42 Ronan
Su mano es muy pequeña en la mía. Muy pálida y frágil. La miro fijamente, con la emoción palpitando en mi pecho, mientras las máquinas pitan persistentemente de fondo y un médico y dos enfermeras hablan en voz baja en el pasillo, fuera de la puerta abierta.
—Bea —murmuro—. Abre los ojos.
No responde a mi petición. Está tumbada inmóvil en la cama del hospital, con su estrecho pecho subiendo y bajando lentamente, y una cánula con oxígeno fijada debajo de su nariz.
Debería haber sabido que no lo haría.
Porque en lugar de una petición, es una orden, algo que ninguna mujer Blackthorn obedecería jamás.
Con el corazón encogido, le aprieto con ternura la mano flácida y luego le doy un suave beso en los nudillos.
Los médicos me dicen que se pondrá bien, que ahora no hay nada que hacer salvo dejarla descansar, pero la necesidad de mejorar su situación, de solucionarlo todo me azota como un látigo golpeándome la piel una y otra vez.
Es una niña buena, brillante, valiente, encantadora.
Voy a pasar el resto de mis días asegurándome de que sepa lo especial que es. Convenciéndola para que sepa que siempre puede contar conmigo.
Asegurándome de que esté protegida.
Sus pestañas se mueven, luego, de repente, abre los párpados y me mira directamente a los ojos.
No parece sorprendida de encontrarme sentado junto a su cama, sosteniendo su mano.
—Hola —digo en voz baja.
Me mira con intensidad durante un momento y luego traga saliva.
—¿Eres mi padre? —pregunta con la voz débil y ronca.
Directa al grano, igual que su madre. Casi me echo a reír, pero en lugar de eso suelto el aire aliviado.
—Me gustaría. ¿Qué te parece?
Ella estudia nuestras manos entrelazadas, luego cierra los ojos y asiente con la cabeza.
—Está bien —susurra.
Su respiración se ralentiza, se le inclina la cabeza hacia un lado y, sin más, vuelve a quedarse dormida.
La presión de mi pecho es aplastante. Nunca pensé que podría amar a alguien más que a Maven, pero esta niña ya me ha robado el corazón por completo.
—¿Señor?
Levanto la vista y veo que una de las enfermeras se ha acercado sigilosamente a la cama.
—Hay un hombre que quiere ver a la señorita Blackthorn —me dice en voz baja—. Usted dijo que no se permitiera la entrada a nadie en su habitación, así que…
—¿Un hombre? ¿Quién es?
—Silas Hawthorne, señor. Dice que usted lo recordaría. —Frunzo el ceño y busco en mi memoria, pero el nombre no me suena.
—Dice que trabajó para su familia, señor, hace bastante tiempo —añade notando mi confusión.
Dios mío. Es cierto, Silas era nuestro jardinero. Pero renunció y se fue de Solstice hace años. Al menos una docena, tal vez más.
Reacio a dejar a Bea, le suelto suavemente la mano y me levanto. Luego miro a la enfermera con una expresión de advertencia.
—Dispongan lo mejor de todo, ¿entendido? —digo en voz baja y firme—. Cuidados, pruebas, comida, todo. Os haré personalmente responsables a todos si sufre la más mínima molestia…
—Sí, señor —interrumpe la enfermera en voz baja—. Ya lo ha dicho, señor. Varias veces. La señorita Blackthorn y ella están en excelentes manos, se lo prometo.
Echo un último vistazo a Bea, asiento secamente mirando a la enfermera y salgo al pasillo.
La habitación de Maven está al lado de la de Bea.
Las persianas están bajadas y la puerta cerrada.
Delante de ella, en el pasillo, girando nerviosamente un sombrero vaquero entre sus manos, hay un hombre alto vestido de manera informal con camisa de franela, vaqueros y botas.
Supongo que ahora tendrá más de sesenta años, pero todavía posee una abundante cabellera entrecana y un físico delgado pero musculoso.
Levanta la cabeza, me ve y se queda quieto.
Sospechando que este extraño momento es una reaparición repentina, lo miro con los ojos entrecerrados.
—Silas. Qué sorpresa. ¿Qué puedo hacer por usted?
Él clava los ojos nervioso en la puerta de Maven y luego vuelve a mirarme.
—He… he venido a ver a May.
