Blackthorn 33 Maven #2
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33 Maven #2

—Te doy tres días. Abandona Solstice antes de la puesta de sol dentro de tres días y os dejaré marchar a las dos.

Te doy mi palabra de que no intentaré deteneros y no os seguiré.

Será el final. —Su mirada se clava en la mía—.

Pero si sigues aquí, lo consideraré como una aceptación tácita de que eres mía y nunca te dejaré ir.

—Su voz se ha convertido en un gruñido—.

Ni siquiera aunque me lo supliques. Y lo harás, Maven.

Cuando lo sepas todo, me suplicarás que te libere.

Pero será demasiado tarde. Una vez que te reclame, serás mía para siempre.

Sus ojos son oscuros e infinitos mientras repite mis palabras.

—Ni siquiera Dios puede protegerte de mí.

Me besa de nuevo, esta vez con fuerza, sus labios magullan los míos, luego se separa bruscamente y me empuja antes de darse la vuelta hacia la escalera sin mirar atrás.

Conmocionada, me quedo sola en medio del sótano.

Escucho cómo el eco de sus pasos se va apagando poco a poco mientras contemplo el espacio vacío y las extrañas jaulas medievales, hasta que algo me llama la atención.

Frunciendo el ceño, me acerco al recinto situado en el extremo más alejado de la cripta.

Hay un objeto incrustado en lo alto de la pared de piedra.

Largo, curvado y negro, está atascado en la junta entre dos trozos de piedra toscamente tallada, a unos dos metros y medio del suelo. La luz se refleja en su superficie brillante, y ese destello es lo que ha llamado mi atención.

Trepo por los barrotes de hierro hasta que logro alcanzar el objeto, luego paso el brazo a través de los barrotes, lo agarro e intento sacarlo de la pared. Está incrustado profundamente, pero por fin cede después de unos cuantos tirones fuertes.

Vuelvo a bajar al suelo y miro el objeto que tengo en la mano.

Es más grande que mi mano, mide más de veinte centímetros de largo, tiene forma de medialuna y se estrecha desde una base gruesa hasta un extremo puntiagudo y afilado, hecho para perforar la carne.

Su superficie pulida de ébano no tiene ninguna marca ni imperfección.

Es liso y perfecto, tan pesado y frío como un trozo de obsidiana en la palma de mi mano.

Es una garra.

Se me eriza el vello de la nuca y echo un vistazo a las demás jaulas, pensando esta vez que quizá no se instalaron para encerrar a personas o perros, sino a algo mucho más monstruoso.

Al salir del santuario, me fijo en algo que no había visto al entrar. Cuatro huellas de neumáticos estrechos en el polvo del suelo conducen al sótano y vuelven de él.

Las ha dejado una silla de ruedas.

Cuando regreso a casa, lo hago con una sonrisa forzada y frágil que probablemente no resistirá ningún escrutinio.

Afortunadamente, solo está Q, cortando leña delante del invernadero. No se da cuenta de que entro, así que subo directamente las escaleras para ver cómo está Bea.

Sigue profundamente dormida.

Suspiro aliviada, me encierro en mi habitación y busco en Internet cualquier imagen que pueda coincidir con lo que he encontrado en la jaula del sótano de la iglesia.

Los perros lobo quedan descartados inmediatamente, ya que sus garras no son ni de lejos tan grandes. E incluso si el perro del que procediera hubiera sido mejorado con algún tipo de esteroide canino, la garra tiene una forma completamente diferente.

La única otra garra animal que se acerca en tamaño es la de los osos pardos, pero su forma también es diferente, más alargada que una guadaña.

Me siento con ella, dándole vueltas entre mis manos y pensando en mi extraña conversación con Ronan.

Ha dicho la verdad con respecto a que no sabía que yo trabajaba en el museo. De eso estoy casi segura. Pero sigue habiendo capas de mentiras en él. Capas tan profundas que dudo que pueda llegar al fondo.

¿Por qué ha hecho todo lo posible por acercarse a mí, para luego dar un giro de ciento ochenta grados y decirme que me mantenga alejada de él? ¿Fue solo para luego darme un golpe de efecto amenazándome con que tengo unos días para marcharme o, de lo contrario, seré suya para siempre?

Por la forma en que lo dijo, hizo que pertenecerle sonara como una condena a prisión.

O una sentencia de muerte.

Sumida en mis pensamientos, entro en el baño. Necesito una ducha para aclarar mi mente. Mientras me desnudo, descubro que mi pistola ha desaparecido. O está en el sótano de la iglesia porque se me cayó cuando me caí por las escaleras, o Ronan la ha cogido mientras estaba inconsciente.

Creo que sé cuál de las dos opciones es más probable.

Un rápido vistazo al espejo me muestra que no tengo moretones en la cara, aunque me duelen ambas muñecas y tengo el cuello dolorido.

Abro el grifo de la ducha con agua caliente, me meto debajo del chorro y cierro los ojos mientras dejo que el agua corra por mi piel y ahuyente los nudos de mis músculos.

Mientras me relajo, una oscura visión se forma bajo mis párpados.

Veo hectáreas de lápidas que se extienden hacia una distancia gris.

Vigilan tumbas vacías, con montones de tierra negra apilada en el césped junto a ellas.

Una enorme bandada de cuervos vuela en círculos sobre un cielo gris acero, chillando como un presagio del apocalipsis mientras se elevan sobre el cementerio vacío.

En inglés, a un grupo de cuervos se le llama «unkindeness», que significa «desconsideración». Decido que no quiero saber la razón.

Muevo la cabeza para despejar la siniestra visión y me concentro en los siguientes pasos a dar.

Sin cadáveres a los que realizar autopsias, el forense no puede determinar qué provoco la muerte de mi madre y el resto de mis familiares.

Hasta que las autoridades no den con el señor Anderson, no podré averiguar nada más sobre cómo se llevaron a mi abuela de la funeraria.

El misterio de la falta de descendientes masculinos en nuestra familia es algo que no sé cómo resolver, teniendo en cuenta que todos los demás miembros de la familia están muertos, salvo mis tías,

ninguna de las cuales ha dado a luz y que parecen ignorar algunos aspectos importantes de la historia de los Blackthorn, concretamente que todas morimos por accidentes fortuitos.

No estoy más cerca de resolver ninguno de estos misterios, pero no puedo quedarme en Solstice de forma indefinida. Tengo que volver al trabajo y Bea tiene que volver al colegio.

El tiempo se acaba.

Cierro el grifo y salgo para secarme. Mientras me pongo unos vaqueros limpios, oigo que llaman a la puerta.

Me pongo una sudadera y abro la puerta para encontrarme a la tía E allí de pie, con su sencillo vestido negro habitual y la cara jovial de siempre.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días.

—¿Bajarás pronto a desayunar?

—Sí, en unos minutos.

—De acuerdo. Hasta entonces, seguiremos entreteniendo a tu amigo.

Me quedo paralizada, horrorizada por la posibilidad de que se refiera a Ronan. Pero no. Es imposible que lo hayan dejado entrar en casa.

—¿Qué amigo?

—Ezra.

La habitación se inclina. La miro con la boca abierta. ¿Qué hace él aquí? Al ver mi cara de sorpresa, la tía E sonríe.

—Qué joven tan guapo. Y encantador, además. Qué vergüenza que lo hayas mantenido escondido. Pero creo que deberías darte prisa, cariño, porque Davina parece haberle tomado bastante cariño.

Me guiña un ojo, luego se da la vuelta y se aleja por el pasillo mientras la miro con consternación.