Blackthorn 26 Maven
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26 Maven

Justo a medianoche, presiono el timbre de la casa de Ronan. Como no responde, llamo a la puerta, aunque me siento ridícula de pie en el porche en la oscuridad. Los minutos pasan en un silencio total. Desconcertada, miro las ventanas a oscuras, preguntándome dónde estará.

Justo cuando estoy a punto de rendirme y marcharme, él abre la puerta de golpe y se queda mirándome con el ceño fruncido desde el vestíbulo en penumbra.

Está con el torso desnudo y descalzo, vestido solo con unos vaqueros ajustados y rotos en las rodillas. No se ha afeitado y tiene el pelo revuelto, que cae enredado alrededor de los hombros, como si hubiera pasado la última hora pasándose las manos por él. O luchando contra una manada de osos.

Sin embargo, resulta magnífico. Su belleza musculosa y masculina parece de otro mundo. Es Apolo y Adonis, Thor y el Capitán América, el rudo y noble personaje de Aragorn de El Señor de los Anillos.

¡Menudo descaro!

—Hola, guapo. ¿Estabas dormido? —le digo con acritud.

—No —gruñe

—Ah. Veo que estás de muy buen humor. ¿Cuál de tus personalidades es esta? Quiero prepararme para ella.

Con las fosas nasales dilatadas, me estudia de arriba abajo, recorriendo mi cuerpo con su mirada ardiente. Cierra los ojos y murmura un juramento. Luego enciende las luces, me agarra por la muñeca y tira de mí hacia dentro antes de cerrar la puerta de un portazo.

Se queda allí mirándome con recelo bajo sus cejas fruncidas, como si fuera una extraña que intenta venderle relojes falsos desde el maletero de un coche robado, en el aparcamiento de un hotel de mala muerte.

Como ha decidido mostrarse grosero y poco cooperativo, empiezo yo.

—Hueles a whisky.

—Eso es porque he bebido mucho esta noche.

—Mira, fuiste tú el que me dijo que viniera a esta hora intempestiva, pero puedo irme.

—¡No! —grita. Luego cierra los ojos—. Joder. Sí. Deberías irte —murmura.

—Claro. Buena suerte con esa crisis nerviosa.

Me doy la vuelta, pero me agarra por los hombros y me empuja contra la puerta cerrada, dejándome inmovilizada. Respirando de forma irregular con las fosas nasales dilatadas, me mira de arriba abajo otra vez, luego cierra los ojos, baja la cabeza y lanza un gemido.

—Voy a contar hasta tres. Y si quieres que tu cabeza siga unida a tu cuerpo, me soltarás antes de que llegue a tres.

Se separa de mí y se va al salón, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, soltando maldiciones.

Cuando enciende la luz del techo, me doy cuenta del caos. Su casa es un desastre.

La mesa de centro está volcada. Todos los cojines del sofá están esparcidos por la habitación como si los hubieran arrancado y lanzado a los rincones. Los cuadros abstractos en blanco y negro cuelgan torcidos. Tienen múltiples agujeros del tamaño de un puño.

Miro a mi alrededor con incredulidad.

—¿Has tenido una juerga, verdad?

—Vino un amigo a casa —dice con la voz ronca después de una pausa, de espaldas a mí.

—Vaya, menudo amigo.

—Bueno, está pasando por un mal momento.

—Evidentemente. Espero que tuvieras a mano una pistola tranquilizante.

Ronan se da la vuelta para mirarme. Parece un maníaco con la cabeza gacha y los ojos ardientes, con las manos y la mandíbula apretadas.

—Mi amigo… acaba de descubrir algo muy malo sobre la mujer con la que estaba saliendo.

Por su tono, deduzco que, sea lo que sea, es algo grave. Me intriga.

—¿Le está engañando?

—Peor.

—¿Le han robado?

—Peor.

—Me rindo.

—Es su media hermana.

Sorprendida, suelto una risa ahogada.

—No. ¿En serio?

—En serio. Y tienen un hijo juntos. —Se aclara la garganta—. Hijos.

—Dios mío. No me extraña que se pusiera como loco. ¿Cómo es que no lo sabían?

—Era adoptado —dice entre dientes después de un momento de tensión.

—Vaya. Y yo que pensaba que nosotros teníamos problemas.

Como él no se ríe, dejo de bromear y me pongo seria.

—¿Qué tiene pensado hacer además de saquear las casas de sus amigos? —Aprieta y afloja las manos. Luego me señala con la barbilla—. ¿Qué le habrías sugerido tú?

Lo pienso un momento.

—¿Lo saben los niños?

—Solo lo sabe él.

—Bueno, lo primero, debería hacerles pruebas a los niños. Es muy probable que tengan trastornos genéticos.

—Trastornos genéticos… —repite, con cara de malestar.

—Sí. La endogamia causa todo tipo de problemas.

Lo piensa un momento y luego se frota la cara con las manos, como si deseara no haberlo oído.

—Y, obviamente, tiene que dejar de verla.

—Obviamente. Sí. —Hace una pausa—. ¿Por qué, exactamente?

—Es ilegal. Y va en contra de prácticamente todos los códigos éticos y culturales que existen. Es uno de los tabúes más importantes.

—Claro. Por supuesto. Eso es…, eso es lo que le dije.

—Bueno, espero que lo supere pronto, pobrecito. No puedo ni imaginar lo jodido que debe de ser.

Inclina la cabeza a un lado, estudiando mi expresión.

—¿Crees que debería decírselo? A la mujer, quiero decir.

—No veo qué beneficio podría tener eso.