Arqueo las cejas, lo miro de arriba abajo con aire desafiante y cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Ah, sí? Qué interesante. ¿Por qué demonios quiere verla?
Se aclara la garganta y vuelve a mirar furtivamente hacia la puerta de Maven.
—¿Hay algún lugar donde podamos hablar en privado?
Nervioso, lo miro un momento antes de señalar con la barbilla hacia la sala de espera al final del pasillo.
—Sígame.
Avanzo delante de él. Estoy tenso, mi mente va a mil por hora y siento los nervios a flor de piel. Cuando llegamos a la sala de espera vacía, me detengo y lo observo mientras da vueltas nerviosas por el centro de la sala, girando su gorra entre las manos.
Finalmente, se detiene y se vuelve hacia mí.
—Soy su padre —suelta después de una breve pausa.
Por un momento aterrador, pienso que se refiere a Bea.
—Elspeth y yo estábamos enamorados —murmura mirando sus botas.
Mi confusión se aclara de golpe.
—Espere… —digo, con el corazón latiéndome con fuerza—. Espere… ¿Está diciendo que usted…?
—Ella quería que lo mantuviéramos en secreto —me interrumpe, mirándome con ojos torturados—. Especialmente después de que naciera May. Tenía miedo de lo que diría la gente, de cómo me tratarían…
Se queda en silencio, cerrando los ojos para ocultar algún recuerdo amargo. Cuando los vuelve a abrir, están llenos de lágrimas.
—Me avergüenzo de mí mismo. Todos estos años, desde que murió Elspeth, he estado intentando reunir el valor para venir a hablar con May, pero… nunca he podido hacerlo. Pero cuando tu padre me llamó y me contó lo que había pasado, supe que había llegado el momento.
Aturdido, doy un paso hacia él.
—¿Mi padre?
Silas asiente con la cabeza.
—Él sabía de nuestra historia. Una vez nos pilló juntos en el antiguo santuario de tu familia.
Era donde solíamos encontrarnos, para… —Se aclara la garganta y continúa—.
Subíamos al campanario. Mirábamos las estrellas.
Esa noche, la última, llegué tarde. Ella ya estaba allí, esperándome.
Me saludaba desde la torre como un ángel, como una princesa de cuento de hadas, Rapunzel esperando a su príncipe.
Le tiembla la boca. Se le corta la respiración. Una lágrima solitaria se desliza desde su párpado inferior y le resbala por la mejilla.
—Pero no tuvo cuidado —susurra—. Siempre fue tan intrépida. Decidió salir al tejado. Me estaba saludando con la mano cuando resbaló, Ronan, estaba sonriendo y saludando, y es culpa mía, todo es culpa mía, llegué tarde, la hice esperar…
Su voz se quiebra, su rostro se descompone y rompe a llorar desconsoladamente.
Estoy tan sorprendido que no puedo moverme. Me quedo inmóvil y lo miro con la boca abierta, repitiendo en mi mente la conversación telefónica con mi padre.
Al recordarla palabra por palabra, me doy cuenta de que en realidad nunca dijo que fuera el padre de Maven.
Dijo que no hablaría de ello, que para él estaría muerto si volvía a sacar el tema, y en mi conmoción y consternación, en mi prisa por llegar a lo que parecía una conclusión obvia, pasé por alto el hecho de que mi padre nunca admitió nada en realidad.
Y que a menudo se comporta como un completo imbécil cuando se le pregunta.
Por cosas mucho menos insultantes que su hijo acusándolo de engendrar a una hija bastarda y de engañar a su esposa en el proceso.
Me cubro la cara con las manos y las froto varias veces hasta que mi mente se aclara y puedo volver a pensar con claridad.
Me preguntaba por ese ataque cardíaco que sufrió Silas.
Parecía un poco dramático que le fallara el corazón al encontrar un cadáver en la nieve y que luego pasaras semanas en el hospital recuperándose, pero con esta nueva información, no lo parece tanto.
Si hubiera sido yo quien viera a Maven caer hacia la muerte, nunca me habría recuperado.
—¿Alguien más lo sabe? —digo con la voz ronca.
Silas niega con la cabeza.
—Supongo que estará dispuesto a hacerse una prueba de ADN para confirmar su afirmación.
Sorprendido, me mira.
—¿Qué?
