Blackthorn 29 Maven
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29 Maven

Blackthorn Manor está a oscuras cuando llegamos, sombrío y silencioso, con su imponente silueta apenas discernible entre el bosque que lo rodea. En el interior, impregna el aire el olor ahumado a artemisa quemada y a dedalera.

Esme y Davina se han retirado a sus habitaciones, dejando solo velas de cera de abeja encendidas en los nichos de las paredes de la gran sala. Las llamas tejen sombras que parecen moverse independientemente de sus fuentes.

Q lleva a Bea arriba a su dormitorio mientras yo lo sigo. Una vez que la acuesta en la cama y nos deja, mojo una toalla y le retiro de la cara la pintura verde. Le quito los zapatos y cubro su pequeño cuerpo con las mantas, arropándola mientras se da la vuelta y murmura entre sueños.

Luna —segunda o tercera—, salta a la cama y se acurruca formando una mullida bola blanca cerca de los pies de Bea, con su aguda mirada fija en la puerta del dormitorio.

Agotada, me retiro a mi habitación, me desnudo y me ducho, dejando que el agua caliente resbale por mi cuerpo, deseando que borre de mi mente todo rastro de Ronan.

No tengo tanta suerte. Cuando me seco, me pongo el pijama y me meto en la cama, parece como si una horda de ratas hambrientas estuviera royendo mi corazón.

Por esto no más quise volver a acercarme a un hombre. Por este dolor enfermizo y agonizante justo en el centro de mi pecho. Sin embargo, ver a Ronan con la morena ha hecho algo más que herirme.

Me ha demostrado sin lugar a dudas que, por mucho que me repita que él no significa nada para mí, ha grabado su nombre en mi corazón como nadie más lo hará jamás.

Me guste o no, le pertenezco.

Me acurruco con las rodillas contra el pecho, me cubro la cabeza con las mantas y estoy a punto de quedarme dormida cuando la voz de Bea me devuelve a la realidad.

—¿Mamá?

Bajo las mantas y la miro parpadeando. Pálida y asustada a la luz de la luna que se cuela por las ventanas, está de pie junto a mi cama.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Estás bien?

—¿Puedo dormir contigo esta noche?

—¿Qué pasa?

—Son los chicos.

Alarmada, me siento y enciendo la lámpara de la mesilla.

—¿Qué chicos?

Su respuesta llega en un susurro nervioso.

—Los niños de ojos negros del bosque. Están ahí de pie, mirándome fijamente.

Aliviada de que no haya un grupo de escolares colgando muñecas de plástico profanadas en los arbustos, me froto las manos por la cara y suspiro.

—Oh, cariño… No hay niños en el bosque. Solo es la luz de la luna jugándote una mala pasada. Voy a llevarte de vuelta a la cama

Me levanto, la cojo de la mano y la llevo por el pasillo hasta mi antigua habitación. Se mete en la cama y se tapa hasta la barbilla con las mantas. Le doy un beso en la frente, cierro las cortinas y me doy la vuelta para marcharme.

—¿Puedes mirar primero por debajo de la cama?

Esto no es propio de ella. Normalmente no le da miedo nada. La he visto ver documentales sobre asesinos en serie llenos de fotos sangrientas de la escena del crimen y, después, dormir como un bebé.

Quizá sea por lo que ha pasado antes. Perderse en un pasillo de espejos puede aterrorizar a cualquiera.

—Claro.

Me arrodillo y miro entre las sombras debajo de la cama. Lo único que hay es una bola de pelo de gato.

Cuando me levanto y le sonrío, ella está paralizada en la cama, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué pasa?

—Ahora están detrás de ti —susurra, mirando más allá de mí. Con el corazón en un puño, me doy la vuelta. La habitación está vacía. Cuando vuelvo a mirar a Bea, se ha cubierto la cara con las sábanas. Tiembla de pies a cabeza.

—Esta noche dormirás conmigo, cariño. Vamos.

No sé quién se mueve más rápido, pero en menos de diez segundos hemos recorrido de vuelta el pasillo y estamos acurrucadas juntas bajo las mantas de mi cama.

A pesar de la luz de la lámpara y del cansancio que me agobia, no consigo dormirme hasta que el cielo negro al otro lado de la ventana se ilumina con tonos perlados y el amanecer ahuyenta todas las sombras que acechan en los rincones más recónditos de la habitación.

Por la mañana, Bea no recuerda nada de los chicos que vio en el bosque. Se despierta en la cama a mi lado, sin saber cómo ha llegado allí. Cuando le digo que estaba asustada, me mira sin comprender.

—¿De qué?

—No importa. Solo fue un sueño.

Me mira como si me lo hubiera inventado todo y se retira a su habitación con el gato a su zaga.

Durante el desayuno, mis tías se muestran todas sonrientes.

—Buenos días, cariño —dice Esme alegremente, colocando una taza de té aromático delante de mí cuando me siento a la mesa—. ¿Tostadas? ¿Tortitas?

—Prefiero una aspirina.

—¿No te encuentras bien?

—Estuve despierta hasta tarde con Bea. Tuvo una pesadilla.

—Pobrecita. No recuerdo la última vez que me pasó a mí; duermo como un tronco. Debe de haber comido demasiados dulces.

Frunzo el ceño mientras miro cómo se aleja hacia el armario para coger un plato

—Tuviste una pesadilla la semana pasada.

