32 Maven #2
Me imagino una versión gigante de un lobo con ojos rojos brillantes y pelaje negro erizado, con baba goteando de sus afilados colmillos mientras gruñe de forma amenazadora.
Sin embargo, hay algo en esa explicación que no me cuadra. Nunca he oído gruñir a un perro como lo hice en ese sótano. Y aún queda la cuestión de los gritos.
Lo miro con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué están en el santuario?
—Mi padre normalmente los deja patrullar en libertad por los terrenos, pero como era Halloween y había muchos niños por todas partes, los metió en las perreras.
—Halloween fue anteayer.
—El jardinero se olvidó de dejarlos salir. Edward estaba a punto de hacerlo, cuando te ha encontrado desmayada en el suelo.
Eso sigue sin explicar los gritos que oí, o su extraña actuación. Lo miro un momento más, preguntándome por qué parece tan confuso.
Me mira como si no pudiera decidir si quiere besarme o dar un puñetazo a la pared.
Después de un rato, aparta la vista para mirar sus manos.
—Quiero pedirte un favor —dice en voz baja.
—No estás en posición de hacerlo.
—No es solo por mí. Es por los dos. —Vuelve a levantar la mirada hacia mí y ahora sus ojos muestran una profunda tortura—. Quiero que te alejes de mí, Maven. Quiero que me prometas que te mantendrás alejada.
Es tan inesperado que me olvido de sospechar de él.
—¿Por qué?
—Porque yo no soy lo suficientemente fuerte como para alejarme de ti —dice con voz ronca mientras me mira a la cara como si fuera la última vez que la va a ver.
La sinceridad y la tristeza de su afirmación me dejan sin aliento.
Por un momento, no sé qué decir, porque tengo la sensación de que estamos al borde de algo importante.
Ojalá pudiera conseguir que admitiera de qué se trata.
—¿Se trata de tu novia?
Cierra los ojos y aprieta los dientes.
—No tengo una maldita novia.
—¿Ella lo sabe?
Abre los ojos y me mira con ira.
—Sí.
—Me cuesta creerlo, teniendo en cuenta lo acaramelados que parecíais la otra noche.
Se toma un momento para hacer rechinar los dientes.
—Está bien. Colette es mi novia —dice—. ¿Ya estás contenta?
—No, no estoy contenta. Quiero que seas sincero conmigo por una vez en tu maldita vida y me digas qué coño está pasando.
Me confesaste que habías contratado a unos investigadores privados para que me buscaran después de que me fuera de Solstice, y no me encontraron, pero tu compañía solicitó acceso a la colección de mariposas del museo en el que trabajo.
¿Me estás diciendo que es una coincidencia?
Me mira con el ceño fruncido durante un momento, luego se levanta, me da la espalda y entrelaza los dedos detrás de la cabeza.
Si cree que el silencio va a disuadirme, debería saber que no es así.
—También leí ese artículo sobre los estudios con animales. ¿Ranas arbóreas? ¿Sepias? ¿Dinosaurios? Cosas bastante esotéricas. ¿Tiene eso algo que ver con tu enfermedad?
Se queda así, tenso y en silencio, luego baja los brazos y se da la vuelta de nuevo. Sus ojos pálidos y fríos se encuentran con los míos.
—Si te dijera que estoy enamorado de ti desde que tengo memoria, ¿me creerías?
—No.
—Entonces cualquier otra cosa que pueda decirte no tendría sentido. Vete a casa, Maven. Abandona Solstice y llévate a Bea contigo.
Hay un gran agujero negro en el centro de mi pecho que se expande rápidamente hasta envolver el resto de mi cuerpo. ¿Irme? ¿Por qué ha dicho eso?
—Dijiste que no nos dejarías marchar —le recuerdo desconcertada. Dijiste que antes cerrarías la estación de tren.
—Entonces, las cosas eran diferentes.
—¿Qué cosas?
Mira mi boca, luego aprieta los ojos y niega con la cabeza.
—No importa.
No lo entiendo. ¿Por qué actúa de una forma tan extraña?
—Por favor, mírame.
Abre los ojos y me contempla con recelo. Por su expresión, me doy cuenta de que no voy a obtener más información sobre las «cosas» que ahora son diferentes entre nosotros, así que decido ir directamente al grano.
—¿Estás secuestrando gente y realizando ensayos ilegales con seres humanos en el sótano de la iglesia de tu familia para desarrollar un nuevo medicamento? —suelto a bocajarro mientras lo observo con atención.
Él se ríe, pero se detiene cuando se da cuenta de que no estoy de broma.
—¿En serio? ¿Eso es lo que piensas de mí?
—Creo que eres más sospechoso que la sombra y no te confiaría nada. Entonces, ¿es así?
Confundido, niega con la cabeza.
—Por supuesto que no.
—No hables como si fuera algo imposible. —Me mira fijamente durante un momento y luego vuelve a reírse—. Esto no tiene gracia.
—No, es muy gracioso. ¡Si vieras la cara que pones! ¿De dónde se supone que estoy secuestrando a esta gente?
—De todo Solstice.
—Claro. ¿Y nadie los ha echado en falta? ¿La gente de un pueblo pequeño simplemente se esfuma y ya está?
—No, entonces te aseguras de que las historias no se hagan públicas.
—Ah, ya veo. ¿Y cómo lo hago exactamente? ¿Lavándoles el cerebro? ¿Con un poco de control mental para que todos olviden que George, el barbero, existió alguna vez? Debo de ser muy poderoso.
—Olvídalo.
Mi mirada severa le hace sonreír.
—No, por favor, continúa. Es lo más fascinante que he oído en años.
Se sienta en la silla junto a la cama, apoya los antebrazos en los muslos, junta las manos e inclina la cabeza a un lado lleno de expectación. Se está burlando de mí otra vez, una de sus cinco actividades favoritas.
—¿Por qué tienes que ser tan insufrible?
—Supongo que es una pregunta retórica.
—¿De qué otros actos atroces soy responsable? —reflexiona cuando no respondo—. Solo quiero saberlo para asegurarme de confesar mis pecados al sacerdote la próxima vez que vaya al confesionario.
—Algo que nunca sucederá, pero ya que lo preguntas… de saquear tumbas.
Pone cara de asco.
—Qué clase de trabajo crees que hago. ¿Para qué lo haría exactamente?
—Todo forma parte de ensayos ilegales con seres humanos.
—Así que también estoy experimentando con cadáveres.
—Sí. Proporcionados por la Funeraria Anderson.
—¿Realmente te crees todo eso?
—No sé qué creer. No me dices nada. —Tras una larga pausa en la que me examina detenidamente el rostro, asiente con la cabeza.
—Está bien. Te enseñaré lo que hay en el sótano de la iglesia. Vamos.
Se levanta y sale de la habitación.