24 Maven
El sábado termina. El domingo llega y se va. El lunes por la mañana, me doy cuenta de que he pasado casi todo el fin de semana obsesionada con cada palabra que Ronan me ha dicho desde que volví al pueblo, tratando de asociar cada una de ellas a una enfermedad diferente.
Es agotador.
La única forma de averiguar qué le pasa es hablando con él, una actividad que detesto más que una limpieza dental.
Después del desayuno, Bea me hace una pregunta que esperaba que no llegara. Estamos en la sala de estar; yo en el sofá, ella en el suelo, sentada con las piernas cruzadas y un libro abierto en su regazo. Q ha llevado a las tías a la tienda, así que estamos solas en la mansión.
—Oye, mamá…
—Sí, cariño.
—¿Te acuerdas del hombre del supermercado? ¿El que recogió la cebolla que se te cayó?
Bajo lentamente el libro sobre los faraones egipcios que estoy leyendo y la miro.
—Era muy alto. Y…
«No lo digas. Por favor, no lo digas».
—Tenía los ojos como los míos —dice sin levantar la vista del libro—. Los míos de verdad.
—¿En serio? Hmm…
—Nunca había conocido a nadie que tuviera los ojos del mismo color que yo.
—Tiene sentido. Los ojos azul claro son muy raros.
Levanta la vista del libro.
—Sí, pero no tan claros como los míos. Son casi blancos. Solo los he visto en los perros husky. Y en el anciano en silla de ruedas que vino al velatorio de la abuela.
«Ese anciano es tu abuelo».
Esbozo una sonrisa y respiro profundamente para calmar los dolorosos latidos de mi corazón.
—Supongo que tenía que pasar tarde o temprano.
—¿Mi padre tenía los ojos claros?
Se me seca la boca. Me humedezco los labios y miro el libro que tengo en las manos.
Lo único que le he contado sobre su padre es que estuvimos juntos durante un tiempo, que mi embarazo no fue planeado, que él no me apoyó y que no hemos vuelto a hablar desde entonces.
Hasta ahora, todo eso era cierto. He tenido suerte de que ella no quisiera más detalles, pero siempre he sabido que algún día empezarían las preguntas.
Aunque por dentro estoy a punto de tener un ataque pánico, mantengo la voz tranquila.
—Sí, tenía los ojos claros.
Lee en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada sobre el libro, y luego vuelve a mirarme.
—¿Te parecería bien si dejara de usar las lentes de contacto?
«En este viaje, no».
—Eras tú la que las quería.
Se encoge de hombros.
—Lo sé. Porque todos mis compañeros del colegio decían que parecía un bicho raro. Me hacían sentir fea. Siempre he querido tener unos ojos verdes tan bonitos como los tuyos.
—¿Y ahora ya no?
Juega con el borde de una página mientras piensa en la respuesta.
—Creo que quizá está bien ser diferente a los demás. La mayoría de la gente es decepcionante.
Eso me hace reír. Mi niña es muy inteligente.
Me suena el móvil justo cuando cierra el libro, se levanta y se va a la cocina.
—¿Hola?
—Hola, señorita Blackthorn. Soy Cole Walker. La llamo para ponerla al día rápidamente.
—Soy toda oídos. ¿Qué ha averiguado?
—Bueno, por un lado, la Funeraria Anderson ha estado a punto de perder la licencia varias veces en los últimos cuarenta años.
—¿En serio?
—Sí. Esa gente no llevaba precisamente un negocio de primera categoría. Les han multado por todo, desde no controlar los olores hasta almacenar los cadáveres de forma inadecuada.
Pongo cara de asco.
—Eso del almacenamiento inadecuado de cadáveres no suena bien.
Él se ríe.
—No, claro que no. Los cadáveres empiezan a oler mal si no se mantienen refrigerados.
Mi corazón da un vuelco.
—¿No mantenían los cadáveres refrigerados?
—Los que no estaban embalsamados, no. Los metían en la nevera, pero lleva años sin funcionar. El cableado está estropeado. Pensaban que con hielo seco llegaría, pero según todos los informes sobre malos olores, no es así.
Estoy atónita. El señor Anderson me ha mentido.
El cadáver de la abuela no estaba refrigerado.
—A veces, incluso se olvidaban de embalsamar los cadáveres.
Una queja alegaba que el fallecido había muerto tres semanas antes del funeral, pero no pudieron abrir el ataúd porque los restos estaban muy descompuestos.
Anderson llegó a un acuerdo con la familia, pero esos no fueron los únicos problemas.
En una ocasión, incluso enterraron varios cadáveres en el mismo ataúd.
En otro, lastraron el ataúd con sacos de arena.
El cadáver del fallecido nunca se encontró.
