Blackthorn 34 Maven
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34 Maven

En la cocina, encuentro a mis tías tomando el té en la gran mesa de madera con Ezra, que se levanta pegando un brinco cuando entro.

No se me escapa la mirada de aprobación que se intercambian las tías cuando lo hace.

—Hola, May —me saluda en voz baja.

Viste con estilo informal a pesar de su aspecto de erudito, con vaqueros y una chaqueta azul marino a medida, además una impecable camisa blanca por debajo.

Su cabello rubio oscuro está bien peinado y parece recién cortado, porque así es; cada dos semanas sin falta desde que iba a la universidad, acude a la misma peluquería.

Sus zapatos tipo Oxford están gastados, pero brillantes. Su sonrisa es vacilante.

Detrás de las gafas de montura fina, sus ojos castaños me suplican que no lo mate.

Sinceramente, si el asesinato fuera legal, mucha gente que conozco estaría muerta ahora mismo.

—Hola, Ezra. Qué sorpresa —digo fríamente, transmitiendo mi descontento con los ojos.

—Lo sé. Siento aparecer así, pero necesitaba verte. —Mira a Davina, luego a Esme, y se aclara la garganta.

—Os dejamos a solas —dice tía E, levantándose, pero rápidamente sustituyo ese plan por otro.

—No, disfrutad vosotras dos del té. Ezra y yo daremos un paseo por el jardín.

No quiero que pase más tiempo del necesario en la casa. Blackthorn Manor no es lugar para los no iniciados.

Le lanzo una mirada que significa «sígueme o te arriesgas a morir estrangulado», por lo que después de murmurar unas palabras de agradecimiento a mis tías, me sigue fuera de la cocina y atraviesa la puerta hacia el patio.

La mañana está cargada de niebla. Las ramas de los árboles gotean rocío.

El sol es un disco borroso y lejano, y su luz aparece envuelta en nubes oscuras.

Todos los sonidos parecen amortiguados. Me recuerdo a mí misma que debo mantener la calma y respirar mientras cruzo el patio hasta el banco y las sillas de hierro que hay bajo el bosquecillo de abedules.

Luego me doy la vuelta y lo espero.

Está solo a unos pasos de mí. Cuando me alcanza, se detiene y se mete las manos en los bolsillos de los vaqueros.

—Lo sé… —comienza, con aire avergonzado—. Estás molesta porque he aparecido sin avisar.

—Es que ha sido muy inesperado. Deberías haber llamado.

—Sí. Lo siento. Pero cuando me enteré de lo que había pasado, me sentí fatal. Sabía que, si te decía que venía a verte, dirías que no. Sin embargo, se me ocurrió que ahora mismo necesitabas apoyo.

Tengo tantas preguntas que no sé por dónde empezar.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Y cómo has encontrado la casa?

—Llegué anoche al pueblo, y le he preguntado a la dueña de la posada donde me alojo si sabía dónde vivía May Blackthorn. Ella me indicó cómo llegar.

Se ríe nervioso.

—También me ha dicho que no debía acercarme a este lugar después del anochecer.

Fuerzo una sonrisa.

—La gente de los pueblos pequeños y sus tontas supersticiones. Retrocedamos un segundo. Ya sabías que había venido a casa para el funeral de mi abuela, así que, ¿qué quieres decir con que pensabas que necesitaba apoyo ahora?

Sorprendido, me mira con intensidad durante un instante.

—Luce nos lo dijo ayer en la reunión de personal.

La inquietud me recorre la piel y me acelera el pulso.

—¿Qué os dijo?

—Mierda. —Suspira y cierra los ojos—. No te lo ha contado.

—¿Contarme qué, Ezra?

Pone cara de disculpa antes de soltarme la cruda realidad.

—Te han despedido.

Por un instante, no entiendo lo que quiere decir. Pero entonces lo comprendo y me quedo horrorizada.

—¿Me han despedido del museo?

Él lanza un gruñido.

—Lo siento mucho. No puedo creer que te hayas enterado así. ¡Pensaba que te lo dirían primero a ti!

Me siento en el banco de hierro con la cabeza dando vueltas. Lo siento helado contra mis piernas, casi tan frío como mi cuerpo.

No puedo creerlo. Nunca he tenido una mala evaluación de rendimiento, nunca he tenido altercados con el personal o los visitantes, nunca he traspasado los límites. Mi jefa y yo siempre nos hemos llevado bien, así que esto es totalmente inesperado.

Entonces mi naturaleza desconfiada se activa para recordarme que no sea tan crédula.

Miro fijamente a Ezra, con la mente trabajando a la velocidad de la luz.

—¿Por qué motivo me han despedido?

—No lo especificó. Fue una reunión muy breve. Solo dijo que estabas despedida, con efecto inmediato, y que la búsqueda de tu sustituto comenzaría la semana que viene. Todos nos quedamos impactados.

—No tanto como yo —murmuro, preguntándome quién tiene el poder de despedirme sin motivo alguno. Solo se me ocurre un nombre.

Sin duda elegí al príncipe de los padres para mi hija.

Me paso la mano por el pelo húmedo y me levanto, evitando la mirada de Ezra.

—Tengo que llamar a Luce y aclarar esto. Gracias por venir hasta aquí, pero no era necesario. Te acompaño al coche.

Me doy la vuelta, pero me detengo cuando Ezra se ríe.

—Bueno, esto es muy incómodo, pero tus tías me han invitado a quedarme aquí el fin de semana.

Me quedo paralizada, tenso la mandíbula y maldigo en silencio.

—No es una buena idea.

