34 Maven #2
—Sí, estoy furiosa, y deja de hablar de mí en tercera persona. No soy de la realeza y tú tampoco, a pesar de lo que piensas de ti mismo.
Su paciencia se agota.
—Vale, Maven —gruñe—, este es un buen momento para usar todas esas palabras rimbombantes que sabes y decirme de qué coño estás hablando.
Respiramos los dos en un silencio hostil hasta que me recompongo.
—Déjame decirlo de forma educada en lugar de como realmente quiero. ¿Has hecho que me despidieran de mi trabajo?
Él resopla.
—Nooo, estoy seguro de que tu encantadora personalidad ha hecho solita todo el trabajo, cariño.
Hago una pausa para disfrutar de que me llame cariño, luego lo dejo a un lado para volver a retomar mi ira.
—Es parte de tu plan, ¿verdad?
—Ni siquiera debería preguntarlo, pero ¿qué plan es ese?
—¡El de llevarme al borde de la locura!
—Es obvio que está funcionando —responde secamente.
Es probable que el vapor que me sale de la cabeza me esté rizado el pelo.
—No sé a qué demonios estás jugando, Ronan, pero no dejaré que me arruines la vida. Lo digo en serio.
Su voz se vuelve mortalmente suave.
—Esto no es un juego, Maven. Lo que hay entre nosotros nunca ha sido una broma. Ha sido una cuestión de vida o muerte desde el principio. Todo o nada. Triunfar o fracasar. Vivir o morir.
Alejo el teléfono de mi oído y hago una mueca.
—Lo siento, debo de haber marcado un número equivocado. He llamado a un lunático. Buscaba al otro lunático, el que trama todas las maldades en su tiempo libre.
Se produce un largo silencio. Luego, emite un profundo suspiro.
Estoy segura de que se ha grabado una y otra vez haciendo ese sonido solo para conseguir el equilibrio perfecto entre el resentimiento y la decepción, porque es demasiado convincente.
Suena agotado.
Es horrible, qué gran farsante…
Pero parece obvio que no va a ceder ni un ápice, así que le pregunto dónde está mi pistola.
Él emite un sonido de burla, una risa que solo el rey de la presunción podría lograr.
—¿Esa tonta antigualla de seis tiros que llamas arma? La tiré a la basura. Te compraré algo más moderno.
¿Quién tira un arma a la basura? ¿Qué le pasa a este hombre?
—Que sea uno de esos láseres de Star Trek que pueden evaporar a los villanos con solo pulsar un botón, por favor. Sería muy útil.
—¿Sabes lo que creo? —dice un momento después.
—No, pero seguro que será algo revolucionario.
—Qué lengua más rápida tienes… Lo que iba a decir es que creo que esta es otra excusa para llamarme.
—Espera, déjame rebobinar la llamada para poder reproducirte tu suspiro melodramático.
—Si realmente pensabas que te han destituido de tu cargo por mi culpa, ¿por qué no has contactado inmediatamente con la policía?
¿Con la prensa? ¿Con cualquiera de mis enemigos?
¿No habría sido mejor exponer mis fechorías ante un público que sin duda se habría alegrado de que el gran villano corporativo finalmente recibiera su merecido?
Lo pienso un momento y luego asiento con la cabeza.
—Tienes razón. Tengo que colgar. Me toca hacer algunas llamadas. —El silencio que sigue pone a prueba los límites de mi paciencia. Me siento en el borde de la cama y me pellizco el puente de la nariz—. Resumiendo: lo niegas todo.
—Sí, lo niego, joder, porque no he tenido nada que ver con eso.
—Suena enfático. Estoy agotada. No sé qué hacer—.
Me he ganado tu desconfianza —acepta, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido suave y cariñoso—.
Lo sé. Quizá algún día tenga la oportunidad de arreglarlo.
Pero yo no he hecho que te despidieran. No puedo convencerte, pero te guste o no, es la verdad.
Me empieza a doler la cabeza. Estoy mareada por el cansancio o quizá por el hambre. Quiero lanzarle una piedra a la cara, pero también quiero que me abrace y me diga que todo va a salir bien.