—¡Joder! —exclamo cuando por fin recupero el habla.
—Bien dicho. No quiero alarmarla, porque por ahora solo es una suposición, pero con los turbios procedimientos operativos de esta funeraria y el hecho de que estaban faltos de dinero, no me sorprendería en absoluto que estuvieran involucrados en algo aun peor de lo que ya se ha descubierto.
Aturdida, me llevo una mano a la frente y cierro los ojos.
—Como vender partes de los cuerpos en el mercado negro.
Él gruñe en señal de simpatía.
—Lo siento. Estoy seguro de que es lo último que quiere oír. Por ahora, solo es una corazonada. Seguiré investigando.
—¿Por qué no ha salido nada de esto en los periódicos? Es un pueblo pequeño. Aquí la gente sabe lo que desayunan sus vecinos.
—Le sorprendería conocer los secretos que es capaz de guardar la gente si está lo suficientemente motivada.
Como yo misma guardo algunos secretos bastante jugosos, estoy de acuerdo con él.
—Gracias, señor Walker. Estamos en contacto.
—Sí.
Colgamos. Siento que me empieza a doler la cabeza y me froto las sienes, que me laten con fuerza. Entonces, sin nada mejor que hacer, empiezo a dar vueltas. Miro el número de Ronan media docena de veces antes de marcarlo finalmente. Contesta con ese tono de suficiencia que solo él sabe poner.
—Maven Blackthorn. Ese nombre me suena. Déjame pensar…, ¿fuimos juntos al instituto?
—Genial, ahora eres un comediante.
—¿No es así? ¿No eres la que tenía los dientes torcidos y el ojo vago?
—Tú sí que vas a tener los dientes torcidos muy pronto si no dejas de comportarte como un idiota.
Él nota la tensión en mi voz y deja de burlarse de mí.
—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
—Oh, no, todo va de maravilla. Me he pasado todo el fin de semana intentando descifrar una declaración muy críptica que me hizo un millonario irritante.
—Multimillonario.
—¿Qué?
—Soy multimillonario, no millonario.
—Bueno, perdóname, Daddy Warbucks. Los pobres mortales que pagamos impuestos no tenemos muy clara la diferencia.
—No hay ninguna razón para que pagues impuestos.
—Si no fuera por esa divertida cosa llamada evasión fiscal que podría llevarme a la cárcel, estaría de acuerdo contigo.
—Puedo enseñarte todos los trucos. Son perfectamente legales.
—Tu definición de legal deja mucho que desear. ¿Puedo decirte de una vez por qué te llamo o vas a seguir intentando meterme en problemas con Hacienda?
—Sé por qué llamas.
Hago una pausa para respirar porque vuelve a sonar engreído.
—No es por eso.
—Claro que sí. Tendrás alguna otra excusa falsa que esgrimir antes para salvar las apariencias, pero es totalmente por eso. —Hace una pausa—. «Eso» es un eufemismo para referirse al sexo.
—Sé lo que quieres decir, capullo.
La suficiencia vuelve con toda su fuerza.
—Sé que lo sabes. Solo quería que me gritaras.
—Me rindo. —Desconecto la llamada. Mi teléfono suena un segundo después. Respondo con el ceño fruncido—. ¿Qué quieres?
—Me has llamado tú, cariño. ¿Cuál es el problema?
—El problema eres tú.
Él se ríe entre dientes.
—Me encanta que me gruñas.
Bea regresa con un trozo de pan y un pepinillo. Le sonrío y me acerco con indiferencia a las escaleras. Ella se acomoda con su libro mientras yo subo al dormitorio y cierro la puerta.
—Vale. Este es el trato. En nuestra última conversación, mencionaste el dinero.
Su energía cambia de alegre a intensa con la rapidez de un chasquido de dedos.
—Tendrás todo lo que quieras. Todo lo que necesites. Las dos. Os compraré una casa. Crearé un fideicomiso. Os daré una asignación mensual…
—¡Espera un momento! No es para Bea. Y no sería un regalo. Necesito un pequeño préstamo, eso es todo. Y probablemente tu ayuda para mover algunos hilos.
—¿Para qué?
—Quiero exhumar a algunas Blackthorn.
—¿Quieres desenterrar los cadáveres de tus familiares?
Pongo los ojos en blanco ante su tono de sorpresa.
—No, el oro que enterraron en el patio trasero. Por supuesto que quiero desenterrar sus cuerpos.
—No lo digas como si fuera ridículo que me sorprenda. No todos los días alguien decide revolver un cementerio. Por cierto, ¿por qué quieres hacerlo?
—Quiero confirmar una teoría que tengo.
Como no le doy más detalles, su tono se vuelve más ácido.
—¿Te importaría compartirla o solo esperas que te entregue un maletín lleno de dinero sin hacer preguntas?
