38 Maven
Duermo profundamente toda la noche gracias a las píldoras mágicas del doctor Hansen. Cuando mis tías me dicen que van a ir a la iglesia por la mañana, me invade un irracional deseo de ir con ellas.
No soy una persona religiosa, pero, pensándolo bien, que me rocíen con un poco de agua bendita en la cabeza quizá no sea tan malo.
Q nos lleva en coche al otro lado de la ciudad, a la antigua y hermosa iglesia de madera. Su campanario está coronado por una brillante veleta de bronce. El exterior reluce con una nueva capa de pintura blanca. Las vidrieras representan diversas escenas bíblicas, ninguna de ellas violenta.
El antiséptico Nuevo Testamento con su conveniente superhéroe salvador, no el sangriento Antiguo Testamento con su Dios cruel y vengativo.
El sermón ya ha comenzado cuando las cuatro entramos en la iglesia por la puerta principal. En el púlpito, el sacerdote se detiene a mitad de la frase. La congregación se vuelve para mirarnos con recelo. Un espeso silencio desciende sobre el santuario, tan sombrío como un sudario fúnebre.
—¿Por qué no hemos entrado a escondidas por una puerta lateral? —murmuro, mientras mi mirada recorre los bancos llenos de rostros hostiles.
—Las Blackthorn no nos escabullimos ni nos escondemos —dice la tía D—. Coge mi mano, Bea.
Las dos encabezan la procesión por el pasillo central hasta, como es lógico, el banco delantero. La familia de cuatro personas que está sentada allí se levanta inmediatamente y se traslada a otra fila desocupada. Nos sentamos, y los bancos de madera crujen en medio de un silencio antinatural.
Una vez acomodados, la tía D hace un gesto con la mano al padre O'Brian, dándole permiso para continuar.
Él la mira con el ceño fruncido.
Ella le lanza una sonrisa.
No puedo creer que representen esta locura cada semana.
Tras una pausa incómodamente larga, el anciano sacerdote carraspea.
—Señor, ten piedad de nosotros —dice, dirigiéndose a la congregación.
—Porque hemos pecado contra Ti —responden todos al unísono con excepción de las cuatro mujeres silenciosas que ocupan el primer banco.
—Señor, muéstrate misericordioso con nosotros. —El sacerdote extiende las manos y suplica al cielo—. Y concédenos tu salvación.
—Que Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos conceda la vida eterna.
Por alguna razón, a la tía D le parece graciosa la última parte. Contemplando la cruz gigante con Jesús clavado en ella en la pared detrás del altar, mueve la cabeza divertida.
La congregación murmura un «Amén» colectivo y luego todos vuelven a callarse.
Mirando la Biblia abierta en el púlpito, el padre O'Brian debate en silencio durante un momento y luego comienza a pasar las páginas con agresividad.
Levanta la vista y nos lanza una mirada apocalíptica desde debajo de sus cejas grises.
—Lectura del Libro del Apocalipsis.
La tía E suspira.
Lo que sigue es un relato que me sorprende por lo violento, sangriento y deprimente que será el fin del mundo, aunque de alguna manera también es abrumadoramente aburrido.
Cuando el sacerdote termina, me alegra ver que Bea parece dudar de que un Dios supuestamente «amoroso» cause tanto sufrimiento a las personas que ha creado, cuyos pecados y condenación final supuestamente conocía desde el principio, cuando los creó,
lo que significa que el concepto del libre albedrío es una broma y que él no es más que un sádico.
Me quedo sentada durante el resto del servicio preguntándome por qué he sentido un impulso tan fuerte de venir a este lugar que parece ofrecer solo razones sólidas para abrazar el ateísmo.
Entonces, se acaba la misa y es hora de irse.
Pero no me levanto. Hay una razón por la que quería venir aquí hoy, y todavía no sé cuál es, así que me voy a quedar hasta que la descubra.
Les digo a las tías que se lleven a Bea de vuelta a casa con la excusa de que me gustaría volver andando.
Piensan que un poco de ejercicio me vendrá bien, así que aceptan sin discutir.