—He aprendido a no creer en la palabra de nadie. Antes de seguir adelante con esto, tendrá que demostrar que es quien dice ser.
Él asiente con la cabeza y se seca las lágrimas de la cara.
—Sí. Me haré la prueba. Haré lo que sea.
—Bien.
—Entonces, ¿May y tú…? —pregunta vacilante después de una pausa incómoda.
—Va a ser mi esposa —respondo sin rodeos—. ¿Le parece mal?
—No.
Asiento con la cabeza, satisfecho por la sinceridad de su respuesta. Porque, sea padre o no, cualquiera que tenga algo negativo que decir sobre Maven y yo se arrepentirá.
Rápidamente conocerán un lado mío que no querrán ver.
—¿Señor?
Nos giramos para mirar a la joven enfermera con bata lavanda que está de pie en el pasillo. Señala hacia la habitación de Maven.
—La señorita Blackthorn l0 llama.
—Gracias. Una pregunta: ¿hacen pruebas de paternidad aquí?
Ella no se lo piensa dos veces.
—Sí, señor. Solo necesitamos una muestra de saliva o de sangre. Los resultados suelen estar listos en cinco o siete días.
Me vuelvo hacia Silas.
—Dele también su información de contacto. Hablaremos dentro de una semana.
Lo dejo con la enfermera y voy a la habitación de Maven. Está despierta, sentada en la cama del hospital, mirando por la ventana el crepúsculo grisáceo.
Cuando gira la cabeza y nuestras miradas se cruzan, siento una descarga de conexión que me recorre todo el cuerpo.
Sin decir nada, extiende una mano. Me acerco rápidamente a ella, agarro sus dedos extendidos y los beso mientras me inclino sobre la barandilla metálica de la cama.
—Hola, cariño —susurro—. Acabo de ir a ver cómo estaba Bea otra vez.
—¿Cómo está?
—Todo va bien.
Exhala un suspiro suave y entrecortado, hundiéndose en la almohada. La observo, con el corazón lleno de amor, pero la mente inundada por la preocupación. Es fuerte, pero incluso la persona más fuerte tiene un punto de ruptura.
Su expresión cuando le dije que sus tías no habían sobrevivido al incendio…
Nunca había visto tanta agonía.
—¿Necesitas algo? ¿Cómo te sientes? ¿Qué te puedo traer?
Una leve sonrisa se dibuja en sus labios.
—Deja de preocuparte. Me vas a malcriar —murmura.
—Ese es el plan.
No le digo que el plan también incluye un cambio inmediato de su domicilio al mío, un enorme anillo de diamantes en su dedo anular y una rápida caminata hacia el altar en nuestra boda, porque no quiero abrumarla.
Pero ella y yo vamos a acabar de una vez por todas con esa tontería de que las Blackthorn no se casan.
Sé que se opondrá, pero la convenceré. Hacer de esta mujer mi esposa y ser un buen padre para Bea es mi nueva misión en la vida.
—¿Por qué tienes esa cara de satisfacción? —me pregunta frunciendo el ceño.
—Ya te lo he dicho, cariño —respondo con una sonrisa en los labios—. Es mi actitud habitual.
Luego me inclino y reclamo su boca antes de que ella pueda responder.
El beso es dulce y prolongado.
—Te quiero, Maven. Te quiero. Nada volverá a interponerse entre nosotros —le susurro con vehemencia al oído al poner fin al beso.
Su risa es suave y ronca.
—¿Por qué eso suena como una amenaza?
—Es una promesa. Es un voto. A partir de este momento, somos una familia.
Somos tú, yo y Bea, y eso es todo. Nadie puede separarnos.
Nada puede separarnos. Cualquiera que os cause molestias tendrá que responder ante mí.
Y que Dios le ayude, porque le haré pedazos y apilaré sus cuerpos a vuestros pies.
Ella me mira con intensidad un momento, con los ojos llenos de lágrimas, y luego suelta un suspiro.
—Estás desquiciado.
Eso me hace reír.
—Eso me han dicho. Ahora descansa, cariño. Cierra los ojos. Estaré aquí cuando te despiertes. —Le doy un suave beso en los labios y luego me acomodo en la incómoda silla de plástico junto a su cama.
Siempre estaré a su lado.
Es el único lugar en el que quiero estar durante el resto de nuestras vidas.