Blackthorn 27 Maven
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27 Maven

Al día siguiente me quedo en casa con Bea, ayudándola con sus deberes. A última hora de la tarde, en medio de una lección de trigonometría, un viejo recuerdo surge de la nada.

Unos días antes de que mi madre falleciera, la encontré escribiendo frenéticamente algo en un papel.

Estaba en la biblioteca rodeada de docenas de libros abiertos sobre el gran escritorio de roble.

Parecía ya de madrugada y la casa estaba fría porque el fuego de la chimenea se había reducido a un montón de brasas encendidas hacía ya algunas horas.

Me desperté empapada en sudor por una pesadilla que ya no recuerdo y bajé las escaleras con la boca seca como un hueso blanqueado bajo el sol para beber un vaso de agua.

Fue entonces cuando la encontré inclinada sobre los libros abiertos, escribiendo tan rápido en el papel que al principio no se dio cuenta de que había entrado.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunte.

—Corrigiendo un error —respondió sin levantar la vista.

No dio más explicaciones. Al ver lo concentrada que estaba en su trabajo, salí de la habitación y volví a la cama.

Tres días después, murió.

Voy a la cocina sumida en mis pensamientos. Bea me sigue, y se pone de puntillas para alcanzar el grifo. Llena un vaso de agua y se lo bebe de un trago.

Mi corazón está tan lleno de amor por ella que me duele.

—¿Cariño?

—¿Sí, mamá?

—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé.

—Solo quería asegurarme. Pase lo que pase, siempre te querré. Incluso cuando seas mayor y yo ya no esté aquí.

Ella me mira, con el ceño fruncido.

—¿No estarás aquí?

—Me refiero a cuando fallezca, algún día, en un futuro lejano.

No sé si su expresión es de confusión o de inquietud, pero justo entonces, la tía E entra en la cocina. Se detiene en la puerta al vernos.

—¿Por qué no estáis vestidas?

—¿Vestidas para qué?

Le lanza una mirada significativa a Bea.

—Es la víspera de Todos los Santos, May. Deberías llevar a Bea a pedir caramelos.

«Halloween. Mierda. ¿Cómo se me ha podido olvidar?».

—En la ciudad nunca celebramos Halloween. Mamá dice que los dulces son malos para los dientes.

Cruzo la mirada con la tía E por encima de la cabeza de Bea y esbozo una sonrisa forzada.

—Quizá por esta vez podríamos hacerlo. ¿Te gustaría?

—¡Sí! —Su entusiasmo se desvanece—. Pero no tengo disfraz.

—Seguro que encontramos algo para ti, palomita. De hecho, tengo justo lo que necesitas. ¿Qué te parece ser una bruja?

—¿Con escoba y todo?

Divertida, la tía E se ríe.

—¡Las brujas ya no vuelan en escobas! Ahora usan Wi-Fi para desplazarse. Pero tengo un sombrero y una capa preciosos para ti, además de una varita.

Bea queda impresionada al oír mencionar la varita. Su boca forma una O y sus ojos se abren con emoción.

«Joder».

La tía E señala la puerta que conduce a la gran antesala de la cocina.

—Nos vemos en la sala de manualidades, Bea. Soy una experta con la máquina de coser. Te lo ajustaremos en un santiamén.

Bea se aleja saltando y sonriendo. En cuanto está lo suficientemente lejos como para no oírnos, me vuelvo hacia la tía E consternada.

—Vas directa al grano, ¿eh?

—No sé a qué te refieres.

—Sabes perfectamente a qué me refiero. ¿No podrías haber sugerido un ángel o un hada?

Ella resopla con desdén.

—Los ángeles no son más que sirvientes. Y las hadas son unas niñatas traviesas. Esa cría es una Blackthorn. Debería estar orgullosa de su legado.

—Lo único que nos ha aportado nuestro «legado» es persecución.

—Oh, no, cariño. —Su voz se vuelve más aguda—. Nos ha traído mucho más que eso.

Sé que es una pelea que no puedo ganar, así que sacudo la cabeza.

—Está bien. Pero, por favor, ¿me puedes dar algo para cubrirme la cabeza y que nadie me reconozca cuando salgamos? Una bolsa de papel servirá.

Ella sonríe.

—Haré dos agujeros en una sábana y te convertiré en un fantasma.

—Genial. Haz también un agujero para la boca, para que pueda llevarme una petaca. La necesitaré.

Poco más de una hora después, Q nos deja en un barrio cercano a la escuela primaria, donde las calles están llenas de niños disfrazados y padres con linternas, cuyos alegres rayos amarillos se mueven en la oscuridad.