Me decepciona que la segunda opción sea mucho más atractiva. Decido que es un buen momento para comportarme como una adulta y contarle lo más difícil. Después de todo, puede que sea la última vez que hablemos, y ya no puedo seguir reteniendo a los fantasmas.
Voy a liberarme de ellos.
—Toda mi vida me he sentido oprimida. Ese peso es invisible para todos menos para mí, pero está ahí, todos los días, agobiándome a cada paso.
Yo no lo he elegido. Me lo impusieron. Me toca cargar con él, pero ya no lo quiero.
Solo quiero sentirme libre. Quiero ser ligera y grácil.
Pero no hay ningún lugar seguro donde pueda dejar este peso, así que tengo que seguir cargando con él hasta el día en que finalmente me rompa los huesos, me reduzca a polvo y no quede nada de mí.
»Estoy cansada, Ronan. Cansada de adivinar, harta de luchar, de ocultar quién soy. Solo quiero paz. Pero no puedo tener paz sin claridad. Y no puedo tener claridad sin tu ayuda.
Él espera en silencio, escuchando.
—No me siento bien después de lo que ha pasado entre nosotros. Me he quedado atrapada en ello y no encuentro la salida. Me siento como si estuviera en una habitación sin puertas. Construye una para mí.
—¿Cómo?
—Cuéntame tu versión de la historia.
Hay oscuridad en su silencio, pero no es frío ni cruel. Es sombrío y, de alguna manera, desesperanzador.
—No puedo hacerlo por teléfono —dice finalmente—. Hablemos en persona. Necesito verte a la cara.
Jamás me lo pone fácil. Ni siquiera ahora. Siempre hay que pagar un precio.
—¿Cuándo?
—Esta noche.
Ezra y yo hemos quedado para cenar esta noche, así que le sugiero que sea mañana.
—A las seis. En mi casa —añade.
Cuelga antes de que pueda responder. Segundos después, suena el teléfono. Miro el número en la pantalla y suspiro.
—Hola, señor Walker.
—Así que no está en la cárcel. Empezaba a preguntármelo. Se suponía que iba a llamarme esta mañana.
—Lo siento. Las cosas han estado un poco revueltas por aquí.
—¿Quiere contarme qué pasó anoche después de que colgáramos? —dice al ver que no le doy más detalles.
—¿Se refiere a si fui al santuario?
—Sí.
—Sí, fui.
—¿Y?
Pienso en esas jaulas inquietantes y en la garra enorme que arranqué de lo alto de la pared.
Recuerdo lo que fue despertarme en la cama de Ronan y en lo delicadamente que me trató.
Pienso en cómo ha dicho que había tirado mi pistola y en lo convincente que ha sonado cuando ha negado ser responsable de mi despido.
Me acuerdo de la cita de mañana por la noche y en lo que podría significar para los dos.
Entonces, miento.
—No encontré nada interesante.
—Así que su teoría era una tontería —gruñe.
—Eso parece.
Su tono se vuelve más severo.
—Entonces, ¿por qué dice que todo se ha desquiciado?
Genial. Ahora el investigador privado que he contratado me está investigando a mí.
—No sé cuánto tiempo pasa con sus familiares, señor Walker, pero yo llevo semanas con los míos. Mi salud mental pende de un hilo.
Él se ríe.
—A mí me basta con una cena con mis suegros para llegar a ese punto.
—Entonces, me entiende.
—Claro que sí. Y si decide ponerme al tanto lo que sea que esté ocultando, siga contando conmigo para el trabajo, aunque me haya dado largas.
Qué hombre más inconvenientemente inteligente… ¡Vaya arma de doble filo! Pero no puedo admitirlo, así que le doy las gracias.
—Agradezco su apoyo. Le llamaré si surge algo más.
—Hágalo, señorita Blackthorn. Tengo la sensación de que pronto tendré noticias suyas.
Nos despedimos y colgamos, pero sus palabras se me quedan grabadas en la cabeza durante el resto del día.
Parece que los sabemos que, sea lo que sea lo que está pasando en Solstice, está lejos de haber terminado.