Blackthorn 35 Maven
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35 Maven

Recordando lo críptico que ha sido Ronan sobre el hecho de que ha puesto a alguien a vigilar mi casa, le he dicho a Ezra que nos veamos en el restaurante. De todos modos, es mejor así, porque se parece menos a una cita si no viene a recogerme.

Sé que afirma que ha aceptado lo de «solo somos amigos», pero nadie conduce siete horas para ver a una amiga que acaba de romper contigo, aunque la hayan despedido de su trabajo.

Las cuentas no salen.

Esto se parece más a que se cree un caballero errante galopando en su caballo blanco porque así va a salvarme. Si ese es el caso, esta cena va a ser muy deprimente.

Me está esperando dentro del restaurante italiano. Lo saludo con la mano mientras espero a que este lugar no tenga grandes bloques de cemento a punto de caerme en la cabeza. La camarera nos acompaña hasta nuestra mesa y se aleja después de tomar nota de las bebidas.

—Me gustaría hacerte una pregunta, si no te importa —digo.

—Por supuesto que no me importa. ¿Qué es?

—¿Por qué no me has mencionado la reunión de personal cuando hablamos por teléfono?

Coge la servilleta de lino de la mesa y se la coloca sobre el regazo, luego endereza el plato hasta que el dibujo del borde queda alineado con los cubiertos.

—Pensaba que ya lo sabías. No se me ocurrió que Luce no te lo hubiera dicho antes a ti. Pero parecías tan extraña, tan inquieta, que decidí tomarme el día libre y venir aquí para verte. —Levanta la vista del plato y me mira a los ojos—. Parecía que necesitabas un amigo.

Ahí está esa palabra otra vez. Es posible que esté un poco confundido sobre su significado.

—Ha sido muy considerado por tu parte.

—¿Has podido contactar con Luce?

Niego con la cabeza.

—Le he dejado un mensaje de voz. Y también le he enviado un correo. No sé si me devolverá la llamada. Tengo la sensación de que tendré que tratar con Recursos Humanos o con el departamento jurídico.

Sus ojos se oscurecen.

—Es una mierda cómo te han tratado. Eres un miembro muy valioso del equipo.

—Es muy amable por tu parte. Todavía no puedo entenderlo.

—¿Has pensado en qué vas a hacer ahora?

Mi risa no contiene ni pizca de humor.

—Es un poco pronto para hacer planes. Voy a concentrarme en el martini que me van a traer. Es lo único que mi cerebro parece capaz de hacer. Estas últimas semanas han sido una locura. No consigo encontrar mi lugar. Cada vez que me doy la vuelta, me espera un nuevo desastre.

—Es comprensible que estés alterada. Has tenido que lidiar con muchos cambios.

Por la mirada tierna de sus ojos, me doy cuenta de que está añadiendo nuestra ruptura a la mezcla. Incómoda, me muevo en mi silla y rezo para que llegue el martini.

Por fortuna, la espera es breve. La bebida está fría, es estimulante y deliciosa. La bebo a sorbos, y me sorprende ver a Ezra bebiéndose una copa de vino tinto. Nunca ha sido muy bebedor.

—Estás nervioso —digo, observándolo.

Se sube las gafas por el puente de la nariz y se ríe.

—Había olvidado lo intimidadora que resultas cuando estamos a solas.

—Ezra, es solo mi cara. No puedo evitar que asuste a la gente.

A Ronan no le asusta en absoluto, pero no estoy pensando en él.

—No es que des miedo, solo se trata de que eres intensa. —Levanto una ceja—. Vale, también das miedo —admite—. Pero en el buen sentido. Mantiene a la gente alerta.

Qué agradable debe de ser tener una cara que no haga que la gente quiera salir corriendo entre gritos. Intento sonreír, pero a juzgar por la expresión de Ezra, no está surtiendo el efecto deseado.

Cuando dejo de sonreír, parece aliviado.

—Tu pelo queda muy bien así. No te había visto llevarlo suelto. Y las raíces son interesantes.

Es una forma educada de decir «raras».