La tía E me ha dado una máscara de carnaval negra con lentejuelas y adornada con plumas para que me la pusiera en lugar de la sábana.

Y Bea, mi pobre y dulce niña, lleva el atuendo completo de la malvada bruja del oeste, con un sombrero negro puntiagudo y una cola de tul negro, un vestido negro de manga larga con hombros abullonados y falda amplia, con pintura verde en la cara.

Lleva consigo una brillante varita de madera que utiliza alegremente para lanzar maldiciones a diestro y siniestro a todos los piratas, vaqueros y spidermans que ve. A las princesas Disney y a las reinas de las hadas las deja en paz, y prefiero no considerar las razones.

La noche es clara, fría y no hay viento.

Las estrellas brillan con toda su fuerza, centelleando silenciosamente en la profunda cúpula zafiro del cielo.

Vamos de puerta en puerta, y la funda de almohada de Bea se va llenando de caramelos a medida que avanzamos.

Al final, se queja de que le duelen los pies y me pregunta cuándo vendrá Q a recogernos.

Miro al cielo. En el horizonte, la luna está empezando a asomar por encima de los picos irregulares de las montañas. Es grande, brillante y fantasmal, y en menos de una semana estará llena.

—Todavía no, cariño, pero pronto. Podemos ir al gimnasio del colegio y esperar allí. Siempre montan una divertida casa encantada; te gustará. Hay un montón de asesinos en serie que saltan desde detrás de las puertas.

Se muestra más animada.

—¡Espero que tengan a Jeffrey Dahmer! Solía comerse a la gente.

Realmente necesito alejarla de la televisión.

—Creo que se trata más bien de chicos mayores con monos azules y máscaras de hockey, ese tipo de cosas.

Su «Oh» denota una ligera decepción.

Nos dirigimos hacia el colegio. Sonrío y saludo con la cabeza a toda la gente con la que nos cruzamos, a salvo detrás de mi disfraz de plumas.

Una vez en el colegio, nos unimos a un pequeño grupo de padres y niños que entran en el gimnasio.

Está decorado al estilo kitsch de Halloween, con luces negras, esqueletos que miran lascivamente desde detrás de lápidas, demonios sin cabeza colgados de las paredes y zombis que deambulan sin rumbo fijo.

Una banda sonora enlatada con truenos y risas malvadas de mal gusto resuena en bucle a través de los altavoces del techo.

Nos detenemos en la puerta y miramos a nuestro alrededor. Bea arruga la nariz.

—Esto es para bebés. Nadie mayor de seis años se asustaría con esto.

—Pero aún no has entrado en la casa encantada.

Cuando oigo la voz detrás de nosotros, se me revuelve el estómago. Cojo a Bea de la mano y la atraigo hacia mí mientras un Drácula alto y con capa, se acerca y se detiene frente a nosotros.

Lleva el pelo peinado hacia atrás. Su mandíbula podría cortar cristal. El esmoquin negro y la corbata blanca lucen impecables, al igual que la larga capa negra que le cubre los hombros. El interior está forrado de seda del color de la sangre fresca.

Este príncipe de la noche es elegante y guapo de una forma devastadora, y se apoya de forma majestuosa en un bastón de madera con un cráneo en el extremo, como si fuera el dueño de la Tierra y de todos los que la habitan.

Me gustaría darle una patada en sus partes íntimas.

Sonríe, mostrando unos caninos blancos y puntiagudos que parecen auténticos.

—Me acuerdo de ti —dice Bea—. Eres el hombre de la tienda de comestibles.

Ronan inclina la cabeza a un lado, aceptando el hecho.

—Así es. Qué buena memoria tienes, brujita. Y qué bonito disfraz.

—Me lo hizo mi tía abuela. ¿Quieres que te lance un hechizo?

Ella blande la varita hacia él con un ademán grandilocuente. Él levanta una mano en señal de terror fingido.

—Solo si prometes que terminará al amanecer. Tengo que estar en la cama antes de que salga el sol.

Encantada de que él le siga el juego, ella sonríe.

—¡En tu ataúd!

—Exactamente.

—Después de haber asesinado a mucha gente y haber dejado sus cadáveres pudriéndose en las calles! —Se ríe entre dientes.

—Vaya, qué sangrienta. —Levanta su mirada azul pálida hacia mí—. Encajas perfectamente con el resto de la familia.

No sé si se refiere a mi familia o a la suya. En cualquier caso, tiene razón.

Sonrío con tensión.

—Hola, Ronan. Te preguntaría si eso que llevas puesto es un disfraz, pero ya sé que eres un chupasangre.

