40 Maven
Temblando y sudando, me levanto de la cama y cojo el móvil de la cómoda. Tengo seis llamadas perdidas de Ronan, pero ninguna otra llamada ni mensaje.
Debe ser todavía domingo, pero la fecha que aparece en la pantalla indica que es martes.
He perdido dos días enteros.
Desorientada, miro a mi alrededor. No parece haber nada fuera de lugar. Pero un sexto sentido me dice que mire dentro de los cajones de la cómoda.
Cuando lo hago, encuentro toda mi ropa allí, meticulosamente doblada.
Al echar un vistazo al armario, la maleta y la bolsa de viaje que había preparado tan apresuradamente están cerradas con cremallera y colocadas en una esquina. Mi bolso descansa sobre la mesilla de noche, junto a una taza de té vacía.
Son poco más de las cuatro. El cielo está gris plomizo, cargado de nubes de tormenta.
Marco el número del museo con manos temblorosas.
Le digo a la recepcionista que me atiende que necesito hablar con Luce Adams, que se trata de un asunto de extrema urgencia.
Temo que no me conecten, que alguna fuerza oscura me impida comunicarme, pero, para mi sorpresa, me transfieren inmediatamente.
—Soy Luce.
Casi lloro de alivio cuando oigo su voz.
—¡Luce! Oh, gracias a Dios, estás ahí. Has contestado. No me lo puedo creer. Estoy tan feliz de haberte localizado.
Hay una breve pausa de confusión.
—Lo siento, ¿con quién hablo?
Sé que mi risa suena descabellada. Aferrándome al teléfono, intento mantener la voz tranquila para que no cuelgue y llame a la policía.
—Soy May. He estado intentando localizarte.
¿Has recibido mis mensajes? Sigo en Solstice.
Ezra vino a verme y me dijo que me habían despedido, pero yo sabía que eso no podía ser cierto.
Sabía que era un error, así que te envié un correo electrónico, pero no he recibido respuesta.
No estoy segura de cómo va la cobertura por aquí, ¡todo es un poco inestable!
Mi risa de loca vuelve a aparecer. Me doy cuenta de que estoy balbuceando, pero no puedo evitarlo.
—No te vas a creer todo lo que ha pasado. Estoy deseando ponerte al día, pero antes, por favor, dime que ha habido un terrible malentendido y que no me han despedido.
El silencio al otro lado de la línea es sepulcral.
—Debe de haber marcado mal el número —dice Luce.
Una sensación de terror frío recorre mi piel, como hielo formándose en agua estancada.
Me humedezco los labios nerviosa.
—Luce, soy yo, May —repito.
—No conozco a ninguna May.
Mi voz se eleva.
—May Blackthorn. La jefa del Departamento de Entomología. La conservadora de lepidópteros. ¡Llevo cinco años trabajando para ti!
Su voz suena tensa por la irritación.
—El jefe de nuestro Departamento de Entomología es Oliver Underwood. No conozco a nadie llamado May Blackthorn. Ahora, si me disculpa, tengo que volver al trabajo.
Cuelga sin darme la oportunidad de decirle que se equivoca, que me conoce bien, que me contrató nada más salir de la universidad como asistente y me ascendió cuatro veces hasta que finalmente me hice cargo de todo el departamento, la persona más joven en ocupar ese puesto.
¿O… no?
¿He estado realmente allí?
Me siento mal, vuelvo a llamar al museo, pero esta vez pido que me pasen con la oficina de Ezra.
La recepcionista me informa de que el museo no hay ningún Ezra Scott en plantilla.
Siento cómo la bilis me sube por la garganta, cierro los ojos y la trago.
—¿Cuándo se ha ido?
—No tengo constancia de que haya trabajado aquí nadie con ese nombre, señora.
¿Quizá quería llamar al Smithsonian? —La habitación empieza a dar vueltas.
Suelto el teléfono, que cae al suelo con estrépito.
Cuando vuelve a sonar, lo cojo con rapidez, con la esperanza de que sea Luce llamándome para decirme que me estaba gastando una broma, pero es el número de Ronan el que veo en la pantalla.
Lo miro con el corazón palpitando y mi sentido de la realidad se desvanece lentamente.
—¿Hola? —contesto con vacilación.
—Dime que estás bien —ordena sin saludar.
Cierro los ojos para detener el lento giro de la habitación.
—¿Te acuerdas de mí?
—¿Qué? ¿Qué demonios significa eso?
—No importa. No es nada.
—No es nada, dice… —gruñe con impaciencia—. Sé cuándo estás irritada. Suenas rara y no has respondido a mis llamadas. Se suponía que ibas a venir a verme, pero no apareciste. Dime qué ha pasado.
—No te lo creerías.
—Quizá te sorprenda.
Me río, pero es otra vez esa risa desquiciada, la que indica que debería estar internada.
—No sé si hay algo que pueda sorprenderme ya, Ronan. De verdad, creo que he perdido cualquier pizca de credulidad. De hecho, si quieres decirme que eres una especie de antiguo demonio de fuego que habla latín, tiene una fijación con los culos y folla como un… bueno, como un demonio, ¡soy todo oídos!
Se produce un extraño silencio.
—Tienes que salir de esa casa —dice con tono severo.
—De hecho, sí que salí de la casa. Di un agradable paseo por el bosque y, antes de eso, fui a la iglesia. ¡A la iglesia, nada menos! ¡Yo! ¡No puedo creer que no me convirtiera en una nube de humo negro cuando la sombra de la cruz cayó sobre mí!
