Blackthorn 32 Maven
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32 Maven

Esta vez tomo una ruta diferente hacia el santuario. Una vez pasado el instituto, las casas dan paso al bosque, donde avanzo entre los pinos con la luna como guía; su pálida luz fantasmal pinta el suelo del bosque con sombras plateadas y cambiantes.

Finalmente llego al santuario, con los zapatos empapados y mi aliento formando nubes de vapor frente a mí.

Me agacho detrás del tronco de un enorme tejo y observo el cementerio. Todo está en silencio y quietud. El viejo edificio en ruinas se alza en el fondo, con su alta aguja atravesando el cielo estrellado y sus oscuras ventanas mirándome fijamente como ojos vacíos.

Después de unos minutos de espera vigilante, corro encorvada entre la maleza, las lápidas y las criptas hasta la puerta que había encontrado abierta cerca de la parte trasera.

Ahora está cerrada. Una gruesa cadena nueva rodea los barrotes oxidados. Un candado brillante cuelga del último eslabón.

Me quedo allí tratando de encontrar otra forma de entrar hasta que un grito ahogado de dolor surge de las profundidades de la iglesia.

Es un sonido horrible, de una agonía tan pura que me deja sin aliento. Vuelve a oírse, con un tono más agudo, hasta que se convierte en un gemido que se interrumpe tan bruscamente como ha comenzado, como si la persona que lo emite finalmente se hubiera desmayado por el dolor.

Otro grito ahogado resuena en el cementerio, pero este tiene un tono diferente. Es obvio que lo ha emitido otra voz.

La comprensión me golpea como una bola de demolición: están torturado a gente en esta iglesia.

En este mismo momento, las personas de las jaulas del sótano están siendo torturadas. Tengo que ayudarlas.

La adrenalina recorre mi cuerpo, reorganizando mis pensamientos como un láser. Examino la pared, pero no encuentro ninguna otra entrada o abertura que pueda servir a mis propósitos, así que doy la vuelta a la esquina, buscando algo útil.

Lo encuentro en el otro lado del edificio. Una ventana de vidrio tintado a la que le faltan varios paneles ha sido tapiada con barrotes, pero dos de ellos están doblados hacia afuera, como si alguien hubiera intentado abrirlos.

Tal vez intentaban salir desde dentro.

En cualquier caso, puede que haya espacio suficiente para que yo pueda entrar.

La ventana está a unos dos metros y medio del suelo, así que arrastro desde las cercanías unos trozos de escombros formados por piedra caliza que se han desprendido de la estructura principal, y los apilo hasta conseguir una base relativamente estable para poder trepar.

Subo con cuidado y me agarro a la pared para mantener el equilibrio.

Consigo llegar a la ventana sin caerme y me agarro a los barrotes de hierro.

Luego levanto una pierna y apoyo el talón en el estrecho alféizar de piedra hasta que consigo incorporarme.

Me quedo sentada con una nalga apoyada en el alféizar y la otra colgando en el vacío.

Contengo la respiración, intentando hacer el menor ruido posible, y me cuelo por el hueco entre los barrotes. Allí, me descuelgo de los brazos y me dejo caer al suelo de piedra.

Me agacho y escucho atentamente en la penumbra mientras el sordo golpe de mi caída resuena en el silencio.

Después de un buen rato en el que no oigo nada inusual, me levanto y avanzo con cuidado por el santuario guiada por la luz de la luna que se cuela por las ventanas, evitando las hojas secas esparcidas por el suelo.

Cuando llego a lo alto de las escaleras que conducen al sótano, miro hacia abajo. Después de dar unos pocos pasos, la escalera de piedra se abre como una boca monstruosa, tragándose la luz.

Noto las palmas de las manos sudorosas, el corazón me late como un trueno, pero la pistola es un peso frío y tranquilizador en la parte baja de mi espalda.

Doy el primer paso, medio esperando que suene alguna alarma. Como no ocurre nada, doy otro paso, y luego otro. Solo oigo el suave y entrecortado sonido de mi respiración.

El olor a almizcle animal se hace más fuerte con cada lento paso que doy hacia abajo, mezclándose ahora con el potente aroma de algo quemándose, como un fuego de leña. Después de unos diez pasos, me detengo para sacar la pistola.

La inquietante sensación de que me están observando es abrumadora.

Mas no hay luces encendidas en el sótano; si hubiera alguien allí abajo, vigilando a esas pobres personas enjauladas que he oído, seguramente usaría una lámpara o una vela para ver algo.

Justo cuando estoy a punto de dar otro paso, un gruñido profundo y gutural resuena en el sótano. Me quedo paralizada con el corazón latiéndome a mil por hora.

Vuelve a oírse un sonido primitivo y antinatural de rabia animal; es retumbante y resonante, con un toque de gruñido.

Sea lo que sea lo que ha hecho ese ruido, no es humano.

Se me pone todo el pelo de punta. Mis nervios comienzan a gritar. Todos mis instintos me gritan «¡SAL DE AHÍ!», así que les obedezco y me doy la vuelta.

Fallo el paso y caigo con fuerza sobre los codos. Mi frente choca contra el borde inflexible de la escalera de piedra. Veo las estrellas y luego nada en absoluto mientras me engulle la oscuridad.