Nos miramos por encima de la cabeza de Bea hasta que una morena pechugona con un disfraz de Wonder Woman se acerca y se cuelga del brazo de Ronan.

—¡Tu disfraz es adorable! —dice, sonriendo a Bea.

—Gracias. El tuyo también es bonito.

Sin apartar la mirada de mí, Ronan rodea con el brazo la cintura de la morena y la atrae hacia él. Ella lo mira con sus bonitos ojos castaños llenos de adoración.

Mi corazón se detiene. Mi estómago se convierte en una pequeña bola enfermiza y comienza a gemir.

—Maven, esta es Colette. Colette, Maven —me presenta Ronan lacónicamente.

Ella me mira, y sus ojos de cierva se ensanchan por el miedo. Retrocediendo, se lleva una mano a la garganta.

—Maven… ¿Blackthorn?

Mi reputación me precede. Vuelvo a tener diez años, despreciada sin piedad, rechazada y excluida por mis compañeros.

Ojalá no me doliera tanto. Ojalá pudiera ser indiferente, fría, imperturbable. Pero estas heridas que sufrimos y que nos llegan hasta lo más profundo cuando somos jóvenes y vulnerables permanecen con nosotros para siempre, sin importar cuánto envejecemos o cuánto nos alejamos de su origen.

Podemos esperar haber sanado, a veces incluso podemos creerlo. Pero una mirada de reproche sin palabras puede robarnos esa dulce ilusión, y entonces queda dolorosamente claro que nunca hemos mejorado, solo nos hemos vuelto mejores fingiendo.

—La misma que calza y baila —digo con firmeza—. ¿Quieres un consejo? Hazte la prueba de la rabia. Tu acompañante es un perro.

Agarro a Bea de la mano y la arrastro hacia la entrada de la casa encantada, al otro lado del auditorio, tragándome el doloroso nudo que tengo en la garganta mientras lucho por contener las lágrimas.

Colette. La hermosa y voluptuosa Colette.

En comparación, yo parezco un hongo venenoso.

Quizá mantengan una relación formal. Quizá ella haya estado con él todo el tiempo. Quizá él pensaba en ella cuando nosotros…

No. No voy a pensar eso. Es demasiado horrible.

Probable, pero horrible.

Soy tan tonta… He dejado que este estafador me engañara cuando sabía desde el principio que no debía creer en él.

No había estado tan alterada desde que Becca Campbell me pegó en el patio del colegio, en quinto curso.

O tal vez cuando me escupió y me hizo llorar delante de dos docenas de personas en el carnaval de invierno.

O cuando me hizo tropezar mientras caminaba con la bandeja de comida en la cafetería de la escuela y un centenar de niños se rieron a carcajadas mientras yo salía volando y aterrizaba de bruces en un plato de puré de patatas con salsa.

Desde una mesa en la esquina, Ronan me observaba con una sonrisa burlona.

Lo he adorado desde que era una niña, lo he admirado con todo mi corazón y con todas las partes oscuras de mi alma, que lo amaban aún más porque la fealdad que me envolvía parecía menos repulsiva ante el reflejo de su resplandor celestial, y lo único que obtuve a cambio fue un corazón roto.

—Mamá, me estás haciendo daño en la mano.

Suelto el fuerte agarre con el que sujeto a Bea y me disculpo, aunque sigo apresuradamente al pequeño grupo de niños y padres que entran por la puerta abierta, donde hay una señal que indica que estamos en la casa encantada.

Más allá de la puerta, la luz es tragada por la oscuridad, de la que emana una espeluznante banda sonora.

Entramos justo a tiempo para que la oscuridad oculte las lágrimas que se acumulan en mis párpados y se derraman por mis mejillas.

Estamos en un gran espacio cubierto por cortinas negras raídas que se agitan siniestramente entre las sombras parpadeantes.

Una máquina de humo llena el suelo con una niebla que se arremolina alrededor de lápidas y cruces falsas.

Un enorme árbol retorcido se eleva hacia arriba, con sus ramas envueltas en telarañas.

Un camino serpentea a través de salas temáticas, separadas por más cortinas negras.

Pasamos por el laboratorio de Frankenstein, con vasos de precipitados burbujeantes y maniquíes ensangrentados y desmembrados, y por la guarida de una bruja, con un caldero burbujeante y enormes arañas que se retuercen, iluminadas con luces negras.

Más allá hay una sala de espejos. Al entrar, veo mi propia imagen reflejada en fragmentos desde una docena de ángulos diferentes, pero estoy sola.

—¿Bea?

La única respuesta es una risa lejana y espeluznante que rebota en los espejos y resuena en el silencio.