36 Maven #2
—Eres tú —dice con la voz baja y ronca—. Siempre has sido tú. Cualquier otra persona solo podría ser una sustituta. ¿Cómo es posible que no lo sepas, joder?
Mi corazón se regocija al oír sus palabras.
—Probablemente porque has estado demasiado ocupado tratándome fatal —respondo.
—Perdóname.
—Pídelo por favor.
—Por favor.
Observo su hermoso rostro, tan querido para mí y a la vez tan irritante, y suelto el aire que he estado conteniendo durante años.
—Te perdono. Te lo perdono todo. Ahora, por favor, dime que tú también me perdonas, porque he sido una cabrona contigo.
—No hay nada que perdonar. Me lo merecía. Me lo merecía todo.
Lo pienso por un momento y luego sonrío.
—Es verdad. ¿Vas a volver a besarme o nos vamos a quedar aquí de pie hablando?
Me besa con tanta intensidad que me deja sin aliento.
Sin apartar la mano de mi cabello, recorre mi cuerpo con la otra.
Primero me aprieta el trasero, luego me agarra la cadera y me acerca a él para que su erección quede contra mi vientre.
Me estremezco cuando desliza la mano hacia arriba y me acaricia un pecho a través de la bata; pasa el pulgar por el pezón endurecido hasta que se pone enhiesto y me duele.
Sin previo aviso, me levanta y me lleva hasta la mesa de madera más cercana.
Me deja al lado, extiende el brazo y tira las macetas de terracota llenas de hierbas y plantas al suelo de piedra, donde se rompen en mil pedazos con un gran estruendo, salpicando tierra por todas partes.
Luego me sube por las caderas y me pone sobre la mesa, inclinándose para meter su lengua con avidez en mi boca.
—Nos van a oír —susurro separándome con el corazón acelerado.
—Que nos oigan.
Aplasta una mano sobre el centro de mi pecho y me empuja hacia abajo, de modo que quedo tumbada boca arriba sobre la mesa, con los muslos separados alrededor de sus caderas.
Cuando se inclina sobre mí en las sombras, parece mitad hombre y mitad animal, con las fosas nasales dilatadas y los músculos del cuello marcados.
Tira con impaciencia del cinturón de mi bata, desata el nudo y aparta la tela para dejarme completamente desnuda ante él.
Ver mi piel desnuda le hace sisear de placer.
Se toma un momento para devorarme con la mirada antes de inclinarse para chupar mis rígidos pezones, primero uno y luego el otro, después va de uno al otro mientras yo me retuerzo y jadeo, esperando que una de mis tías nos interrumpa en cualquier momento.
Me chupa los pechos, lamiéndolos y mordiéndolos. Hace girar su lengua una y otra vez hasta que se sienten pesados e hinchados, y yo muevo mi pelvis contra la suya mientras hago todo lo posible por reprimir mis gemidos. Luego se apodera de mi boca con otro beso voraz y descansa sobre mí todo su peso.
Cuando deslizo una mano entre nuestros cuerpos y aprieto su dura longitud, él contiene el aire y se queda paralizado, casi como si lo hubieran sacado de un trance.
—Espera, no podemos…
—Sí, podemos —le interrumpo, acariciándolo a través de los pantalones. Ya estoy mojada, desesperada por tenerlo dentro de mí, por que llene el vacío de mi interior. Tras forcejear con su cinturón, finalmente se lo desabrocho y le bajo la cremallera. Su polla dura salta libre a mis manos.
Cuando se la aprieto con suavidad, él gime mi nombre.
Está rígido e inmóvil sobre mí, con los antebrazos apoyados a ambos lados de mi cabeza, respirando con dificultad. Muevo las caderas, arrastrando su gruesa punta por la humedad de mi entrada, pero él no me penetra.
No sé por qué se contiene cuando es obvio que quiere lo mismo que yo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?
—No soy quien tú crees que soy —dice con la voz ronca y el rostro contraído.
