EPÍLOGO
Cole walker
Me enteré del incendio en Blackthorn Manor como todo el mundo: por las noticias.
Era la edición nocturna, porque nunca consigo dormir, pero en cuanto vi el nombre Blackthorn en el teletipo de la parte inferior de la pantalla, me senté muy erguido en mi sillón reclinable y subí el volumen al máximo.
Lo llamaron «conflagración», que no es más que una palabra elegante para decir «jodidamente enorme».
Contemplé fascinado y paralizado las dramáticas imágenes de las enormes llamas devorando una extensa estructura en el bosque, hasta que recobré el sentido, hice una maleta y dormí unas horas.
A primera hora de la mañana, me monté en mi viejo Chevy para realizar un largo viaje desde Burlington hasta un pequeño y tranquilo pueblo llamado Solstice.
Cuando llego, el sol se está poniendo sobre el escarpado borde de las montañas púrpuras. Es una hermosa tarde de noviembre, clara y fría, fresca y sin viento.
Por supuesto, la prensa ha invadido el lugar como gusanos hambrientos.
Me abro paso entre la multitud de curiosos y cámaras y le muestro mi credencial al policía que monta guardia frente a la gran puerta de hierro.
No quiere dejarme entrar, así que le suelto el nombre de algunas personas que conozco en las fuerzas del orden locales y le digo que soy el investigador privado de Maven Blackthorn, aunque técnicamente ella me haya despedido.
Como eso no le hace cambiar de opinión, le paso unos billetes. Por supuesto, esta táctica funciona a las mil maravillas.
No puedo culparlo. Los funcionarios públicos están muy mal pagados. El equipo forense ya ha llegado al lugar y está revisando los restos humeantes de la mansión. Se han necesitado una docena de camiones de bomberos llegados desde la ciudad para apagar el incendio.
Los tráileres siguen aparcados en la propiedad, con sus luces rojas parpadeando. La escena tiene el aspecto caótico de un circo en el que todos los animales se han escapado de sus jaulas y corren desbocados por la carpa, aterrorizando a los espectadores.
Aparto a un investigador y le pregunto qué se sabe.
—¿Hasta ahora? No mucho. Los paramédicos se llevaron a dos personas en ambulancia, una mujer adulta y una niña. También encontramos algunos cadáveres de adultos en el interior.
Esboza una sonrisa.
—Están carbonizados, así que aún no sabemos de qué género son. —El muy cabrón parece emocionado porque haya sangre.
—¿Alguna idea preliminar sobre la causa?
—Hable con él. —Señala a un joven vestido con uniforme de policía y luego se aleja para conversar con otro investigador.
El policía es demasiado novato como para saber que debe mantener la boca cerrada. Está tan ansioso por hablar que solo tengo que presentarme y decirle que trabajaba para la familia para que se ponga a soltarlo todo.
—Oh, tío, qué locura, ¿verdad? Un lugar tan antiguo y mal ventilado como este es la receta perfecta para el desastre.
Todas esas chimeneas de leña y las ventanas selladas, ¿se imagina?
En realidad, es un milagro que no haya pasado antes.
Los gases se acumulan hasta formar una nube tóxica tan inflamable que basta con una cerilla para que todo el lugar vuele por los aires.
Está tan emocionado que da saltitos.
—¿Gases?
Asiente con la cabeza.
—Monóxido de carbono. Quizá también metano.
Solstice tiene altas concentraciones de ese gas en el subsuelo, lo que probablemente explique por qué todos sus habitantes están tan chiflados.
No sabremos con certeza lo del metano hasta dentro de un tiempo, pero los primeros en llegar al lugar les hicieron una prueba con un oxímetro de pulso a las víctimas que encontraron y confirmaron la teoría del monóxido de carbono.
Los niveles eran altísimos. También hablaron con el médico de familia.
Al parecer, la mujer presentaba síntomas graves de intoxicación por monóxido cuando la examinó recientemente, pero él lo diagnosticó de forma errónea como un virus.
—Se siente muy culpable, pero los síntomas son los mismos, ¿sabe?
Mareos, dolor de cabeza, náuseas, toda esa mierda.
Y también confusión. Tenía un amigo en la academia cuya hermana sufrió intoxicación por monóxido de carbono en la universidad.
Dijo que se sentía como si fuera a morir antes de que por fin descubrieran lo que estaba pasando.
También alucinaba con un montón de locuras: ángeles, demonios y monstruos trepando por las paredes.
Cosas realmente espeluznantes. En la antigüedad, probablemente habrían pensado que estaba poseída, diciendo esas cosas.
Pienso en lo convencida que estaba Maven de que Ronan Croft estaba llevando a cabo ensayos experimentales ilegales con seres humanos en el sótano del santuario de su familia, en lo frenética que sonaba —si soy sincero, parecía una chiflada— y asiento con la cabeza.
—¿Sabe el nombre de la persona que examinó el médico?
—¿Maven, creo? Un nombre raro, si me lo pregunta.
Mirando los restos humeantes de piedra ennegrecida y madera carbonizada que solían ser Blackthorn Manor.
—Ese nombre significa que es una persona con un alto nivel de conocimiento… —digo distraído—. Una experta. Viene del hebreo.
—Ah. —Lo piensa un segundo—. Hebreo, ¿como la Biblia? —Le lanzo una mirada que le hace callarse.
Se aleja avergonzado, dejándome solo en el camino de tierra lleno de baches y cubierto de maleza, contemplando los restos humeantes de la edificación.
Sé que es solo mi imaginación la que me hace pensar que esa ruina ennegrecida me está mirando fijamente… y tramando algo.
Algo que se mueve rápidamente en mi visión periférica me hace girar y mirar al cielo. Por un instante, vislumbro una enorme y monstruosa forma negra volando entre las estrellas, pero cuando parpadeo, ha desaparecido.
Un escalofrío me recorre la columna vertebral y me doy la vuelta para ir hacia la verja.
Desde su atalaya en un banco de hierro al otro lado del patio, un zorro rojo me observa con unos ojos dorados sobrenaturales, mostrando los colmillos mientras sonríe.