39 Maven
Corro sin parar hasta Blackthorn Manor, agitando los brazos y respirando profundamente el aire frío de noviembre, desesperada por dejar atrás la iglesia y sus oscuras visiones.
Cuando llego a la casa, estoy empapada en sudor. Entro por la puerta, subo corriendo las escaleras, saco mi maleta del armario donde Q la guardó cuando llegamos, la tiro sobre la cama y empiezo a sacar la ropa de las perchas.
—¡Bea! —grito hacia la puerta abierta del dormitorio—. ¡Cariño, ven aquí!
Unos momentos más tarde, entra en la habitación. Perpleja, me mira mientras corro de un lado a otro entre el armario y la cómoda, metiendo todo lo que puedo en la maleta abierta sobre la cama.
—¿Qué estás haciendo?
—Las maletas. Nos vamos.
—¿Nos vamos?
—Sí. Ahora mismo. ¡Ve a hacer las maletas, cariño! Cogeremos el próximo tren.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
Mi risa suena salvaje.
—¿Que qué pasa? Te diré lo que pasa. ¡Este pueblo me está volviendo loca!
Cuando la idea del inminente colapso mental de su madre no hace que se mueva, recurro a la lógica.
—Tenemos que volver a Manhattan. Ya nos hemos quedado demasiado tiempo. Tienes que volver al colegio. Tenemos que retomar la normalidad.
—Pero tú me sacaste del colegio.
Me detengo en seco y la miro fijamente, con un suéter entre mis manos temblorosas.
—¿Qué? —susurro antes de tragar saliva, nerviosa.
De pie en la puerta, con su bonito vestido azul pálido de ir a misa y sus zapatos de charol brillante, me mira con auténtica confusión y, posiblemente, un poco de miedo.
—Dijiste que me ibas a educar en casa. Enviaste una carta al director del colegio. Les decías que no volvería.
Ese ruido sordo que oigo es mi pulso retumbando en mis oídos. Tengo la boca completamente seca. Me tiemblan las rodillas.
—La semana pasada enviaste una carta. ¿No te acuerdas? —insiste Bea al ver que no digo nada.
—Una carta —repito lentamente, con la esperanza de que decir la palabra en voz alta disipe la niebla de mi cerebro y pueda entender de qué está hablando.
No hay suerte. Sigo tan confusa como antes.
Mi hija, por su parte, empieza a enfadarse. Se acerca a mí con los ojos brillantes, con los labios fruncidos en una expresión dura y extrañamente adulta.
—Me dijiste que no tenía que volver allí, mamá. Te dije que quería quedarme aquí con Q y las tías, y tú dijiste que sí. Dijiste que nos mudaríamos aquí. ¡Dijiste que no tenía que volver!
Grita la última frase con una voz aguda y estridente. Está tan aterrada por volver a Manhattan como yo por quedarme en Solstice, aunque no tengo ni idea de por qué.
La atraigo hacia mí y la abrazo con fuerza.
—Cariño, escúchame. No sé qué está pasando, pero tenemos que irnos a casa, ¿vale? No nos vamos a mudar aquí. No podemos quedarnos aquí. Es hora de irnos.
Ella me empuja y retrocede hacia la puerta.
—Nunca te importa lo que yo quiero —me dice de forma acusadora con los ojos llenos de lágrimas—.
Siempre se trata de ti. De lo que tú quieres hacer, de dónde quieres vivir, de lo que tú crees que es bueno para nosotros.
¡Ya no soy un bebé! ¡No tengo por qué hacer lo que tú me digas!
¡No tengo por qué escucharte cuando te comportas como una zorra estúpida!
Atónita, la miro con la boca abierta.
Nunca me había hablado así. Nunca. Ni siquiera la había oído levantar la voz con rabia.
Con la cara roja y la boca apretada, se da la vuelta y sale corriendo de la habitación.
Escucho el sonido de sus furiosos pasos bajando las escaleras, luego se cierra una puerta de golpe y la casa se sumerge en un profundo y satisfactorio silencio.
Me cubro la cara con las manos.
—Tranquilízate —me susurro a mí misma—. Primero, haces las maletas, luego haces las suyas, después vas a buscarla y te marchas con ella a la estación de tren. Paso a paso. Una cosa detrás de otra.
Agotada y sin aliento, termino de vaciar los cajones y el armario con mis pertenencias, guardándolo todo en mis maletas de forma desordenada antes de cerrarlas con rapidez.
Repito el proceso en la habitación de Bea, apartando al gato blanco de su cama para poder buscar calcetines o ropa perdidos debajo de las mantas.
Cuando termino, arrastro todas nuestras pertenencias escaleras abajo y las dejo junto a la puerta principal.
Luego voy en busca de mi hija.
No la encuentro en la cocina.
No está en el salón.
No la veo en ninguna de las habitaciones del laberinto de la primera planta, así que vuelvo arriba y la busco allí, con el pánico creciendo por momentos.
Finalmente, tengo que admitir que Bea ya no está en la casa. Mis tías y Q tampoco aparecen por ninguna parte.
Todo el mundo ha desaparecido.
La sensación de fatalidad inminente que tuve en la iglesia vuelve a apoderarse de mí, me agarra con manos sudorosas y aliento fétido. Me obligo a mantener la calma y a pensar, aunque mis nervios me gritan que haga algo con rapidez.
Salgo al jardín a buscarla.
