39 Maven #2
El viento me despeina y me hace llorar, la criatura se inclina bruscamente hacia las montañas. Me da un vuelco el estómago y me sube el corazón a la garganta. Estoy convencida de que voy a morir, pero me siento demasiado aterrorizada como para que me importe.
De repente, reduce la velocidad. El viento amaina. La ráfaga de aire frío desaparece, sustituida por un aire ligeramente más cálido que huele a tierra húmeda y líquenes. Por fin, con un último aleteo de sus gigantescas alas, la criatura aterriza suavemente en el suelo.
Estamos en un espacio oscuro y cavernoso, una estrecha abertura excavada en la ladera de la montaña que se ensancha dramáticamente hasta convertirse en una cámara similar a una catedral.
El tenue resplandor que emana de las venas del cuerpo de la criatura y las brasas que se arremolinan en la nube de humo que la sigue me permiten ver lo que me rodea.
Las estalactitas cuelgan de un techo alto y desigual de piedra, y gotean agua que resuena en la quietud.
Al fondo de la cueva, un túnel más profundo se adentra en la oscuridad.
Un nido rudimentario de materiales recogidos —ramitas, ramas retorcidas, hierbas secas— está cubierto por una pila de pieles junto a una pared curva.
Esparcidos por el suelo irregular hay pequeños huesos y restos de piel y plumas; los restos de comidas pasadas.
Conmigo todavía aferrada a su cuerpo, la criatura se acerca al montón de pieles y se arrodilla. Me empuja al suelo y me sujeta allí con una mano enorme, que me aplasta el pecho cuando intento escapar a un lugar seguro. Aunque no tengo ni idea de dónde podría encontrarlo.
Aterrorizada, miro fijamente su rostro diabólico y me sorprende descubrir que sus ojos, aunque rodeados de piel de ébano, son de un color familiar.
Azul pálido, como el hielo ártico.
Entonces miro más abajo y un grito se me queda atascado en la garganta.
Entre las musculosas piernas de la criatura sobresale una erección enorme, que se balancea excitada.
Su grueso pene está estriado en toda la longitud, coronado por un glande rojo e hinchado que brilla con un líquido transparente en la hendidura.
Una voluta de humo se eleva desde el líquido.
La adrenalina inunda mis venas, proporcionándome un estallido momentáneo de fuerza. Giro mi cuerpo, escapando del control de la criatura, me pongo de pie y corro hacia la entrada de la cueva.
No he dado ni diez pasos cuando me atrapa y me lleva hacia atrás.
Aunque lucho y le lanzo patadas y gritos, esta cosa es demasiado fuerte. Me empuja de vuelta a las pieles, con el humo arremolinándose alocadamente alrededor de nuestros cuerpos, y luego me obliga a tumbarme de espaldas y se acuesta encima de mí.
Me agarra las muñecas, me inmoviliza los brazos por encima de la cabeza y gruñe.
Es caliente, pesado e inamovible, una montaña que se niega a soltarme.
Grito de frustración ante su rostro inhumano.
Esperando otro gruñido animal, me sorprende oír algo parecido a una risita que emana del pecho de la criatura. Es un rugido subsónico, que se siente más que se oye, una vibración profunda que sugiere una impresión de calidez y placer.
Es como el ronroneo de un gato, solo que monstruoso.
—¿Qué quieres de mí? —grito, con todos mis músculos tensos contra este cautiverio forzado.
Como respuesta, flexiona las caderas para que pueda sentir esa enorme erección pinchándome el muslo.
Este monstruo está a punto de hacerme suya.
Grito presa del pánico cuando sus garras desgarran mi camiseta, destrozando la tela con facilidad.
A continuación, va a por mis vaqueros y mis bragas, que me arranca de las piernas con una eficiencia despiadada antes de lanzarlos a un lado.
Debo de haber perdido los zapatos en la huida, porque estoy descalza.
Espero sentir el empuje de sus poderosas caderas, introduciendo esa enorme polla monstruosa dentro de mí, pero en cambio, me separa los muslos, aplica su boca caliente en mi coño y me folla con la lengua.
Es casi tan larga y gruesa como un pene, musculosa y con textura, con cientos de pequeñas protuberancias similares a nudos. Cuando grito, el monstruo vuelve a emitir ese extraño rugido vibrante, que pone la piel de gallina y me endurece los pezones.
Delirando, grito de nuevo, y oigo resonar mi voz muy por encima, contra el techo de la cueva.
Mi terror se ve atenuado por la sensación de esa lengua caliente y húmeda entre mis piernas, que se adentra profundamente en mí y luego lame mi sensible clítoris como un gato con un cuenco de leche.
