Blackthorn 37 Maven #2
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37 Maven #2

Palpa suavemente los ganglios linfáticos a ambos lados de mi cuello y luego me hace abrir la boca para poder mirar el interior con un pequeño espejo. Una vez satisfecho, me examina ambos oídos con un otoscopio.

—¿Ha tenido vómitos o diarrea?

—No.

—¿Alguna operación en el último año?

—No.

Vuelve a sentarse en su silla y sonríe. Tiene unos hoyuelos muy atractivos y unos ojos color avellana que me miran con comprensión. Entiendo por qué le gusta a la tía D.

—¿Cómo ha estado su nivel de estrés últimamente?

Me río con ironía.

—En una escala del uno al diez, cuarenta y siete.

Él asiente comprensivo.

—Mi más sentido pésame por su abuela.

No le pregunto si se refiere a su muerte o a su posterior desaparición.

—Gracias.

Nos miramos en silencio mientras me pregunto si él sabe lo del Cementerio Pinecrest y la desaparición de sus ocupantes. A estas alturas, la noticia ya debe de haberse extendido por todo el pueblo.

—¿Quiere contarme algo más?

—Si me pregunta si tengo ideas suicidas, la respuesta es no. —Su sonrisa demuestra su disgusto.

—¿Tan obvio he sido? Tendré que trabajar el trato con los pacientes.

Hago un gesto con la mano para restarle importancia.

—Sé que tiene que preguntarlo. ¿Cuál es el veredicto?

—Creo que tenía razón sobre el virus. Manténgase hidratada y descanse. Debería sentirte mucho mejor en un día o dos. Si no es así, venga a la consulta el lunes y le haremos un análisis de sangre y más pruebas.

—¿Y las hemorragias nasales? No las había tenido antes.

—Podría ser algo tan simple como el aire de la casa. Se nota que está muy seco, y todas esas hierbas que cuelgan por todas partes pueden irritar las fosas nasales. O podría ser el humo, el polvo, incluso los olores fuertes. Pruebe a hacerse un lavado nasal con solución salina. Eso debería ayudarla.

Suelto un profundo suspiro y me recuesto contra las almohadas.

—¿Quiere que le dé algo para ayudarla a dormir? —pregunta al notarlo.

—Claro. ¿Tiene una lobotomía a mano?

Él se ríe.

—Estaba pensando más bien en pastillas para dormir. —Vacilo—. No tiene por qué tomarlas, pero al menos puede recurrir a ellas. Le dejaré suficientes para una semana —añade.

Saca un pequeño frasco de color ámbar sin etiqueta del maletín y lo deja sobre la mesita de noche. Me sorprende que no necesite receta médica para esto. Quizá sea por la influencia de la tía D.

A lo mejor tenemos una cuenta familiar basada en el trueque y está pagándole con mamadas.

—Gracias —digo, evitando mirarle a los ojos—. Le agradezco que haya venido.

Coge su maletín y se levanta.

—No ha sido una molestia. Que se mejore. Y recuerde, si no se encuentra mejor, llame a la consulta y le haremos más pruebas.

Después de que se marche, me quedo sentada, sumida en mis pensamientos. Al cabo de unos instantes, percibo un zumbido sordo.

Al principio, creo que es producido por un aparato electrónico, pero al escuchar con más detenimiento, me doy cuenta de que el sonido no es constante. Sube y baja en un patrón irregular como si fuera producido por muchas alas al batir rápidamente, como el zumbido de una colmena de abejas.

Frunzo el ceño, me levanto de la cama y me quedo de pie en medio de la habitación, tratando de discernir el origen del ruido.

Pero es como si lo estuviera produciendo toda la habitación, el suelo, las paredes y el techo.

Y cada vez es más fuerte y cercano, me parece tan espeluznante que se me pone la piel de gallina.

«Mantén la calma. Solo hay un nido de avispas en el alero, nada más. No hay nada que temer».

El sonido se hace más fuerte hasta convertirse en un zumbido enloquecedor.

Me acerco a la puerta mientras miro nerviosa a mi alrededor, pero no veo nada inusual. Entonces, percibo un movimiento por el rabillo del ojo y me giro hacia el cuarto de baño.

Incluso desde el otro lado de la habitación, puedo ver claramente el espejo sobre el lavabo y la grotesca imagen que se refleja en él.

Una masa de moscas negras y pringosas cubre todo mi cuerpo. Salvo mis ojos, que están nublados por una capa blanca, como estaría algo muerto desde hace mucho tiempo.

Cuando abro la boca en un grito silencioso, las moscas se agolpan en mi garganta, trayendo consigo el sabor nauseabundo de la descomposición. A continuación, me golpea el hedor, que llena mi nariz con el olor dulzón y repugnante de la putrefacción. A vísceras y sangre. Como un matadero.

Retrocedo horrorizada, agitando las manos alrededor de mi cara con pánico, pero las moscas me siguen. Veo fragmentos de piel grisácea en descomposición donde asoman los gusanos cuando el enjambre se separa brevemente antes de descender de nuevo para llenar los huecos.

El zumbido se convierte en un rugido ensordecedor que resuena dentro de mi cráneo.

Me tambaleo hacia la puerta, la abro de un empujón y salgo al pasillo, solo para chocar contra una sorprendida tía E.

—¡Ya te has levantado! Es una buena señal. ¿Cómo te encuentras, cariño? ¿Qué ha dicho el médico?

El zumbido ha desaparecido.Cuando miro mis manos, no hay ni una sola mosca a la vista.

—Dice que estoy bien. Que todo está bien. No me pasa nada —me oigo decir desde un lugar lejano.