23 Maven
Cuando bajo las escaleras, encuentro a Davina en el sofá del salón, tocando una vieja guitarra. Recostada en el sillón a su derecha está Esme, fumando algo dulce en una pipa de madera tallada a mano que huele sospechosamente a cannabis.
—Qué escena tan acogedora. ¿Dónde está mi hija?
—Bea está en el invernadero con Quentin —Esme me mira entre la neblina de humo con los ojos enrojecidos—. Tu aura está apagada hoy, cariño. Es oscura y peluda en los bordes.
—Hablando de cosas oscuras y peludas, ¿oísteis los susurros la otra noche?
Mis tías se miran entre sí con confusión y luego vuelven los ojos hacia mí.
—No hemos oído nada.
¿Lo he soñado? ¿Me lo he imaginado? ¿Mi mente me está jugando una mala pasada?
Tengo que admitir que es una posibilidad real, teniendo en cuenta que mi cerebro ya se ha descarrilado. Mis encuentros con Ronan son prueba de ello.
Me dejo caer en el sofá junto a Davina y suspiro.
—¿Qué te pasa, cariño?
—La vida.
—Eres demasiado joven para ser tan cínica.
—No soy cínica, soy realista.
—Llámalo como quieras, estás deprimida. ¿Sabes lo que necesitas?
—Como menciones la palabra «pene», me largo.
—Iba a decir una copa de champán bien fría.
Eso me gusta.
—Es la mejor idea que he oído en toda la semana. —Me levanto y voy a la cocina.
—¿Sirvo tres copas?
Ella se ríe.
—Como si tuvieras que preguntarlo.
Ignoro el reloj de la pared porque sé de sobra que aún no es mediodía y que los únicos que beben champán a esta hora del día están de vacaciones o son alcohólicos.
Encuentro una botella de brut en la nevera y la abro.
Sirvo dos copas a mis tías y se las llevo, luego vuelvo a la cocina para llenar la mía.
Al levantar la vista, veo a Bea y a Q en el invernadero.
Él está agachado, señalando una hierba que crece en una de las cientos de macetas de terracota que se alinean en las largas mesas de madera. Mientras observo, Bea corta con cuidado unos tallos leñosos de la planta y los levanta para que él los examine.
Él asiente y le da una palmada en la espalda; ella sonríe y hace un pequeño baile de alegría, y yo siento como si me hubieran dado un puñetazo en el pecho.
Necesita un padre.
Y no es un viejo cuidador que vive en un ático, ni un tipo rico e impredecible con una moral ambigua y motivaciones secretas, ni una madre soltera que hace todo lo posible por ser madre y padre y que, casi siempre, fracasa en ambos papeles.
Un padre de verdad.
Pero si dijera eso en voz alta, mis tías me repudiarían.
Llevo mi copa de champán al salón, me uno a ellas y me siento pensativa. Entonces les pregunto si creen que un niño puede adaptarse bien si crece en un hogar monoparental.
—Por supuesto —dice Davina—. Un solo progenitor bueno es mucho mejor que dos capullos.
Levanto mi copa y bebo.
Esme asiente.
—No es el número lo que cuenta, sino la calidad de la crianza. Aunque admito que la logística es más fácil si hay más de uno. Criar a un niño es como domesticar a un león. Cuanta más gente haya azotando a la criatura, mejor.
La miro con las cejas arqueadas.
—Esa es una analogía profundamente inquietante. Probablemente sea bueno que no quisieras tener hijos.
—¡Oh, adoro a los niños! Pero era la preocupación lo que no quería. Una vez que te conviertes en madre, nunca te libras de ello hasta que mueres.
—Eso me recuerda algo. Creo que deberíamos exhumar a algunas Blackthorn y realizar la autopsia a sus restos.
Podría haber sugerido abrir una capilla para bodas con un imitador de Elvis como capellán. Me miran en silencio, desconcertadas.
—Escuchadme. He ido al juzgado a investigar un poco. ¿Sabíais que todas nuestras parientes murieron en accidentes?
—Tonterías. Megaera fue ahorcada.
—Vale, todas excepto ella. Todos las demás murieron en extraños accidentes.
—Lo que tú consideras extraño y lo que lo consideramos nosotras probablemente sean dos cosas totalmente diferentes, cariño —interviene Esme.
Tiene razón.
—¿Tropezar y caer en un pozo? ¿Es extraño para ti?
—No, eso es selección natural.
Vale, otra razón válida.
—Lo que intento decirte es que, literalmente, todas las Blackthorn murieron por accidente.
No hay ni una sola muerte natural por vejez entre nosotras.
Ni por enfermedad. Nadie tiene un ataque al corazón ni muere mientras duerme.
Todas nos caemos de los árboles, nos pisotean los caballos o nos quemamos mientras cocinamos. ¿No os parece eso un poco sospechoso?
—En realidad, es bastante glamuroso —reflexiona Davina, mientras bebe un sorbo de champán—. ¿Quién quiere morir por algo tan común como una enfermedad?
Esme se estremece.
—Siempre me ha aterrorizado la idea de perder la memoria con la edad. Por favor, ponme una almohada sobre la cara cuando empiece a repetir la misma historia una y otra vez.
—Lo que quiero decir es que quizá alguien nos esté persiguiendo.
Davina arquea las cejas y me mira por encima del borde de su copa de champán.
—¿Para asesinarnos?
—Sí.
—Tu abuela se cayó por las escaleras. Eso no es un homicidio.
