36 Maven
Vuelvo a casa con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y el cuello levantado para protegerme del frío, preguntándome si Ezra habrá empezado a beber antes de llegar al restaurante. Su comportamiento durante toda la noche ha sido completamente inusual.
Mis tías y Q no están por ninguna parte cuando llego a casa.
Voy a la habitación de Bea, a ver cómo está, y la encuentro profundamente dormida, con un libro aún abierto en la mano.
Dejo el volumen en la mesita de noche y le doy un beso en la frente antes de ir a mi habitación para desplomarme en la silla junto a la cómoda y pensar.
Es como si tuviera la cabeza llena de puré de patatas. Apenas sé dónde está arriba y dónde abajo.
Miro el teléfono para ver si hay alguna llamada perdida, pero no hay ninguna. Mi bandeja de entrada también está vacía, así que le envío un mensaje a Ezra para ver si se encuentra bien. No recibo respuesta.
Agotada, me desnudo y me meto en la cama. Contemplo el techo, con la mente a mil, hasta que mi móvil suena porque he recibido un mensaje de Ronan.
«Si vuelve a faltarte al respeto así, le cortaré la lengua».
Con el corazón acelerado, miro el mensaje con incredulidad. ¿Cómo ha oído lo que Ezra me ha dicho en el callejón? ¿Me está siguiendo? ¿Estaba allí?
Al recordar la mirada de terror en el rostro de Ezra antes de huir, sospecho que sí. Probablemente vigilándome, blandiendo un machete. Pero el callejón estaba vacío cuando me di la vuelta.
Esto requiere una investigación más profunda.
«¿Quién? ¿De qué estás hablando?».
Suena el teléfono.
—¿Hola?
—No estoy de humor para juegos —gruñe Ronan—. Ya sabes quién soy, joder. Ese mierdecilla chillón tiene suerte de que no le haya metido una bala en la cabeza por cómo te ha hablado.
Su voz es grave, increíblemente sexy a pesar de su evidente enfado. No sé si es su actitud protectora o ese tono rudo lo que me excita, pero parece que las señales de alarma son mi lenguaje amoroso, porque estoy caliente de la cabeza a los pies.
—¿Me has seguido?
—Protejo lo que es mío —responde con brusquedad.
—Eso no tiene sentido, teniendo en cuenta que me has dicho que me fuera del pueblo.
—¿De verdad crees que eso es lo que quiero, joder?
—Entonces, ¿por qué lo has dicho?
Un gruñido grave y retumbante, como la advertencia de un animal, resuena al otro lado de la línea.
Nunca me ha parecido tan enfadado. Es como un león dando vueltas, una bestia salvaje a punto de abalanzarse sobre su presa.
Debería estar asustada, pero, obviamente, mi cerebro ha dejado de funcionar porque, en cambio, me excita.
—No pongas a prueba mi paciencia, mujer —dice entre dientes—. Esta noche no.
—¿Qué tiene de diferente esta noche?
—Sabes perfectamente lo que es diferente.
—Lo único que se me ocurre es que he tenido una cita. ¿Podría ser eso?
Ahí viene otra vez ese peligroso rugido, que me hace temblar nerviosa de pies a cabeza.
—Ten cuidado, Maven. Si sigues así, ese tono sarcástico te saldrá por la culata.
—¿Qué quieres decir? ¿Que vendrás aquí y me darás unos azotes?
En la pausa que sigue, le oigo respirar de forma entrecortada. Me lo imagino agarrando el teléfono con tanta fuerza que podría partirlo por la mitad.
—Oh, te daré algo mucho más que eso —dice con la voz mortalmente suave, luego cuelga.
Suspirando, dejo el teléfono en la mesilla de noche y me acuesto de nuevo, dejando la lámpara encendida.
Cuento hacia atrás desde cien para intentar distraerme y poder dormirme, pero no consigo que mi mente deje de dar vueltas con preguntas sin respuesta.
Me siento inquieta y febril, y aparto las mantas para que el aire refresque mi piel acalorada.
Finalmente, me rindo y me levanto de la cama. Me pongo una bata, me ato el cinturón alrededor de la cintura y bajo a la cocina en busca de algo fuerte que me ayude a dormir. El whisky debería servir. Estoy buscando un vaso en el armario sobre el fregadero cuando veo un movimiento en el jardín.
Es solo una sombra, pero se mueve como humo líquido, deslizándose hacia el invernadero por el espacio que queda debajo del umbral de la puerta, y luego reaparece como una mancha amorfa elevándose dentro del cristal.
Mis ojos me engañan, porque la sombra parece estar iluminada desde dentro por brasas rojas brillantes que flotan y revolotean, apagándose cuando tocan el suelo.
Me quedo paralizada por un momento, entrecerrando los ojos para ver la noche más allá de las ventanas, con el corazón acelerado, hasta que finalmente decido que ya he tenido suficientes misterios para toda una vida.
Harta, golpeo la encimera con el vaso y salgo.
Cruzo el patio y entro en el invernadero, abriendo la puerta de par en par con la esperanza de encontrar a un intruso enloquecido que me amenace con un cuchillo a la cara para poder cometer un homicidio muy necesario.
Me detengo a unos metros de la puerta y lanzo un grito a la oscuridad.
—Si hay alguien aquí que no sea de mi familia, le voy a dar una paliza.
Una risita surge de entre las sombras.
—Cuánta rabia cabe en un cuerpo tan pequeño. Es un milagro que no ardas de forma espontánea.
