28 Maven
Me doy la vuelta para volver por donde he entrado, pero no encuentro el camino. Debería estar ahí, pero parece como si los espejos se hubieran desplazado. El camino que conduce al interior ha desaparecido.
—¿Bea? Cariño, ¿dónde estás? —Una nota de pánico se cuela en mi voz.
Mi mirada recorre las sombras cambiantes en busca de alguna señal de mi hija, pero todo lo que veo son unas imágenes inquietantemente distorsionadas de mí misma, mi reflejo multiplicado hasta el infinito.
Sigo adelante, con el pulso acelerado, y aprieto las manos contra el frío cristal para intentar encontrar la salida del laberinto.
—¿Bea? —vuelvo a llamar. Mi voz resuena llena de miedo en los infinitos reflejos. Mi pánico aumenta con cada paso que doy.
Entonces vislumbro un movimiento en uno de los espejos: su pequeña figura pasa rápidamente, adentrándose en el laberinto.
—¡Bea, espera!
Me giro para seguirla y choco de frente contra un panel de cristal.
Me tambaleo hacia atrás, llevándome las manos a la frente donde me he golpeado con el espejo. El impacto me deja desorientada. Las paredes del laberinto parecen cerrarse sobre mí, sus superficies reflectantes distorsionan mi reflejo aterrado hasta convertirlo en algo casi irreconocible.
Casi… siniestro.
Otro destello de movimiento llama mi atención, esta vez más lejos.
Es una pequeña figura con un sombrero puntiagudo de bruja negro, deslizándose entre los espejos.
Me lanzo en esa dirección, tropezando hacia adelante, pero el reflejo desaparece tan rápido como ha aparecido.
Está tan oscuro y es tan confuso que no sé si estoy avanzando o dando vueltas en círculos.
Mis dedos rozan la superficie de los espejos, buscando con frenesí una salida.
Entonces, como por arte de magia, los espejos se separan de repente. Salgo disparada al exterior, y el aire nocturno me golpea la piel caliente. Me doy la vuelta y miro la puerta de salida, que se cierra con un chirrido al lado del auditorio.
Salgo, pero no puedo dejar atrás a Bea. Tengo que encontrarla. Justo cuando estoy a punto de abrir la puerta y volver a entrar, una voz familiar me detiene.
—¿Maven?
Me quedo paralizada, sin aliento. Me giro lentamente y veo a Ronan a solo unos metros de distancia, con la mirada clavada en mí. Su voluptuosa acompañante no está por ninguna parte.
—¿Qué pasa? Te he oído gritar.
—Es que… no encuentro a Bea —digo, tratando de mantener la voz firme—. Sigue en algún lugar dentro de la casa encantada.
Su expresión se endurece y aprieta la mandíbula. Sin dudarlo, se dirige hacia la puerta.
—Yo la encontraré. Quédate aquí.
—No, espera, no lo entiendes. Ahí dentro hay un laberinto de espejos. Y apenas podrás ver nada. Está casi totalmente oscuro.
—Te sorprendería lo que puedo ver en la oscuridad —murmura. Abre la puerta de un tirón y desaparece en el interior.
Retorciéndome las manos, me paseo de un lado a otro frente a la puerta cerrada durante unos minutos, sin saber si seguirlo o no, cuando de repente la puerta se vuelve a abrir y él reaparece, llevando a Bea en brazos.
El sombrero puntiagudo y la bolsa de caramelos han desaparecido, y se aferra a él, pálida y asustada, pero por lo demás ilesa.
—Oh, gracias a Dios —digo, inundada por el alivio.
—¡Mamá! —grita, zafándose de sus brazos para lanzarse a los míos.
La abrazo con fuerza, apoyando la cara en su pelo.
—Me has asustado, cariño.
—Lo siento —se lamenta con la voz débil—. No quería perderme.
—Ya lo sé. Me alegro de que estés bien.