No sé si es por mi risa estridente o por el tono desquiciado de mi voz, pero él se da cuenta de que estoy perdiendo completamente la cabeza.
—Voy a ir a buscaros a Bea y a ti.
—Espera, déjame preguntarte algo. ¿Me has prestado veinte mil dólares?
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Solo estoy comprobando cuánto de mi cerebro ha sido devorado por la podredumbre.
—Maven…
—¡Las tumbas vacías! —grito, con el pánico brotando por todos mis poros y subiéndome por la garganta hasta ahogarme—. ¿Has oído hablar de las tumbas vacías del Cementerio Pinecrest, o también me lo he inventado?
—Voy para ahí —repite apretando los dientes.
Me llevo una mano temblorosa a la frente y cierro los ojos.
—¿Ha muerto mi abuela? ¿O tal vez soy yo quien ha muerto? —susurro—. ¿O estoy en un centro psiquiátrico? ¿O tal vez nunca nací? ¡Quizá he estado dormida durante mil años, como un gigante dormido enterrado en las entrañas de la Tierra, esperando a que las estrellas se alinearan para despertarme!
—¿De qué coño estás hablando? —grita Ronan.
Bajo la mano de la frente y abro los ojos.
Puedo sentir el pulso en cada parte de mi cuerpo, el rugido de la sangre corriendo por mis venas.
Estoy mareada y desorientada, como si hubiera salido de mi propio tiempo y hubiera aterrizado en otra dimensión, en un planeta hostil repleto de todo tipo de criaturas repugnantes que no desean otra cosa que devorar mi carne y chupar hasta la última gota de médula de mis frágiles huesos.
No sé qué me está pasando, pero sospecho que, sea lo que sea lo que haya al otro lado de este momento, me cambiará para siempre. Si es que sobrevivo.
Necesito decirle la verdad.
—Lo siento todo, Ronan. Pero sobre todo siento no haberte dicho nunca que te quería. Porque siempre te he amado. Todavía te quiero. Y siempre te amaré. Si no vuelvo a verte, quiero que sepas que te he amado toda mi vida. Para mí, nunca ha habido nadie más que tú.
Parece abrumado por la emoción.
—Ma… ven —su voz se quiebra al pronunciar mi nombre—. Yo también te quiero, cariño. Mucho. Jodidamente mucho.
Oírle decir esas palabras me parte el corazón. Entonces, el llanto lastimero de un niño en algún lugar de la casa vuelve a llamar mi atención.
Bea.
—Voy a ir a buscarte, cariño. Voy a ir a por vosotras dos ahora mismo…
Ronan sigue hablando cuando desconecto la llamada.
Estoy a punto de salir corriendo de la habitación cuando vislumbro la sombra.
Se mueve sinuosamente desde detrás de las cortinas, ante las ventanas, se desliza por la pared del dormitorio como una mancha de tinta, y se extiende rápidamente hasta alcanzar una longitud antinatural, desplazándose y derramándose sobre el techo.
Con su superficie oscura ondulando como el viento sobre el agua, la sombra se extiende hasta abarcar toda la habitación, ondulando de forma amenazadora alrededor de los muebles, enroscándose en el techo como si se preparara para atacar.
En el centro de las espirales, se distingue el contorno angular de una cabeza contra el yeso pálido.
También lo hace la lengua bífida que se mueve con rapidez.
—No es real. No es real. No es real, Maven. Lo estás imaginando —me repito apretando los ojos.
Cuando vuelvo a abrir los párpados después de unos largos minutos, la sombra ha desaparecido.
Afuera, el viento aúlla más fuerte. Las tablas del suelo del pasillo emiten un inquietante crujido, como si un pie invisible las pisara. En algún lugar de la planta baja, se cierra de golpe una puerta.
Mi teléfono vuelve a sonar. Es Ronan. No contesto, dejo el móvil sobre la cómoda y me doy la vuelta para salir de la habitación.
Me veo reflejada en el espejo del baño. En lugar de un enjambre de moscas, esta vez solo veo mi reflejo normal. Rostro pálido, ojos verdes, cabello largo suelto. De alguna manera, todo el tinte negro se ha desgastado, dejando mi cabello con su vívido tono rojo natural.
A un lado de mi cuello hay dos pequeñas heridas punzantes, tan rojas como gotas de sangre fresca.
Alrededor de mi cuello cuelga el rosario que el padre O'Brian me puso en la mano.
Con dedos temblorosos, toco primero las tiernas marcas de los mordiscos.
Luego rozo el crucifijo que cuelga al final del rosario.
Ambos parecen reales, pero la línea entre la realidad y la fantasía se ha difuminado de forma drástica para mí, dejándome en un purgatorio en el que no tengo pruebas de lo que realmente existe.
No tengo pruebas de que existo.
Podría ser producto de mi propia imaginación retorcida.
Sin embargo, el llanto de un niño que oigo resonar por toda la casa suena muy real, y me impulsa a actuar.
Salgo corriendo al pasillo, subo los escalones de dos en dos y llamo a Bea.
Espero verla en la gran sala, con la nariz hundida en un libro, pero la estancia está vacía, y la chimenea apagada parece la boca negra y abierta de una terrible criatura voraz.
Siento la habitación inusualmente fría, llena de sombras cambiantes que se deslizan por las paredes como serpientes.
El olor dulzón y nauseabundo de algo en descomposición flota en el aire, tan potente que me da ganas de vomitar.