No sabía que soy pelirroja natural porque todas las demás partes de mi cuerpo están depiladas o afeitadas al milímetro. Y me tiño las cejas para que sean oscuras y combinen con mi pelo.

Borrar el pasado supone un gran compromiso.

—Gracias.

Nos sentamos en un silencio incómodamente ruidoso, evitando mirarnos a los ojos mientras él se bebe el resto de su vino y le pide otra copa a la camarera. Decido que es un buen momento para pedirle su opinión.

Saco la garra del bolso, la pongo sobre el mantel y se la acerco.

—¿Qué opinas de esto?

Se inclina y la mira con los ojos entrecerrados, pero no la toca.

—¿Es real?

—No lo sé. Como tú eres el especialista en primates, se me ocurrió preguntarte. Nunca había visto una garra de este tamaño.

La coge y le da vueltas entre sus manos, examinándola detenidamente. Luego niega con la cabeza.

—Esto no es una garra.

Eso me sorprende.

—¿Qué quieres decir?

Levanta la media luna de aspecto feroz.

—Es un espolón.

En cuanto pronuncia la palabra, lo veo. Los espolones pertenecen a los depredadores alados que los usan para matar a sus presas, como las aves rapaces. Pero cualquier ave que tuviera un espolón así tendría que ser del tamaño de un gorila.

—¿Alguna idea de qué animal proviene?

Lo estudia pensativamente y luego niega con la cabeza.

—Lo más parecido es el espolón de un águila arpía, un enorme rapaz nativa de las selvas tropicales de Sudamérica.

Pero ni siquiera esas aves son tan grandes como la que perdió esto.

Suponiendo que sea real, claro. Algo que dudo mucho, teniendo en cuenta la falta de textura y estrías.

Es demasiado perfecto. ¿Dónde lo has encontrado?

Me lo devuelve y acepta con entusiasmo la copa de vino que acaba de traer la camarera.

Guardo el espolón en mi bolso y me encojo de hombros.

—Dando un paseo.

Pedimos la comida y disfrutamos de una agradable y anodina cena. Me termino mi martini y Ezra se toma dos copas de vino más. Cuando terminamos de comer, tiene las mejillas sonrosadas, los ojos vidriosos y se ríe demasiado fuerte de cosas que no tienen gracia.

Está borracho.

Qué tonta he sido al pensar que esta semana no podía ir a peor. Cuando llega la cuenta, insiste en pagar. Luego suelta el aire con fuerza y se levanta bruscamente, tirando del cuello de la camisa.

—¿Podemos salir? Necesito aire fresco.

Ya en la acera, parece nervioso. Cuando le digo que debería llevarlo de vuelta a la posada en su coche, insiste en que está bien.

—No pareces estar lo suficientemente bien como para conducir sin cometer una infracción grave.

—Es solo que estoy nervioso. Es que… tengo algo que preguntarte. Ven, da la vuelta a la manzana. No quiero hacerlo aquí, de pie en la acera.

Desconcertada por su extraño comportamiento, lo veo tambalearse alrededor del edificio y desaparecer en el callejón.

Miro la calle arriba y abajo. Hay muy poca gente fuera, solo una pareja de ancianos caminando del brazo al otro lado de la calzada y una mujer mirando escaparates una manzana más abajo. Las farolas están encendidas, el pueblo se sumerge en la oscuridad y todo sigue igual.

¿Por qué actúa de una forma tan extraña?

Voy hacia el callejón y me encuentro a Ezra paseándose frente a un contenedor rebosante de basura, retorciéndose las manos. Se detiene y me mira.

—Ezra, ¿estás bien?

—Sí.

Me meto en el callejón, evitando el río viscoso de agua negra que serpentea por el centro de los adoquines, y me reúno con él junto al contenedor de basura.

Casi espero a que aparezca alguien con una máscara y una pistola y me arrastre a una furgoneta cercana, porque ese es el tipo de mes que estoy teniendo.

En cambio, Ezra se alisa las solapas de la chaqueta con las manos, cambia el peso de un pie a otro y respira hondo.

