33 Maven
El interior de su ridículo coche deportivo de lujo es más bonito que mi apartamento en Manhattan.
Atravesamos el pueblo en silencio hasta que sale de la carretera principal y toma un estrecho camino de tierra que serpentea entre los altos pinos.
Seguimos esa ruta un rato, mientras empiezo a preguntarme si mi cadáver será encontrado por perros rastreadores en algún momento de la próxima primavera.
Así es como desaparece la gente. Así. Alguien dice: «Oye, ven, que te llevo en mi coche», y lo siguiente que sabes es que te están descuartizando en el bosque.
Ronan me mira.
—¿Qué pasa?
—No es nada.
—Y luego dices que yo miento.
Odio lo fácil que le resulta leerme.
—Vale, está bien. Solo pensaba que la caída que he sufrido debe de haberme dejado algo flojo en el cerebro.
Él se ríe.
—Porque crees que soy la mente malvada responsable de múltiples desapariciones.
—Y asesinatos.
—¿Asesinatos también? Estás empezando a herir mis sentimientos.
—Lo dices como si tuvieras alguno.
Baja la voz.
—Te sorprenderías.
Cuando lo miro, me lanza una mirada tan ardiente que podría derretir el acero. Sonrojada, aparto la vista con rapidez.
Aparca en el borde de un claro cerca del cementerio. La iglesia parece mucho menos siniestra bajo la brillante luz de la mañana. Sale del coche sin decir nada y empieza a acercarse al edificio en ruinas.
Lo observo mientras se aleja, fijándome en sus anchos hombros y sus largas y poderosas piernas, y vacilo un momento antes de seguirlo.
Ronan abre la gran cadena plateada de las puertas de hierro de la entrada de la iglesia. Espera a que yo llegue, luego empuja las hojas para abrirlas y entra.
El chirrido de las bisagras oxidadas resuena en el santuario como si fuera una advertencia.
Hace girar las llaves en su dedo índice mientras va hacia la escalera que desciende por la pared opuesta y luego se vuelve para mirarme.
—Acabemos con esto, Bugs. Tengo poco tiempo. Me urge volver a retomar los malvados planes que tengo para esta mañana —dice con tono aburrido.
Baja los escalones de piedra y desaparece.
Miro hacia ese punto desde lo alto de la escalera, vacilando. Solo se ve el suelo del sótano junto al último escalón. Es una piedra gris sin nada especial. Piso cada escalón lentamente, notando que ya no huele a almizcle animal, solo a moho y podredumbre.
Cuando llego al último escalón, veo a Ronan apoyado contra una columna de piedra a unos metros de mí, me observa con los ojos entornados y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Echa un vistazo, Nancy Drew.
Lo que veo cuando miro a mi alrededor son suelos de piedra, gruesas columnas de mármol que se elevan hasta un techo abovedado y mucho espacio vacío y polvoriento.
También hay unas grandes jaulas que se alinean a ambos lados en el extremo más alejado de la sala. Hay una docena en total, seis a cada lado.
Parecen más unas mazmorras que unas jaulas, celdas de un castillo medieval donde se encerraba a los prisioneros. Los laterales están tapiados con ladrillos. Los barrotes son de metal negro y grueso atornillado al suelo.
Desde mi ángulo, solo puedo ver las que están más cerca de mí, las del final, que parecen estar vacías.
Miro a Ronan con recelo.
—No se parecen en nada a las de las perreras que he visto.
—¿Tu experiencia se extiende más allá de los insectos? —Su tono se vuelve agrio—. ¿O incluye a todas las criaturas conocidas?
Sin esperar una respuesta, se da la vuelta y va lentamente hacia las jaulas. Cuando llega a la pared del fondo, gira sobre sus talones y abre las manos.
—Echa un vistazo.
Cruzo lentamente el espacio abierto, con los sentidos alerta ante cualquier indicio de peligro, pero no parece haber nada extraño. Las jaulas que se alinean a ambos lados de la sala no contienen nada interesante en su interior.
—¿Qué opinas? —dice con lentitud cuando lo miro—. ¿Me absuelves de todos los cargos?
—Por favor, no seas tan petulante.
Él sonríe.
—No puedo evitarlo. Es mi actitud habitual.
—Podrías haber trasladado a los pobres infelices usados como conejillos de Indias —digo después de mirar a mi alrededor durante un momento.
Él mira al techo y suspira dramáticamente.
—No es imposible. Estuve fuera toda la noche.
—Quizá sabías que querría ver lo que había aquí abajo, así que hiciste que trasladaran a todo el mundo a otro lugar.
Me clava su mirada gélida y niega con la cabeza.
—Siento decepcionarte, Maven, pero no he secuestrado a nadie.
—Oí gritos que provenían del interior de este edificio. ¿Puedes explicarme eso?
Me estudia por un momento.
—¿Estás segura de que eran gritos? ¿No podría haber sido otra cosa?
—¿Como qué?
—Como el viento. Como un búho chillón. Como tu imaginación. —Estoy a punto de decir que no era mi imaginación, pero me detengo.
Recuerdo la forma en que la tía E me miró cuando insistí en que había dicho que había tenido una pesadilla con serpientes, y mi cara se pone roja.
Se acerca despacio, sosteniendo mi mirada mientras se acerca.
Se detiene a solo unos centímetros de distancia, extiende la mano y toca un mechón de mi cabello, para frotarlo con suavidad entre sus dedos.