Todos los buenos argumentos que está dando me están agotando. Me bebo el resto de la copa de champán y voy a la cocina a por más.
Mientras la relleno, vuelve a llamar Ezra. Miro el teléfono, indecisa, pero finalmente decido contestar.
—Hola, Ezra.
—Hola. —Espera treinta segundos antes de suspirar—. Eres implacable.
—Y, aun así, has llamado.
—Espero que podamos tener una conversación sincera sobre lo nuestro.
—Ya la tuvimos. Ambos estuvimos de acuerdo en que se me dan terriblemente mal las relaciones.
Él emite un sonido de remordimiento
—Quizá fui demasiado duro contigo.
—No, fuiste justo y acertado. Te mereces más de lo que yo puedo darte.
—Estoy tratando de entenderlo. ¿Se trata de que no puedes abrirte o es que no quieres? ¿Soy yo el problema? ¿Es algo que hice o que no hice?
—Ezra, por favor, créeme, tú no eres el problema. Nunca lo has sido.
Se queda en silencio al otro lado de la línea. No sé si me cree o no, pero eso ya da igual. Este tema ya se ha debatido suficiente.
—Sin embargo, tengo una pregunta que sé que puedes responder, si no te importa.
—¿Cuál es?
—¿Cuál es la probabilidad matemática de que todos los hijos nacidos en una familia durante un periodo de más de trescientos años sean mujeres?
Su cerebro genial lo calcula en una milésima de segundo y me da la respuesta en un formato que puedo comprender, en lugar de una fórmula compleja que solo él y Einstein podrían entender.
—Peores que las probabilidades de que todos los miembros del reparto de todas las producciones de Wicked mueran atacados por un oso mientras están de vacaciones esquiando en Montana.
—No es nada fácil. Entendido.
—Te he dejado un mensaje de voz.
—Aún no lo he escuchado. ¿Qué necesitas?
Su voz se suaviza.
—Necesito que nos des otra oportunidad. Es lo único que te pido. Creo que te alejé al pedirte demasiado, demasiado pronto, y no era mi intención. Puedo hacerlo mejor.
Cierro los ojos y suelto el aire.
—Eres una buena persona, Ezra. Lo decía en serio cuando te dije que te mereces algo mejor. Incluso en mis mejores días, no soy el ideal de nadie. Y ahora mismo, mi vida es caótica, por decirlo con suavidad. Lo siento, pero de verdad, solo quiero que seamos amigos y nada más.
Hay una breve pausa y luego él suspira.
—Está bien. Lo entiendo. Nos vemos pronto. Cuídate, Maven.
—Tú también —respondo en voz baja.
Ojalá todos los hombres de mi vida fueran tan comprensivos.
El contrato del investigador privado llega por la tarde ese mismo día. Lo reviso y lo firmo electrónicamente, luego le transfiero los honorarios. A continuación, dedico una hora a investigar en Internet cómo se lleva a cabo la exhumación de un cadáver.
Naturalmente, hay que cubrir mucho papeleo. Intervienen tanto agencias estatales como federales, y es necesario pedir un sinfín de permisos y tasas. Calculo que el coste total puede rondar los veinte mil dólares.
Es demasiado dinero para demostrar una teoría.
Por otro lado, si fuera correcta la tesis de que estamos siendo objeto de un ataque malicioso, valdría la pena cada centavo. Desgraciadamente, eso abriría una nueva caja de Pandora con más preguntas.
¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuándo empezó todo? ¿Está todo el pueblo involucrado o es un grupo selecto? ¿Qué podemos hacer para detenerlos? ¿Hay pruebas suficientes para procesarlos?
Y si las hay, ¿seríamos capaces de hacerlo?
¿O para entonces las Blackthorn que quedaran ya estarían muertas?
Porque quienquiera que sea tan organizado, paciente, inteligente y malvado como para aplicar una condena tan prolongada como «Matar astutamente a una Blackthorn» seguramente no estará contento con que lo descubran.
Pienso en esas muñecas profanadas que colgaban de las ramas del arce que talé y me estremezco. Entonces me doy cuenta de algo que da un giro completo a la situación.
Mis tías deberían mudarse a Manhattan conmigo.
No hay nada que las retenga aquí, excepto Q, a quien estoy segura de que podrían convencer para que se viniera con ellas si quisieran. ¿Por qué quedarse en un lugar donde es obvio que no eres bienvenido?
Incluso si mi teoría fuera errónea y no corrieran ningún peligro más allá de aburrirse mortalmente en la misa dominical cada semana, ¿por qué seguir sometiéndose a prejuicios, miedos y una sospecha tan evidentes?
Vale, el orgullo. Eso también cuenta.
También está la terquedad. Somos famosas por ella.
Y también por la alegría que da vivir la doctrina del «que te jodan». No nos gusta que nos mangoneen. Nos mantenemos firmes y luchamos, incluso cuando es más prudente rendirse.
Si hay algo que las Blackthorn no somos, es dóciles.
Somos las marginadas y las alborotadoras, las descontentas y las incomprendidas, las orgullosas y desafiantes, las diferentes.
Somos tenaces como las zarzas y tenemos el mismo número de espinas afiladas, y si nos agarras con demasiada fuerza, las gotas de sangre que brotan de los pinchazos te recordarán que debes tener cuidado en lo sucesivo.
Incluso nuestro cabello es indómito. Como nuestros corazones. Como nuestros cuerpos.