Le doy un beso a Bea y veo cómo se aleja mi familia, con los feligreses apartándose nerviosamente a su alrededor, como si temieran que ser una Blackthorn fuera contagioso.
Finalmente, la iglesia se vacía y solo quedamos yo y el pobre Jesús, cabizbajo en su cruz.
Lo estudio.
El artista que lo talló debió de querer darle un aspecto agotado, pero en cambio parece culpable. Lleno de vergüenza. Quizá sea por el taparrabos. A mí también me daría vergüenza llevar eso en la iglesia.
—No es demasiado tarde para ti.
La voz me hace sobresaltar. Me giro y veo al padre O'Brian de pie al final del banco.
Tiene las manos ocultas dentro de sus vestiduras. Sus zapatos también están cubiertos por ellas, lo que le da un aspecto inquietante y macabro, como una cabeza sin cuerpo envuelta en un paño bordado, flotando sobre el suelo.
—¿Perdón?
—He dicho que no es demasiado tarde para ti, May. Aún puedes salvarte.
—¿Se acuerda de mí?
La mirada en sus ojos es indescriptiblemente triste, como si supiera algo sobre mí que yo no sé, y sin duda no es nada bueno.
—Por supuesto que recuerdo a la hija de Elspeth. Tu madre era creyente. Esperaba que tú también lo fueras.
—¿Creyente de…?
—De Dios.
—Ahh…
—Pareces decepcionada.
—Sentiría lo mismo si me dijera que creía en Papá Noel o en Campanilla.
—Solo que esos dos no podrían salvar tu alma eterna de la condenación. Y, a diferencia de Campanilla, Dios no necesita que nadie crea en Él para existir.
La arrogancia parece uno de sus fuertes. Está siendo una competencia a tener en cuenta para Ronan.
Nos miramos en silencio, incómodos, hasta que mi curiosidad puede más que yo.
—¿Mi madre venía a la iglesia?
—No. Nunca. —Sus ojos se endurecen—. Ella no participaba en el teatro que disfrutan tus tías.
No me gusta su voz, ese tono crítico.
—Estoy dispuesta a apostar a que la mayoría de su rebaño también está actuando, padre. A la gente le encanta exhibir su sentido de la moralidad en público.
—¿Y tú? ¿Qué estás representando aquí hoy?
Una visión de un enjambre de moscas devorando mi carne putrefacta se me aparece ante los ojos. Sacudo la cabeza para despejarla.
—No estoy representando nada.
Me estudia.
—Pero estás buscando algo. Una respuesta a una pregunta, tal vez. O quizá algo más importante.
—¿Algo como qué?
—La salvación.
Eso me hace sonreír.
—Lo dice como si pudiera ofrecérmela.
—Yo no. Él. —Sin apartar la mirada de mí, señala a Jesús con aire abatido.—. Arrepiéntete y serás salvada. Resucitarás después de la muerte para unirte a Él en Su glorioso reino, donde reinará para siempre.
—¿De verdad se cree eso?
—Lo que yo crea es irrelevante, niña. Lo que importa es lo que tú creas. La fe es una elección que puedes hacer libremente.
—O es un apoyo que los débiles necesitan para manejar su miedo a lo desconocido.
—No estarías sentada ahí si realmente pensaras eso.
Me siento frustrada porque es posible que tenga razón. Aun así, esto requiere un debate.
—¿Por qué cualquier ser racional querría vivir en servidumbre durante toda la eternidad, flotando en las nubes y cantando himnos?
Sonríe ante mis palabras.
—Bueno, considera la alternativa… —Su sonrisa se desvanece—. Pero no tardes demasiado en hacerlo. Se está librando una batalla por tu alma, hija. Muy pronto, tendrás que elegir bando.
Me doy cuenta de que incluso Jesús, con su aire abatido, piensa que este tipo es espeluznante. Parece como si deseara poder bajarse de la cruz y salir corriendo.
Me pongo de pie y miro al sacerdote directamente a los ojos.