—Creo que deberíamos casarnos —suelta.

¡Oh, Dios! Sinceramente, habría preferido el secuestro.

—Bueno. Eso es…, er…, eso es una sorpresa.

Se acerca, asintiendo con la cabeza.

—Lo sé. Permíteme explicarte mi razonamiento.

—No es necesario…

—Sé que no me quieres —me interrumpe—. Si te soy sincero, yo tampoco sé si te amo.

Eres tan… tú. Pero tenemos la edad adecuada, somos muy compatibles y he hecho los cálculos, May.

Las probabilidades de que cualquiera de los dos encuentre a alguien más adecuado como pareja son de más de un millón a uno.

No puedo creerlo. La primera vez que me proponen matrimonio, es en un callejón oscuro, frente a un montón de basura apestosa, y lo hace un científico borracho que ha tenido que hacer cálculos estadísticos antes de decidirse.

—Es un argumento muy convincente.

No capta en absoluto mi tono sarcástico porque vuelve a asentir con entusiasmo.

—¡Yo también lo creo! Pero espera, hay más.

Esto no puede estar pasando. Estoy viviendo en un anuncio publicitario. Está a punto de sacar un juego de cuchillos de debajo de su chaqueta y decirme la gran ganga que obtendré si me caso con él, porque vienen incluidos en el trato… Y se afilan solos.

—No necesito oír nada más.

—Por favor, déjame terminar.

Se tambalea a mi alrededor, así que tengo que girarme para verlo frente a la entrada del callejón por el que hemos entrado. Está tan nervioso que no puede quedarse quieto, pero por otro lado está demasiado borracho y no deja de tambalearse.

—Lo he pensado bien. Sé que necesitas tu espacio, y yo también disfruto de mi privacidad, así que podemos llegar a un acuerdo especial si quieres.

Podemos vivir cada uno en su casa, llevar nuestras vidas por separado y vernos los fines de semana.

Por supuesto, si quieres vivir conmigo, también estaría bien.

En cualquier caso, yo lo pagaré todo. —Me lanza una mirada compasiva—.

Y ahora que estás sin trabajo, quizá te interese aprovechar el ahorro.

—Nunca he oído nada más calculado y menos atractivo.

Demuestra lo poco que me conoce al pensar que esta es una buena estrategia.

Atónita, lo miro mientras continúa—. Sé lo independiente que eres, pero Bea necesita un padre.

Y, si me permites el atrevimiento, tú no vas a rejuvenecer.

—¡Ni siquiera tengo treinta años!

—Sin embargo, tu fertilidad ya ha disminuido drásticamente. El noventa por ciento de tus óvulos ya han desaparecido. En pocos años, serás estéril.

—¿Quién ha hablado de tener hijos, por el amor de Dios?

Sorprendido, parpadea

—¿No es eso lo que quieren todas las mujeres?

Empiezo a preguntarme cómo será su relación con su madre.

—No, queremos amor y respeto y una pareja que no sea un completo imbécil. E incluso eso parece ser pedir demasiado.

Examina mi expresión durante un instante antes de hablar.

—¿Estás menstruando? Pareces muy sensible.

Lo miro con el ceño fruncido.

—Ezra, ten cuidado —espeto—. Todavía tienes la nariz recta. Puede que no siga así mucho más.

Se detiene en seco y me mira con esa mirada compasiva otra vez.

—Esta es mi última observación. ¿De verdad crees que podrías encontrar a alguien mejor que yo?

Eso duele. Lo que era su intención. Disfruta claramente de la expresión de dolor de mi rostro. Las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa cruel. Entonces, su mirada se desplaza a un punto por encima de mi cabeza y su sonrisa se desvanece con rapidez.

Se pone rígido. Su rostro se vuelve pálido. Aprieta los labios y luego emite un gritito ahogado.

Da un paso hacia atrás, tropieza y se cae de culo. Se pone en pie a toda prisa y sale corriendo hacia la calle, sin mirar atrás.

Con el corazón latiéndome con fuerza, me giro y miro por encima del hombro. No hay nada.

El callejón está vacío.