Sea cual sea la causa de esta repentina crisis de conciencia, no la voy a aceptar. Le cojo la cara entre las manos y lo miro a los ojos.
—Sé exactamente quién eres, Ronan. Eres mío. Y yo soy tuya. Y eso es todo. ¿Entendido?
Con los labios entreabiertos y los ojos brillantes, me mira en silencio, atónito.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Te reclamo, demonio. Y tú me reclamaste hace mucho tiempo. Nos pertenecemos el uno al otro. Nada más importa.
Me contempla aturdido.
—Nada más importa —murmura con reverencia.
Flexiona ligeramente las caderas, de modo que la punta de su pene separa los labios de mi sexo. Pero no es suficiente. Necesito más. Lo necesito todo. Lo beso en la boca, en la barbilla, en las mejillas, luego enredo mis piernas alrededor de su cintura y engancho mis tobillos.
—Nada más importa. Ahora fóllame. Toma lo que es tuyo —susurro mirándolo a los ojos.
Sus pestañas se agitan. Me da un beso muy suave en los labios, apoyando más su peso sobre mí para que nuestros pechos se unan, y pueda sentir cuán salvaje late mi corazón.
Cuando le lamo el contorno de los labios, pierde la compostura. Con un rápido movimiento de pelvis, se introduce en mí.
Jadeo y me arqueo sobre la mesa mientras su largo y duro miembro invade mi cuerpo.
Me muerde el cuello como un animal en celo con su pareja, y gruñe contra mi piel mientras se impulsa con las caderas, follándome con golpes despiadados sin dejar de tirarme del pelo.
Inmovilizada por su peso, no puedo hacer nada más que recibir lo que él me da.
Me siento abrumada por él, por su olor, su calor y su poder, tan excitada que empiezo a delirar.
Me susurra algo al oído, su aliento caliente recorriendo mi piel y dejándome la piel de gallina.
—Mea es.
Su polla se hincha dentro de mí, más dura y larga que antes, hasta que me parece que no podré soportar más ese enorme órgano.
Pero lo hago, suelto un gemido de placer mientras folla mi húmedo agujero.
Vuelve la atención a mis pechos, los sujeta con las manos y chupa con fuerza cada rígido pezón.
El oscuro cabello le cae sobre el rostro, extendiéndose para arañar mi piel como cientos de pequeñas garras.
El olor a cedro quemado, almizcle animal y algo caliente y metálico como hierro fundido inunda mis fosas nasales.
A medida que mi placer aumenta y mi orgasmo se acerca, el pánico comienza a apoderarse de mí.
Gruñendo, Ronan se clava profundamente en mi coño chorreante.
Jadeo su nombre. Se incorpora, me agarra el trasero con unas manos que parecen haber crecido aún más de lo habitual, y me embiste una y otra vez, con envites cada vez más salvajes y erráticos hasta que mis pechos rebotan y él levanta mi cuerpo de la mesa para cabalgarme con fuerza.
Más allá del techo de cristal del invernadero, todas las estrellas del cielo nocturno se apagan. El brillante orbe de la luna está envuelto por nubes oscuras y amenazadoras.
Se está gestando algo terrible.
Lo siento en el aire, en mi sangre, en lo más profundo de mis huesos.
Un chorro de semen golpea mi cérvix, caliente y contundente. Abro la boca en un grito silencioso. Mi útero se contrae violentamente, convulsionando con un orgasmo tan fuerte que podría partirme en dos.
Ronan emite un gruñido profundo y animal mientras yo me retuerzo debajo de él, mi cuerpo se contorsiona y se entrega mientras me utiliza para su placer. Es implacable, me folla sin parar durante mi orgasmo, sus dedos se clavan en la tierna carne de mi trasero, dejándome moretones.
—Mea es.
Su voz resuena en el invernadero, tan profunda y oscura que parece surgir de un abismo sin fondo.