Blackthorn 37 Maven
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37 Maven

—¿May? May, ¿me oyes? ¡Despierta, cariño! ¡Despierta!

La voz de la tía E me llega como desde muy lejos. Es un murmullo, pero, aun así, puedo percibir la preocupación que transmite.

Abro los ojos y la veo inclinada sobre mí, agarrándome por el hombro y sacudiéndome para despertarme. Davina está detrás de ella, nerviosa, con una mano en la garganta y los ojos muy abiertos, mirándome fijamente.

Estoy tumbada boca arriba en una cama. La luz de la mañana se cuela por las ventanas, pintando la habitación con tonos difusos de perla y oro. Afuera, el cielo es de un azul cristalino. Un pájaro solitario gorjea alegremente en algún lugar fuera de mi vista.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

—Estás en casa, cariño. Estás a salvo. Estabas teniendo una pesadilla y gritabas como una posesa a la luz de la luna.

Me siento débil y desorientada, tengo el pulso acelerado y la respiración superficial. Tía E me aprieta la frente con los dedos, cacareando su preocupación.

—Tienes mucha fiebre, May. No, no intentes sentarte. Estás enferma. —Se vuelve hacia tía D—. ¿Podrías traer un poco de té, por favor?

Davina asiente con la cabeza y sale apresurada de la habitación.

Me humedezco los labios resecos.

—¿Dónde está Bea? —susurro.

—En el invernadero con Q.

Pienso en una criatura con cuernos y alas y el pánico me sube por la garganta, tan caliente y punzante como la bilis.

—¿En el invernadero?

La tía D asiente.

—Anoche, el viento abrió la puerta y tiró algunas macetas. No te preocupes por eso ahora, cariño. ¿Cómo te sientes?

—Tengo náuseas, mareos…, vértigos.

También me siento confusa, pero no lo digo en voz alta.

No estoy del todo convencida de que esto no sea un sueño ni de que el sueño no sea realidad.

Todo parece artificial, como si hubiera entrado en el plató de un programa de televisión.

Incluso la alegre luz del sol parece falsa, con un borde duro y antinatural que hace que me piquen los ojos.

Ella asiente con la cabeza y vuelve a chasquear la lengua.

—Has cogido un virus. Lo mejor que puedes hacer es quedarte en cama e hidratarte bien. Lo que necesitas es descanso y líquidos. Te prepararé una buena sopa de setas.

Me da una palmadita en el hombro, sale de la habitación y cierra la puerta a su espalda.

Se cierra con un clic siniestro que suena como el cerrojo de una celda deslizándose en su sitio.

Me incorporo hasta quedarme sentada y espero un momento a que la habitación deje de dar vueltas antes de coger el teléfono de la mesilla de noche. Con manos temblorosas, busco mis mensajes y los reviso.

El mensaje de Ronan ha desaparecido. Tampoco hay constancia de ninguna llamada telefónica.

Lo de anoche no ha ocurrido. No me ha follado en el invernadero, ni le han salido unas alas enormes, ni ha bebido su propio semen directamente de mi culo como si fuera vino francés de una botella.

Todo ha sido un sueño febril.

Mientras miro la pantalla del teléfono, me doy cuenta de que falta algo más.

El mensaje que le envié a Ezra después de que huyera del callejón tampoco está.

El pánico que zumbaba en mis oídos se instala en lo más profundo de mi cuerpo, invadiendo mis células hasta que me siento frenética e incapaz de recuperar el aliento.

Las llamadas que hice al trabajo tampoco aparecen en la lista de llamadas. Cuando reviso el correo, tampoco están los que envié.

Me siento en el borde de la cama, sudando por el miedo, con el pulso acelerado, hasta que la tía D regresa con una taza de té humeante.

Me ve y se detiene en seco.

—Por Dios, cariño, tienes muy mal aspecto. Si no te encuentras mejor esta tarde, llamaremos al médico. —Me quita el teléfono de la mano, lo deja en la mesilla de noche y me da la taza de té, ayudándome a sujetarla hasta que consigo mantenerla firme.

Contemplo los remolinos dorados durante un momento antes de levantar la vista hacia su rostro.

—¿Ha venido Ezra esta mañana?

Ella frunce el ceño.

—¿Ezra?

No. Dios mío, no. Esto no me puede estar pasando a mí.

—Lo conociste ayer por la mañana —digo con voz débil—. Llegó sin avisar y se presentó aquí, la tía E y tú lo recibisteis. Pelo rubio. Chaqueta azul marino. Gafas de montura fina.

Me mira en silencio durante un buen rato, con una arruga de preocupación entre las cejas.

—Bebe el té y descansa, cariño. Hablaremos cuando te sientas mejor.

Me tiemblan tanto las manos que el té me gotea por la barbilla cuando intento beberlo. La tía D me tranquiliza y me ayuda de nuevo, rodeando mis manos con las suyas para que no derrame ni una gota más.

Tengo tanta sed y estoy tan deshidratada que acabo toda la taza de un trago.

Eso la complace. Me sonríe radiante, me quita la taza vacía y me acaricia el pelo con la mano.

—Ya está —dice en tono tranquilizador—. Pronto te sentirás mucho mejor. Descansa, cariño. Volveremos a verte más tarde.

El té me deja un regusto amargo y calcáreo en la lengua. Me vuelve a doler la cabeza y las náuseas empeoran. Cierro los ojos para combatir la sensación de que la habitación se inclina.

—¿Dónde está Bea?