—Ya les he dicho que sí.

—Lo entenderán cuando cambies de opinión.

Me mira con intensidad durante un instante.

—Pero no quiero hacerlo.

—Ezra…

Se acerca.

—Solo son unos días, May —dice con rapidez. He conducido siete horas para verte. No tenemos por qué hablar de nosotros, ¿vale? Podemos simplemente pasar el rato. Cenar. Quizá ir al cine. Sin presión.

No entiendo por qué el universo conspira para quebrantar mi espíritu, pero ya estoy harta de tanta mierda. Por desgracia, también estoy harta de luchar contra ella a cada paso que doy.

—Mira, agradezco el esfuerzo que estás haciendo.

Aunque no cambia mi opinión sobre nosotros, realmente aprecio que hayas venido hasta aquí solo para asegurarte de que estoy bien.

Dicho esto, no me siento cómoda si te quedas en la casa.

Lo siento, pero así son las cosas. Está Bea y las circunstancias son muy estresantes en este momento…

—Lo entiendo perfectamente… —me interrumpe—. No hay problema. Me quedaré en la posada. El domingo por la mañana volveré a la ciudad.

Como no respondo, se acerca y baja la voz.

—No espero nada. Lo digo en serio. Solo me preocupo por ti, May. No hay razón para que seamos extraños solo porque ya no salgamos juntos. Déjame ser tu amigo.

«Amigos». Me reiría de eso si no fuera tan deprimente.

No tengo amigos. Tengo secretos. Tengo un pasado. Tengo cicatrices emocionales. Pero amigos es lo único que no he tenido nunca y sigo sin tenerlos porque soy una Blackthorn.

Si tuviéramos un lema familiar, sería «Vete a la mierda».

Pero, curiosamente, mis tías parecen haberse encaprichado con Ezra, con su encanto de empollón sexy con chaqueta azul marino. Eso debe de inclinar la balanza a su favor, porque me encuentro accediendo.

—De acuerdo. Solo el fin de semana. Pero como amigos, ¿verdad?

Su sonrisa es de alivio. Asiente con la cabeza y acepta.

—Solo como amigos. Va a ser genial.

Creo que está sobreestimando mucho la situación.

Volvemos a la casa en un silencio que no es cómodo, pero tampoco dolorosamente molesto. De vuelta en la cocina, nos sentamos y charlamos de cosas sin importancia con mis tías, que no dejan de mover las cejas de forma sugerente a espaldas de Ezra.

Sonrío y finjo no darme cuenta, porque ¿cómo es posible que mi vida se haya convertido en esto?

Bea baja las escaleras con pasos pesados justo cuando Ezra se acaba de marchar. Lo veo alejarse en su coche de la casa, luego me giro y la abrazo.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días.

—Has dormido hasta tarde.

Bostezando, asiente con la cabeza. Está aturdida, con los ojos somnolientos y pálida, con el pelo largo enredado. Se lo aliso con la mano mientras le pregunto si ha tenido dulces sueños.

—He vuelto a soñar que era un gran perro negro. Solo que esta vez estaba cazando.

—¿Cazando qué?

Ella se encoge de hombros.

—No lo sé. No podía ver bien porque estaba en una especie de cueva o túnel y estaba oscuro. Pero creo que era como un lagarto. Solo que enorme.

No parece molesta por ello, así que le doy un beso en la cabeza y la llevo de la mano a la cocina para desayunar, donde la dejo a solas con Q para que estudien cuando termine.

Se acomodan en la gran sala, cerca de la chimenea apagada, para terminar las últimas lecciones del colegio, y yo vuelvo arriba para llamar a mi jefa.

Me sale el buzón de voz, así que le dejo un mensaje e intento ponerme en contacto con su jefe.

También me sale un buzón de voz. Reviso los correos electrónicos para ver si me he perdido algo en alguno de ellos. Como la búsqueda no da ningún resultado, les envío un correo electrónico solicitando que concertemos una videollamada.

Si Ronan me ha quitado el arma, es por esto. Sabía lo que haría con ella cuando descubriera que me habían despedido del museo.

Sus juegos mentales son de otro nivel. Maquiavelo no le llega ni a la suela de los zapatos.

La siguiente llamada que hago es al mismísimo príncipe oscuro en persona.

—Hola —digo cuando contesta—. No estaré interrumpiéndote en nada importante, ¿verdad?

—De hecho, estás interrumpiendo todo tipo de cosas. ¿Por qué estás enfadada conmigo ahora?

Así que se ha dado cuenta de que mi dulzura sureña esconde un cañón.

—¿Quién, yo? No estoy enfadada. Solo estoy aquí preguntándome qué voy a hacer con tanto tiempo libre ahora que me han despedido de mi trabajo, esa carrera para la que estudié tanto tiempo y cuyos préstamos estudiantiles todavía estoy pagando.

He oído que el pickleball es bastante divertido, pero me preocupa la integridad de mis tobillos.

Pasan unos segundos antes de que responda.

—¿Te han despedido?

—Uf… Suenas muy convincente. Me pregunto si tu foto estará en el Libro Guinness de los Récords bajo la categoría «El mayor imbécil».

—Deja de hacerte la listilla y dime de qué estás hablando.

—No, lo del mayor idiota es demasiado generoso —continuo, ignorándolo—. ¿El mayor capullo? —Me río—. Acierto en muchos aspectos.

—Ahora está haciendo chistes sobre penes —murmura.

—Tienes suerte de que no esté haciéndote agujeros con balas por todo el cuerpo.

—Mmm… Está furiosa.