—¿Por qué no jugamos a algo? Te diré algo que es cierto por cada verdad que me cuentes tú —propone en voz baja—. Yo empiezo. ¿Por qué no te has trenzado el pelo desde la noche que hicimos el amor?
Me sorprende que haya dicho «hicimos el amor» en lugar de «tener sexo» o la aun menos íntima «follar». Cierro los ojos y suelto el aire, intentando que mi pulso se ralentice. De todos modos, sigue latiendo dolorosamente.
Admito en silencio la verdad mientras miro el botón superior de su camisa.
—Porque no te gustaba verlo trenzado.
No se lo esperaba. Una nueva tensión endurece su cuerpo. Sus dedos se aprietan alrededor de mi mechón de pelo. Nos quedamos así un momento hasta que me sujeta la barbilla y me levanta la cabeza, obligándome a mirarle a los ojos. Busca en mi rostro cualquier signo de engaño.
—Pero ¿por qué te importa, si crees que soy tan villano? —insiste al no encontrar ninguno.
—No, me toca a mí. ¿Qué enfermedad tienes?
Una sombra se cierne sobre su rostro. Sus ojos se oscurecen. Lo piensa un momento y luego responde a regañadientes.
—No tiene nombre. La literatura médica no recoge ningún caso similar. No encontramos ningún caso fuera de nuestra familia. Creemos que es una mutación genética, pero no podemos localizarla en nuestro ADN.
Mi pulso se acelera. Cien preguntas se agolpan en mi mente, pero es su turno, así que me muerdo la lengua y permanezco en silencio, pensando en Bea y en lo que esta mutación podría significar para ella.
En cuanto regresemos a Nueva York, le haré todas las pruebas posibles.
Comienza a acariciarme pensativamente la mandíbula con el pulgar sin soltarme la barbilla, y lo desliza despacio de un lado a otro, piel contra piel, lo que me hace difícil respirar.
—La primera vez que hablamos después de que volvieras a casa, dijiste que me odiabas. ¿Sigue siendo así? —dice, con la mirada fija en mi boca.
Dudo antes de negar con la cabeza. Mi respiración se acelera.
—Dilo en voz alta. Quiero oírtelo decir.
Algo en el tono oscuro e intenso de su voz me hace estremecer. No por miedo, por desgracia.
—No es cierto —susurro—. No te odio. Ojalá pudiera, pero no es así. Nunca lo he hecho.
Su pecho sube cuando inhala aire. Tensa la mandíbula y aprieta los labios. Vuelve a tener esa mirada contenida, como si se estuviera controlando con un enorme esfuerzo. Y solo lo consiguiera por muy poco.
Me humedezco los labios y reúno todo mi valor.
—¿Sabías que trabajaba en el museo cuando tu empresa solicitó acceder a nuestra colección de lepidópteros?
Su respuesta es inmediata.
—No. Yo no me encargo de los estudios. Tengo equipos dedicados a eso, es algo muy por debajo de mí en la cadena alimentaria. Si hubiera sabido dónde estabas, habría ido a por ti.
Desliza la mano hacia abajo y me rodea el cuello. Me pongo tensa, muy consciente de lo fácil que le resultaría hacerme daño si quisiera. Pero no intento apartarme. Por alguna razón inexplicable, esa suave presión alrededor de mi cuello me excita.
Él lo percibe de alguna manera y aprieta con más fuerza, atrayéndome hacia su cuerpo.
—Si hubiera sabido dónde estabas, nena —me susurra con voz grave al oído, inclinando la cabeza—, ni todos los demonios del infierno habrían podido mantenerme alejado.
Suena sincero. ¿O será mi imaginación otra vez, jugándome una mala pasada?
Levanta la cabeza y me lanza una mirada desafiante, con la cabeza inclinada a un lado y nuestras caras a pocos centímetros de distancia.
—Es mi turno. Y creo que sabes cuál es la pregunta.
Su pulgar está apretado contra mi arteria carótida, por lo que seguramente puede sentir cómo late con fuerza. Trago saliva, mi cuerpo vibra bajo su tacto, una especie de sangre salvaje del bosque corre por mis venas.
Cada vez que me toca, me pasa esto. Mi cuerpo responde independientemente de mi voluntad. Es algo que no entiendo y me asusta, sobre todo porque parece que cada vez es peor.
Me siento como una extraña para mí misma. Siento como si me hubiera tragado a mí misma, como un oroboro se traga su propia cola y asegura su propia destrucción, solo para renacer y volver a hacerlo todo de nuevo.
Ronan y yo podríamos quedar atrapados en este ciclo para siempre, una rutina interminable de empujones y tirones, de estocadas y paradas, de fintas y embestidas, a menos que uno de nosotros decida dejar de bailar, como los esgrimistas que siempre hemos sido, y romperlo.
Pero tengo algo precioso que proteger, y daré mi vida antes de arriesgar la suya.
Mi voz suena ronca por la emoción.
—Bea es lo mejor de mí, lo mejor que he hecho y que haré jamás, y nunca la abandonaré. Nunca. La protegeré hasta mi último aliento. Mataré para mantenerla a salvo. Lo digo porque no quiero que haya malentendidos. Si intentas llevártela, ni siquiera Dios podrá protegerte de mí.
Él asiente con la cabeza una vez, despacio, sin apartar la mirada de la mía, luego inclina la cabeza y me da un beso casto en los labios.
Incluso ese mínimo contacto me hace estremecer.