—Ya he elegido bando, padre. Estoy del lado de la ciencia, que nunca fomenta la guerra, la violación, el asesinato, el genocidio o el sacrificio humano en nombre del dogma.
He leído su «santa» Biblia. De principio a fin, de hecho.
Es una obra de ficción indefendible que defiende la violencia y la intolerancia.
Su Dios no es justo y no merece ser adorado.
El padre O'Brian frunce los labios.
—Veo que has dedicado mucho tiempo al Antiguo Testamento.
—Sí. Da miedo.
—Jesús es la Nueva Alianza cuya gracia disuelve la Antigua.
—Qué conveniente —comento secamente—. No me creo ni una palabra.
—Sin embargo, aquí estás, debatiendo conmigo.
—Tiene toda la razón. Discúlpeme, ahora tengo que ir a hablar con los adultos.
Me doy la vuelta, pero de repente él está allí, en el banco junto a mí, respirando en mi cuello con un aliento caliente y rancio, presionando con urgencia algo en mi mano.
—Lo sientes, ¿verdad? —me susurra apretándome la muñeca con tanta fuerza que me duele—.
La pestilencia se extiende por tu sangre como un veneno.
La vieja serpiente se está agitando. Pronto se levantará del vacío sin sol de las profundidades para cumplir la profecía y reclamar a la que le fue prometida, la reina que gobernará a su lado en el infierno.
¡Renuncia a ello antes de que sea demasiado tarde! ¡Arrepiéntete y salva tu alma!
Me libero de su agarre y lo miro conmocionada. Parece poseído. Tiene los ojos saltones, las fosas nasales dilatadas y los labios retraídos, como un animal rabioso.
Pero entonces parpadea y parece volver en sí. Su expresión se aclara. Me suelta la muñeca y sonríe.
—Ve en paz, hija —murmura.
Hace la señal de la cruz y se aleja hacia el lado opuesto del santuario, desapareciendo por una puerta de la nave.
Abro la palma de la mano y encuentro un rosario, con cuentas de madera desgastadas por innumerables años de contacto durante la oración.
Un rayo de luz carmesí procedente de una de las vidrieras se derrama sobre el santuario y mi mano, pintando las cuentas y el pequeño crucifijo de metal del extremo de un rojo tan intenso como la sangre recién derramada. Un fuerte estruendo me sobresalta.
El sonido reverbera por todo el espacio, elevándose hasta las vigas, donde muere en ecos susurrantes. Escudriñando los bancos vacíos, busco el origen del ruido hasta que miro la pared del santuario detrás del altar, donde Jesús estaba colgado en su cruz.
La pared está desnuda.
La gran cruz de madera yace boca abajo sobre el suelo de mármol, hecha añicos.
La cabeza cortada de Cristo ha rodado por debajo. Sus ojos vacíos me miran de forma acusadora.
Mi corazón comienza a latir con fuerza. Me invade una sensación de inquietud.
En un rincón iluminado del transepto norte, la estatua de piedra de la Virgen María gira la cabeza para mirarme con ira.
Los santos de las vidrieras situadas en lo alto de las paredes me contemplan con los ojos entrecerrados y acusadores.
Desde los confesionarios de madera tallada al final del presbiterio, comienzan los susurros, que se hacen cada vez más fuertes hasta convertirse en un coro ensordecedor de letanías en latín.
Aterrorizada, me tapo los oídos con las manos.
Un peso aplastante comienza a descender sobre mi cuerpo, como si me estuviera asfixiando una fuerza invisible rebosante de intenciones malévolas.
Llego al final del banco antes de echar a correr.
En el momento en que atravieso las puertas y salgo bajo la luz del día, una gran tormenta de cuervos se levanta desde el tejado de la iglesia en una caótica nube negra.
Mientras se alejan volando, sus graznidos ásperos y estridentes gritan mi nombre.
TERCERA PARTE
Réquiem
Llorad la desgracia, la destrucción, la ruina y la decadencia.
Lo peor es la muerte, y también ella tendrá su día.
RICARDO II