Blackthorn 26 Maven #2
54%

26 Maven #2

Tenía una voz distinta, mostraba un trato más educado, nada que ver con la grosería y la arrogancia del otro.

A pesar mío, sonrío.

—No tengo ni idea de quién puede haber sido. Qué inquietante. Pero ha sido muy inteligente por tu parte pedirle su información de contacto.

—Gracias. Hay demasiadas estafas como para dar información confidencial a un desconocido por teléfono. No se puede ser demasiado precavido. Un desliz y toda tu vida puede quedar arruinada.

Algo en eso hace saltar una leve alarma en mi cabeza.

—Pero no le has dicho a esa persona que Bea no es tu hija, ¿verdad?

—No. No dije nada. No iba a darle ningún detalle sin verificar que era quien decía ser. Solo le pedí sus datos y colgué.

Menudo hijo de puta.

Ronan me ha mentido.

La vergüenza se me sube lentamente por el cuello y se instala en mis mejillas, donde me quema. Me dan ganas de darme una patada por haber caído en la trampa. No solo por haber caído en su ingeniosa mentira, sino porque además lo recompensé con sexo.

Doy gracias a Dios un millón de veces por no haber dejado que me manipulara para que le dijera la verdad.

Porque si eso es mentira, probablemente todo lo demás también lo sea. Incluida esa frase sobre que nunca me llevará a los tribunales para obtener la custodia. O la de que lamentaba cómo me había tratado.

O la de estar enfermo.

Todo ha sido una manipulación para que admitiera que Bea es suya.

No me puedo creer que haya sido tan tonta.

Se me pone un nudo en la garganta. Me duele el pecho. Tengo que respirar hondo varias veces antes de poder volver a hablar.

—Gracias, Brett. Si recibes alguna otra llamada extraña, probablemente deberías bloquear el número. Estos estafadores son bastante persistentes si sienten que tienen un pie en la puerta.

«No me preguntes cómo lo sé».

—Lo haré. Me ha encantado hablar contigo, May. Cuídate.

—Gracias, Brett. Tú también.

Después de colgar, me siento en el borde de la cama, con las manos temblorosas. Estoy furiosa conmigo misma por haberle mencionado a Brett. Abrumada por la insistencia de Ronan y no haber imaginado que podría seguir insistiendo con una llamada telefónica a un hombre que se me escapó bajo coacción.

A partir de ahora tendré más cuidado. No cometeré más errores. No habrá más conversaciones.

No tendremos más sexo.

De hecho, lo evitaré por completo durante el resto de mi estancia en Solstice.

Me doy cuenta de que tal vez la amenaza que esgrimió Ronan de decirle a todo el mundo que es el padre de Bea el día que nos lo encontramos en el supermercado fuera un farol.

Tal vez no tenga intención de decírselo a nadie.

Quizá no tenga intención de darnos dinero, apoyo o cualquiera de las demás cosas bonitas que prometió que nos daría.

Quizá su plan sea simplemente quitármela.

Me cubre un sudor frío. Mi ira se convierte en pánico, que intento calmar respirando, pero no es de ayuda.

Ronan es rico. Poderoso. Tiene contactos. Con solo chasquear los dedos, puede conseguir todo lo que quiera. Incluso la policía le tiene miedo. El investigador privado me dijo que la mayoría de los agentes de la ley que conocía preferirían luchar contra un oso antes que enfrentarse a un Croft.

Cuando mi teléfono vuelve a sonar, contesto distraídamente.

—Diga…

—Hola, señorita Blackthorn.

—Señor Walker. Buenos días.

—Buenos días. ¿Tiene un minuto?

—Sí. Adelante.

—Me he topado con algo extraño mientras investigaba su caso. No sé si es importante, pero he pensado que es mejor comunicárselo.

—¿Tiene algo que ver con mi abuela desaparecida?

—No exactamente. Se trata de personas desaparecidas en general en su zona.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Según el Centro Nacional de Información Criminal, Solstice tiene el porcentaje más alto de casos sin resolver respecto a personas desaparecidas de todo Estados Unidos.

—¿En serio? Qué extraño.

—Lo es, en especial si se tiene en cuenta el tamaño de la población.

—¿Cuál cree que podría ser la causa? ¿El tráfico de órganos?

—Es una posibilidad. La base de datos solo está disponible online desde 1975, y se purga y actualiza periódicamente, por lo que no tengo una visión completa, pero hay un montón de casos sin resolver en Solstice.

En el noventa por ciento de los casos, las personas son encontradas o regresan a casa sanas y salvas en el plazo de un año, pero si no es así, el expediente permanece abierto indefinidamente por si se obtienen nuevas pruebas de ADN u otras pruebas.

En Solstice, ninguno de los que desaparece vuelve jamás.