—Casi no lo estoy… ¡Me he tropezado con un espejo y me he caído, y se ha desprendido de la pared y casi me aplasta!
Pero él lo ha sujetado antes de que cayera.
—Esas palabras hacen que mi corazón se contraiga por el miedo y el pánico.
Si Ronan no hubiera estado allí, mi hija podría haberse convertido en otra estadística de accidentes de las Blackthorn.
Él está a unos metros de distancia, observándonos, con la mirada feroz y la respiración entrecortada. Cuando nuestras miradas se cruzan, siento su poder crudo hasta la médula.
—Gracias —susurro.
Él asiente con la cabeza y su mirada se suaviza al mirar a Bea.
—Es muy valiente —añade en voz baja—. Ha salido a su madre.
No sé qué responder, así que la abrazo con más fuerza, agradecida de que esté a salvo.
Sin decir nada más, Ronan se da la vuelta y se aleja en la noche.
Con el corazón latiéndome con fuerza, suelto a Bea y la cojo por la mano.
La conduzco hacia el aparcamiento que hay al lado del edificio sujetando sus dedos con fuerza mientras trato de tranquilizarme, pero mis pensamientos no dejan de dar vueltas.
Mi mente sigue repitiendo la escena: Ronan apareciendo con Bea en brazos, la intensidad de su mirada, la rapidez con la que la encontró.
Recorrió el laberinto como si no fuera más que una ilusión, como si pudiera ver a través de él.
—¿Mamá? —dice, después de unos momentos en silencio.
—¿Sí, cariño?
Ella me mira a la cara.
—¿Por qué Wonder Woman te tiene miedo?
—Es probable que ya te hayas dado cuenta, cariño, pero nuestra familia es un poco diferente.
—Me he dado cuenta. Pero no es diferente en el mal sentido, ¿verdad?
Noto la preocupación en su voz.
Como la mayoría de la gente, tiene una inclinación natural a encajar. Siempre es más fácil ser parte de la tribu, ser querido y bienvenido. Ser una parte valiosa de un grupo está integrado en nuestro ADN.
Y, como todos los marginados saben, ser diferente puede ser peligroso. Ser diferente puede costarte la vida.
La miro.
—¿Te parecen malas la tía Esme y la tía Davina?
Ella niega con la cabeza.
—¿Y Q? ¿Te parece malo?
—No. Me gusta Q. Me gustan todos.
—Pues ahí lo tienes. No importa lo que piensen los demás. Tú has tomado tu propia decisión basándote en tu experiencia. Así es como debes abordar todo en la vida.
Ella lo contempla en solemne silencio durante un momento.
—Creo que Wonder Woman tenía los pechos operados —apunta luego.
Me reiría si no estuviera a punto de volver a llorar.
—Bueno, es Halloween. Quizá formaban parte del disfraz. Ven, vamos a comprar un helado.
Caminamos de la mano por el aparcamiento hacia la plaza del pueblo. Cuando llegamos al Dairy Queen, se le cierran los párpados y arrastra los pies.
Cada una pedimos un cono y nos lo comemos mientras volvemos al colegio.
Para entonces, la luna ha salido por encima de la cresta de las montañas e ilumina nuestro camino, coronándonos con una luz pálida y fantasmal.
Nos sentamos en el banco frente al aparcamiento del colegio.
Bea apoya la cabeza en mi hombro y cierra los ojos.
—Q llegará en cualquier momento, cariño —susurro, mirando la calle. Le rodeo los hombros con un brazo y le froto el bíceps. Pienso en Ronan, aunque intento no hacerlo.
Cuando Q llega en el Caddy, Bea está dormida. La levanta con delicadeza y la acuesta en el asiento trasero, doblando su capa bajo su cabeza a modo de almohada.
Mientras nos alejamos, veo de reojo a un Drácula con capa, solo, a la sombra de un roble retorcido al otro lado de la calle, mirándonos con sus penetrantes ojos helados.