Blackthorn Security – La Colección Completa
© inepub.com
Capítulo 1
L ily estaba fuera del Aeropuerto Internacional Hamid Karzai, sintiéndose como si estuviera en algún universo paralelo.
Todo el lugar era un caos: niños gritando, gente dando codazos y, de vez en cuando, ¡pum!, se oía un disparo y todo el mundo se tiraba al suelo como en el peor juego de balón prisionero del mundo.
Se balanceaba en un mar de confusión, contemplando los pequeños campamentos de tiendas provisionales que habían brotado por todas partes y que se extendían en la distancia hasta donde alcanzaba la vista.
La gente agitaba los pasaportes como si fueran billetes mágicos para salir de allí, pero los tíos armados se limitaban a encogerse de hombros.
Y el calor… Era como estar dentro de un horno para pizzas, y no en el buen sentido de la palabra.
De vez en cuando, un rugido resonaba sobre sus cabezas: algún enorme pájaro militar arañando el cielo. Lily casi podía ver cómo se les encogía el corazón a todos mientras lo miraban pensando: «¿Por qué yo no?».
Los helicópteros zumbaban por encima como abejas molestas, un recordatorio constante de que todo se había ido al garete.
En las últimas veinticuatro horas, las fuerzas de EE. UU. y de la OTAN se habían retirado de Afganistán, lo que había provocado que se desatara el infierno. Los talibanes habían tomado el control, derrocando al gobierno afgano, lo que provocó el pánico generalizado y un éxodo masivo.
De ahí el caos absoluto en el aeropuerto internacional.
Lily permanecía sola entre la multitud, agarrando su maleta con la palma de la mano sudorosa; los últimos diez meses de su vida estaban embutidos en algo que pesaba menos de veintitrés kilos. Nunca se había sentido tan fuera de lugar ni tan vulnerable.
Vio a un niño pequeño que la miraba con los ojos muy abiertos, como si acabara de perder a su mejor amigo. Lily le sonrió, pero él rompió a llorar.
Era comprensible. Ella tenía ganas de hacer lo mismo. ¿Lograría salir de allí alguna vez?
Un anciano estaba apoyado en la valla. Parecía recién salido de un libro de historia: sin maleta, sin pertenencias. Nada. Se desplomó en el suelo con la derrota grabada en el rostro.
Lily no podía creer que el taxi la hubiera dejado justo en medio de aquella locura. Esa misma mañana había estado tomando un café con leche en su escritorio. Ahora corría por su vida, intentando pillar el último vuelo para escapar de aquel sitio.
La cola, que avanzaba a paso de tortuga, de pronto pegó un tirón. Alguien le dio un codazo en las costillas. Una mujer con un bebé en brazos pasó corriendo, gritando de forma incoherente. Los guardias dispararon al aire para mantener el control de la multitud.
El disparo reverberó en su interior, haciéndole zumbar los oídos.
Parecía el pogo de un concierto de rock, solo que la música no era más que el ruido de las palas de los helicópteros y disparos lejanos.
Maldita sea, el sol de Afganistán quemaba.
El sudor le resbalaba por el escote y bajo los brazos.
Dejó la maleta, se quitó la chaqueta y se la echó sobre el brazo.
No era solo el calor; era la tensión de olla a presión que se respiraba entre la multitud.
Todas aquellas caras asustadas y desesperadas buscando una salida, sabiendo que muy pocos la encontrarían.
De la nada, apareció un convoy de furgonetas destartaladas.
El corazón de Lily dio un vuelco cuando un grupo de hombres con túnicas y fuertemente armados saltó de los vehículos.
Aquellos tíos no estaban allí para pedir billetes ni para repartir refrescos.
Tenían esa mirada de «no estamos para bromas», de las que hacen que la gente salga corriendo en dirección contraria.
A pesar del hacinamiento, la muchedumbre consiguió dispersarse de algún modo. Lily intentó retroceder y camuflarse con la masa que se retiraba, pero fue demasiado lenta, demasiado torpe con su pesada maleta y el bolso colgado del hombro.
Uno de los hombres la agarró del brazo; su mano encallecida se sentía áspera contra la piel y el agarre se le clavaba dolorosamente en la carne. Dio un tirón fuerte y la arrastró hacia delante. Ella perdió la chaqueta.
—¡No! —forcejeó y se revolvió, pero no logró soltarse. El bolso que llevaba al hombro se le resbaló y se perdió bajo los pies de la gente.
¿Qué demonios estaba pasando?
Se aferró a la maleta, pero él se la arrancó de la mano y la lanzó al suelo. Se abrió de golpe y dejó su vida entera reducida a un mercadillo sobre el asfalto.
—¿Qué estáis haciendo?
Su grito cayó en saco roto.
A pesar de su resistencia salvaje, el hombre la metió a la fuerza en la furgoneta. Quedó apretujada junto a otros cuatro desconocidos de aspecto curtido y rostros sombríos; todos llevaban distintivos colgados del cuello en los que ponía «CNN». Un equipo de grabación.
Las puertas se cerraron de golpe, aislándolos del caos y sumiéndolos en la oscuridad. El rugido de la multitud se convirtió en un ruido de fondo amortiguado. El corazón de Lily latía a mil por hora, con la mente yendo más rápido que el castigado motor de la furgoneta.
¿Los estaban secuestrando? ¿Era eso? ¿Un rapto?
Arrancaron a toda velocidad y los ecos del caos se desvanecieron. Lily no podía creer que la hubieran obligado a dejar atrás todo lo que poseía, su último vestigio de normalidad, sobre el hormigón caliente.
Miró a través de la oscuridad, apenas capaz de distinguir los rostros entumecidos por el miedo de sus compañeros de desdicha. Ninguno lo había visto venir y ninguno sabía qué esperar.
De una cosa estaba segura: no era nada bueno.