Se gira para mirarme con evidente confusión.

—Soñaste con serpientes, ¿recuerdas? Tuviste una pesadilla en la que unas grandes serpientes negras se arrastraban por toda la casa. Dijiste dos veces que habías tenido ese sueño.

Esme intercambia una mirada de sorpresa con Davina.

—No, cariño. No tuve ningún sueño con serpientes. Estoy segura de que lo recordaría —dice luego con delicadeza.

—Tía D, lo recuerdas —insisto—. Estábamos todos aquí, en la cocina, cuando nos lo dijiste.

Ella niega con la cabeza en silencio.

Perturbada, miro fijamente las turbias profundidades de mi té y me preocupa que me esté pasando algo muy grave. Primero, las hemorragias nasales. Luego, los dolores de cabeza. ¿Ahora estoy imaginando conversaciones?

¿Y qué hay de la pesadilla que tuvo Bea la noche pasada, esa que no recuerda haber tenido?

¿También es fruto de mi imaginación?

Me toco la frente con cautela, preguntándome si un tumor se estará comiéndose alegremente mi cerebro.

Me digo a mí misma que solo es estrés, que tiene que serlo, pero no consigo convencerme de que sea cierto.

Me siento desequilibrada durante el resto del día, así que decido salir de casa y tomar un poco de aire fresco.

Dejo a Bea haciendo sus deberes con Q, cojo un abrigo de lana del perchero que hay junto a la puerta y salgo bajo la tarde nublada y brumosa.

Paseo con las manos metidas en los bolsillos, tratando de aclarar mi mente para poder entender las cosas.

Estoy tan absorta que, cuando finalmente levanto la vista, me doy cuenta de que me he adentrado en el bosque.

La alta aguja de piedra de una iglesia se asoma entre los árboles a unos cuatrocientos metros delante de mí. Creo que es el antiguo santuario de la familia Croft. Debo de estar en su propiedad.

Me detengo y miro la aguja durante un largo rato, recomponiéndome y dejando que mi acelerado pulso recobre un ritmo más normal. No lo he decidido de una forma consciente, he venido hasta aquí sin darme cuenta, al lugar donde todo comenzó cuando murió mi madre.

Es como si estuviera hecha de hierro y la iglesia fuera un imán que me atrae irresistiblemente.

Me tomo un momento para calmar los nervios y luego sigo paseando.

El único sonido que oigo es el crujir de las agujas de pino secas bajo mis pies.

Hay un silencio inquietante en esta parte del bosque, no se oye el canto de los pájaros en las copas de los árboles, tan común en la naturaleza, ni el ulular de los búhos o el susurro de las ramas, ni el alegre murmullo de un arroyo cercano.

El bosque parece estar conteniendo la respiración.

La vieja iglesia abandonada se encuentra en medio de un claro sin árboles, pero cubierto de maleza y hierbas silvestres.

Sus paredes de piedra caliza están desconchadas y desmoronadas en algunos lugares, mientras que en otros están cubiertas por gruesas capas de musgo verde.

Las vidrieras están apagadas y rotas, y el campanario parece a punto de derrumbarse en cualquier momento sobre el tejado inclinado.

Repartidas por el cementerio gótico junto a la iglesia, las elaboradas lápidas marcan los lugares donde están enterrados los miembros de la familia Croft. La bóveda de mármol blanco coronada por un ángel llorón es donde descansa la madre de Ronan.

Solo lo sé porque había una foto en el periódico. Nadie se sorprendió cuando las Blackthorn no fueron invitadas al funeral.

Las puertas de madera de la parte delantera de la iglesia fueron retiradas hace tiempo y sustituidas por una pesada verja oxidada atornillada a la piedra.

Una gruesa cadena plateada envuelve los barrotes de hierro y está cerrada con un candado, y aunque todo lo demás de la iglesia está deteriorado, estos elementos son nuevos y brillantes.

Doy una vuelta al exterior hasta que encuentro otra entrada en el lateral. La verja oxidada que la protege está entreabierta, así que me cuelo por ella.

El interior de la iglesia es frío y oscuro. Está vacío, salvo por unos cuantos bancos de madera polvorientos y volcados de mala manera cerca del altar, también hay montones de hojas muertas en el suelo. Los pilares de mármol se elevan hasta formar inmensos arcos de piedra en el techo abovedado.

El aire está impregnado con un fuerte olor a granja.

Huele a almizcle, a paja húmeda y madera podrida.

Mirando a mi alrededor, me pregunto qué Croft decidió que ya había tenido suficiente de Dios y dejó que este lugar se transformara en unas ruinas.

Es evidente que lleva abandonado varias generaciones.

Adentrándome más en el edificio, descubro elaboradas gárgolas, ángeles, caballeros y animales tallados en las paredes de piedra sobre las ventanas y las puertas.

Son hermosos y complejos, y su diseño es un testimonio de la habilidad del artesano.

A unos metros del altar, dejo de mirar las paredes y mi atención se centra en el suelo.

Incrustado en la piedra, un gran mosaico de azulejos blancos y negros representa un lobo con un cordero entre las fauces. Sobre el lobo y su presa capturada flota una luna llena, negra y siniestra.

Es el escudo de la familia Croft. Lo he visto muchas veces antes, pero en este espeluznante escenario, parece cien veces más amenazador.

—Maven…

Jadeando, doy un salto y me giro.