La voz es grave y divertida. Ronan hace aparición desde detrás de una de las largas mesas de madera repletas de plantas al otro lado del invernadero. Incluso en la oscuridad, su sonrisa es claramente visible.
Y, oh, lo que me hace sentir verlo. Daría mi brazo izquierdo por mostrarme indiferente a él, pero cada vez que veo su rostro, mi corazón da un salto.
El muy terco nunca aprende.
—¿Qué haces aquí? —pregunto.
—Quizá he venido a darte los azotes que me pediste.
Sus palabras y el tono ronco con el que las pronuncia hacen que mis pezones se tensen de excitación, pero no pienso decírselo.
—Inténtalo y perderás una mano. ¿Por qué merodeas en las sombras? No, no respondas. Ya sé que eres una amenaza.
—No sabes ni la mitad.
A mis espaldas, la puerta emite un chirrido y se cierra de golpe. Frunzo el ceño y miro por encima del hombro. Cuando me vuelvo, Ronan está justo delante de mí, mirándome con los ojos entrecerrados.
Le preguntaría cómo ha llegado aquí tan rápido, pero estoy demasiado distraída por su abrumadora presencia.
Lleva un precioso abrigo negro de lana con el cuello levantado, y tiene todo el aspecto de un señor feudal que ha salido a dar un paseo nocturno por los páramos infestados de hombres lobo.
Percibo el aroma de su piel, una mezcla masculina de humo de leña y almizcle, y reprimo un escalofrío involuntario.
—Hay mucho sitio aquí, Ronan —le espeto temblando—. No tienes por qué invadir mi espacio personal de forma tan agresiva.
—Así que ese es tu falso prometido —responde, sin hacer ningún movimiento para retroceder—. Supongo que ese aire de profesor distraído que tiene podría ser suficiente para una mujer menos exigente, pero es demasiado frágil para una Blackthorn.
—No es frágil.
Ronan se burla.
—Por favor. Es como una taza de té de porcelana. Su grito ha sido patético. Probablemente se cagó encima.
Tengo que esbozar una sonrisa porque podría tener razón. Nunca he visto a nadie tan aterrorizado.
—No entiendo por qué te preocupa.
—Sabes perfectamente por qué me preocupa.
—Te olvidas de Wonder Woman otra vez. Tienes novia, ¿recuerdas? O tal vez el tamaño de sus pechos te ha borrado la memoria.
Sus ojos brillan con ira.
—¿Acaso son celos lo que detecto en ese tono mordaz?
—Por supuesto que no. No me importa lo que hagas ni con quién te acuestes. Al igual que a ti no te importa lo que yo haga, por eso me dijiste que me fuera del pueblo, ¿verdad? —No pica el anzuelo—. ¿O hay alguna otra razón que quieras compartir por la que de repente quieres que me vaya? —añado.
Me mira fijamente en un silencio ardiente mientras le palpita un músculo en la mandíbula. Un millón de pensamientos tácitos y deseos contradictorios parecen agitarse detrás de sus ojos.
—A la mierda —murmura finalmente después de largo y tenso silencio.
Me agarra y aplasta su boca contra la mía.
Sus brazos me inmovilizan contra su cuerpo, bebe profundamente de mi boca y gime cuando yo respondo a su pasión. Le beso con una mezcla de alivio y euforia que me deja mareada. Es grande y masculino, duro en todo lo que yo soy blanda, pero encajamos como si estuviéramos hechos el uno para el otro.
Y en algún nivel más profundo que el pensamiento racional, creo que lo estamos.
A pesar de todos los errores que hemos cometido el uno contra el otro, a pesar de la animosidad que siempre ha existido entre nuestras familias, a pesar de todos los obstáculos que conspiran para mantenernos separados, encajamos de una manera en la que nunca he encajado con nadie más.
Somos como dos manos unidas con los dedos entrelazados.
Sé que nunca podré separarme de él. No importa lo lejos que huya o lo elocuente que sea mi mentira, mi corazón pertenece a este hombre.
Lo amo.
Y aunque él nunca sienta lo mismo, el hecho de que Bea haya sido concebida con el único hombre al que realmente he pertenecido es una satisfacción en sí misma.
¡Que Dios nos ayude!, pero las dos somos de Ronan.
Cuando rodeo con los brazos sus anchos hombros y me arqueo contra él como una gata, frotando mis pechos contra su pecho y maullando de placer, él me agarra del pelo y rompe el beso.
Respira entrecortadamente mientras me mira con sus ojos oscuros llenos de secretos.
—Lo quemaría todo por ti, Maven —dice con la voz ronca.
—¿Qué quemarías? —susurro temblando.
—Todo. Toda mi vida. Este pueblo. Todo el maldito mundo si me lo pidieras. Si dijeras que eres mía y lo dijeras en serio, prendería fuego a todo lo que nos separara y luego plantaría nuestra maldita bandera en las cenizas.
Lo miro a la cara con incredulidad, sabiendo en mi alma que cada palabra que dice es sincera, pero aun así tratando de comprenderlo.
—¿No estás enamorado de Wonder Woman? —le pregunto mientras hundo los dedos en la espesa maraña de su pelo.
Un sonido de disgusto retumba en su pecho.
—Sabes que no. Sabes de qué se trataba.
—Quiero que lo digas en voz alta.
Traga saliva. Le tiembla la mano con la que me agarra del pelo.