Blackthorn 23 Maven #2
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23 Maven #2

Y si el precio que pagamos por nuestros modales poco femeninos es el desprecio de aquellos con aires más elevados y menos integridad, que así sea.

Somos Blackthorn. Somos raras, somos salvajes y no nos importa lo que piensen.

Por impulso, cojo el teléfono y marco el número de Ronan. Contesta al primer tono.

—Hola, Maven. ¿Estás bien? —pregunta al ver que no respondo lo suficientemente rápido—. ¿Qué pasa?

Es muy bueno fingiendo. De hecho, parece preocupado. Lo cual es lógico, sabiendo cómo me afectaría.

Trago saliva y respiro hondo al sentir los fuertes y dolorosos latidos de mi corazón.

—Si te hago una pregunta, ¿serás sincero conmigo?

Vacila.

—Quizá sí, quizá no. Depende de lo que me preguntes.

—De acuerdo. Al menos eres sincero. Gracias.

—Antes de que me preguntes lo que sea, ¿tienes algún problema?

Pienso en cómo responder a eso.

—Supongo que depende de tu definición de problemas.

—¿Te han arrestado?

—No.

—¿Te han herido?

—No.

—¿Te tiene a punta de pistola un grupo de payasos de circo desnudos exigiéndote que les entregues esos zapatos prácticos tuyos y esa horrible ropa que usas?

—No. Y deja de intentar hacerme reír.

—Lo siento. No, eso era mentira. No lo siento. Me encanta tu risa. Suena como la luz del sol.

Ambos nos quedamos en silencio durante un momento.

—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunto finalmente.

Él se ríe.

—No tengo ni idea. Simplemente se me ha ocurrido.

—Ha sido muy raro.

—Lo dice la chica superrarita.

—En realidad, esa es la razón por la que te llamo.

—¿Porque por fin te has dado cuenta de lo rara que eres?

—No, eso siempre lo he sabido. Lo que no sé es por qué te atrajo alguien como yo. Quiero decir, hablando de polos opuestos…

—Se trata de tu ex, ¿verdad? —dice bajando la voz—. El científico rico y brillante con el que rompiste antes de venir aquí.

—Voy a pasar por alto lo extrañamente acertada que ha sido esa suposición y diré que sí. Y puede que haya mentido sobre lo rico que era porque sabía que te molestaría. Estuvo mal por mi parte. Lo siento.

Espero una réplica mordaz, pero me sorprende con un silencio pensativo.

—Gracias. Yo también te he mentido sobre algo.

—¿Qué es?

—Nunca te llevaría a los tribunales para poder ver a Bea. No te haría pasar por eso. Lo dije porque estaba enfadado y frustrado, y porque sé perfectamente que me estás mintiendo sobre que ella es mía, y eso me está volviendo loco. —Baja más la voz—. Quiero ser padre, Maven. Su padre.

¿Era eso una mentira o la verdad? Nunca lo sé con él. Cada palabra que sale de su boca es sospechosa.

Necesito estar tumbada para esta conversación, así que me recuesto en la cama y miro al techo.

—Esto no es una confesión, pero ponte en mi lugar. Piénsalo desde todos los ángulos. El pasado, el presente, mi familia y la tuya. Si fueras yo, ¿querrías que fueras el padre de tu hijo?

—No importa lo que queramos ninguno de los dos. Lo que importa es lo mejor para Bea.

—Dame un segundo para respirar hondo y no empezar a gritarte.

Su tono se vuelve más suave.

—Conozco todas las razones por las que no quieres que me involucre, todas las formas en las que empeoré las cosas en lugar de mejorarlas. No me debes nada, y quizá pienses que no tengo nada que ofrecerle, pero sí lo tengo.

—¿Como qué? ¿Dinero? No nos interesa.

—¿En serio? ¿Ser científica entomóloga está tan bien pagado? Porque la última vez que lo comprobé, una educación en la Ivy League cuesta cientos de miles de dólares.

Me burlo de eso.

—No todo el mundo quiere ir a Harvard, señor Pretencioso.

—Crearía un fondo para ella. Podría ir a cualquier universidad que quisiera.

—Es lo suficientemente inteligente como para conseguir una beca en cualquier universidad en la que solicite plaza.

—El dinero no es la raíz de todos los males, como tú crees —me espeta, frustrado.

—No creo que sea malo, solo que no es la panacea que la gente cree. Mírate a ti, por ejemplo.

—¿Qué me pasa?

—Tienes esa enorme casa tan moderna. Andas en ese coche ridículamente caro. Toda tu ropa está hecha con partes de animales en peligro de extinción. —Suspira. Lo ignoro—. Tienes más dinero que nadie al este de las Rocosas, pero sigues sin ser feliz.

Su silencio resuena con mil palabras no dichas.

—Siento si eso ha sonado cruel. No pretendo serlo contigo.

—Lo sé. Pero tienes razón. No soy feliz. No tiene nada que ver con el dinero. Tiene que ver con lo que soy.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Cuando no responde, me impaciento.

—Estamos siendo sinceros, ¿recuerdas?

—Dije que lo intentaría dependiendo de lo que me pidieras.

—¿Por qué suenas tan raro? ¿Qué pasa?

Se oye un ruido al otro lado de la línea, como si se estuviera sentando en una silla. Luego hay otro silencio cargado.

—Estoy enfermo —dice finalmente en voz muy baja.

Mi pulso se acelera.

—¿Enfermo? ¿Cómo de enfermo? ¿Qué te pasa?

Su voz cambia de suave a monótona.

—No debería haber dicho nada.

—¿Te estás muriendo?

—Por ahora no.

Cuando se ríe, me siento aliviada, pero también enfadada.

—Esto no tiene gracia. Quiero saber qué te pasa.

—¿Por qué es tan importante para ti? Pensaba que me odiabas —gruñe con vehemencia, con otro cambio de humor vertiginoso.

—Lo he reducido a un intenso disgusto otra vez. Por favor, dime qué está pasando.

—Te lo contaré en cuanto admitas que Bea es mi hija.

Gruño.

—Esto no tiene sentido. Te he dicho que no es tuya. No tienes ninguna prueba de que sea tuya. Estás ofreciendo pagar la universidad a la hija de otro hombre sin motivo alguno.

—Que tú creas que no tengo motivos no significa que no los tenga.

—Dios mío. ¿Estás intentando provocarme hipertensión?

—Solo si eso te excita.

—Voy a colgar.

—¿Cuándo vas a volver a mi casa para otro polvo por odio?

—¡Nunca!

—Porque me aseguraré de tener sábanas limpias en la cama —gruñe, ignorando mis palabras—. No las he cambiado desde que estuviste aquí. Me encanta tener el aroma de tu piel por todas partes.

Finalizo la llamada y me tumbo en la cama hasta que mi respiración se calma y mi corazón vuelve a latir con normalidad, mientras me pregunto qué le pasa y por qué me importa.

Pronto me iré de Solstice. Nunca volveré a ver a Ronan Croft. ¿Cuándo ha dejado eso de ser genial para convertirse en deprimente?