29 Maven #2
Ronan está de pie en lo alto de unas escaleras subterráneas que no había visto. Los escalones están tallados en el suelo de piedra junto a la pared del altar y descienden hacia la oscuridad unos metros más allá.
Me presiono con las manos el corazón, que late con fuerza.
—Me has asustado.
—Nada te asusta. Ni siquiera cuando debería.
Su voz es grave y áspera. Tiene la barbilla sin afeitar. Viste unos vaqueros descoloridos, unas botas de trabajo gastadas y una vieja camisa de franela a cuadros.
Es ropa de trabajo, bastante común para otras personas, pero en él parece fuera de lugar. Es como si alguien hubiera pintado un mono sobre el David de Miguel Ángel.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Su tono es tan duro que me sorprende. Es como si no me hubiera visto antes, como si fuera un demonio que se hubiera colado en un lugar sagrado con la intención de profanar el edificio.
—Supongo que estoy investigando —respondo con cautela, echando un vistazo a las escaleras en penumbra.
—¿Investigando qué?
—Mi madre murió aquí.
—Lo sé.
—¿Sabes qué pasó?
Nos miramos fijamente a través del espacio, con las miradas enredadas, sin que ninguno de los dos esté dispuesto a parpadear primero.
Sus ojos esconden una tormenta de pensamientos tácitos.
Nunca lo había visto tan tenso ni actuando de forma tan extraña.
El blanco de sus ojos está inyectado en sangre y, de vez en cuando, le tiembla la mano izquierda.
En lugar de responder a mi pregunta, la elude.
—No puedes estar aquí. Deberías irte a casa ahora mismo. Vete a casa y no vuelvas.
—¿Por qué no puedo estar aquí?
Él niega con la cabeza sin decir nada.
—Entiendo que no me vas a dar una respuesta directa.
Niega otra vez con la cabeza.
Ojalá eso no me doliera, pero me duele.
—Entonces, ya que me has preguntado por qué estoy aquí, te preguntaré por qué estás tú aquí.
—Estoy en la propiedad de mi familia.
—En mitad de la semana. En horario laboral.
—¿Y qué?
—¿Y por qué no estás en Boston dirigiendo tu imperio del mal?
Se toma un momento para mirarme con avidez de arriba abajo y suelta el aire antes de responder.
—Me he tomado el día libre.
—¿Para visitar una vieja iglesia en ruinas en medio del bosque? ¿Por qué te has tomado el día libre para eso?
—También me he tomado el resto de la semana libre. Tengo asuntos que atender fuera de la ciudad. Necesitaba visitar a mi padre antes de marcharme, pero entonces te he visto a través de la ventana de la casa, así que he salido a ver qué hacías.
La casa de su padre está a cinco minutos a pie de la iglesia, por un camino de tierra sin asfaltar rodeado de bosque a ambos lados. No puede haberme visto desde allí, sobre todo porque estoy bastante segura de que estaba en el sótano de la iglesia cuando entré.
—No te creo.
Se pasa las manos por el pelo, luego se da la vuelta y se aleja unos pasos. Se vuelve para mirarme con intensidad, con la mandíbula apretada y los ojos insondables.
—Tienes que irte a casa ahora mismo.
—¿Por qué? ¿Tienes una cita importante? ¿Va a aparecer Wonder Woman en su jet invisible en cualquier momento?
Sus ojos brillan de ira, pero mantiene la voz controlada.
—Escucha lo que te digo. Vete-a-casa.
—¿O qué? ¿Llamarás a la policía y harás que me arresten por allanamiento?
Cierra los ojos, aprieta los molares y respira despacio, enfadado.
—Maldita sea, Maven. No es momento para tus ocurrencias. Vete.
Me trago el nudo que tengo en la garganta, enderezo los hombros y levanto la barbilla.
—Dejémonos de tonterías y vayamos al grano. Mi madre se cayó del tejado de esta iglesia. O la empujaron —añado con énfasis
—Mi padre no la empujó. Él nunca le habría hecho daño —espeta, furioso.
Su insistencia me hace sospechar.
—¿Cómo lo sabes?
Hay una pausa larga e incómoda antes de que él aparte la mirada.
—Simplemente lo sé. Eso es todo. Ahora tienes que irte. —Me quedo allí de pie mirándolo con los ojos entrecerrados y en silencio—. Ahora —insiste.
—¿Por qué es tan importante que me vaya? —Miro las escaleras en penumbra—. ¿Hay algo aquí que no quieres que vea?
Él nota que miro las escaleras y su expresión se ensombrece.
Me obligo a mantenerme firme mientras se acerca lentamente.
Cuando está a solo unos metros de distancia, se detiene y examina mi cuerpo con calma y minuciosidad.
Su mirada se detiene en mi entrepierna antes de subir a mis pechos, donde la para de nuevo.
Luego contempla mi boca y cierra los ojos como si deseara poder no verme.
—Vete ahora, Maven —dice con la voz ronca—. Por una vez en tu vida, por favor, escúchame, joder.
—¿Por qué debería hacerlo? Dime, Ronan. ¿Por qué debería escucharte? Tengo los oídos bien abiertos.
Él lanza un juramento.
—¿Se te ha ocurrido alguna vez que tal vez la gente tiene en mente lo que es mejor para ti cuando te dice algo que no quieres oír?
—No si tú formas parte de esa gente.
Se toma un momento para respirar y tratar de calmarse. Puedo ver lo agitado que está, lo mucho que quiere que obedezca su orden, pero también percibo que está luchando por no acercarse.
Mantiene un tira y afloja consigo mismo. No estoy segura de qué lado está perdiendo ni por qué están luchando.
—Por favor. Necesito que confíes en mí.
—Es lo más gracioso que he oído en años. Creo que te está llamando tu novia pechugona.
Mueve la mandíbula. Se está conteniendo para no decir algo, algo que parece que realmente quiere decir, pero no lo hace.
Probablemente sea un insulto sobre mi ropa. O mi pelo. O todas las demás cosas que le parecen deficientes en mí.
Lo miro con intensidad, con el corazón latiéndome con fuerza y los pulmones oprimidos. Me siento como cuando tenía diecisiete años y me invadía el peso de ese amor terrible e insoportable.
Para que él no vea el dolor grabado en mi rostro, me doy la vuelta y me alejo. Con el pecho dolorido, regreso por el mismo camino del bosque por donde he llegado, diciéndome a mí misma que el agua que nubla mis ojos es producto del viento.
Aunque sé que no es así.
De repente, un grito agonizante resuena en la distancia detrás de mí. Cuando me doy la vuelta, no hay nadie allí. Pero el sonido sigue resonando, un aullido primitivo de angustia que se filtra a través de las ramas de los pinos y me corta el alma como una espada.
Me quedo paralizada durante un momento, escuchando hasta que el horrible y sobrenatural grito se desvanece finalmente y el bosque se sumerge en un silencio inquietante.