—Está perfectamente bien, cariño. No te preocupes. No te preocupes por nada.

Vuelve a salir de la habitación tarareando una alegre melodía.

Cuando la puerta se cierra tras ella, intento levantarme. Me tambaleo, pero consigo arrastrarme hasta el baño. Cuando enciendo la luz del techo, me quedo sin aliento al ver mi reflejo en el espejo.

Mi piel tiene la palidez de un cadáver y veo ojeras alrededor de los ojos. Mi pelo es un nido de ratas lleno de nudos y enredos. Parece como si llevara enferma un mes, en lugar de una sola noche.

Me echo agua fría en la cara, con la esperanza de que eso me despierte, pero al inclinarme sobre el lavabo, el mareo empeora. Cuando me enderezo, casi me caigo, y agarro la barra de la toalla justo a tiempo para evitar desplomarme.

Uso el inodoro con la cabeza palpitando y vuelvo arrastrando los pies a la cama. Me detengo cuando veo mi bolso en la cómoda.

Con el corazón latiéndome con fuerza, cruzo la habitación, abro el bolso y miro dentro.

El espolón ha desaparecido.

¿Alguna vez ha estado aquí?

Miro con intensidad el bolso vacío mientras el pájaro cantor de fuera gorjea su inocente canción y un oscuro gusano de miedo comienza a consumirme.

A primera hora de la tarde, llega a Blackthorn Manor un médico.

Es joven y está en forma, luce bastante guapo con la bata azul claro, y la tía D lo acompaña a la habitación tras llamar suavemente a la puerta. Debo haberme vuelto a quedar dormida, porque no recuerdo nada de lo que ha pasado desde que miré el móvil hasta ahora.

Hay un plato de sopa vacío y una cuchara en la mesilla de noche junto a la cama. Tampoco recuerdo haber comido, pero debo de haberlo hecho. Tengo un ligero sabor a setas en la boca.

—May, este es el doctor Hansen —dice Davina, hablando en el tono tranquilizador que se usa con los niños que lloran o los enfermos terminales—. Ha venido tan pronto como ha podido. Es muy bueno en su trabajo, así que sé completamente sincera con él para que pueda curarte. Os dejaré a solas.

Cuando ella se marcha, el doctor Hansen acerca una silla, la coloca junto a la cama, deja en el suelo la bolsa de cuero marrón que lleva en la mano y luego me sonríe.

—Hola, May. Me han dicho que no se encuentra bien. ¿Por qué no me cuenta cuáles son sus síntomas?

Me resisto a hacerlo, pero probablemente sea solo por mi rebeldía habitual. Me siento más erguida contra las almohadas.

—No sabía que los médicos aún hacían visitas a domicilio.

—Una de las ventajas de ser médico en un pueblo pequeño es que no estoy tan saturado de pacientes como los médicos de las grandes ciudades, por lo que puedo ofrecer una atención más personalizada.

Sospecho que esa «atención personalizada» que le ha estado dando a la tía D tiene más que ver con su presencia aquí que cualquier otra cosa.

No se me escapa la fugaz mirada de lujuria que se intercambiaron los dos antes de que ella se excusara. Este debe de ser el médico del que me habló antes de que llegáramos Bea y yo, el que tiene «resistencia».

—Creo que he cogido algún tipo de virus agresivo.

—Davina dice que ha tenido fiebre. ¿Algún otro síntoma?

Admito a regañadientes la lista.

—Náuseas. Hemorragias nasales. Dolores de cabeza. Mareos. Alucinaciones.

Cuando arquea las cejas con sorpresa, me apresuro a corregir lo último para no parecer una loca.

—Me refería a sueños. Sueños vívidos. —Parece aliviado, luego asiente y sonríe.

—De acuerdo. No es raro cuando se tiene fiebre. ¿Algo más?

Pensando en los correos, mensajes de texto y llamadas perdidas, me siento ridícula.

—Últimamente me parece que ando algo olvidadiza.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Unos días. ¿Quizá una semana? —Emito una risita nerviosa—. Los días se me confunden.

—¿Qué medicamentos está tomando?

—Ninguno.

—¿Tiene antecedentes de abuso de alcohol o drogas?

—No.

—¿Le han diagnosticado alguna enfermedad?

—No. Siempre he gozado de una salud de hierro. Ni siquiera he tenido caries.

—¿Alergias?

—Ninguna.

Mete la mano en su maletín y saca un estetoscopio.

—¿Le importa si le ausculto el corazón?

—Adelante.

Se pone de pie y me coloca primero la redonda campana metálica en el pecho y luego en la espalda, entre los omóplatos, y escucha con las olivas durante unos segundos en cada lugar.

Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy en pijama, y no con la bata que llevaba anoche cuando bajé a por el whisky que al final no tomé porque me metí en el invernadero para que un monstruo con forma de Ronan me destrozara el culo.

No tengo ni idea de cuándo terminó la realidad ayer y comenzó la versión obscena de Alicia en el País de las Maravillas.

El doctor Hansen me indica que inhale profundamente y luego suelte el aire.

—No hay signos de congestión en los pulmones y el corazón suena bien —dice después de escuchar el funcionamiento interno de mi pecho—. Voy a tomarle la tensión arterial.

Lo hace, asegurándome que es normal, y luego me mide la temperatura con un termómetro digital.

—Treinta y seis grados centígrados y medio exactos. Si tenía fiebre, ya le ha bajado.

Me siento cada vez más ridícula.

—Voy a examinarle la garganta y los oídos.