Sentado en el banco de hierro bajo el bosquecillo de abedules, un zorro rojo me observa mientras entro corriendo en el invernadero y vuelvo a salir, llamando a Bea con desesperación.
Cuando salta del banco y desaparece debajo de un seto, con su cola roja brillando en el aire, lo siento como una señal.
En mi confuso estado mental, me parece que el zorro quiere que lo siga.
Más allá del seto, comienza el bosque de forma brusca.
Me abro paso entre las zarzas silvestres hasta que aparece un estrecho sendero, apenas discernible, cubierto de hojas caídas y salpicado de sombras que se filtran a través de la densa copa de los árboles.
Llamo a Bea mientras paso por encima de un tronco podrido cubierto de hongos negros.
La única respuesta es el graznido de un cuervo solitario.
Me adentro en el bosque. Me pongo a temblar cuando una brisa fría me acaricia el pelo con sus dedos helados. Mi desesperación crece y llamo a Bea una y otra vez hasta que se me queda la voz ronca.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que me dé cuenta de que la luz que se filtra a través de las copas ya no es brillante, sino grisácea. La temperatura también está bajando y el viento se está haciendo más intenso.
Se avecina una tormenta.
Me doy la vuelta para regresar por donde he venido, pero nada de lo que veo me resulta familiar. Los árboles son diferentes, más grandes y oscuros, con unas ramas desnudas que se extienden hacia mí como garras esqueléticas.
En la penumbra creciente, veo un destello rojo que desaparece detrás del enorme tocón de un roble muerto. Me apresuro a seguirlo con el corazón acelerado.
Corro, apartando las ramas que se inclinan para arañarme la cara y tropiezo con las raíces enredadas del suelo del bosque mientras el miedo crece como una marea gélida en mi pecho, oprimiendo dolorosamente mis pulmones.
Persigo al zorro saltando los charcos de barro y esquivando los helechos enredados y espinosos que quieren rasgarme la ropa.
Cojo aire, que huele a agujas de pino y tierra húmeda, a suelo arcilloso y rocas cubiertas de musgo, hasta que capto el olor de algo más, algo que me hace vacilar.
Es el olor del invernadero. Ese aroma característico a madera carbonizada y metal calentado hasta ponerse al rojo vivo, cenizas humeantes y carbón ardiente, y un almizcle animal picante diferente a todo lo que he conocido.
Un gruñido grave e inhumano resuena en el bosque, haciendo retumbar el suelo bajo mis pies.
Me doy la vuelta, pero el bosque está vacío a mi espalda.
La luna llena se asoma por encima de las copas de los árboles. La noche está cayendo rápidamente. Pero ¿cómo es posible? ¡Hace solo un rato era por la mañana!
El crujir de las ramitas al romperse me hace girar en círculos, buscando el origen del ruido. ¿Es el zorro u otro pequeño animal quien se escabulle entre la maleza?
¿O será algo más?
¿Un depredador más grande, tal vez?
—¿Bea? —susurro, con el corazón latiéndome a mil por hora—. Bea, ¿eres tú? —Vuelve a oírse el gruñido sobrenatural. Esta vez más cerca. Más hambriento. Recorre los troncos de los árboles centenarios que me rodean, haciendo temblar cada hoja y cada rama.
Me quedo paralizada durante un largo y angustioso instante, hasta que la sombra de una criatura gigantesca se cierne sobre mí, oscureciendo toda la luz que llega de arriba.
Una ráfaga de aire caliente recorre mi cuerpo, trayendo consigo el olor de algo agudo y eléctrico, casi como un rayo, pero mezclado con hogueras y metal quemado.
«Azufre».
Pienso en esa palabra en el mismo momento en que una lluvia de brasas incandescentes pasa a mi lado, y me doy cuenta de que la ráfaga de aire fue causada por el batir de un par de alas gigantes.
Aterrorizada, hiperventilando, me giro lentamente para mirar por encima del hombro.
Allí veo una nube arremolinada de humo negro y brasas ardientes, que tiñen el suelo del bosque con un sutil y cambiante resplandor rojo.
La nube de brasas y humo se solidifica hasta crear una forma que se eleva entre dos y tres metros de altura.
Su cuerpo está cubierto de músculos llenos de tendones.
Su piel es de color obsidiana muy oscuro, con vetas rojas que brillan débilmente en algunos lugares.
Rodeando sus enormes muñecas y tobillos hay glifos que también brillan en color rojo, aunque cambian inquietamente como si estuvieran vivos por debajo de la piel.
Sus manos son enormes, con largas garras afiladas que cubren sus gruesos dedos. De su espalda brotan un enorme par de alas negras y correosas, tensas entre los tendones con púas.
Cada monstruosa ala termina en largas garras negras.
Antes de que pueda siquiera respirar, esa cosa se abalanza sobre mí.
Me envuelve con sus enormes brazos y me obliga a aferrarme a él mientras se lanza al aire conmigo con un solo y poderoso aleteo. Mi grito se pierde en el viento mientras atravesamos la copa de los árboles y salimos al cielo nocturno.
Volamos en una espiral vertiginosa; los enormes brazos de la criatura me sujetan contra su cuerpo, siento su carne caliente, áspera y correosa contra mi mejilla. Solstice se extiende debajo de nosotros en un manto de luces que se desvanece rápidamente y titila contra la oscuridad aterciopelada.