—Bueno, sería lo ideal. ¿Lo harás? —Se ríe—. Está bien. He descubierto cierta información sobre las extrañas formas en que mueren las mujeres de mi familia, pero como no nos hacen autopsias, no puedo verificarla. Una autopsia resolverá el asunto.
—¿Formas extrañas de morir?
—Ahora que lo pienso, no debería contártelo.
—¿Porque crees que me odias, pero en realidad no es así?
La sonrisa en su voz es irritante, pero eso no es nada nuevo.
—No, porque el investigador privado que he contratado me advirtió que tu familia tiene sus sucias manos metidas en todo lo que ocurre en este pueblo. Lo que significa que quizá tú también estés involucrado.
Se produce un silencio ensordecedor.
—Dime que no acabas de acusarme de estar involucrado en la muerte de tus antepasadas —suelta en tono seco.
—No ha habido ninguna acusación. Ha sido muy indirecto.
—Justo después de pedirme dinero para financiar una excavación en el cementerio.
—Sí. Necesitaré unos veinte mil.
—Vaya. Eso es muy atrevido incluso para ti.
—Tal y como yo lo veo, no puedes negarte, porque eso sería sospechoso. Sería casi como implicarte en un asesinato.
—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
—Si no tienes nada que ocultar, ¿qué problema hay?
Él se ríe.
—Has equivocado tu vocación, serías una fiscal penal fantástica. Estudiar insectos es demasiado aburrido para tu extravagante intelecto.
—Eres la única persona que conozco capaz de hacer que el descrédito parezca un cumplido. ¿Me vas a dar el dinero o no? —Cuando se demora demasiado, suspiro—. Olvídate de intentar negociar un intercambio por favores sexuales.
—¿Quién ha dicho nada de eso? Pero ahora que lo mencionas…
—Escucha, sé que tú personalmente no tienes nada que ver con nada.
Su tono pierde su tono burlón y se vuelve sombrío.
—Estás hablando de mi padre.
—¿Puedes decirme con la conciencia tranquila que no crees que sea capaz de asesinar?
—Sé que lo es.
Su respuesta es tan inesperada que me deja desconcertado.
—Eso suena sospechoso. ¿Te importaría darme más detalles?
—No.
—¿Ha matado a alguien?
—¿Alguna vez has pensado que hay cosas que es mejor no saber? —dice después de una pausa llena de tensión.
Me quedo pálida.
—Dios mío. Tu padre es un asesino.
—Ojalá pudieras ver lo mucho que estoy poniendo los ojos en blanco ahora mismo.
—¡Si prácticamente lo has admitido!
—Lo único que he dicho es que no hay que sacar a la luz todos los trapos sucios de una familia.
Empiezo a pasearme de un lado a otro a los pies de la cama.
—Sabes que mis tías piensan que él tuvo algo que ver con la muerte de mi madre, ¿verdad?
—No, no lo sabía —admite después de un largo silencio—. ¿Por qué piensan eso?
—Porque ellas… Espera. Creo que no debería contártelo.
—Sabes que mi padre y yo no nos llevamos bien. Sea lo que sea eso tan terrible que crees que ha hecho, puedes contármelo. Te prometo que no iré corriendo a ponerlo al corriente.
—Entonces, ¿me estás diciendo que debería confiar en ti?
—No lo digas con tanto sarcasmo. Puedes confiar en mí.
Dejo de dar vueltas y me quedo mirando por la ventana al jardín. En el banco de hierro bajo el bosquecillo de abedules, el zorro rojo y negro está sentado mirando a su alrededor con expectación, como si estuviera esperando a alguien.
—¿Hola?
—Sigo aquí.
—No dices nada.
—Sé que es imposible que alguien tan hablador como tú lo entienda, pero a veces a la gente le gusta hacer algo interesante llamado pensar antes de formar frases.
—Eres adorable cuando te pones esnob.
Observo cómo Bea cruza lentamente el jardín y se sienta en el banco junto al zorro. Este se tumba a su lado y descansa la cabeza entre las patas. Ella le acaricia entre las puntiagudas orejas negras. El zorro enrosca la cola alrededor del cuerpo con aire satisfecho.
—Te daré el dinero para tu proyecto —ofrece Ronan cuando no respondo—. No tienes que devolverlo. Considéralo un gesto amistoso.
—No he dicho que fuéramos amigos.
—Lo sé. Pero tampoco somos enemigos. Así que, si no somos amigos y no somos enemigos, solo queda una opción. Ven esta noche a medianoche. Te estaré esperando.
Cuelga antes de que pueda discutir, dejándome sola con mis pensamientos caóticos mientras observo como mi hija acaricia suavemente el pelaje del zorro dormido.