Se acerca con los ojos pálidos ardiendo.

—¿No? ¿No es injusto para ella?

—¿A ti te gustaría saber que te estás tirando accidentalmente a tu hermanastra?

Su risa es baja y sin humor.

—No. No, joder, definitivamente no querría saberlo.

—Ahí tienes. Hay cosas que es mejor no decir. Solo porque él sea infeliz no significa que todos los demás tengan que serlo. Y Dios no permita que los niños se enteren. Debería alejarse y mantenerlo en secreto.

Ronan me mira con intensidad, en un silencio espeso.

—¿Y si no se lo contara, pero siguiera viéndola? —dice tras una pausa incómoda y larga.

—Eso estaría mal en todos los sentidos. Sería imperdonable. Rotundamente no.

—¿No sería romántico?

—¿Es que la única neurona con la que naciste murió de soledad?

—El amor es amor, ¿no es eso lo que dice la gente?

Arrugo la nariz.

—Estoy casi segura de que no se refieren a esta situación en particular.

—Pero si ella no lo sabe, nadie sale perjudicado, ¿no?

—Sigue siendo una traición. Y él acabará confesándolo todo tarde o temprano. Por la culpa y todo eso.

Él niega lentamente con la cabeza.

—No, él no sufre de eso. Es el tipo de persona que puede guardar muchos secretos.

—No me extraña que seáis amigos.

—La vida no es amable con los mansos. A veces, hay que tomar decisiones desagradables.

—Espero que nunca te presentes a un cargo político. Tu ética es demasiado flexible.

Me mira con ira en un silencio abrasador durante un momento, luego se da la vuelta bruscamente y va hacia la cocina. Estoy a punto de seguirlo, pero regresa al instante con una bolsita negra.

Me la entrega bruscamente.

—Aquí tienes tu dinero.

—Oh. Gracias. Quieres que…

—Buenas noches. —Me empuja hacia la puerta y la abre, luego agita la mano con impaciencia, indicándome que me vaya. Rápido.

Su rudeza me duele, pero no lo admitiría ni loca. Levanto la barbilla y salgo. Antes de que pueda decir «buenas noches», Ronan me cierra la puerta en las narices.

Cada vez que empiezo a pensar que este cabrón podría tener corazón, me demuestra que estoy equivocada.

De regreso a la casa, la niebla me envuelve los tobillos con remolinos gris pálido que se aferran a mis piernas como dedos fantasmales.

El aire nocturno es pesado y húmedo, me oprime los hombros y me enfría hasta los huesos.

Atravieso la entrada de la verja, subo rápidamente por el camino de acceso y entro por la puerta trasera.

Me muevo en silencio por la casa, y cuando paso por delante de un espejo en el pasillo, veo una figura detrás de mí. Es una forma distorsionada y vaga, pero cuando me giro, no hay nadie. Vuelvo a mirar al espejo, aunque solo mi propio rostro me devuelve la mirada.

Mis ojos parecen reptilianos, con pupilas verticales. Los iris, que brillan con un color entre dorado fundido y verde venenoso, me miran con una inteligencia astuta y depredadora.

Parpadeo y la visión desaparece.

Por la mañana, me despierta una llamada telefónica. Cuando veo el número en la pantalla, no sé si contestar, pero la curiosidad puede más que yo.

—Hola, Brett. Qué sorpresa tan agradable.

—Hola, May. Siento molestarte. Sé que debes de estar muy ocupada en el trabajo.

—No pasa nada. Me he tomado unos días libres.

En su pausa, percibo su sorpresa.

—¿Te has tomado unos días libres? ¿Estás enferma?

—No, estoy bien. Es por un asunto familiar.

Hay otra pausa, esta vez parece aun más sorprendido. No puedo culparlo.

No hablo de mi familia con los hombres con los que salgo salvo en contadas excepciones.

Les doy un esbozo de mi vida —parte de ella es cierta—, y luego desvío la conversación hacia temas más seguros.

«He crecido en un pueblo pequeño, mis padres han fallecido, me fui a la universidad y no volví nunca, no, no tengo parientes cercanos, ¿qué tal tiempo hace?» .

La mayoría de los hombres con los que he salido ni siquiera sabían que tenía una hija. No los llevé a casa para que la conocieran. No eran lo suficientemente importantes.

Cuando vienes de una familia como la mía, no es realista esperar que tus relaciones románticas sean sanas. Las Blackthorn no tenemos límites, tenemos imponentes muros de acero con ametralladoras y coronados con hileras e hileras de alambre de púas.

Al final, él puso fin a la relación. Dijo que estar conmigo era como intentar amar a un fantasma.

—Un asunto familiar —repite Brett con escepticismo—. ¿Tiene algo que ver con la inusual llamada telefónica que he recibido?

Sé que se refiere a Ronan. Mantengo un tono inocente y ligero.

—¿Una llamada inusual?

—Sí. Me llamó un hombre que afirmaba ser el director de la escuela de Bea. Se mostró muy desagradable.

Brett siempre ha sido un excelente juez del carácter.

—Qué raro. ¿Qué te dijo?

—Que Bea había tenido un accidente grave.

Me mostré escéptico de inmediato, porque sabía que tú no me habrías incluido como contacto de emergencia.

Así que le pregunté su nombre y su número de teléfono y le dije que le llamaría enseguida.

Cuando lo hice, el número que me había dado correspondía a una gasolinera.

Para asegurarme de que no lo había apuntado mal, llamé al colegio de Bea y pedí hablar con el director.

El hombre que contestó era una persona diferente.