Ni una sola vez en cincuenta años. Hombres, mujeres, ancianos, turistas, excursionistas, ciclistas, incluso una tropa entera de Boy Scouts que estaba de acampada.

Lo que le digo, la gente parece desaparecer sin dejar rastro.

La inquietud se apodera de mí y baja a mi estómago como las espirales de una serpiente.

—¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta de esto antes? Lo normal sería que se hubiera hecho un documental, uno de esos sobre crímenes reales que tanto le gustan a mi hija.

Él se ríe entre dientes.

—Dudo mucho que las autoridades de esa parte del estado permitieran que saliera a la luz una historia así.

—Se refiere a los Croft.

—¿A quién si no? Son los dueños de los medios de comunicación, de los políticos, de todos los que tienen poder. Lo último que querrían es que la mala publicidad pudiera afectar al precio de las acciones.

—Entonces, ¿no hay nada que podamos hacer?

—Como le he dicho, me ha parecido interesante. Y una razón más para que usted tenga cuidado. No querrá convertirse en otra estadística, señorita.

Esas palabras son escalofriantes.

—Gracias por decírmelo, señor Walker. Se lo agradezco.

—De nada. Me pondré en contacto con usted en cuanto tenga más información.

Colgamos. Me siento en el borde de la cama durante un buen rato, pensando.

Luego llamo al Cementerio Pinecrest, me presento a la persona que responde y le digo que quiero exhumar la tumba de mi madre.

El hombre al otro lado de la línea se queda en silencio durante un momento y luego tose tímidamente.

—Me temo que eso no es posible, señorita Blackthorn.

—¿Por qué?

—Tenemos órdenes de no atender ninguna solicitud de traslado de tumbas.

—No quiero trasladarla. Quiero exhumar sus restos para realizar una autopsia. La volveremos a enterrar cuando hayamos terminado.

—Lo entiendo, pero me temo que sigue sin ser posible. Desde que se cerró la Funeraria Anderson, la junta reguladora estatal ha abierto una investigación sobre las acusaciones de mala praxis que recaen sobre ella. Hasta que concluya esa investigación, no se nos permite desenterrar ningún cadáver.

—No entiendo qué relación hay entre ambas cosas.

—En pocas palabras, todos los cementerios a los que Anderson ha prestado servicio durante las últimas décadas se consideran posibles escenas del crimen. Esa es toda la información que puedo divulgar.

Recuerdo que el investigador privado me dijo que una de las denuncias contra la Funeraria Anderson era que faltaba un cadáver en un ataúd y que había sido sustituido por piedras, y que otro ataúd contenía más de un cadáver.

—¿Eso significa que las autoridades abrirán las tumbas ellas mismas?

—No puedo comentar nada al respecto. —Baja la voz hasta convertirla en un susurro—.

Extraoficialmente, sí. Ya han empezado. Por lo que parece, todo este asunto se va a poner muy feo.

Todo el clan Anderson ha desaparecido, lo que significa que esos sinvergüenzas han echado a correr para no ir a la cárcel por todas las fechorías que cometieron y que pensaban que quedarían sepultadas junto a los pobres difuntos a los que maltrataron. Pero yo no le he dicho nada.

—Por supuesto que no. Le agradezco la información. Gracias por su tiempo.

El día transcurre sin incidentes. La paz dura hasta alrededor de la medianoche, cuando me siento erguida en la cama, pues noto una presencia extraña en la habitación.

Me doy la vuelta y enciendo la lámpara de la mesita de noche. La habitación se inunda de luz.

Estoy sola.

Me siento aliviada hasta que mi intuición me dice que apague la luz y me quede quieta. Me siento con las rodillas recogidas bajo la barbilla, los oídos atentos al zumbido del silencio, el corazón latiendo con fuerza, con un ritmo primitivo.

En algún lugar lejano, aúlla un lobo solitario.

Me levanto de la cama, cruzo hasta la ventana, abro las cortinas y miro hacia fuera. Ronan está delante de la verja, fumando un cigarrillo.

Sabía que estaba allí incluso antes de verlo.

Nos miramos a través de la distancia hasta que cierro las cortinas. Luego vuelvo a la cama y me quedo tumbada mirando al techo en la oscuridad hasta que el amanecer se asoma por los bordes de las cortinas.

Cuando finalmente me quedo dormida, sueño con mariposas azules y zorros rojos, gatos blancos y perros negros, y veo a la abuela Lorinda montada en un enorme búho cornudo con el cielo estrellado y la brillante luna llena como telón de fondo, con su largo cabello blanco ondeando al viento.

Una bandada de cuervos la sigue de cerca.

Cuando me despierto por la mañana, la funda de la almohada vuelve a estar cubierta de sangre.

Esta vez la hemorragia nasal es tan fuerte que ha traspasado la tela y empapado toda la almohada.