Recobro la conciencia lentamente, sintiendo como si mis extremidades estuvieran hechas de plomo y me estuvieran arrastrando desde una profunda fosa oceánica, como un fósil de un naufragio de hace miles de años.

Cuando abro los ojos me deslumbra una cegadora luz blanca. Los vuelvo a cerrar con un gesto de dolor

Espero que esto no sea el cielo. Si debo soportar tanta luz brillante y alegre durante toda la eternidad me volveré loca.

—Has tenido una caída muy torpe —dice una voz grave a mi derecha—. Pero no te has roto ningún hueso, lo cual no me sorprende. No conozco nada que pueda romper a Maven Blackthorn.

Giro la cabeza hacia la voz y vuelvo a entreabrir los ojos. Ronan está sentado junto a la cama en la que estoy tumbada, tan guapo y atento como siempre, vestido completamente de negro.

Lo miro sin comprender nada, preguntándome si esto es un sueño, hasta que el recuerdo del santuario vuelve a mi mente con una oleada de frío. Me incorporo demasiado rápido y la habitación empieza a dar vueltas.

Ronan se pone de pie de un salto y me sujeta cuando caigo hacia atrás para recostarme con suavidad sobre la almohada poniéndome una mano debajo de mi cabeza.

Permanezco inmóvil con los ojos cerrados durante unos instantes, respirando el cálido aroma de su piel e intentando comprender lo que está pasando.

Noto sus nudillos en mi mejilla. Sus cálidos dedos recorren mi frente. Suelta el aire suavemente y luego se ríe.

—Pequeña bruja testaruda. Puede que seas la única persona en el mundo que odia más que yo que le digan lo que tiene que hacer.

—¿Dónde estoy? —Mi voz suena ronca porque tengo la garganta muy seca.

—En mi cama.

Claro. Por supuesto. Porque eso es muy razonable.

—¿Cómo he llegado aquí?

—¿Qué recuerdas?

Odio que alguien responda a una pregunta con otra, porque solo significa una cosa: que está ocupado inventándose una mentira.

—Recuerdo que se supone que estás fuera del pueblo el resto de la semana. Sin embargo, aquí estás, apareciendo como una erupción recurrente.

—He vuelto en cuanto he sabido que te has hecho daño.

Lo miro con recelo.

—¿Lo has sabido?

Asiente con la cabeza.

—Edward te ha encontrado en el sótano de la iglesia, inconsciente.

Edward es el equivalente a Q en la familia Croft. Creo que lleva con ellos tanto tiempo como Q con los Blackthorn.

—Hablando de ese encantador santuario tuyo, ¿qué demonios está pasando allí?

—¿Además de que una merodeadora desquiciada haya entrado sin permiso en una propiedad privada? —responde en voz baja con una expresión impasible—. Absolutamente nada.

Giro la cabeza para mirar al techo, pensando en cómo me apartó del trozo de fachada que se desprendió en el restaurante, en cómo salvó a Bea del espejo que se cayó en la casa encantada y que la habría cortado en pedazos si le hubiera dado en la cabeza, y ahora,

después de una caída en la que fácilmente podría haberme roto el cuello, me despierto en su cama.

¿Es una coincidencia que él siempre actúe como el salvador? ¿O hay algo más?

—Te concedo que estoy trastornada, pero no soy una merodeadora. No tengo paciencia para eso. Y sé que estás mintiendo.

—Tengo curiosidad por saber qué te hace pensar eso.

—Porque son palabras y salen de tu boca.

Él se ríe.

Me enderezo de nuevo, mirándolo con pánico.

—Bea…

Él sabe lo que quiero decir sin necesidad de explicarlo.

—Está bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Me he asegurado de ello.

—¿Qué quieres decir?

—¿Acaso crees que cuando no puedo estar allí, meditando frente a tu casa, os dejo a las dos sin protección?

Lo miro con los ojos entrecerrados, recelosa.

—¿De qué nos proteges?

Cuando él se limita a sonreír, decido que está desarrollando uno de sus jueguecitos y lo despellejo con la mirada.

—Sabes que me encanta cuando deseas poder hacerme pedazos, pero es demasiado temprano para discutir.

—No estoy discutiendo.

Él sonríe.

—Sí, lo estás haciendo. Lo sé porque hay palabras saliendo de tu boca.

Se cree muy listo.

Paso las piernas por el borde de la cama y lo miro con intensidad mientras el mareo se va calmando y se me aclara la vista. Aparte de eso, no parece que me pase nada grave.

A diferencia de mi abuela, tengo suerte de no haberme roto el cuello.

Me acerca el vaso de agua de la mesilla de noche. Lo miro un momento, preguntándome si estará envenenado, pero decido que podría haberme matado ya cuando estaba inconsciente si hubiera querido.

Me lo bebo de un trago y lo vuelvo a dejar en la mesilla como si acabara de ganar un reto, lo que, por supuesto, le hace reír de nuevo.

Lo cual, como es lógico, me irrita.

—¿Qué hay en ese sótano, Ronan? Y, por favor, no digas «nada», dame una respuesta clara.

—Te propongo un trato. Admite que Bea es mía y yo te enseñaré lo que hay en el sótano.

Cuando me quedo en silencio, él vuelve a sonreír.

—Ya me lo imaginaba. Pero solo para demostrar mi buena fe, te lo voy a decir. Perros lobo.

—Perros lobo —repito con escepticismo.

—Sí. Son excelentes perros guardianes.