. La obligaron a subir a una furgoneta y dejaron sus cosas tiradas fuera del aeropuerto.
Blade estaba en piloto automático, con su instinto de operativo entrando en acción—. ¿Habéis rastreado su teléfono? ¿Tenéis ojos en el cielo vigilando esto? —Inspiró profundamente.
Basta.
Aquellos días habían terminado. Este no era su problema.
—Tenemos drones buscando.
—¿Pero no hay equipo de rescate?
La mirada de Pat fue toda la respuesta que necesitó.
—Que no sea oficial no significa que no vaya a ocurrir.
Una misión en la sombra. Él levantó una mano—. No. Ni empieces. —Pero Pat se inclinó más y expuso los detalles.
—Necesitamos un escuadrón de al menos cuatro operativos, incluyéndome a mí. He organizado un viaje en un avión civil a Kabul mañana a las cero seiscientas horas. Entraremos como trabajadores humanitarios; es la única forma. Un contacto en la ciudad nos proporcionará el equipo.
Blade exhaló lentamente, intentando no perder los nervios.
Ni de coña iba a volver allí.
Joder, apenas había salido con vida la primera vez.
¿Y ahora Pat le pedía que volviera? Lily era el único vínculo que le quedaba a aquel hombre con su hijo y quería hacer algo para ayudarla. Blade lo pillaba. Lo entendía a un nivel visceral. Aun así...
Tragó saliva ante el pánico creciente, luchando para que el miedo no se notara en su voz—. Sé que esto significa mucho para ti, pero no soy la persona adecuada. —Esa no era la respuesta. Él no era la respuesta.
—No soy el hombre para este trabajo. Después de lo que pasó... —No podía ni pensar las palabras, mucho menos decirlas.
—Te pido que dejes a un lado lo de Helmand, Blade —dijo Pat con brusquedad—. Tengo que hacer esto. Por Lily. Es como de la familia para mí. No puedo dejarla en ese agujero infernal. Sabes cómo va esto. Sabes que no puedo hacerlo solo. Necesito tu ayuda.
A Blade se le encogió el estómago. Se volvería a alistar en un santiamén si las cosas fueran distintas.
Se lanzaría de nuevo a la refriega y recuperaría sus galones.
Había dado lo mejor de sí cuando estaba operativo y echaba de menos esa versión de sí mismo.
Pero la verdad era cruda en su mente: era una sombra de lo que fue.
Sufría ataques de pánico cuando estallaba un petardo, ¡por el amor de Dios!
Sostuvo la mirada de Pat, sin pestañear—. Sería un lastre, tío. Te ayudaré a encontrar un equipo, pero no puedo ir allí.
Pat se levantó y se irguió sobre él como un ángel vengador. —Lideraste uno de los equipos más fieros que el ejército haya reunido jamás. Aún tienes ese fuego dentro.
—Eso fue antes, Pat. No ahora. Además, no estoy listo para el combate. No sería capaz de marchar veinte kilómetros cargado sin parar.
Pat arqueó una ceja y cuestionó en silencio las patrañas de Blade.
El tipo seguía siendo una fortaleza de hierro, corriendo y levantando pesas como si su vida dependiera de ello.
Su habitación de invitados era un maldito gimnasio casero.
Los viejos soldados nunca mueren de verdad.
Simplemente ahogan sus penas haciendo press de banca.
—Blade, nos necesita. Somos su única oportunidad.
Blade se mordió el labio y sintió el latido de las viejas heridas. Volver a aquel desierto le abriría todas las cicatrices. Pero Lily... no merecía ser un peón en aquel juego retorcido.
—¿Y el equipo? No puedes llevarlo en un avión comercial. —Buscaba una razón para no ir. Cualquier razón.
—Está solucionado. Mi contacto tiene equipo y un helicóptero para llevarnos a las montañas.
Blade se pasó una mano por el pelo—. Dios, Pat. No sé si podré.
Pat se mantuvo firme como un roble—. Joe creía en ti. No lo olvides nunca. Y él querría que la ayudaras.
Maldita sea mil veces.
Dile a Lily que la quiero.
Blade no lo había hecho todavía. Para ser justos, ella no había estado presente para poder decírselo, pero quizá era hora de hacerlo.
—De acuerdo, comandante. Tú ganas. Cuenta conmigo.