Cuando lanzo un grito, la criatura coloca mis rodillas sobre sus hombros y toma mis pechos con sus enormes manos, apretándolos con fuerza, pellizcando y tirando de mis pezones hasta que me duelen y se hinchan.
Mis caderas toman el control. Empiezan a arquearse y a retorcerse, persiguiendo el placer que se acumula en mi interior.
Cuando me inclino y agarro los cuernos del monstruo, utilizándolos para frotar mi coño contra su cara, vuelve a soltar esa risa subsónica. Desliza la lengua desde mi coño hasta mi culo, traspasando el nudo de músculos con una embestida que me hace chillar.
El sudor me cubre la piel. Mi pulso es un latido pesado y primitivo. Me retuerzo contra las pieles, con la lengua de un enorme monstruo alado en el culo y mis propios gritos de impotencia resonando en mis oídos. Me siento desligada de la realidad, una cosa sin mente hecha solo para el placer.
El clímax es abrupto y violento. El líquido brota de mí, empapando la cara del monstruo y las pieles debajo de mi trasero.
Lame mis fluidos con un ruido húmedo de succión y crujidos roncos de aprobación, mientras las puntas de sus garras se clavan en mis pechos. De repente, estoy desesperada por tener esa enorme y gruesa polla dentro de mí, estirándome con su circunferencia inhumana.
—Ronan —jadeo—. Por favor.
Me da la vuelta y me pone boca abajo, arrastrándome hasta que me quedo a cuatro patas. Empieza a darme palmadas en el culo; parece divertirse con mis gritos de súplica y mis sonidos de angustia.
En mi cerebro febril, «eso» se ha convertido en «él», pero tal vez sea solo una medida de protección, la forma que tiene mi mente de hacer soportable lo imposible.
Más vale malo conocido que bueno por conocer.
Sigue golpeándome el trasero hasta que mi piel está caliente y palpitante.
El placer es intenso, me atraviesa en oleadas.
De vez en cuando se detiene para acariciar mi coño empapado, con cuidado de no arañar mi tierna carne con sus garras, utilizando las ásperas yemas de sus dedos para frotar y acariciar mi clítoris anhelante hasta que jadeo y arqueo la espalda,
separando las rodillas con lascivia para incitarlo a penetrarme.
La siguiente vez que se lo suplico, empuja la cabeza roma de su enorme polla contra mi entrada.
—¡Sí! ¡Por favor, sí!
La súplica se escapa de mis labios, pero la mujer que la pronuncia no suena como yo. Ella no soy yo. Es mi parte más delirante suplicando que su coño sea follado por una criatura hecha de fuego y humo, cenizas y brasas, músculos y tendones y un vasto y poderoso par de alas.
—Mea stella obscura —gruñe la criatura, y luego empuja su gigantesca polla monstruosa dentro de mí.
El hilo de pánico que nunca me había abandonado vuelve a arder mientras mi coño lucha por acomodarlo.
Él inclina las caderas para asentarme mejor sobre su polla, luego me agarra las caderas con sus enormes manos y me mueve hacia adelante y hacia atrás sobre su rígido miembro mientras yo jadeo y gimo.
La profunda penetración hace que la humedad se deslice por mis muslos.
Me cabalga con largas embestidas. Mi clítoris, hinchado de sangre, palpita.
Mis pechos se balancean mientras él bombea dentro de mi coño.
Sin aliento, me apoyo en los codos y descanso la frente contra las pieles, mirando entre mis muslos para ver cómo sus pesados testículos se balancean con cada embestida, golpeando mis labios vaginales y enviando ondas de placer por todo mi cuerpo.
Mientras me folla, su pene rugoso resulta sorprendentemente caliente. Sus alas baten el aire mientras empuja. Brasas rojas y brillantes revolotean entre las sombras, cayendo como una lluvia sobre el suelo, alrededor de mi cuerpo.
—Mea es.
El monstruo me acaricia el culo, arañándome la piel con sus garras, y luego se inclina y me muerde el cuello.
Cuando siento las puntas afiladas de sus colmillos perforándome la piel y comienza a chupar, absorbiendo mi sangre, alcanzo el clímax, sollozando.
Entonces, me despierto sobresaltada en mi propia cama en Blackthorn Manor. Tengo la mano entre las piernas.
Mi coño está empapado.
Mi útero sigue contrayéndose con el orgasmo.
Desde algún lugar lejano, oigo el gruñido gutural del monstruo. Luego se desvanece y el único sonido que queda es mi respiración entrecortada y el viento aullando entre los árboles del exterior.